lunes, 31 de julio de 2017

Macronmacri

José Natanson*
(Le Monde diplomatique)
Publicado en agosto de 2017

La publicación de El capital en el siglo XXI produjo una pequeña revolución en la discusión política mundial (1). En momentos en que los economistas se dedicaban al análisis algorítmico de las finanzas, la economía del comportamiento y la aplicación de sus leyes a la vida cotidiana para ver por ejemplo cómo se patean los penales, el profesor francés Thomas Piketty escribió un libro-mundo de 800 páginas que incluía una “gran tesis”, contundente y diáfana, de esas que aparecen pocas veces en la historia y que pueden ser objetadas, discutidas y matizadas pero no ignoradas: en el largo plazo –sostuvo en base al trabajo de una red internacional de expertos que procesó datos de dos siglos y cuatro continentes– la tasa de retorno del capital supera a la tasa de crecimiento del ingreso, por lo que la participación del capital en el producto se incrementa. En otras palabras, el capitalismo tiende a concentrar la riqueza. 

La conclusión de Piketty demoró tanto en llegar por el recuerdo todavía vívido de los años que van del New Deal (en Estados Unidos) o la finalización de la Segunda Guerra Mundial (en Europa Occidental y parte del mundo en desarrollo) hasta mediados de los 70, cuando esta tendencia se interrumpió y los tres objetivos principales de las sociedades occidentales (crecimiento económico, democracia política e inclusión social) parecieron, por fin, compatibles. Pero Piketty demostró que los “años dorados”, según la famosa definición de Eric Hobsbawm, no fueron la regla sino una feliz –y, considerados históricamente, una muy breve– excepción. Y que una vez pasado este período extraordinario, el capitalismo recuperó su vértigo concentrador, por lo que, si las cosas siguen como están, rápidamente el siglo XXI será tan desigual como el XIX.

Una vez planteada, la tesis de Piketty operó como una revelación en la discusión económica global, como un velo que súbitamente se descorría para dejar ver algo que había permanecido increíblemente oculto. Con cientos de miles de ejemplares vendidos y traducciones a 30 lenguas, el libro convirtió a su autor en una especie de rockstar, festejado por los premios Nobel Joseph Stiglitz y Paul Krugman y elevado a la categoría de “primer gran intelectual del siglo XXI” por la prensa mundial. “Llevar El capital en el siglo XXI debajo del brazo se ha convertido en la nueva herramienta de conexión social en ciertas latitudes de Manhattan”, llegó a decir The Guardian (2).

La investigación produjo todo tipo de reacciones. En Argentina, el sociólogo Gabriel Kessler publicó un libro en el que, al cumplirse una década de la llegada del kirchnerismo al poder, analizaba la evolución de la desigualdad en torno a una serie de variables, de ingreso y riqueza pero también vinculadas a la distribución de la tierra, la vivienda, la salud y la educación (3). En Ecuador, Rafael Correa quiso llevar a la práctica algunas de las conclusiones de Piketty y dispuso el aumento de dos impuestos, a la herencia y a la plusvalía inmobiliaria, de modo tal de limitar la rentabilidad del capital, pero la campaña mediática y la resistencia social que produjo su decisión, a pesar de que afectaba a menos del 2% de la población, lo obligaron a retroceder.

En todo caso, el libro de Piketty tuvo el mérito de reubicar en el centro de la discusión a la desigualdad, que hasta el momento permanecía como una obsesión demodé de unos pocos keynesianos y marxistas remanentes. ¿Qué quedó de aquel debate?

La política francesa es ilustrativa al respecto. Cuatro años después de la aparición de El capital…, Emannuel Macron fue elegido presidente. Consagrado con un amplio respaldo popular ratificado luego en las legislativas, Macron se las arregló para, en el breve lapso de un año, pulverizar al Partido Socialista, acorralar al viejo gaullismo y derrotar a Marine Le Pen. Dotado de un genio táctico innegable y de un espesor intelectual infrecuente en la aplanada élite política francesa, Macron logró reunir en torno suyo a la izquierda de la derecha y a la derecha de la izquierda hasta construir un nuevo centro. Social-liberal, tal la definición aproximada del nuevo gobierno, caracterización que resulta absolutamente bizarra en Argentina pero que en Europa tiene su explicación: Macron es progresista, cosmopolita y laico en materia de inmigración, derechos de las minorías, educación y cultura, y claramente liberal –o neoliberal- desde el punto de vista económico.

Pero lo que interesa aquí no es describir al flamante gobierno sino indagar en su posición respecto de la desigualdad, que en Francia, como en el resto de Europa, viene aumentando de manera sostenida. Y en este punto Macron suscribe el consenso centrista que indica que la desigualdad es una consecuencia inevitable de la globalización, la deslocalización industrial y la nueva realidad del mercado laboral; y que, aunque seguramente sería deseable una sociedad más igualitaria, el único camino posible no es redistribuir el ingreso, y menos aún la riqueza, sino las oportunidades. 

Como venimos señalando en este espacio (4), la perspectiva de la igualdad de oportunidades no apunta a construir una sociedad de iguales sino una línea única de largada para que los individuos, que son todos distintos y quieren cosas diferentes, se esfuercen y compitan, que es lo que en definitiva asegura el progreso. Macron lo planteó explícitamente en su primer slogan –“Francia debe ser una oportunidad para todos”– y lo graficó con la elección para sus spots de campaña del caso de Charles Rozoy, un nadador francés que sufrió un accidente que le impidió seguir compitiendo y que luego se convirtió en campeón paraolímpico. El mismo Macron es un ejemplo de cómo una persona nacida en el seno de una familia de clase media de provincia puede llegar, mediante el aprovechamiento de las oportunidades que abre la educación y un talento singular, a la cúspide de la política de su país. 

