jueves, 29 de diciembre de 2016

Rusia: el gran elector

Soledad Loaeza

El presidente Obama no ha respondido de manera satisfactoria a las acusaciones que se le hacen acerca de que no reaccionó con más celeridad y energía a los reportes de interferencia rusa en la elección de Donald Trump. Según él, no denunció esa intervención porque quiso evitar que se pensara que apoyaba indebidamente a la candidata demócrata, pues a Trump le hubiera perjudicado la revelación de que su amigo Vladimir Putin metía la mano en las urnas a su favor. Es probable que también haya pensado que una denuncia de esa naturaleza podía ser considerada una jugada sucia contra los republicanos y exacerbaría las divisiones y el encono que caracterizan hoy la vida política en Estados Unidos. El estilo del candidato Trump planteaba esta posibilidad; podía preverse con cierto grado de certeza una reacción brutal y grosera que exaltara los ánimos de un electorado que parece haber cruzado la boleta de votación a zarpazos.

Aparte de la íntima satisfacción que me produce pensar que ahora Washington y muchos estadounidenses indignados se enteran de lo que se siente cuando un gobierno extranjero interviene en un proceso por definición interno, como son las elecciones presidenciales, encuentro más de un motivo de preocupación en esa injerencia rusa, en caso de que sea cierta. Primeramente, porque si existió en el caso de la elección estadounidense lo más probable es que se repita en los próximos comicios en Francia, Alemania, Italia, para citar a los países más importantes de la muy vapuleada Unión Europea. Y si ocurre, entonces el equilibrio geopolítico de la región está comprometido, lo cual significa también que se tambalea uno de los pilares del orden internacional.

El interés de Vladimir Putin en influir en las elecciones europeas reside en que el ascenso al poder de cierto tipo de partidos, nacionalistas y por ende autieuropeístas puede debilitar la casa europea que fue una referencia central en las transiciones de los países que formaban parte del bloque soviético. Desaparecida esa referencia, los partidos antidemocráticos –que siempre están a la mano– podrían recuperar el atractivo que ejercen en situaciones que son percibidas como críticas y poner fin a la experiencia democrática y a todos los valores que la sostienen. La superioridad rusa podría afianzarse en la región europea que, pese a su creciente debilidad, no ha perdido importancia ni valor estratégicos para un orden internacional relativamente estable.

Donald Trump ha dirigido a los europeos advertencias, promesas o amenazas –como quieran llamárseles– de que su contribución a su propia defensa debe aumentar de manera significativa, porque desde que se firmó el Pacto del Atlántico norte y se formó la Organización del Tratado (la OTAN), en 1949, la mayor proporción de sus gastos ha corrido por cuenta de Estados Unidos; no más, dice el presidente electo. Los argumentos que sostienen la exigencia de que los europeos asuman el costo de su propia defensa son atendibles, desde luego, pero si lo hacen, querrán también tener mayor autonomía de decisión en materia de defensa, uno de cuyos componentes es la capacidad de disponer de recursos apropiados; por ejemplo, de armamento nuclear. Es decir, la dependencia de los europeos de la protección que les brinda el paraguas nuclear de Estados Unidos podría disminuir si ellos asumen los costos de su propia defensa. En esas condiciones, Washington tendrá que aceptar que los europeos desarrollen capacidad nuclear independiente, pues, disminuido el compromiso estadunidense con la defensa de Europa, ésta sería la única manera en que los miembros de esta OTAN empobrecida podrían alcanzar un equilibrio relativo con el poderío militar ruso. Desde esta perspectiva, los mensajes de Trump a los europeos pueden ser leídos como el anuncio de una profunda transformación de los equilibrios geoestratégicos que se extendieron a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, pero que ahora colapsan ante la discontinuidad que representa el nuevo presidente de Estados Unidos.

Donald Trump es ave de tempestades, Vladimir Putin también. Paradójicamente, la coincidencia de estos dos amigos en el poder de las dos superpotencias del siglo XXI no anuncia una era de paz y concordia internacionales, sino la multiplicación de conflictos, la proliferación desordenada de armamento nuclear y el regreso de la política del borde del abismo ( Brinkmanship) que practicó John Foster Dulles en los años 50 del siglo pasado, sólo que ahora nada de eso pasará en nombre de la democracia, sino que ocurrirá para mayor gloria de Putin y de Trump.

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