sábado, 6 de mayo de 2017

Nuevamente la trampa del voto útil

Serge Halimi
(Le Monde diplomatique)
Abril de 2017

Estamos entrando en una era política en la que gran cantidad de frases que comienzan por “Sería la primera vez que...” parecen anunciar la realización de una eventualidad hasta ahora inconcebible. Así, en esta primavera europea de 2017, la elección presidencial francesa marca la primera vez en la que ya no nos preguntamos por la presencia del Frente Nacional (FN) en la segunda vuelta: nos planteamos la hipótesis, todavía muy improbable, de su victoria. La primera vez en la que nadie defiende el balance de un quinquenio aun cuando dos ex ministros del presidente saliente, Benoît Hamon (PS) y Emmanuel Macron (¡En marcha!), participan de la votación. La primera vez, también, en la que los candidatos del Partido Socialista (PS) y de la derecha, que gobernaron Francia sin interrupción desde el inicio de la V República, podrían ser eliminados conjuntamente desde la primera vuelta.

Buscaríamos igualmente en vano precedentes de una campaña tan parasitada por la información continua, los casos judiciales, la incapacidad general para mantener la atención más de veinticuatro horas sobre una cuestión esencial. Y seguramente no encontremos ningún caso anterior de un postulante importante a la suprema magistratura procesado por malversación de fondos públicos mientras que desde hace diez años proclama que Francia está en quiebra.

La impopularidad de Hollande 

La renuncia del presidente saliente a aspirar a un segundo mandato amenaza con ocultar el punto de partida de todos esos desajustes. El quinquenio que se termina vio a François Hollande convertirse en el jefe de Estado más impopular de la V República, y esto justo después de que su predecesor, Nicolas Sarkozy, ya hubiera sido repudiado. Ahora bien, el propio presidente socialista admitió que “vivió cinco años de poder relativamente absoluto” (1). En efecto, en junio de 2012, por primera vez en su historia, el PS controlaba la presidencia de la República, el gobierno, la Asamblea Nacional, el Senado, 21 de las 22 regiones metropolitanas, 56 de los 96 departamentos y 27 de las 39 ciudades de más de 100.000 habitantes.

De ese poder, Hollande hizo un uso discrecional tanto como solitario. Él fue el que decidió el estado de excepción, comprometió a Francia en varios conflictos exteriores, autorizó el asesinato de simples sospechosos a través de drones. Él, también, fue el que hizo que se modificara el código del trabajo, obligando a su mayoría parlamentaria a una reforma que esta no quería cargar (recurrir al artículo 49-3 de la Constitución) y para la cual ni esta ni él habían recibido el mandato del pueblo. Sin olvidar la reforma del mapa de las regiones francesas, que el jefe de Estado rediseñó desde su oficina del Elíseo.

Algo que plantea con intensidad la cuestión de las instituciones de la V República, que Hamon (PS) y Jean-Luc Mélenchon (Francia Insumisa) se comprometieron a poner en tela de juicio, pero con las que François Fillon (Los Republicanos) y Macron se arreglan, al igual que Marine Le Pen. Ninguna otra democracia occidental conoce tal concentración de poder en las manos de una sola persona. Más allá del peligro, bien real, de ver algún día disponer de tal poder a un jefe de Estado menos bonachón que el que está terminando su mandato, las proclamas rimbombantes sobre la democracia francesa y la República tropiezan con una comprobación que Hollande transformó en irrefutable: el ejercicio solitario del poder consolida la facultad ilimitada de pisotear las promesas de una campaña que, sin embargo, debería basarse en el mandato del pueblo soberano.

Hollande se comprometía a defender la siderurgia francesa: validó el cierre de la planta de Florange; debía renegociar el pacto de estabilidad europeo: renunció a hacerlo desde el primer día de su mandato; prometía “invertir la curva del desempleo” antes de fines de 2013: esta continuó su escalada tres años más. De todos modos, si de inmediato se instaló una sensación de traición en los espíritus, fue debido a una frase que marcó su campaña de 2012 y que cada uno de nosotros volvió a oír cientos de veces desde entonces: “Mi único adversario es el mundo de las finanzas”. No obstante, Hollande tomó sin demoras a un ex banquero de Rothschild como asesor en el Elíseo, antes de confiarle las llaves del Ministerio de Economía.

