viernes, 7 de septiembre de 2012

Elmar Altvater: El socialismo del siglo XXI sólo puede ser plural

Àngel Ferrero
El Viejo Topo


El 15 de julio llegó a las librerías El fin del capitalismo tal y como lo conocemos (El Viejo Topo). Su autor, Elmar Altvater (Kamen, 1938), es uno de los más respetados politólogos alemanes. Profesor emérito de la Universidad Libre de Berlín y miembro del consejo científico de Attac-Alemania, en su último libro analiza la última crisis del capitalismo tardío y sus alternativas. En él Altvater planta cara a Fukuyama: el fin del capitalismo, asegura, no es el fin de la historia, sino que hay historia más allá del capitalismo.


—Hasta hace unos años “capitalismo” era una palabra tabú. Profesor Altvater, ¿cómo definiría el término capitalismo?

—No es sólo un término, se trata de una forma social muy dinámica, pero también muy proclive a las crisis. El capitalismo se funda en la propiedad privada de los medios de roducción y, debido a ésta, en el derecho a la apropiación de la plusvalía producida por la uerza de trabajo. Se regula por las leyes del mercado y el dinero. El capitalismo es por lo tanto a un mismo tiempo una sociedad del trabajo (Arbeitsgesells chaft) y una sociedad del dinero (Geldsgesellschaft).


—En España acaba de aparecer El fin del capitalismo tal y como lo conocemos. ¿La crisis económica es el principio del fin del capitalismo o más bien el fin del principio del capitalismo, que entraría en una fase superior?

—Es arriesgado realizar un pronóstico sobre el futuro del capitalismo. En cualquier caso podría decirse que el capitalismo impulsado por los mercados financieros que ha existido durante décadas desde se pusiera fin al sistema Bretton Woods en el año 1973 ha llegado a un límite. Sólo tiene futuro si se transforma Si reunirá con este fin a las fuerzas sociales y políticas necesarias, depende también de quiénes se opongan a su transformación. Es decir, de una parte, las fuerzas conservadoras que se aferran a sus privilegios heredados, y de la otra, las fuerzas de progreso, que quieren superar el capitalismo tal y como lo conocemos en una u otra forma.


—Si el capitalismo llega a su fin de una manera u otra, ¿qué lo sustituirá? ¿En qué consiste la sociedad solar y solidaria que propone en su libro?

—En principio se trata de una forma de capitalismo modificada en el campo de lo posible. En Europa el capitalismo adopta hoy formas autoritarias para asegurar un reparto de la riqueza
en detrimento de la población asalariada. La austeridad y el pacto fiscal, pero también el pacto de estabilidad y crecimiento, así como muchas medidas nacionales sirven, ante todo, a la estabilización de los beneficios y ganancias y obligan a efectuar recortes presupuestarios. Contra esta redistribución de los salarios, la riqueza y el poder represiva y regresiva se discute en el libro la posibilidad, como alternativa, de la “economía solidaria”. Se trata en principio de un término general para muchas de las iniciativas de economía alternativa que están teniendo lugar en varias regiones del mundo, desde Europa hasta América Latina. La economía solidaria comprende las cooperativas, que en los últimos años han experimentado un auge; el “buen vivir” de los indígenas latinoamericanos; la defensa de los bienes comunes o “commons” en todo el mundo; la lucha sindical por la democracia industrial en las grandes empresas de los países industrializados; y la defensa del estado del bienestar y de los derechos sociales tanto de los individuos como de los colectivos que constituyen el estado social. La economía solidaria es, pues, extraordinariamente diversa y no sigue un modelo único.
No puede ser de otro modo, porque tanto las bases energéticas como las materias primas que permiten la acumulación de capital están agotándose.
La capacidad de los ecosistemas para almacenar residuos contaminantes es igualmente limitada y está llegando a sus límites. Los científicos ya han llamado la atención sobre estos límites planetarios. Es por lo tanto necesaria una gran transformación de la economía, la sociedad y la política. De basarse en la energía solar ha de organizarse de manera descentralizada, y entonces no hay sólo un modelo de alternativa social al capitalismo, sino muchos.

—Uno de los aspectos clave en su libro es el fin del petróleo. Sin embargo, la transición a las energías renovables parece haber sufrido un retroceso. El gobierno español y alemán han retirado sus subvenciones al sector. ¿Qué consecuencias podría tener esta falta de preparación ante el fin de la era de la energía fósil?

—En ninguno de los casos la política gubernamental es consistente. El señor Rajoy o la señora Merkel también saben que la transición a las energías renovables es inevitable. Las grandes empresas energéticas invirtieron sin embargo mucho capital en las producción de energía fósil y atómica, energías que requieren grandes inversiones en tecnología y centralización.
También la red de suministro está orientada actualmente a las centrales de los grandes proveedores energéticos y, a partir de éstas, a la red de distribución descentralizada. La producción energética y el consumo energético no guardan ningún vínculo entre sí. El capital invertido y fijado en las instalaciones debe ser explotado y no debe perder su valor. En consecuencia, las empresas lo intentan todo para salvarlas. Eso explica el conservadurismo en materia de política energética y las veleidades gubernamentales, porque no cabe ninguna
duda de que, en cualquier caso, el futuro pertenece a las energías renovables.

—Este 2012 se celebra el aniversario del informe del Club de Roma sobre los límites del crecimiento. Sin embargo, hoy sigue hablándose del crecimiento como solución y es el punto principal de los socialdemócratas en Europa. ¿Qué opina de la teoría del decrecimiento?

