Cuando los yihadistas eran nuestros amigos
Por Denis Souchon
publicado en la edición de febrero de 2016
La invasión de Afganistán por parte del Ejército Rojo en 1979 parecía abrir una nueva etapa de la Guerra Fría entre los dos bloques. El combate de los muyahidines afganos se presentaría como providencial para oponerse a las ambiciones hegemónicas atribuidas a la Unión Soviética.
- "Ces ’Afghans’? Des médecins et ingénieurs français", por Claude Corse, Le Figaro Magazine, 19 de diciembre de 1987.
Durante el periodo situado entre la sangrienta derrota de Estados Unidos en Indochina (abril-mayo de 1975) y los estallidos en cadena de los países europeos satélites de la Unión Soviética (especialmente en Polonia, donde se decretó el estado de excepción en diciembre de 1981), Estados Unidos y Europa Occidental creyeron –o hicieron creer– que Moscú había lanzado una gran ofensiva mundial. En África, Angola y Mozambique –que acababan de lograr la independencia– parecían tenderle la mano; en América Central, guerrilleros marxistas derrocaban una dictadura pro estadounidense en Nicaragua; en Europa Occidental, un partido comunista prosoviético orientaba durante algunos meses la política de Portugal, miembro fundador de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). La invasión de Afganistán por parte del Ejército Rojo, en diciembre de 1979, parecía marcar una huida hacia adelante de Moscú, abriendo una nueva etapa de la Guerra Fría entre los dos bloques. El combate de los muyahidines (“combatientes de la fe involucrados en la yihad”) afganos se presentaría como providencial para oponerse a las ambiciones hegemónicas atribuidas a la Unión Soviética. Y, a menudo, sería celebrado como una epopeya.
Poco importaba que casi todos estos combatientes considerados héroes fueran musulmanes tradicionalistas, incluso integristas. En esa época, la religión no era necesariamente percibida como un factor de regresión, a menos que se opusiera, tal y como sucedía en Irán en ese mismo momento, a los intereses estratégicos occidentales. Pero este no era el caso ni en la Polonia católica alimentada por el papa Juan Pablo II, ex obispo de Cracovia, ni, por supuesto, en Afganistán. Dado que la prioridad geopolítica era que este país se convirtiera para la Unión Soviética en lo que Vietnam había sido para Estados Unidos, un relato mediático casi único exaltaría a los muyahidines durante años, presentando su revuelta como una simpática chuanería (1) ligada a su fe. Describiría en particular el lugar y la vida de las mujeres afganas a través del prisma esencialista, ingenuo (y a veces mágico) de las tradiciones populares.
- "Afghanistan: à cheval contre les tanks russes!", por Cyril le Tourneur d’Ison, Le Figaro Magazine, 16 de enero 1988.
Volver treinta y cinco años más tarde sobre este discurso generalizado y sus imágenes estereotipadas, pletóricas en la prensa francesa –desde Le Figaro Magazine hasta Le Nouvel Observateur–, permite apreciar hasta qué punto casi todo lo que ayer suscitaba admiración cuando se trataba de popularizar el combate contra el “Imperio del Mal” (la Unión Soviética, según Ronald Reagan) se ha convertido en fuente de execración y de espanto. Entre 1980 y 1988 se celebraban las hazañas de los “combatientes de la fe” contra el Ejército Rojo. A partir de la década siguiente, sus primos ideológicos en Argelia (Grupo Islámico Armado, GIA), más tarde en Afganistán (talibanes) y recientemente en Oriente Próximo con Al Qaeda y con la Organización del Estado Islámico (OEI) han sido descritos con rasgos de “fanáticos”, de “locos de Dios”, de “bárbaros”.