La preferencia actual de la que parece beneficiarse Macron en la opinión pública es tanto más desconcertante cuanto que amenaza propulsar hacia el poder supremo al digno heredero, aunque sea parricida, de este presidente saliente de una impopularidad sin igual. Un día Hollande soltó: “Emmanuel Macron soy yo, él sabe lo que me debe”. Macron no es socialista, pero Hollande tampoco. Uno lo proclama, el otro evade hacerlo. Las declaraciones del primero le dan la espalda a una tradición de izquierda que combatía “el dinero” o las “finanzas”, pero se corresponden con las convicciones que el segundo expresaba en 1985 en una obra, La gauche bouge [La izquierda se mueve], que también tenía como autores al actual ministro de Defensa y al secretario general del Elíseo (2).

En ese libro, ya se encontraba la idea –cara a Macron, aunque en él esta última está sepultada bajo montones de palabras esponjosas y vacías– de una nueva alianza social entre las clases medias cultas y el empresariado liberal, unidos por la voluntad conjunta de desarrollarse en un mercado mundial. “Emprendedurismo” antes que “asistencialismo”, ganancia antes que renta, reformistas y modernistas contra extremistas y retrógrados, rechazo de la nostalgia “de los camelleros y los aguateros”: escuchar a Macron es volver a escuchar lo que proclamaban William Clinton en 1990, Anthony Blair y Gerhard Schröder algunos años más tarde (3). Y seguirlo equivaldría a adentrarse aún más intrépidamente que Hollande en la “tercera vía” del progresismo neoliberal. La que sedujo al Partido Demócrata estadounidense y a la socialdemocracia europea, dejándolos en el barranco en el que yacen en este momento.

“Globalizadores” y “Partido de Bruselas” contra “patriotas”: a Marine Le Pen le encantaría que el enfrentamiento político se resumiera a esta dialéctica. Richard Ferrand, diputado del PS y pilar de la campaña de Macron, parece adelantarse a sus deseos. Ferrand estima: “Por un lado, están los neonacionalistas reaccionarios e identitarios; y, por el otro, los progresistas que piensan que Europa es necesaria” (4). Semejante estructuración del debate ideológico no es inocente. De uno y otro lado, se trata de tapar la cuestión de los intereses de clase alimentando terrores “identitarios” para los primeros y vituperando pulsiones “reaccionarias” para los otros.

Pero, mal que le pese a todos los progresistas de mercado, aquellos que “piensan que Europa es necesaria” están socialmente situados. Los “trabajadores desplazados” creados por una directiva bruselense de 1996, y cuya cantidad se multiplicó en estos últimos diez años, son más frecuentemente obreros de la construcción o asalariados agrícolas que cirujanos o anticuarios. Ahora bien, lo que “piensan” las víctimas de ese dispositivo es también, y sobre todo, el producto de lo que temen, es decir, un dumping salarial que amenaza sus condiciones de existencia. Para ellos, Europa no se resume en la Oda a la alegría.

Steve Bannon, estratega político de Donald Trump, comprendió la ventaja que la derecha nacionalista podía sacar del desclasamiento social que casi siempre acompaña las celebraciones de la aldea global. Bannon explica: “El núcleo central de lo que creemos es que somos una nación con una economía y no una economía en algún mercado mundial de fronteras abiertas. Los trabajadores del mundo están cansados de estar sometidos al Partido de Davos. Los neoyorquinos se sienten más cerca de los habitantes de Londres o de Berlín que de los de Kansas o Colorado y comparten con los primeros la mentalidad de una elite que pretende dictarnos a todos la forma en la que tiene que ser gobernado el mundo” (5). Cuando, en sus reuniones públicas llenas de banderas europeas, Macron exalta la movilidad, reclama la “reactivación a través de los márgenes de las empresas” y se compromete a eliminar las indemnizaciones por desempleo después del segundo rechazo de una “oferta laboral decente” (6), ¿cómo distinguir sus propuestas de los intereses de los oligarcas del dinero y del saber que componen el “Partido de Davos”? Es posible imaginar, entonces, los daños democráticos del eventual cara a cara entre él y Marine Le Pen que los medios de comunicación se esfuerzan por instalar.

