martes, 4 de abril de 2017

Dossier. Fin de ciclo "las pelotas"

El triunfo de Lenín: ¿bisagra regional?
Juan Manuel Karg
(RT/Pagina 12)


La victoria de Lenín Moreno en Ecuador pone tempranamente en jaque la teoría de 'fin de ciclo' regional: el candidato del correísmo triunfó, precisamente, por haber ilustrado con claridad el peligro del retorno conservador a su país, tras las experiencias en curso en Argentina y Brasil. Gana por las profundas transformaciones sociales en Ecuador durante la década de gobiernos de Rafael Correa Delgado y por saber transmitir el impacto de las regresivas políticas económicas implementadas por Macri y Temer, quienes veían en Lasso un hipotético nuevo aliado regional.
El triunfo de Moreno oxigena a un conjunto de gobiernos nacionalpopulares, progresistas y de la izquierda continental. Y, sobre todo, puede servir de impulso a ese espacio de cara a las elecciones presidenciales que vienen: México, Paraguay y Brasil —en 2018— y Argentina, en 2019. Alguno dirá que el candidato de Alianza País ganó por apenas dos puntos: es verdad. Macri lo hizo por la misma diferencia e intenta ejecutar transformaciones de indole estructural, regresivas para las mayorías, como si las urnas lo hubieran colocado por encima del 60 %. Temer, que ni siquiera sacó un voto propio, implementa drásticas medidas, como el congelamiento de la inversión social por el plazo de dos décadas y la ley de tercerización laboral a la que se oponen las centrales sindicales. Por eso era importante, en el caso de Ecuador, evitar un triunfo de Lasso que, aunque hubiese sido, por la mínima, hubiera significado un brusco giro de la política económica del país.
Para Lasso, el eslógan de 'cambio' fue una bendición derivada del duranbarbismo durante el primer tramo de la campaña, cuando logró meterse al 'ballotage' desplazando a Viteri. A su vez, los 15 meses de gobierno de MM se colaron de lleno en la recta final rumbo a la segunda vuelta, aguándole la fiesta al banquero. Es que la derecha regional no tiene un solo ejemplo de gobierno por el que pueda decir: "ahí está el camino". El México de Peña Nieto, el de los 43 de Ayotzinapa y el 'gasolinazo', no lo es. Tampoco Temer y Macri, tal como hemos visto, por sus políticas de 'shock'. Menos el Paraguay de Cartes, cuya Policía viene de reprimir —un muerto mediante— las protestas contra el intento de reelección del mandatario. Y PPK, salpicado por las revelaciones de Odebrecht, se suma al pelotón. Hablamos de países donde, además, ha existido una considerable concentración del ingreso para los sectores más pudientes, exactamente a la inversa de lo sucedido en los países con conducciones posneoliberales, donde el coeficiente de Gini ha demostrado mayor igualdad. Con la derrota de Lasso, Ecuador evita mirarse en el espejo de ese bloque de países.
Visto a nivel regional, el triunfo de Lenín podría llegar a ser un punto de inflexión. Un momento bisagra para América Latina y el Caribe. Dependerá de la evolución de las próximas elecciones, donde en casi todos los casos que mencionáramos previamente las variantes nacionalpopulares, progresistas y de la izquierda encabezan los sondeos. Pero ese será otro cantar y para eso falta. Primero, Correa deberá juramentar a su primer vicepresidente como nuevo jefe de Estado de Ecuador. A fin de cuentas, las tesis del 'fin de ciclo' y sus agoreros se han topado con un caso que demuestra que la puja política entre dos modelos contrapuestos está más viva que nunca en el continente.


* Juan Manuel Karg-Politólogo UBA / Analista Internacional

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El fin de ciclo que no fue


Emir Sader
El  triunfo de Lenín Moreno, derrotando por segunda vez consecutiva al  banquero más grande de Ecuador, Guillermo Lasso, cierra la racha de la derecha latinoamericana y termina con la cháchara de un “fin de ciclo de gobiernos progresistas” en el continente. El pueblo ecuatoriano, aun bajo una sórdida campaña de los medios para intentar denigrar a Rafael Correa y a su gobierno, supo distinguir que entre los dos caminos –el de la continuidad de las trasformaciones realizadas por el gobierno de Alianza País y el retorno neoliberal a manos de un banquero–, escogió la Revolución Ciudadana como el mejor camino para el país.

Cuando en las segundas vueltas quedan claras las opciones entre el modelo neoliberal y las alternativas antineoliberales, el pueblo no se equivoca y decide por éstas. 


 Aunque hubiera ganado Lasso, no habría nada que se pudiera denominar como “fin de ciclo”, porque se instauraría también en Ecuador el gobierno de los bancos, del capital financiero, de la especulación financiera, restaurando de nuevo el antineoliberalismo como oposición a la derecha. Se trataría de la restauración neoliberal, como ocurre hoy en Argentina y en Brasil. Lo que importa es que Ecuador seguirá el camino abierto por Rafael Correa cuando hace 10 años, anunció que se terminaba la larga noche del neoliberalismo y se pasaba de un tiempo de cambio a un cambio de tiempo.