Pero no fueron sólo slogans. En su breve gestión como ministro de Economía de François Hollande, Macron implementó un festejado plan orientado a que las grandes empresas contraten a estudiantes de los barrios periféricos que, por carecer de las redes de contactos y el capital social adecuado, no consiguen trabajo pese a sus buenas calificaciones. Ya en el gobierno, decidió invertir más recursos en las zonas de educación prioritarias (ZEP), desplegar una serie de medidas para enfrentar la discriminación étnica y de género, y fortalecer los programas sociales para garantizar un piso mínimo de subsistencia. 

Con título de politólogo y un paso por la filosofía bajo la protección de Paul Ricoeur, que le agradece su ayuda en la introducción de La memoria, la historia, el olvido, la perspectiva de Macron descansa en las teorías del enorme filósofo liberal John Rawls y su intento de congeniar libertad e igualdad, y conecta también con las tesis del economista indio Amartya Sen, que concibe a la pobreza como un problema no de recursos sino de autonomía: en un célebre ejemplo, Sen compara la situación de dos personas, una que no come porque ayuna y otra porque carece de dinero. Ambas pasan hambre, pero la primera porque lo elige y la segunda no: la pobreza, en suma, es un déficit de libertad, y su solución consiste en garantizarles a todos la posibilidad de elegir (incluso si la elección es dejar de comer).

Para asegurar esta libertad, la perspectiva de la igualdad de oportunidades busca evitar la discriminación mediante políticas de acción afirmativa como las zonas de educación prioritaria que está reforzando Macron, los cupos étnicos al estilo estadounidense y las becas educativas. Se trata, por supuesto, de medidas positivas que generan probados efectos de inclusión, pero que no afectan la esencia de la estructura social. Y que operan un sutil desplazamiento del foco político: de la redistribución a la discriminación y de la desigualdad a la pobreza, objetivos estos últimos más consensuales y menos conflictivos, que a su vez justifican políticas públicas orientadas a corregir antes que a reformar, y que no suponen esquemas de suma cero, en el que para que uno gane el otro tenga que perder. 

Lejos de las propuestas de Piketty de establecer un impuesto global a los movimientos financieros y aumentar el peso de los tributos a la herencia y las actividades rentistas, el plan económico de Macron apunta a devolverle el dinamismo a un país al que considera paralizado, mediante iniciativas de flexibilización laboral, apertura controlada de la economía y un giro decisivo hacia las industrias del conocimiento y las nuevas tecnologías. En suma, construir una economía más abierta, desregulada y competitiva, más al estilo de Estados Unidos, el único país con el que Francia acepta compararse, sentando de este modo posición en un debate que divide la discusión político-intelectual francesa entre quienes creen que del otro lado del Atlántico hay lecciones que aprender (el best-seller de Jean-François Revel, La obsesión anti-americana, fue uno de los libros más comentados de la campaña) y aquellos que miran con horror la americanización de Europa (Régis Debray acaba de publicar Civilización. Cómo nos convertimos en americanos) (5). 

Concluyamos con un comentario sobre Argentina. La perspectiva liberal de igualdad de oportunidades es la gran orientadora de la gestión de Mauricio Macri y una de las pocas referencias más o menos abstractas que acepta incluir en sus discursos. No hace falta ser un comparativista experto para entender que un océano de progreso y bienestar separa la realidad de Francia, con un Gini de 0,33 y una pobreza apenas del 8%, de Argentina, donde la desigualdad llega a 0,42 y la pobreza supera el 30. Así las cosas, puede que sea necesario sacar a Francia de su inmovilismo y quizás hasta le venga bien una sacudida a la americana, pero el camino parece definitivamente inadecuado para un país como el nuestro, que más que flexibilizar el trabajo necesita formalizarlo y que antes que adaptar su Estado de Bienestar requiere construirlo. 

De Piketty a Macron y del kirchnerismo al macrismo, ¿qué nos dice la deriva francesa de la Argentina actual? Que incluso en sociedades con una fuerte tradición igualitarista, la redistribución del ingreso y la riqueza no constituyen un valor tallado en la roca de los tiempos sino un objetivo social contingente, permanentemente amenazado. 

Notas:

*José Natanson. Periodista y politólogo, trabajó como redactor y columnista del diario Página/12, para el cual cubrió campañas electorales y diversos sucesos en Argentina y el exterior. Colaborador habitual en diversos medios en Argentina y América Latina, condujo programas en radio y televisión y fue jefe de redacción de la revista de ciencias sociales y debate político Nueva Sociedad. Se desempeñó como consultor del PNUD. Su último libro se titula "La nueva izquierda. Triunfos y derrotas de los gobiernos de Argentina. Venezuela, Chile, Uruguay, Bolivia, Brasil y Ecuador", Debate-Random House Mondadori (2007). 

1.Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI, Fondo de Cultura Económica, 2013.
2. 28-4-14.
3. Gabriel Kessler, Controversias sobre la desigualdad. Argentina 2003-2013, Fondo de Cultura Económica, 2014.
4. Véase “Contra la igualdad de oportunidades”, editorial en Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, N° 199, enero 2016; el debate entre François Dubet (“Elegir para actuar”) y Vicente Palermo (“Las dos cosas a la vez”), Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, N° 201, marzo 2016; y el editorial “Cuando la desigualdad es una elección popular”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, N° 217, julio 2017. 
5. Jean François Revel, La obsesión antiamericana, Tendencias, 2007; y Régis Debray, Civilisation. Comment nous sommes devenus américains, Gallimard, 2017.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

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