Desde hace más de veinte años, convocar al “voto útil” equivale a presentar a los dos partidos dominantes como escudos contra una extrema derecha a cuyo despegue favorecieron sus decisiones sucesivas y concordantes. Hamon resalta: “Hoy, el proyecto de Emmanuel Macron es el trampolin del Frente Nacional” (7). Pero, recíprocamente, la fuerza del FN fortaleció el monopolio del poder de sus adversarios, incluidos los socialistas (8). Ya en 1981, François Mitterrand calculaba que una extrema derecha poderosa obligaría a la derecha a aliarse con ella, a riesgo de volverse, así, inelegible (9). La maniobra se invirtió en abril de 2002, cuando Jean-Marie Le Pen enfrentó a Jacques Chirac en la segunda vuelta de la elección presidencial. Desde entonces, la derecha no tiene más que superar al PS en cualquier votación, nacional o local, para inmediatamente convertirse a los ojos de casi toda la izquierda en el arcángel de la democracia, la cultura y la República.

Instituciones monárquicas que permiten todos los ardides, todas las retractaciones; una vida política bloqueada por el miedo a lo peor; medios de comunicación que se acomodan a unos al tiempo que se alimentan del otro; y, luego, está… Europa. La mayor parte de las políticas económicas y financieras de Francia están estrechamente subordinadas a ella, lo que no impide que lo esencial de la campaña se haya desarrollado como si el próximo presidente fuera a poder actuar con total libertad.

Una victoria de Marine Le Pen podría sellar el fin de la Unión Europea –ella ya advirtió: “No voy a ser la vicecanciller de Merkel”–. En cambio, en la hipótesis en la que uno de los favoritos de la votación –y de Angela Merkel–, es decir, Fillon o Macron, se instalara en el Elíseo, la continuidad con los presidentes para los que trabajaron respectivamente estaría asegurada, la coherencia con las orientaciones de la Comisión Europea preservada y la hegemonía alemana y el ordoliberalismo confirmados, la primera actuando como guardiana puntillosa de la otra. La cuestión se plantearía de manera diferente en el caso de Hamon o Mélenchon. Exceptuando el apoyo del primero a la idea de una defensa europea, sus objetivos pueden parecer cercanos. Pero sus medios para alcanzarlos difieren por completo, al punto de que sus dos candidaturas compiten y hacen que cada uno corra el riesgo de la eliminación.

Con Hamon, es difícil escapar a una sensación de lo ya visto. Buscando conciliar su apego a la Unión Europea y su deseo de verla romper con la austeridad para conducir una política más favorable al empleo y al medio ambiente, menos impiadosa hacia Estados como Grecia a la que agobia su endeudamiento, el candidato socialista debe convencerse de que la reorientación a la que aspira es posible, incluso en el marco de las instituciones actuales; de que es posible “alcanzar resultados tangibles sin ponerse en contra a toda Europa”. Y basa su esperanza en una recuperación de la influencia de la izquierda europea, alemana en particular.

Pero es casi exactamente la hipótesis que había dejado relucir Hollande hace cinco años. El 12 de marzo de 2012, al comprometerse “solemnemente” ante sus camaradas europeos reunidos en París a “renegociar el tratado presupuestario” que habían cerrado Merkel y Sarkozy, precisaba: “No estoy solo porque está el movimiento progresista de Europa. No estaré solo porque estará el voto del pueblo francés que me dará mandato”.

Cécile Duflot, que se convirtió en su ministra de Vivienda, recuerda la continuación: “Todo el mundo esperaba que [Hollande] iniciara una pulseada con Angela Merkel. [...] Por fin íbamos a darle la espalda al Merkozy. [...] El italiano Mario Monti, por más liberal y rígido que sea, confiaba en Francia para invertir la tendencia. El muy conservador Mariano Rajoy veía en la elección de François Hollande la posibilidad de disminuir la presión que atenazaba a España. En cuanto a Grecia y Portugal, estaban listos para seguir a cualquier salvador para evitar la ruina” (10). Ya se sabe lo que pasó.

