martes, 14 de marzo de 2017

La facultad de sociales de la UBA elaboró un informe sobre la evolución de la pobreza según los nuevos indicadores


Para mirar la película y no sólo la foto

El informe detalla la drástica reducción de los índices de pobreza ocurridos durante los años del kirchnerismo y el aumento sucedido durante 2016, a partir de la llegada de Mauricio Macri. Marca la trampa de comparar índices con distintos indicadores
Entre 2003 y 2005, un 47 por ciento de los argentinos y argentinas dejaron de ser pobres.
Entre 2003 y 2005, un 47 por ciento de los argentinos y argentinas dejaron de ser pobres. (Imagen: Pablo Piovano)
EEl Centro de Estudios de la Ciudad de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA (CEC) amplió los indicadores estadísticos estrenados por el Gobierno de Mauricio Macri para medir pobreza e indigencia y los aplicó al período de gobiernos kirchneristas: los resultados revelaron que entre 2003 y 2015 un 47 por ciento de argentinos y argentinas dejaron de ser pobres, mientras que un 72,7 por ciento dejaron de ser indigentes. La tendencia a la baja se revirtió desde la llegada del gobierno de Cambiemos y volvieron a crecer durante 2016.  

El objetivo del informe elaborado por el espacio dirigido por Adriana Clemente es doble. Por un lado, discutir la comparación de porcentajes de pobres e indigentes medidos con diferentes indicadores. “Concretamente, el 26,9 por ciento de personas pobres informadas por el Indec para el segundo semestre de 2006 no es en modo alguno comparable con el 32,1 por ciento de personas pobres informadas por el organismo para el segundo trimestre de 2016”, propone el informe interpretativo del análisis, elaborado por el especialista Agustín Mario. 

Por otro, lograr un elemento que permita analizar la progresión “histórica de la pobreza”. En ese sentido, el espacio dirigido por Clemente celebró que el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec) retomara en septiembre pasado la publicación del informe Incidencia de Pobreza e Indigencia, discontinuada en el segundo semestre de 2013. El espacio incorporó los números elaborados por la nueva gestión y los nutrió con “una mayor cantidad de indicadores” y “una mayor desagregación de los resultados”. “Todos los indicadores presentados por el Indec han sido ‘llevados hacia atrás’ de modo que ahora es posible hacer comparaciones y, así, trascender la ‘foto’ –dónde estamos– y poder apreciar la ‘película’ –de dónde venimos–”, plantea el informe interpretativo del análisis, a cargo de Agustín Mario. 

“Los resultados muestran importantes reducciones de la pobreza y, muy especialmente, la indigencia, tanto en hogares como en personas para el período 2003-2015”, concluye el trabajo. Las tablas del estudio indican que en el segundo cuatrimestre de 2003, el 49,8 de por ciento los hogares y el 59,4 por ciento de las personas eran pobres, mientras que el primer número se redujo a 23,3 por ciento y el segundo a 31,5, al cabo del segundo gobierno de Cristina Kirchner. Según el barrido de datos, “luego de un aumento en 2004, se observa una caída sistemática de la pobreza (tanto en hogares como en personas) hasta 2013”, desagrega el informe, y continúa: “En 2014, la pobreza vuelve a incrementarse para volver a reducirse en 2015 aunque no lo suficiente como para recuperar los niveles de 2013, el punto más bajo del período considerado”. En cuanto a la indigencia, el estudio plantea que “se redujo, entre 2003 y 2015, un 72,3 por ciento en hogares y un 72,7 en personas”; que esa reducción es “sistemática hasta 2010”, cuando “aumenta tanto en personas como en hogares”, y luego vuelve a achicarse hasta 2014, cuando repunta. 

El análisis sostiene también que la reducción de los indicadores entre 2003 y 2015 fue, además, equitativa en cada una de las regiones del país. Las reducciones en ambas categorías, tanto en hogares como en personas, son del orden del 50 por ciento y superiores. En territorios como en el NOA, por ejemplo, la pobreza en hogares disminuyó en un 57,6 por ciento; en personas, un 52 por ciento y la indigencia en hogares, un 79,8 por ciento; y en personas, un 79,1 por ciento. 

En la gestión de Cambiemos, el informe indica que “se ha incrementado nuevamente la indigencia y la pobreza en personas”, con 32,2 y 6,3 por ciento respectivamente para cada categoría. El porcentaje de hogares se ve “inalterado” en ambas –incluso se redujo en número de pobres– “lo cual estaría indicando que si bien la proporción de hogares pobres/indigentes sería similar, estos contarían con un mayor número de miembros en promedio”.

En ese sentido, el CEC insiste en que “la erradicación de la pobreza debe ser sino el principal al menos uno de los objetivos centrales de la política económica” y que, para eso, “es preciso trascender la discusión acerca de cuántos pobres hay para pasar a discutir políticas para solucionar el problema”. Por eso, advierte que los porcentajes de pobres e indigentes durante la década kirchnerista y la gestión de Macri no significan “lo mismo” si no fueron contabilizados según los mismos parámetros. “Como se mostró, todos los indicadores de pobreza e indigencia mejoraron significativamente durante el período 2003-2015. Y la mejora no se limitó al período 2003-2007. Por el contrario, las mejoras continuaron, sin lugar a dudas, hasta 2013 y, en muchos casos, incluso hasta 2015”, afirman.  “Es hora de dejar de discutir cómo medir la  pobreza e implementar políticas para resolverla”, concluye el análisis.

