viernes, 21 de julio de 2017

“Lo que calla Occidente sobre el terrorismo islámico” por Eliseo Oliveras

Eliseo Oliveras*

El terrorismo islámico golpea no solo en Europa y Estados Unidos, sino también en África, Oriente Próximo y Asia hasta su extremo oriental. Los datos del Departamento de Estado estadounidense indican que unas 20.800 personas —sin incluir a los perpetradores— murieron en 2015 víctimas de ataques terroristas islámicos en todo el mundo. Durante 2016, los recuentos informales cifran los atentados islámicos en más de 2.400 repartidos por 59 países con unas 21.000 víctimas mortales.
Este terrorismo yihadista no es un fenómeno que haya surgido con el nuevo siglo, sino que es fruto de un largo y doble proceso histórico: primero, la colaboración reiterada de las potencias occidentales con grupos extremistas islámicos por intereses a corto plazo sin preocuparse de las consecuencias a largo plazo, y segundo, la promoción mundial del extremismo islámico por parte de Arabia Saudí y los países del Golfo.

Colusión occidental con los extremistas

Las potencias occidentales han utilizado durante más de un siglo a los extremistas islámicos para combatir en los países musulmanes a las fuerzas políticas seculares consideradas una amenaza para sus intereses geoestratégicos y económicos, pese a que esos extremistas eran aún mucho más hostiles a Occidente. El islam se utilizó también como arma contra los partidos marxistas y comunistas.
El Gobierno británico utilizó a lo largo del siglo XX a los extremistas islámicos para promover sus objetivos internacionales y mantener su capacidad de injerencia en la política nacional o exterior de países claves en el mundo postcolonial a través de su uso como fuerzas de choque para desestabilizar Gobiernos, promover golpes de Estado, eliminar líderes incómodos o para apuntalar Gobiernos amigos, como detalla el historiador Mark Curtis en su libro Secret Affairs.

Promoción saudí del extremismo islámico

Desde la década de 1970, Arabia Saudí y los países del Golfo financian con sumas multimillonarias anuales la expansión del salafismo wahabita con el objetivo de convertirlo en la versión hegemónica del islam. El salafismo wahabita, con su interpretación anticuada y yihadista del islam, el adoctrinamiento en el odio religioso y su condena de la democracia y los valores occidentales como incompatibles con el islam, es la base ideológica del autodenominado Estado Islámico (ISIS), Al Qaeda y la mayor parte de los grupos terroristas islámicos existentes. Por motivos económicos, los países occidentales y del resto del mundo se han mostrado pasivos ante esa campaña de proselitismo del islam más extremista, que incluye la yihad como un elemento esencial de la doctrina.
La progresiva radicalización islamista actual y el desarrollo de grupos yihadistas son el efecto acumulado de esa masiva inyección de fondos saudís para la financiación de mezquitas, imanes, centros coránicos, escuelas religiosas, libros, viajes y becas de estudio en la Universidad de Medina. El ejército filipino, por ejemplo, lleva siete semanas —desde el 23 de mayo— intentando recuperar el control de la ciudad de Marawi, tomada por islamistas vinculados a ISIS, y las autoridades indonesias admiten que hay células de ISIS en casi cada provincia.

Denuncia musulmana contra el extremismo saudí

El papel del salafismo wahabita como responsable de la actual erupción del yihadismo a escala mundial ha sido denunciado incluso por la organización juvenil musulmana más grande del mundo, Gerakan Pemuda Ansor. Esta organización indonesia destacó en una declaración institucional del pasado 23 de mayo que los más de 50 años de “proselitismo saudí” y “adoctrinamiento de los musulmanes en el odio religioso” están “intrínsecamente conectados” a la actual ola de extremismo y terrorismo.
Los servicios de inteligencia alemanes, en un informe filtrado en diciembre por el periódico Süddeutscher Zeitung, advertían de que ese proselitismo del salafismo wahabita constituye una estrategia a largo plazo para influir en Europa y en el resto del mundo y “forma parte de la política exterior” de Arabia Saudí y los países del Golfo. Entre las organizaciones responsables de la expansión del salafismo en la UE, destacaban la saudí Liga Mundial Musulmana, la kuwaití Sociedad para la Revitalización del Legado Islámico —prohibida en EE. UU. desde 2008 por su apoyo a organizaciones terroristas— y la catarí Fundación Caritativa Eid.