En el fondo, nada muy diferente de lo que ya había ocurrido quince años antes (11). En aquella época, Hollande dirigía el PS y Lionel Jospin, el gobierno. A modo de preludio a la moneda única, acaba de ser negociado un “pacto de estabilidad y de crecimiento” que preveía un conjunto de disciplinas presupuestarias, entre ellas multas en caso de déficits excesivos. Jospin, jefe de la oposición, no había dejado de denunciar en el pacto un “súper Maastricht” “absurdamente concedido a los alemanes”. Sin embargo, en junio de 1997, ya convertido en primer ministro, aceptó todos los términos en el Consejo Europeo de Ámsterdam, algunos días más tarde. Pierre Moscovici, entonces ministro de Asuntos Europeos explicó que, como premio por su anuencia, Jospin habría obtenido “la primera resolución de un Consejo Europeo consagrada al crecimiento del empleo”. Una resolución de impacto fulminante, como cada uno pudo comprobar desde entonces.

Por su parte, Hamon y Mélenchon pretenden renegociar los tratados europeos. Esta vez, ¿se dotarán de los medios? Hamon no pone en tela de juicio la independencia del Banco Central Europeo, pero espera “hacer que su estatus evolucione”. Acepta la regla del 3% de déficit público, pero “desea políticas de reactivación” compatibles con sus ambiciones ecologistas. Propone “la constitución de una asamblea democrática de la zona euro”, pero precisa: “Evidentemente aceptaré conversarlo. No voy a ir a Berlín o a cualquier otro lado a decir: ‘Es esto o nada’, no tiene sentido”.

Algunas de estas reformas exigen el acuerdo unánime de los miembros de la Unión y actualmente ninguna de ellas puede presumir de tener el aval de Berlín. Hamon espera modificar la situación gracias a una “gran alianza de las izquierdas europeas”. Y cuestiona el precedente poco alentador de 2012: “Creo que los alemanes son más abiertos actualmente de lo que lo eran cuando Hollande llegó al poder”. El temor a una dislocación de la Unión Europea, por un lado, la perspectiva de una alternancia política en Alemania, por el otro, habrían repartido las cartas en su beneficio. “Soy del Partido de la esperanza”, admite.

La esperanza de Mélenchon cambió desde 2012. Dado que “no es posible ninguna política progresista” en la Unión tal como existe, a falta de una “salida concertada de los tratados europeos” o de su reforma (plan A), Mélenchon ya no excluye una “salida unilateral” (plan B). Como ya no cree demasiado en un avance simultáneo de las fuerzas de izquierda, las que más bien tendrían tendencia a retroceder, la nación de la segunda potencia de la Unión se convierte, a sus ojos, en la “palanca de mando de la batalla europea”. Jacques Généreux, codirector de la redacción de su programa presidencial, resume así la ecuación: “La salida forzada de Francia significaría el fin del euro y el fin de la Unión Europea, lisa y llanamente. Nadie está interesado en asumir ese riesgo. Y menos Alemania”. Al punto tal de que, de cada vez más, aunque esta se negara a plegarse a las reglas europeas que ciñen sus prioridades económicas, “Francia, sin temor y si así lo desea, puede permanecer en el euro tanto tiempo como quiera” (12).

La Unión Europea se había vuelto indiferente a las decisiones democráticas de sus pueblos, segura de que las orientaciones fundamentales de los Estados miembros estaban bloqueadas por tratados. A partir del “Brexit” y la victoria de Trump, la política toma su revancha; una Unión de ahora en más febril observa cada votación nacional como si se jugara el pellejo en ella. Ni siquiera la victoria de uno de los dos candidatos franceses investidos por ella la tranquilizaría por mucho tiempo.

Notas:

1. Gérard Davet y Fabrice Lhomme, “Un président ne devrait pas dire ça…”. Les secrets d’un quinquennat, Stock, París, 2016. 
2. Una obra colectiva encubierta bajo el seudónimo de Jean-François Trans. Véase Pierre Rimbert, “Toupie ou tout droit?”, Le Monde diplomatique, septiembre de 2014. 
3. Véase Le Grand Bond en arrière. Comment l’ordre libéral s’est imposé au monde, Agone, Marsella, 2012. 
4. Le Journal du dimanche, París, 12-3-17. 
5. Citado por William Galston, “Steve Bannon and the ‘Global Tea Party’”, The Wall Street Journal, Nueva York, 1-3-17. 
6. Es decir, por un salario que no fuera “más de un 20% o un 25% inferior” al del puesto anterior. 
7. France 2, 9-3-17. 
8. Véase “El Frente Nacional, cerrojo del orden social”, Le Monde diplomatique, edición chilena, enero-febrero de 2016. 
9. Véase Emmanuel Faux, Thomas Legrand y Gilles Perez, La Main droite de Dieu. Enquête sur François Mitterrand et l’extrême droite, Seuil, París, 1994. 
10. Cécile Duflot, De l’intérieur. Voyage au pays de la désillusion, Fayard, París, 2014. 
11. Véase “Quand la gauche renonçait au nom de l’Europe” y “Audacia o declinación”, Le Monde diplomatique, respectivamente, junio de 2005 y edición Cono Sur, abril de 2012. 
12. Jacques Généreux, Les Bonnes Raisons de voter Mélenchon, Les Liens qui libèrent, París, 2017.

