jueves, 25 de mayo de 2017

¿Quién impide la “revolución capitalista” en Argentina?

 Ricardo Aronskind

Argentina es un país capitalista. Distinto, claro, a un país capitalista industrializado, desarrollado.

Es un país que no desplegó sus potencialidades, y que es dependiente del entramado capitalista mundial. Que podría haber eliminado la pobreza, y podría haber garantizado un buen nivel de vida a toda su población, pero que no lo hizo. Que podría tener un alto desarrollo técnico y científico, que podría ofrecer puestos de trabajo calificados para la mayoría de sus habitantes, pero que no lo hizo.

La forma que asume el capitalismo en la Argentina es una combinación de las capacidades y limitaciones de las fuerzas locales para impulsar el desarrollo, y de las presiones y restricciones globales para adaptar la economía y la sociedad argentina a las necesidades de los países centrales y sus multinacionales.

Eso no le quita un ápice de capitalista al sistema vigente en Argentina: este es el capitalismo real, histórico, periférico, dependiente, atrasado.

Dicho esto, abordemos por un momento la argumentación de la derecha neoliberal argentina.

El argumento repetido en cada experimento neoliberal  en Argentina (1976-1983, 1989-2001, 2015-2017…) es que “por culpa” de políticas erróneas, regulaciones y controles innecesarios, demagogias, despilfarros distribucionistas, nacionalismos, populismos, desarrollismos, estatismos, industrialismos, “los políticos”, el estado, los empleados públicos, los sindicatos, etc, el país no siguió en el “maravilloso” sendero en el que estaba a fines del siglo XIX, extravió su rumbo, y en vez de ser Canadá, Australia, o Estados Unidos, fue Argentina.

Faltaría, estaría pendiente según la mitología neoliberal, una “verdadera revolución capitalista”, en donde se establezcan reglas de juego genuinas para que la iniciativa privada despliegue todo su potencial, se premie el esfuerzo y se despliegue toda la creatividad que –dice la leyenda- le dio la grandeza a Estados Unidos y a otras potencias occidentales exitosas.

En este relato, los grandes capitalistas argentinos de carne y hueso no habrían tenido nada que ver con el devenir histórico concreto. Habrían sido víctimas de personajes ajenos a su sector, que se apoderaron del Estado para ejecutar políticas que desconocieron las bases mismas del sistema capitalista: 1) tiene que haber alta rentabilidad, 2) tiene que haber confianza en las reglas del juego y en las autoridades políticas. Si estas reglas se cumplen, los capitalistas invierten cada vez más y se produce el crecimiento. Pero si desde los gobiernos se los desalienta, se los desmotiva, se los amenaza, se cohíben y no invierten.

Según ese relato neoliberal, intereses ajenos a los principios económicos que promueven la acumulación ocuparon el Estado, “distorsionaron” las políticas públicas “sanas”, hicieron lugar a demandas extra-económicas, se ocuparon de satisfacer vaya a saber qué necesidades de qué sectores subalternos, y desalentaron a los capitalistas, que debieron subsistir como podían mientras esperaban que se produjera la “verdadera revolución capitalista” -que pusiera las cosas en su lugar-, para que ellos pudieran invertir, crecer, crear empleo y liderar la sociedad hacia la prosperidad, como corresponde.

Extraño galimatías: la “revolución capitalista” no se ha producido en Argentina, a pesar de que es un país absolutamente capitalista, en el cual a los grandes capitalistas les ha ido muy bien (desde el punto de vista de las ganancias) a través de las décadas, pero en el que no se ha verificado el paso siguiente de la rentabilidad, la inversión, que hubiera provocado el despegue argentino.

Es preciso aclarar que la llave maestra de todos los “milagros” económicos de todos los tiempos es la inversión. Sin inversión, nada ocurre. Y la responsabilidad por generar la inversión, si uno es liberal y cree en las fuerzas del mercado, les corresponde a los empresarios. No al estado, que debe limitarse a velar para que las condiciones para la acumulación y la inversión no sean perturbadas.