¿Quedan atrás la derrota parlamentaria en Venezuela, la victoria electoral de la derecha en Argentina, el revés para Evo Morales en el referendo en Bolivia, el golpe contra Dilma en Brasil? No, no basta con la victoria de Lenín Moreno para dar vuelta a la contraofensiva de la derecha latinoamericana. Los factores que han llevado a reveses en otros países se hicieron presentes en Ecuador, pero no fueron suficientes -por un margen estrecho- para derrotar al gobierno progresista. 

Hay que hacer el balance de las tendencias que han llevado a que las victorias espectaculares de Rafael Correa en primera vuelta se transformaran en una victoria por un margen estrecho. Los balances no son simples, se mezclan cambios en la coyuntura internacional, cambios en la estrategia de las derechas latinoamericanas, así como errores de los mismos gobiernos. 

Hacer desde una victoria y desde el gobierno es una ventaja enorme, porque se está en condiciones de corregir los errores y hacer las adecuaciones, poniéndolas en la práctica. 

El mentado fin de ciclo se choca con el empuje de los gobiernos de Macri y de Temer que se han agotado rápidamente, recolocando el enfrentamiento entre neoliberalismo y antineoliberalismo en nuevas condiciones. Ya no se tiene que comparar lo que han hecho los gobiernos progresistas con lo realizado por los gobiernos neoliberales en los años 1990, sino la comparación es con la misma realidad contemporánea, que permite a los que no se habían dado cuenta entender que las mejorías que han tenido los países fueron decisiones políticas de gobiernos progresistas que, una vez sustituidos, los hacen perder los derechos conquistados.

En Ecuador ha vuelto a quedar claro, en ese caso de forma todavía más cristalina, cómo la alternativa a los gobiernos posneoliberales está a la derecha y no a la izquierda. Más que eso, la ultraizquierda, frente a esa disyuntiva o desaparece simplemente o, peor, apoya a la derecha, aunque sea al banquero más rico del país. “Mejor un banquero que la continuidad de la ditadura” han proclamado sectores del movimiento indígena que habían quedado en el gobierno derechista de Lucio Gutiérrez, aun después de que éste hiciera su viraje pro-EEUU. Intelectuales que han firmado documentos de crítica al gobierno de Rafael Correa en plena campaña electoral, favoreciendo a la derecha, pretenden dar lecciones a la izquierda. El candidato de una izquierda supuestamente alternativa a Alianza País, se ha pronunciado, en la recta final, por Lasso.

Ecuador ha puesto un coto al viraje a la derecha en países con gobiernos antineoliberales. El agotamiento prematuro de los gobiernos de Macri y de Temer plantea la posibilidad real de que la izquierda vuelva a dirigir a Argentina y a Brasil -aquí con la perspectiva concreta del retorno de Lula-. Quienquiera que triunfe en las elecciones presidenciales de México, se verá obligado a volcarse hacia Latinoamérica, para resistir a la ofensiva proteccionista del gobierno de Trump, recomponiendo, de manera todavía más amplia, los procesos de integración latinoamericana.

El fin de ciclo no era fin de ciclo, era el fin de la primera ola del ciclo antineoliberal, que genera ahora las condiciones de un segundo y definitivo ciclo de superación del neoliberalismo en América latina.

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Ecuador: el pueblo dijo ni un paso atrás
Comparto nota sobre la elección presidencial del día de ayer en Ecuador

  La victoria obtenida por Alianza País en el balotaje del 2 de Abril confirma que el pueblo ecuatoriano supo discernir lo que estaba en juego: la continuidad de un gobierno que marcó un antes y un después en la historia contemporánea del Ecuador o el suicida salto al vacío,  emulando la tragedia argentina. Lenin Moreno y Jorge Glas representan la consolidación de los avances logrados en numerosos campos de la vida social durante diez años bajo el liderazgo de Rafael Correa; su adversario, Guillermo Lasso, personificaba el retorno de la alianza social que tradicionalmente había gobernado al Ecuador con las desastrosas consecuencias por todos conocidas. Un país con grandes mayorías nacionales secularmente sumidas en la pobreza, con índices de desigualdad y exclusión económica, social y cultural aberrantes. Una nación víctima de la insaciable voracidad de banqueros y latifundistas que saqueaban impunemente a una población que tenían como rehén y que, en su desenfreno, provocaron la megacrisis económica y financiera de 1999. En un alarde de falsificación de los hecho históricos a esa tremenda crisis la denominaron, amablemente, “feriado bancario”, a pesar de que en su vorágine acabó con la moneda ecuatoriana, que fue reemplazada por el dólar estadounidense, y provocó la estampida de unos dos millones de ecuatorianos que huyeron al exterior para ponerse a salvo de la hecatombe.