*Director de Le Monde Diplomatique. 
Traducción: Bárbara Poey Sowerby

Texto en francés:

Nous entrons dans une ère politique où bien des phrases qui commencent par « Ce serait la première fois que... » semblent annoncer la réalisation d’une éventualité jusqu’alors inconcevable. En ce printemps 2017, l’élection présidentielle française marque ainsi la première fois où l’on ne s’interroge plus sur la présence du Front national (FN) au second tour : on pose l’hypothèse, encore très improbable, de sa victoire. La première fois que nul ne défend le bilan d’un quinquennat alors même que deux anciens ministres du président sortant, MM. Benoît Hamon (PS) et Emmanuel Macron (En marche !), participent au scrutin. La première fois aussi où les candidats du Parti socialiste (PS) et de la droite, qui ont gouverné la France sans discontinuer depuis le début de la Ve République, pourraient être conjointement éliminés dès le premier tour.

On chercherait également en vain des précédents à une campagne aussi parasitée par l’information continue, les affaires judiciaires, l’incapacité générale à fixer son attention plus de vingt-quatre heures sur une question essentielle. Et on ne trouve assurément aucun cas antérieur d’un postulant important à la magistrature suprême poursuivi pour détournement de fonds publics alors qu’il proclame depuis dix ans que la France est en faillite.

Le renoncement du président sortant à briguer un second mandat risque d’escamoter le point de départ de tous ces dérèglements. Le quinquennat qui s’achève a vu M. François Hollande devenir le chef d’État le plus impopulaire de la Ve République, et ce juste après que son prédécesseur, M. Nicolas Sarkozy, eut déjà été répudié. Or, le président socialiste l’a admis lui-même, il a « vécu cinq ans de pouvoir relativement absolu ». En juin 2012, pour la première fois de son histoire, le PS contrôlait en effet la présidence de la République, le gouvernement, l’Assemblée nationale, le Sénat, 21 des 22 régions métropolitaines, 56 des 96 départements et 27 des 39 villes de plus de 100 000 habitants.

De ce pouvoir, M. Hollande a fait un usage discrétionnaire autant que solitaire. C’est lui qui a décidé l’état d’urgence, engagé la France dans plusieurs conflits extérieurs, autorisé l’assassinat de simples suspects par voie de drone. Lui, aussi, qui a fait modifier le code du travail, contraignant sa majorité parlementaire à une réforme qu’elle refusait d’endosser (recours à l’article 49-3 de la Constitution) et pour laquelle ni elle ni lui n’avaient reçu mandat du peuple. Sans oublier la refonte de la carte des régions françaises, que le chef de l’État a redessinée depuis son bureau de l’Élysée.

Voilà qui pose avec acuité la question des institutions de la Ve République, que M. Hamon (PS) et M. Jean-Luc Mélenchon (La France insoumise) se sont engagés à remettre en cause, mais dont M. François Fillon (Les Républicains) et M. Macron s’accommodent, tout comme Mme Marine Le Pen. Aucune autre démocratie occidentale ne connaît une telle concentration du pouvoir entre les mains d’un seul. Au-delà du danger, bien réel, d’en voir un jour disposer un chef de l’État moins débonnaire que celui qui achève son mandat, les proclamations ronflantes sur la démocratie française, la République, butent sur un constat que M. Hollande a rendu aveuglant : l’exercice solitaire du pouvoir conforte la faculté illimitée de piétiner les engagements d’une campagne qui pourtant devrait fonder le mandat du peuple souverain.