Aliados que financian el terrorismo

A pesar de ser teóricamente aliados de Occidente, Arabia Saudí y los países del Golfo no solo financian el extremismo islámico, sino también el terrorismo yihadista. Arabia Saudí y la élite del país han estado financiando Al Qaeda desde Afganistán a sus posteriores actividades en Irak, Siria y Yemen. Un documento del Departamento del Tesoro de EE. UU. prueba la financiación saudí de grupos terroristas al menos hasta la primera mitad del 2006. La secretaria de Estado Clinton se quejaba en 2009 en un cable diplomático filtrado por WikiLeaks de que los saudís seguían financiando a grupos terroristas y en un correo electrónico de agosto de 2014 indicaba que Arabia Saudí y Catar seguían facilitando apoyo logístico y financiero clandestino a ISIS y otros grupos extremistas.
Asimismo, la primera ministra británica mantiene secreto un informe sobre la financiación del terrorismo islámico en Gran Bretaña encargado por el anterior premier en diciembre de 2015 para no perjudicar las relaciones con Arabia Saudí y los países del Golfo, cuyos petrodólares son esenciales para el sector bancario británico y la City londinense, además de los multimillonarios contratos de exportación de armamentos —más de 3.800 millones desde 2015 solo a Arabia Saudí—.
Hasta Turquía, miembro de la OTAN, estuvo facilitando apoyo a ISIS, Al Qaeda y otros grupos yihadistas en Siria y colaborando con el contrabando de petróleo de ISIS. Ankara incluso prohibió a EE. UU. el uso de bases en Turquía para atacar a ISIS y solo cedió en julio de 2015 después de que Washington obtuviera abundantes pruebas documentales de la colaboración del régimen turco con ISIS en una operación comando en Siria.
Fuente: Cartografía EOM

Alianzas británicas con los extremistas

Gran Bretaña ya empezó a finales del siglo XIX y a principios del XX a instrumentalizar y a potenciar la radicalización de los grupos y las comunidades musulmanas en la India colonial para debilitar el secular movimiento independentista indio. Como consecuencia de esa política se derivó la partición de India, el nacimiento de Pakistán —‘tierra de pureza’—, las sucesivas guerras con India y el apoyo del Estado paquistaní de diferentes grupos terroristas islámicos como una herramienta de su política exterior, como Lashkar-e-Taiba —‘ejército de los puros’—.
Gran Bretaña contribuyó decisivamente al actual auge del extremismo islámico cuando traicionó a su aliado de la Primera Guerra Mundial contra el Imperio otomano, el moderado rey hachemita Husein ben Ali, y apoyó a Abdelaziz bin Saud, que se hizo con el control de los lugares santos de La Meca y Medina y conquistó Arabia de 1920 a 1932. El Gobierno británico no dudó en apoyar la expansión saudí pese al carácter extremo de su ideología wahabita, las masivas matanzas contra la población civil y el uso del terror como herramienta de dominación —la guerra causó 400.000 víctimas y un millón de exiliados— y pese al precedente de las matanzas del primer reino saudí a finales del siglo XVIII y principios del XIX, descritas por Ali Bey en sus Viajes.
Winston Churchill, secretario de Colonias y después ministro de Finanzas en esa época, fue uno de los mayores defensores de Bin Saud porque era “absolutamente fiel” a Gran Bretaña, aunque en 1921 describía su régimen ante la Cámara de los Comunes como “sediento de sangre”. Churchill, ya como primer ministro, incluso consideró en mayo de 1941 otorgar al rey saudí la tutela de Jordania e Irak. A partir de 1945, EE. UU. sustituyó a Londres como principal potencia protectora de Arabia Saudí.
Para ampliarChurchill and Palestine 1939-1942, Gavriel Cohen, 1976