         Son varios los factores que explican este alentador resultado, para Ecuador y para toda América Latina. Uno: los traumáticos recuerdos del 1999 y el descaro con que los agentes sociales y las fuerzas políticas de aquella crisis –antes que nadie Guillermo Lasso- proponían la adopción de las mismas políticas que la habían originado. La candidatura de la derecha manifestó que ampliaría los márgenes de autonomía de las fuerzas del mercado, reduciría el gasto público, privatizaría la salud y la educación, bajaría los impuestos y acabaría con la hidra de siete cabezas del supuesto “populismo económico”. La política social sería recortada porque sin decir cómo, Lasso aseguraba que crearía un millón de nuevos empleos en cuatro años, pero se cuidó muy bien de notarizar esta promesa en el programa de gobierno que, tal como lo prescribe la legislación electoral, inscribió ante un escribano público. En el terreno internacional, Lasso declaró que cerraría la sede de la UNASUR, entregaría a Julian Assange a las autoridades británicas y se alejaría de todos los acuerdos y organismos regionales como la UNASUR, la CELAC y el ALBA.
  



Dos, el intenso trabajo de campaña hecho por el binomio Moreno-Glas, que le permitió establecer un profundo vínculo con la base social del correísmo y de llevar a cabo, de nueva cuenta, una extenuante recorrida por las 24 provincias del país, afianzando una presencia territorial y organizacional cuyos réditos fueron evidentes a la hora de abrir las urnas. Otro factor explicativo, el tercero, fue el apoyo de Correa  y su denodado esfuerzo por apuntalar con una vertiginosa dinámica gubernamental, la campaña de la fórmula oficialista. Si algo hacía falta para ratificar el carácter excepcional de su liderazgo era esto: una victoria inédita en la historia ecuatoriana porque nunca antes un gobierno se había re-elegido al cambiar la candidatura presidencial. En línea con esto hay que recordar que en la primera vuelta Alianza País había obtenido la mayoría absoluta de los diputados a la Asamblea Nacional y que un 55 por ciento de la ciudadanía votó a favor de la propuesta del gobierno de prohibir que los altos funcionarios y gobernantes pudieran tener sus dineros invertidos en paraísos fiscales. En otras palabras, apoyo interno en lo institucional y en el plano de la sociedad civil no le faltará al nuevo presidente.



         En los días previos predominaba en los ambientes de la Alianza País una profunda preocupación. Las encuestas no estaban arrojando los resultados que se esperaba y ponían en cuestión el entusiasmo militante con que Moreno y Glas eran recibidos en todo el país. La campaña de terrorismo mediático fue de tal magnitud y bajeza moral, y este es el tercer factor que hay que tomar en cuento, que hizo que el votante aliancista temiese manifestarse ante las preguntas de los encuestadores. Las acusaciones lanzadas en contra de Correa y Glas eran tan tremendas como carentes por completo de sustancia. Lo significativo del caso es que la derecha acusaba en los medios pero se abstenía de hacer una denuncia en los tribunales. Como dijo uno de los observadores en la reunión con la gente de CREO-SUMA: “no queremos chismes, aporten datos concretos”. Nunca lo hicieron. Pero, abrumada e intimada por esta artillería mediática (que contó con la activa colaboración de algunos “dizque periodistas” argentinos, en realidad agentes de propaganda al servicio de las peores causas) y por las veladas amenazas de los profetas de la restauración una parte significativa de los encuestados se definían como “indecisos” cuando en realidad no lo estaban. La verdad salió a la luz a partir del escrutinio.
         En una nota anterior decíamos que esta elección sería la “batalla de Stalingrado”, porque de su desenlace dependería el futuro del Ecuador y de América Latina. Una derrota daría pábulos a la derecha regional y aceleraría la modificación regresiva del mapa sociopolítico sudamericano, fortaleciendo a los tambaleantes gobiernos de Argentina y Brasil, protagonistas fundamentales del actual retroceso político, y refutando la tesis de algunos analistas agoreros que se apresuraron a decretar el “fin del ciclo progresista” mientras el finado seguía respirando. La victoria de Alianza País confirma que la lucha continúa, que los traspiés experimentados en fechas recientes son sólo eso, que el viejo topo de la historia continúa su labor y que aquí, en la mitad del mundo, un pueblo consciente tomó el futuro en sus manos y dijo “ni un paso atrás”. Como lo afirmara Correa, hicimos mucho pero queda mucho más por hacer. Haber ganado esta batalla crucial es  una gran noticia no sólo para los latinoamericanos sino para todos quienes, en el resto del mundo, pugnan por poner fin a la barbarie neoliberal. ¡Salud Ecuador!

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