Il s’engageait à défendre la sidérurgie française : il a entériné la fermeture du site de Florange ; il devait renégocier le pacte de stabilité européen : il y a renoncé dès le premier jour de son mandat ; il promettait d’« inverser la courbe du chômage » avant la fin de l’année 2013 : elle a poursuivi son envol trois ans de plus. Toutefois, si un sentiment de trahison s’est ancré aussitôt dans les esprits, c’est en raison d’une phrase qui a marqué sa campagne de 2012 et que chacun a réentendue cent fois depuis : « Mon seul adversaire, c’est le monde de la finance. » Or M. Hollande a pris sans tarder un ancien banquier de Rothschild pour conseiller à l’Élysée, avant de lui confier les clés du ministère de l’économie.

L’actuelle faveur dont semble bénéficier M. Macron dans l’opinion est d’autant plus déconcertante qu’elle risque de propulser vers le pouvoir suprême le digne héritier, fût-il parricide, de ce président sortant à l’impopularité inégalée. « Emmanuel Macron, c’est moi, a lâché un jour M. Hollande, il sait ce qu’il me doit. » M. Macron n’est pas socialiste, mais M. Hollande non plus. L’un le proclame, l’autre biaise. Les propos du premier tournent le dos à une tradition de gauche qui pourfendait « l’argent » ou la « finance », mais cela correspond aux convictions que le second exprimait dès 1985 dans un ouvrage, La gauche bouge, qui avait également pour auteurs l’actuel ministre de la défense et le secrétaire général de l’Élysée.

Dans ce livre, on trouvait déjà l’idée chère à M. Macron, même si elle est chez lui ensevelie sous des amas de mots cotonneux et creux, d’une nouvelle alliance sociale entre les classes moyennes cultivées et le patronat libéral, soudés par la volonté conjointe de se déployer dans un marché mondial. « Entrepreneuriat » plutôt qu’« assistanat », profit plutôt que rente, réformistes et modernistes contre extrémistes et passéistes, refus de la nostalgie « des chameliers et des porteurs d’eau » : entendre M. Macron, c’est réécouter ce que proclamaient M. William Clinton dès 1990, MM. Anthony Blair et Gerhard Schröder quelques années plus tard. Et le suivre reviendrait à s’engager plus hardiment encore que M. Hollande dans la « troisième voie » du progressisme néolibéral. Celle qui a enjôlé le Parti démocrate américain et la social-démocratie européenne, les laissant dans le ravin où ils gisent en ce moment. « Mondialistes » et « parti de Bruxelles » contre « patriotes » : Mme Le Pen se réjouirait que l’affrontement politique se résume à cette dialectique. Député PS et pilier de la campagne de M. Macron, M. Richard Ferrand semble devancer ses désirs : « Il y a, estime-t-il, d’une part les néonationalistes réactionnaires et identitaires ; et, de l’autre, les progressistes qui pensent que l’Europe est nécessaire. » Une telle structuration du débat idéologique n’est pas innocente. Il s’agit, de part et d’autre, de submerger la question des intérêts de classe en alimentant pour les uns des terreurs « identitaires », pour les autres en vitupérant des pulsions « réactionnaires ».

Mais n’en déplaise à tous les progressistes de marché, ceux qui « pensent que l’Europe est nécessaire » sont situés socialement. Les « travailleurs détachés » qu’une directive bruxelloise de 1996 a enfantés, et dont le nombre a décuplé ces dix dernières années, sont plus souvent ouvriers du bâtiment ou salariés agricoles que chirurgiens ou antiquaires. Or ce que « pensent » les victimes de ce dispositif est aussi et d’abord le produit de ce qu’ils appréhendent, c’est-à-dire un dumping salarial qui menace leurs conditions d’existence. Pour eux, l’Europe ne se résume pas à l’Ode à la joie.