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Nada en común

 Adriana Clemente *

El crecimiento de la pobreza, que estimamos en alrededor de 10% desde diciembre del 2015 a la actualidad,  no es una externalidad, es decir algo que ocurre por efecto de otras medidas y resulta un efecto no deseado.  Sino que un alto índice de pobreza es algo inherente al modelo actual y por lo tanto hay medidas específicas que fueron en esa dirección.  La destrucción de empleo en sectores menos especializados como el de la construcción a partir de parar (literalmente) la obra pública, el desmantelamiento de regulaciones para  actividades que actúan a destajo en medios urbanos y rurales; la quita de subsidio a la energía que empobrece a sectores medios, históricos dadores de trabajo a otros estamentos de servicios y oficios.   

El modelo de concentración de riqueza que propone Cambiemos, necesita primero una política shock que discipline a la sociedad y genere las condiciones para aceptar los cambios que son restrictivos y de ajuste, es decir impopulares. Luego a largo plazo el modelo debe poder convivir con una clase media empobrecida pero “productiva” en coexistencia con lo que en la lógica del gobierno actual se definen como “inempleables”. Para estos últimos, sí se debe instrumentar el subsidio ya que es más barato tenerlos en los umbrales de la sobrevivencia que propiciar una sociedad centrada en la movilidad social.          

La fórmula del ajuste está en la memoria del pueblo argentino, aunque de modo inexplicable casi la mitad de la sociedad argentina haya entrado en una especie de amnesia (con ayuda mediática), respecto al tipo de representación social que el apellido Macri podía asumir para el conjunto de la sociedad. 

¿Cuál es la diferencia en el tratamiento de la pobreza entre un modelo u otro? Ambos dan subsidios que cubren a los niños cuyos padres están fuera del mercado formal de trabajo (AUH), ambos mantienen una red de contención en cabeza de organizaciones sociales que administran alimentos (comedores comunitarios) y en algunos casos, los menos, de los movimientos sociales que administran programas de subsidio al desempleo (Argentina Trabaja). La gestión actual se jacta de haber aumentado los popularmente llamados planes sociales, sin reconocer que ese crecimiento es un pésimo indicador de la economía, ya que en este caso se sustituye empleo por ayuda social.  

Algún distraído dirá que los planes sociales existen en uno y otro modelo, ¿entonces en qué radica la diferencia entre uno y otro modelo de atención a la pobreza? La diferencia es que el gobierno de Néstor y de  Cristina Kirchner (2003/2015) abordaron la pobreza en clave de la mejor tradición justicialista, es decir, como un problema que la sociedad debe procesar de modo conjunto y a partir de la convergencia de por lo menos dos vectores. Uno conceptual que opera bajo la convicción del derecho al bienestar, con alguna independencia de la capacidad de competencia de las personas en mercado de trabajo. De ahí, el despliegue de un espectro de políticas (educación, salud, vivienda social) que atendían necesidades que iban desde el acceso a una prótesis, la mejora de la vivienda y su entorno, hasta el  fomento de capacidades artísticas (orquestas juveniles) y deportivas.    

El otro vector es material y refiere a que la lógica reparadora y compensadora del subsidio (directo e indirecto) para los más pobres operará en un contexto de crecimiento económico, creación de nuevos puestos de trabajo y oferta accesible de capacitación en todos los niveles y ramas educativas. Ambos vectores, el conceptual y el material representan la apuesta a la movilidad social ascendente como clave del modelo. 

Por el contrario, el modelo de Cambiemos no es de desarrollo, sino de crecimiento económico. Eso significa que puede cerrar con la gente afuera, y sobre todo con los pobres afuera. Sociedades como la de Brasil, antes y después de Lula y Dilma, saben bien que se puede tener crecimiento económico sin desarrollo. La desigualdad obscena que mata a los pobres y embrutece a los ricos. 

Por más que el ingeniero Mauricio Macri y su gabinete se lamenten frente a los micrófonos por el crecimiento de la pobreza, basta con ver indicadores claves para confirmar que para el modelo social y económico que representan,  la pobreza es un “mal necesario” de ahí su crecimiento exponencial. La asignación presupuestaria, sus prioridades y la subejecución de sectores claves; así como el desmantelamiento de todos los soportes socio educativos y sanitarios que actuaban en sinergia con la AUH, se combina de forma explosiva con la destrucción de empleo formal, la crisis de consumo y un contexto inflacionario que para el sector de los alimentos, principal gasto de los más pobres, es hiperinflacionario.  

Definitivamente son modelos diferentes e irreconciliables. Ellos consolidaran el 28% de pobres en el 2016 y nosotros según las mediciones más confiables establecemos el 19%, guarismo que aun alto en 12 años siempre tuvo tendencia decreciente. Ellos empezaran a batallar con la baja de la edad de imputabilidad, mientras nosotros somos testigos del rápido deterioro de las condiciones de vida de los niños y jóvenes en los barrios. Ellos hablarán de reparación histórica de unos pocos, mientras nosotros vemos cuadros dramáticos, protagonizados por jubilados en las farmacias de las periferias. En fin, entre un modelo y otro, entre ellos y nosotros en  lo que refiere a tratamiento de la pobreza, no hay nada en común y eso no es una cuestión personal.


* Directora del CEC. Sociales (FCSs/UBA).

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