Contra Nasser y Mosaddegh

Tras la Segunda Guerra Mundial, Gran Bretaña, Francia y EE. UU. apoyaron y financiaron a los Hermanos Musulmanes, organización fundada como grupo terrorista por Hasán al Banna en 1928 para combatir a los movimientos nacionalistas árabes seculares, los partidos de izquierda y en especial al carismático presidente egipcio, Gamal Abdel Nasser, aunque la organización era virulentamente más antioccidental que los nacionalistas árabes. La colaboración occidental con los Hermanos Musulmanes incluyó la financiación de intentos de asesinato de Nasser.
Para ampliarMI6: Inside the Covert World of Her Majesty’s Secret Intelligence Service, Stephen Dorril, 2002
Otro momento clave de la alianza de Gran Bretaña y EE. UU. con los islamistas fue la operación para derrocar al Gobierno democrático de Mohammad Mosaddeq en Irán en 1953 porque perjudicaba los intereses petrolíferos occidentales. El MI6 británico y la CIA norteamericana financiaron al clérigo chií y a la organización terrorista Fedayines del Islam para atacar al Gobierno y crear disturbios contra Mosaddeq. Aunque a corto plazo EE. UU. y Gran Bretaña preservaron sus intereses económicos y petrolíferos, el golpe reforzó el poder de los ayatolás y ha conducido a que en la actualidad haya en Irán una república islámica en lugar de una democracia secular.

Afganistán y sus secuelas

La connivencia de las grandes potencias occidentales con el extremismo islámico alcanzó su cénit durante la guerra de Afganistán, en la que se financió y armó a múltiples grupos yihadistas, como Al Qaeda, Hermanos Musulmanes e Hezbi Islami, y a extremistas como Osama bin Laden y Gulbudin Hekmatiar no solo para luchar en Afganistán, sino para realizar ataques terroristas en el interior de las repúblicas soviéticas de Uzbekistán y Tayikistán. Londres y Washington iniciaron el respaldo a los extremistas en Afganistán contra el Gobierno de Kabul antes de la invasión soviética. El objetivo era provocar el despliegue militar soviético y crear “el Vietnam de la URSS”, como reconoció posteriormente el consejero nacional de seguridad del presidente Carter, Zbigniew Brzezinski. En todo este operativo intervinieron activamente Arabia Saudí, Pakistán y Egipto.
Tras la retirada soviética de Afganistán, la semilla del extremismo islámico se expandió con el retorno a sus países de los combatientes islamistas, entrenados en el combate y los explosivos e ideologizados en la yihad, el salafismo wahabita y el integrismo de los Hermanos Musulmanes.
Fuente: Cartografía EOM
En 1989, un golpe militar islamista dirigido por Omar al Bashir derrocó al Gobierno democrático en Sudán y estableció un Estado islámico. Al Bashir está acusado de genocidio y crímenes contra la humanidad por el Tribunal Penal Internacional. En Argelia, los radicales se organizaron en el Frente Islámico de Salvación y el Grupo Islámico Armado (GIA) en la posterior guerra civil argelina (1991-2002). En Egipto, mientras los Hermanos Musulmanes ganaban peso político y social, los grupos yihadistas comenzaron a multiplicar los atentados terroristas desde 1990. Inicialmente, el principal grupo era Al-Gama’a al-Islamiyya —El Grupo Islámico—; después aparecieron otros grupos vinculados a Al Qaeda y, más recientemente, a ISIS.
El arraigo de yihadistas de Al Qaeda en Yemen —y ahora también de ISIS— se remonta a la década de 1980, cuando Gran Bretaña, EE. UU. y Arabia Saudí diseñaron y financiaron una campaña de bombas y ataques terroristas contra el Gobierno marxista de la antigua colonia británica de Yemen del Sur.