Stratège politique de M. Donald Trump, M. Steve Bannon a compris le parti que la droite nationaliste pouvait tirer du déclassement social qui accompagne presque toujours les célébrations du village global. « Le cœur de ce que nous croyons, explique-t-il, c’est que nous sommes une nation avec une économie, et pas une économie dans je ne sais quel marché mondial aux frontières ouvertes. Les travailleurs du monde en ont assez d’être soumis au parti de Davos. Des New-Yorkais se sentent désormais plus proches des habitants de Londres ou de Berlin que de ceux du Kansas ou du Colorado, et ils partagent avec les premiers la mentalité d’une élite qui entend dicter à tous la façon dont le monde sera gouverné. » Quand, dans ses réunions publiques constellées de drapeaux européens, M. Macron exalte la mobilité, réclame la « relance par les marges des entreprises » et s’engage à supprimer les indemnités de chômage après le deuxième refus d’une « offre d’emploi décente », comment distinguer ses propositions des intérêts des oligarques de l’argent et du savoir qui composent le « parti de Davos » ? On imagine alors les dégâts démocratiques de l’éventuel face-à-face entre lui et Mme Le Pen que les médias s’emploient à installer.

Depuis plus de vingt ans, prôner le « vote utile » revient à présenter les deux partis dominants en remparts contre une extrême droite dont leurs choix successifs et concordants ont favorisé l’envol. « Aujourd’hui, souligne M. Hamon, le projet d’Emmanuel Macron, c’est le marchepied du Front national. » Mais, réciproquement, la puissance du FN a affermi le monopole du pouvoir de ses adversaires, socialistes compris. Dès 1981, François Mitterrand calculait qu’une extrême droite puissante obligerait la droite à faire alliance avec elle, au risque de devenir ainsi inéligible. La manœuvre s’est renversée en avril 2002, quand M. Jean-Marie le Pen a affronté M. Jacques Chirac lors du second tour de l’élection présidentielle. Depuis, la droite n’a plus qu’à devancer le PS dans n’importe quel scrutin, national ou local, pour devenir aussitôt aux yeux de presque toute la gauche l’archange de la démocratie, de la culture, de la République.

Des institutions monarchiques qui permettent toutes les roueries, tous les reniements ; une vie politique verrouillée par la peur du pire ; des médias qui s’accommodent des unes tout en se repaissant de l’autre ; et puis, il y a… l’Europe. La plupart des politiques économiques et financières de la France y sont étroitement subordonnées, ce qui n’empêche pas l’essentiel de la campagne de s’être déroulée comme si le prochain président allait pouvoir agir en toute liberté.

Une victoire de Mme Le Pen pourrait signer la fin de l’Union européenne – elle qui a prévenu : « Je ne serai pas la vice-chancelière de Mme Merkel. » Dans l’hypothèse où l’un des favoris du scrutin – et de Mme Angela Merkel –, c’est-à-dire M. Fillon ou M. Macron, s’installait à l’Elysée, la continuité avec les présidents qu’ils ont servis respectivement serait en revanche assurée, la cohérence avec les orientations de la Commission européenne préservée et l’hégémonie allemande et l’ordo-libéralisme confirmés, la première faisant office de gardienne sourcilleuse de l’autre. La question se poserait différemment pour M. Hamon ou pour M. Mélenchon. Hormis l’appui du premier à l’idée d’une défense européenne, leurs objectifs peuvent paraître proches. Mais leurs moyens de les atteindre diffèrent du tout au tout, au point que leurs deux candidatures se concurrencent et font courir à chacun le risque de l’élimination.

Avec M. Hamon, difficile d’échapper à un sentiment de déjà-vu. Cherchant à concilier son attachement à l’Union européenne et son désir de la voir rompre avec l’austérité pour conduire une politique plus favorable à l’emploi et à l’environnement, moins impitoyable envers des États comme la Grèce que leur endettement accable, le candidat socialiste doit se persuader que la réorientation à laquelle il aspire est possible, y compris dans le cadre des institutions actuelles ; qu’il est possible d’« atteindre des résultats tangibles sans se mettre à dos toute l’Europe ». Et il fonde son espérance sur un regain d’influence de la gauche européenne, allemande en particulier.

Or c’est presque exactement l’hypothèse qu’avait laissée miroiter M. Hollande il y a cinq ans. Le 12 mars 2012, s’engageant « solennellement » devant ses camarades européens réunis à Paris à « renégocier le traité budgétaire » qu’avaient conclu Mme Merkel et M. Sarkozy, il précisait : « Je ne suis pas seul parce qu’il y a le mouvement progressiste en Europe. Je ne serai pas seul parce qu’il y aura le vote du peuple français qui me donnera mandat » (lire des extraits de son discours page 16.)

