jueves, 6 de abril de 2017

Breve introducción al duranbarbismo

Dante Palma*

Durante los últimos años de kirchnerismo se puso de moda hablar de un “relato K”, entendido como una maquinaria de comunicación tendiente a ocultar la que sería la verdadera realidad a través de discursos hipnóticos en clave nacional y popular. Con la asunción de la administración macrista a fines de 2015, la noción de “relato”, juzgada de manera peyorativa, ha salido del eje de las discusiones públicas gracias a la decisión editorial de los que instalan las agendas mediáticas, pero ha despertado particular interés la forma de comunicar que tiene un gobierno que explícitamente ha hecho un culto de las formas y las imágenes.


Ahora bien, para comprender algo más de esta ideología pro resulta necesario penetrar en la propuesta de esta suerte de asesor free lance que es Jaime Durán Barba y que ha acompañado en los últimos años al presidente de la Nación. Más allá de algunos reportajes en los que el ecuatoriano busca provocar, encontraremos un buen resumen de su perspectiva en un libro que escribiera en 2010 junto a Santiago Nieto y que se llama El arte de ganar.

Según el prologuista, se trata de un libro dirigido a políticos de entre 40 y 50 años, asesores y periodistas, que busca acercar las estrategias necesarias para atacar a un adversario y ganar elecciones.

Pero lo primero que me interesa resaltar es la perspectiva acerca de los liderazgos, pues los autores entienden que se ha terminado la era de los líderes carismáticos. En otras palabras, los líderes “completos” y casi sobrenaturales con grandes dotes de oratoria, que todo lo resuelven, dejan su lugar a líderes falibles, que se van formando en la propia administración y que se desempeñan circunstancialmente en lo público. Se trata de personas que poseen liderazgos más modestos que, según Durán Barba y su compañero, ya se han dado cuenta de que nadie gana elecciones llenando una Plaza de Mayo. Dicho de otro modo, son los referentes de una política posmoderna para los que la estructura de los partidos y las movilizaciones resultan piezas litúrgicas de un pasado de política de masas.

Con buena parte de cinismo, en la página 68 del libro, los autores lo indican así:

Hoy se aspira a que los líderes solucionen los problemas, o que al menos diviertan con espectáculos imaginativos como los que protagonizaron Abdalá Bucaram en Ecuador en 1996, Palenque en La Paz en 1989, de Narváez en la provincia de Buenos Aires en 2009 y otros dirigentes que supieron adueñarse de los escenarios bailando o haciendo reír a la gente.

En esta línea, un punto interesante es que los nuevos liderazgos se constituyen menos por el perfil eficientista que por la capacidad que tenga el candidato de reflejar los sentimientos del elector. En esto ha sido evidente cómo se ha trabajado para que Macri, un ingeniero con cuna de oro y fobia al contacto con los otros, logre ser representativo incluso en sectores populares. No se trata, entonces, de votantes racionales. Eso es fantasía iluminista. Más bien, lo que hay es gente movida por sentimientos, sea que vote a la derecha, sea que vote al populismo. Y en ese sentido, una de las estrategias de los consultores es apuntar al centro de las emociones. De aquí que afirmen en la página 364: “Debemos tratar de que nuestro mensaje provoque polémica. Más que perseguir que el ciudadano entienda los problemas, debemos lograr que sientan indignación, pena, alegría, vergüenza o cualquier otra emoción”.

Tal aseveración nos lleva a la perspectiva acerca de los electores. Según los autores, nadie vota por modelos económicos y las elecciones se ganan con las personas comunes que están poco informadas (no es descabellado pensar que algo de estos dos elementos pudo haber jugado un rol importante en las elecciones de 2015 en Argentina). Asimismo, a los electores no les importa si gana la derecha o la izquierda, pues tales categorías serían propias de la ya pasada de moda era de la palabra, de los grandes relatos, de las grandes construcciones y de los grandes liderazgos. Es más, hablamos de electores porque para los autores ya no existe “el pueblo” sino individuos hedonistas, que en muchos casos pueden votar más movidos por la envidia que por la conveniencia. Ellos lo explican así en la página 100: “Debemos adecuarnos a una nueva democracia de masas en la cual todos quieren opinar, tener acceso a la información, privatizar lo público, socializar lo privado, fisgonear en la vida de los demás, e impedir que el Estado se meta en su vida”. A su vez, los autores agregan que en estas “nuevas democracias” hay una suspicacia hacia todo aquello relacionado con la política, pues se la ve como sinónimo de interés faccioso, ambición descontrolada y corrupción.

Desde el punto de vista metodológico, Durán Barba y su compañero parecen tener las cosas claras y afirman privilegiar los datos científicos que aportan las investigaciones cuantitativas y cualitativas antes que las intuiciones del candidato, y destacan que no existen los modelos ideales para ganar elecciones aunque los candidatos asesorados por ellos y sus recetas sean, en todos los casos, bastante similares. En lo que respecta a la ética, afirman que es posible separar “ideología” de “profesión” y que, en ese sentido, el consultor debe tener la capacidad de asesorar a candidatos de cualquier perfil ideológico, siempre y cuando éstos no se encuentren comprometidos con violaciones a DDHH. Además, afirman preferir que no se incluyan temas de la vida privada del adversario, aunque admiten que puede haber excepciones.

Para finalizar, cabe una reflexión acerca de la mirada que los autores tienen sobre esta época, esto es, aquella en la que las imágenes han reemplazado a las palabras. Frente a tal aseveración, los autores adoptan dos miradas distintas. Por un lado, lo celebran, asegurando que en la era de las imágenes y de internet es más difícil mentir (algo claramente falso, pues incluso con archivos condenatorios, su asesorado pudo desdecirse una y otra vez, sin que eso lo afectara electoralmente). Pero por otro lado se presentan como neutrales, afirmando que, aun cuando no sea lo deseable, lo cierto es que es un hecho que vivimos en una sociedad del espectáculo. Así lo explican en la página 136:

Son las imágenes y no los programas las que deciden quién gana una elección. Este no es un problema de gustos o de opciones ideológicas. Es irrelevante si a los derechistas les gusta que la gente vote por imágenes y a los izquierdistas que lo hagan por ideologías. Nosotros simplemente tratamos de conocer cómo actúan los electores para tratar de que nuestro cliente gane las elecciones. Para bien o para mal, todas las investigaciones coinciden en que la gente vota por la imagen de los candidatos más que por las doctrinas o propuestas

Frente a esto cabe hacer una última reflexión: está claro que un consultor político no está para transformar la sociedad. Eso será tarea de la política y quizás de cada uno de nosotros, pero no es exigible a quien simplemente se presenta como un profesional que brinda herramientas para ganar elecciones. No obstante, habría que marcar que esta sociedad de la imagen existe gracias a un modelo político, económico y cultural atravesado por la ideología que se deja ver detrás de las aseveraciones de Durán Barba y su compañero. En este sentido, las propuestas de estos consultores no son criticables por intentar sacar beneficio de lo que hay, sino por la pretensión de ocultar ser parte de un enorme dispositivo ideológico que busca reproducir y perpetuar eso que hay.





* Dante Palma es profesor de Filosofía y Doctor en Ciencia Política. Sus últimos libros son El gobierno de los cínicos (2016) y Quinto poder (2014). Actualmente conduce No estoy solo en radio del Plata.

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