Londres se convierte en Londistán

El yihadismo, robustecido exponencialmente durante la guerra de Afganistán, comenzó a alcanzar a Europa en forma de ataques terroristas en 1995 con los atentados del metro de París y la bomba en el restaurante El Descanso de Madrid mientras el Gobierno británico persistía en su política de usar a los extremistas islámicos como herramienta de su política exterior y como fuente de información. De este modo, Londres se convirtió en Londistán, denominación atribuida a los servicios de inteligencia franceses por la pasividad gubernamental con los grupos islamistas, que organizaban atentados en otros países desde la capital británica sin ser molestados.
Hasta los ataques de 2001 en EE. UU., tuvieron una base y un centro propagandístico en Londres los grupos terroristas Al Qaeda —disimulada tras el Comité de Asesoramiento y Reforma—, el GIA argelino y Yihad Islámica Egipcia, entre otros. Crispin Black, exasesor de inteligencia en el gabinete del primer ministro, reconoció que existía el acuerdo tácito de que esos grupos no actuaban en territorio británico a cambio de tolerar sus actividades,
Según el antiguo jefe de la policía metropolitana, los extremistas islámicos enviaron hasta 2005 a unos 3.000 británicos a combatir la yihad en diferentes territorios: Argelia, Afganistán, Yemen, Irak, Cachemira, Chechenia… Esos grupos contaron con la ayuda hasta 2003 del imán Abu Hamza al Masri y la mezquita de Finsbury Park, por ejemplo, que organizaban entrenamientos con fusiles de asalto por el país e incluso dentro de la propia mezquita. Otros 850 yihadistas británicos han partido en los últimos años a combatir en Siria.
Fuente: The Economist
Francia no logró que Gran Bretaña concediera la extradición de Rachid Ramda, cerebro en los atentados del GIA en el metro de París de 1995, hasta diciembre de 2005, después de los atentados de Londres. Abu Qatada, líder de Al Qaeda en Europa, no fue molestado por la policía británica hasta 2003 y solo tras las presiones de Washington. La subestimación británica del peligro que planteaban los extremistas islámicos en su territorio facilitó los atentados de 7 de julio del 2005 en el metro de Londres.

Bases radicales en Europa

Mientras el Londistán ofreció una plataforma para promover el extremismo islámico en Europa y el mundo, la progresiva implantación del salafismo en los barrios de la inmigración —promovida por Arabia Saudí y Catar— creó una tupida red social de protección en la que los yihadistas europeos podían moverse sin riesgo de ser denunciados, como demostró Salah Abdeslam en Bruselas durante los cuatro meses posteriores al atentado de París en noviembre de 2015 antes de ser finalmente detenido.
El triunfo del salafismo en los barrios de la inmigración supone la ruptura total de esas comunidades con la sociedad europea de la que reniegan y un repliegue identitario islamista sobre sí mismo, señala Gilles Kepel en Terreur dans l’Hexagone. La pérdida masiva de empleos en esos barrios con la crisis facilitó aún más la penetración del salafismo y su utopía islámica, que condena la democracia como una idolatría, porque la soberanía solo pertenece a Alá —no al pueblo o al Parlamento— y la única ley posible es la sharía, que emana del Corán y los dichos y hechos de Mahoma. Los salafistas radicales, además, dan un aval religioso a los atentados al justificar con citas coránicas la muerte de infieles para expandir el islam.
A causa de la expansión del salafismo, el 4% de los musulmanes en Gran Bretaña simpatizan con quienes cometen actos terroristas como forma de protesta política. Con una población musulmana de 2,8 millones en Gran Bretaña, eso supone que hay 112.000 personas que simpatizan con los terroristas y que pueden ofrecerles apoyo y protección. Los servicios de inteligencia británicos reconocen tener identificados a 23.000 islamistas radicales en el país. Esos mismos círculos sociales de ayuda a los yihadistas existen en Francia, Bélgica, Alemania y España, como han revelado los sucesivos atentados y complots desarticulados, las redes de envío de combatientes a Siria y las numerosas mezquitas clausuradas por vínculos terroristas.
La Gran Mezquita de Bruselas, financiada y controlada por Arabia Saudí, es un foco de radicalismo. Se sitúa justo al lado de la sede de las instituciones de la UE, en el Parque del Cincuentenario. © Eliseo Oliveras
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Nota del autor: Existen numerosos libros que detallan la colusión y las alianzas occidentales con los extremistas islámicos y el proselitismo radical de Arabia Saudí, por ejemplo: Secret Affairs, de Mark Curtis; Hatred’s Kingdom, de Dore Gold; Devil’s Game, de Richard Deyfuss; Sleeping with the Devil, de Robert Baer; Doctor Saoud et Mister Djihad, de Pierre Conesa, y Terreur dans l’Hexagone, de Gilles Kepel.
*Periodista, escritor y fotógrafo. Corresponsal Europeo para El Periódico durante casi dos décadas en Bruselas. Analista sobre UE, Economía y Pol. Internacional

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