Mme Cécile Duflot, qui devint sa ministre du logement, rappelle la suite : « Tout le monde attendait que [M. Hollande] engage le bras de fer avec Angela Merkel. (...) Nous allions enfin tourner le dos au Merkozy. (...) Tout libéral et rigide qu’il est, l’Italien Mario Monti comptait sur la France pour inverser la tendance. Le très conservateur Mariano Rajoy voyait dans l’élection de François Hollande la possibilité de desserrer l’étau qui étreignait l’Espagne. Quant à la Grèce et au Portugal, ils étaient prêts à suivre n’importe quel sauveur pour éviter la ruine. » On sait ce qu’il advint.

Rien d’autre au fond que ce qui s’était déjà produit quinze ans plus tôt. À l’époque, M. Hollande dirigeait le PS, et M. Lionel Jospin le gouvernement. En guise de prélude à la monnaie unique, un « pacte de stabilité et de croissance » venait d’être négocié qui prévoyait un ensemble de disciplines budgétaires, dont des amendes en cas de déficits excessifs. Chef de l’opposition, M. Jospin n’avait pas manqué de dénoncer dans le pacte un « super-Maastricht », « absurdement concédé aux Allemands ». Devenu premier ministre en juin 1997, il en accepta néanmoins tous les termes au conseil européen d’Amsterdam, quelques jours plus tard. Pour prix de son consentement, expliqua M. Pierre Moscovici, alors ministre des affaires européennes, il aurait arraché « la première résolution d’un Conseil européen consacrée à la croissance et à l’emploi ». Une résolution à l’impact foudroyant, comme chacun a pu en témoigner depuis.

MM. Hamon et Mélenchon entendent à leur tour renégocier les traités européens. Cette fois, s’en donnent-ils les moyens ? M. Hamon ne remet pas en question l’indépendance de la Banque centrale européenne, mais il espère « faire évoluer ses statuts ». Il consent à la règle des 3 % de déficit public, mais « souhaite des politiques de relance » compatibles avec ses ambitions écologistes. Il propose « la constitution d’une assemblée démocratique de la zone euro », mais il précise : « J’accepterai qu’on en discute, évidemment. Je n’irai pas à Berlin ou ailleurs en disant : “C’est cela ou rien”, ça n’a pas de sens. »

Certaines de ces réformes exigent l’accord unanime des membres de l’Union et aucune d’elles ne peut aujourd’hui se prévaloir de l’aval de Berlin. M. Hamon espère modifier la donne grâce à un « arc d’alliance des gauches européennes ». Et il récuse le précédent peu encourageant de 2012 : « Je crois que les Allemands sont plus ouverts aujourd’hui qu’ils ne l’étaient quand M. Hollande est arrivé au pouvoir. » La crainte d’une dislocation de l’Union européenne d’une part, la perspective d’une alternance politique en Allemagne de l’autre auraient rebattu les cartes à son profit. « Je suis du parti de l’espérance », admet-il.

L’espérance de M. Mélenchon a changé depuis 2012. Puisque « aucune politique progressiste n’est possible » dans l’Union telle qu’elle existe, à défaut d’une « sortie concertée des traités européens » ou de leur refonte (plan A), il n’exclut plus une « sortie unilatérale » (plan B). Comme il ne croit plus trop à une poussée simultanée des forces de gauche, lesquelles auraient plutôt tendance à refluer, la nation de la deuxième puissance de l’Union devient à ses yeux le « levier de la bataille européenne ». Codirecteur de la rédaction de son programme présidentiel, Jacques Généreux résume ainsi l’équation : « La sortie contrainte de la France signifierait la fin de l’euro et la fin de l’Union européenne, tout simplement. Personne n’a intérêt à prendre ce risque. Surtout pas l’Allemagne. » Au point que désormais, même si elle refuse de se plier aux règles européennes qui contraignent ses priorités économiques, « la France peut sans crainte, et si elle le souhaite, rester dans l’euro aussi longtemps qu’elle veut ».

L’Union européenne était devenue indifférente aux choix démocratiques de ses peuples, assurée que les orientations fondamentales des États membres étaient verrouillées par des traités. Depuis le « Brexit » et la victoire de M. Trump, la politique prend sa revanche ; une Union désormais fébrile observe chaque scrutin national comme si elle y jouait sa peau. Même la victoire d’un des deux candidats français adoubés par elle ne la rassurerait pas très longtemps.

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