En la teoría económica clásica, no le cabría a los capitalistas ningún otro rol ni moral ni político. La verdadera “responsabilidad social empresaria”, en el capitalismo, es invertir para ganar más plata, no promover jardines maternales en La Quiaca. Pero la inversión tendría la virtud “social” de generar empleo, pagar salarios, y sostener materialmente el funcionamiento de la sociedad.

En el extraño caso argentino, sin embargo, esa mínima cadena de relaciones de causa y efecto (ganancia-inversión) se interrumpe. Nadie puede negar, con los números en la mano, que hace muchas décadas el alto empresariado agrícola, industrial, comercial, financiero y de servicios ha ganado mucha plata. Esos sectores son, por otra parte, los que han gobernado en los ciclos neoliberales, y los que más se violentan con los gobiernos “ajenos”.

La particularidad del caso local es que desde 1976, donde llegan al poder con Martínez de Hoz, las ganancias del alto empresariado se ha invertido cada vez menos en la producción de riqueza. Se canalizaron, en cambio, hacia actividades de servicios financieros, inmobiliarios, intermediación parasitaria, importaciones y cada vez más intensamente, hacia la fuga de capitales.

Con Menem contaron con una carta extraordinaria: un gobierno democrático, con fuerte llegada al pueblo y los sindicatos, adoptó a fondo el neoliberalismo, y puso todas las bases institucionales para la “revolución capitalista” que, sin embargo, no llegó. Si bien hicieron mucha plata, los mejores negocios eran los servicios para el mercado interno –la privatizadas tenían maravillosas rentas monopólicas- , las importaciones que arrasaban el tejido productivo nacional, los servicios financieros –entre ellos la toma de deuda externa- y como siempre la intermediación parasitaria. Sería difícil sostener que ese gobierno no hizo todo lo que le demandaban las grandes empresas locales y extranjeras, con legitimidad electoral, y con consenso de los dos grandes partidos del momento.  Pero… ¿y la revolución capitalista del crecimiento y la prosperidad?

Dejamos de lado, ex profeso, otros comportamientos característicos del sector, como la tendencia a eludir de todas las formas posibles la competencia, usar al Estado para obtener rentas de privilegio, invertir sólo en actividades cortoplacistas de altísimo rendimiento, rehusar el pago de los impuestos normales, burlarse de los derechos de los consumidores, construir escasísimas empresas con capacidad competitiva internacional, aprovechar todos los regímenes de promoción para obtener beneficios impositivos sin realmente invertir, idear “negocios” sin impacto en el crecimiento.

Nos interesa remarcar una marcada e histórica reticencia inversora de parte del alto empresariado, a pesar de haber controlado completamente al país durante 23 años desde 1976 hasta la actualidad. ¿Por qué no se produce la verdadera “revolución capitalista” cuando ellos mismos conducen a la nación?

Proponemos una interpretación alternativa a la neoliberal.

Martínez de Hoz primero, Cavallo después  y hoy Macri, encarnan la “revolución capitalista real”, que no es la de la ganancia productiva y la inversión para el crecimiento, sino la de las rentas de corto plazo concedidas por un gobierno a su servicio.

¿No será que el capitalismo dónde se sienten realmente cómodos es el reino de la ganancia desconectada de la “difícil” producción genuina de riqueza, el capitalismo de la ganancia rápida y garantizada por un Estado que controlan –liberada de la “trabajosa” competencia interna y externa-, con la válvula de escape siempre disponible de la transformación en dólares de sus ganancias para luego fugarlas hacia el exterior?

Si así fuera, la “revolución capitalista” real llegó hace rato a la Argentina.

La imagen idílica de un país del primer mundo donde las cosas funcionan perfectamente como se cuenta en los manuales de “economía para dummies”, es un meta-relato de los grandes capitalistas periféricos realmente existentes, y de sus empleados y escribas de ocasión, para consumo de lo que con rigor científico podríamos denominar “gilada”.

Ese meta-relato, que permite transitoriamente mantener a las capas medias en un estado de ensoñación esperanzada necesitará, lógicamente, de una muy buena nueva excusa que permita explicar -nuevamente- por qué la “verdadera revolución capitalista” no se produjo bajo la gestión de un empresario tan representativo de la innovación, la competitividad y la vocación productiva como Mauricio Macri.

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