—“El crecimiento no lo es todo, pero sin el crecimiento todo es nada”, ha dicho recientemente
Angela Merkel. Muchos socialdemócratas, y también algunos verdes, suscribirían esta afirmación.
También en la Conferencia Río+20 en junio de 2012 que tuvo lugar en Rio de Janeiro fue ésta la línea oficiosa y los “límites del crecimiento” fueron reinterpretados. Ahora se habla de que “los límites crezcan”. De agotarse por ejemplo el petróleo convencional, entonces podría extraerse petróleo no convencional de las arenas bituminosas de Canadá, el existente a grandes profundidades submarinas en el Golfo de México o frente a la costa brasileña o en las regiones polares. Podría dedicarse el suelo agrícola al cultivo de soja, palma, trigo, caña de azúcar para la producción de biodiésel y etanol. Los límites entonces “crecerían”. Pero al mis mo tiempo se alcanzarían nue vos límites, posiblemente más restrictivos que los antiguos límites a los que se dejó “cre cer”. No hay ninguna escapatoria del dilema de los límites del crecimiento, del dilema entre el imperativo capitalista de acumular y los límites que nos fija la naturaleza. A largo plazo es inevitable una reducción del crecimiento y, por lo tanto, una economía de decrecimiento. Sin embargo me inclino a dudar de que algo así pueda suceder en el seno del modo de producción capitalista, ya que de-crecer significa también desacumular capital. Y esto no es claro en muchos de los representantes de la teoría del decrecimiento.

—En su libro respalda el socialismo del siglo XXI latinoamericano, pero se muestra crítico con los zapatistas. ¿Cuáles son las diferencias?

—Un socialismo sin crítica ni autocrítica sería un régimen autoritario y ningún socialismo. Del socialismo del siglo XX aprendimos al menos esto. Tengo en gran consideración al movimiento zapatista, pero no podría juzgar si éste es socialista o se entiende como tal. Posiblemente tampoco sea algo que a la hora de la verdad importe. De lo que se trata, como el movimiento mismo se encarga ya de explicar, es de transformar la vida de las personas de un modo solidario y social, acaso también socialista. Uno de los grandes problemas de todos los movimientos alternativos es la relación con el poder político y el estado. Los zapatistas quieren cambiar el mundo sin tomar el poder, como ha escrito John Holloway. Yo dudo de que eso sea posible. El socialismo del siglo XXI sólo puede ser plural y, como tal, incluir a los movimientos sociales y las iniciativas regionales y locales, pero también la redistribución mediante la intervención del estado.

—En España es cada vez más popular la idea de la salida del euro. ¿Es el retorno a la moneda nacional una solución?

—No sería ninguna solución y, al menos a corto plazo, agravaría la crisis. No se conseguirían ventajas competitivas en la economía real, que se vería devorada por el encarecimiento de las
importaciones. Si la importación de crudo se encareciese debido a la devaluación de la moneda, todas las ventajas de las exportaciones se perderían muy rápidamente.
Además, con la devaluación aumentaría la deuda, mantenida en euros, y en consecuencia, la deuda del estado, pero también el endeudamiento privado que se mantuviera en aquella divisa. No puede salirse de la crisis monetaria y financiera cambiando simplemente a otra divisa. El retorno a la peseta tendría que venir acompañado de una reforma monetaria y de una restructuración de la deuda. Pero entonces dejaría de tratarse de una cuestión de divisas, sino una cuestión política, una cuestión de poder y de lucha de clases.

—En Europa (y parcialmente en Estados Unidos) el marxismo es cada vez mas popular. ¿Un espectro recorre Europa?

—Sí, el espectro del comunismo. Pero éste será solamente un factor de poder real cuando no se coquetee simplemente con él, como ocurre ahora en muchos lugares donde es moda intelectual. En la Europa actual de la crisis financiera y económica han de decidirse duros conflictos de intereses. Hablamos de distribución y redistribución, de cambiar el curso de los acontecimientos con miras al futuro. Para influir en él se requieren esfuerzos heroicos. Y aunque el espectro recorre toda Europa, sus cazadores le van a la zaga para arruinar las alternativas ideológica y políticamente, pero también sirviéndose de la represión.

—Alemania acarrea una responsabilidad especial en la crisis en Europa, al punto que se ha convertido en el sur de Europa en la imagen con que se identifica al enemigo. ¿Cuál es la situación en Alemania? ¿Está emergiendo la oposición parlamentaria en La Izquierda (DIE LINKE) así como la extraparlamentaria (Occupy-Frankfurt y otros)?

—Como sucede también en otros países, los movimientos sociales han crecido en su lucha contra la crisis. Pero también ha habido muchos retrocesos. El poder del estado reprimió duramente al movimiento Occupy y bloqueó las protestas en Frankfurt el pasado mes de mayo. El partido de La Izquierda ha perdido en el último año mucho terreno como consecuencia de conflictos intrapartidarios. No hay ninguna defensa fácil con tra la crisis y sus efectos. Los movimientos sociales y los partidos deben aprender siempre en los conflictos y ajustar sus estrategias a las condiciones existentes. Además de esto, mejor sería si las luchas contras las múltiples crisis, de la economía y las finanzas, la transición energética y el cambio climático, la crisis alimentaria y la política, fueran descentralizadas y plurales, pero también se librasen conectadas en red. En toda Europa

El Viejo Topo 296 /septiembre 2012 / Pag. 19 a 21