Ciertamente, los muyahidines de los años 1980, que no perpetraban atentados en el extranjero, se distinguen en varios aspectos importantes de los militantes del GIA argelino o de los miembros de la OEI en Irak. Sin embargo, no es menos cierto que Afganistán sirvió a menudo de crisol y de incubadora para sus sucesores. El jordano Abu Musab al Zarqaui, considerado el “padre” de la OEI, llegó allí en momentos en los que el Ejército Rojo se retiraba y permaneció hasta 1993. Osama Ben Laden, fundador de Al Qaeda, fue enviado por los servicios secretos de Arabia Saudí a Peshawar, en Pakistán, con el fin de apoyar la lucha de los muyahidines. El argelino Mojtar Belmojtar, cuyo grupo –Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI)– acaba de reivindicar el ataque contra el hotel Splendid en Uagadugú –en Burkina Faso–, también partió a perseguir a los aliados afganos de la Unión Soviética a finales de los años 1980. A continuación volvió a Argelia durante la guerra civil y combatió con el GIA (los argelinos que siguieron su camino eran llamados “los afganos”) antes de unirse a Al Qaeda. Éstos, y muchos otros, fueron recibidos favorablemente por Occidente en la medida en que servían a sus objetivos estratégicos. Después se volvieron en su contra. Como consecuencia, la imagen que la prensa europea o estadounidense daba de sus motivaciones, de su extremismo religioso, de su ferocidad cambió completamente...
- "Le monde est fantastique. Leur âme se lit sur leur visage", fotorreportaje de Julio Donoso, texto de Guy Sorman con la colaboración de Pascal Bruckner, Le Figaro Magazine, 20 de septiembre de 1986.
1. Aliados estratégicos de Occidente
El 3 de febrero de 1980, unas semanas después de la intervención militar de la Unión Soviética en Afganistán, Zbigniew Brzezinski, asesor de seguridad del presidente estadounidense James Carter, viajó a Pakistán. Al dirigirse a los muyahidines refugiados del otro lado de la frontera, les prometía: “Esa tierra de allí es vuestra. Volveréis algún día porque ganaréis la batalla. Recuperaréis entonces vuestras casas y vuestras mezquitas. Vuestra causa es justa. Dios está de vuestro lado”. El discurso mediático francés sobre Afganistán favorecería el objetivo geopolítico estadounidense.
- "Ici Radio- Kaboul libre…", por Bernard-Henri Lévy, Le Nouvel Observateur, 12 de septiembre de 1981.
Bernard-Henri Lévy apoyaría con el mismo fervor la intervención occidental en Afganistán, producto de los atentados del 11 de septiembre de 2001.
Hace un año y medio, el 27 de diciembre de 1979 (...), una de las principales potencias del mundo acababa de invadir un país vecino, débil y sin defensa. (...) Los viejos fusiles salieron de los baúles; las pistolas, de debajo de los fardos de paja. Mal armada, la resistencia se levanta”. (Marek Halter, “Radio-Kaboul libre”, Le Monde, 30 de junio de 1981)
Aquí, Marek Halter aludía a un conocido verso del Canto de los Partisanos, himno de la Resistencia Francesa: “Sacad del pajar los fusiles, la metralla, las granadas”.
“Lo que muere en Kabul, bajo la opresión soviética, es una sociedad de hombres nobles y libres”. (Patrice de Plunkett, Le Figaro Magazine, 13 de septiembre de 1980)
En Le Figaro Magazine (19 de diciembre de 1987), Claude Corse dedicó un reportaje a los médicos, a los agrónomos y a los ingenieros franceses que también ayudaron a los afganos. Con una referencia a la Resistencia francesa: “Barbas, turbantes e incluso una mirada feroz: estos típicos afganos son franceses. Entre ellos, un marino bretón especializado en vientos de la Polinesia que se hizo agrónomo montañés por gusto para un pueblo que vive ¡con el viento en contra! (...) Valioso recurso alimentario, este árbol de vida [un castaño] simboliza la esperanza de un pueblo de irredentistas unido contra el invasor comunista, como los pastores corsos de Castagniccia lo estuvieron contra los ejércitos de ocupación”.
2. Exotismo y bellos paisajes
Combatir el comunismo soviético no constituía un objetivo universalmente popular en Francia. Para que la causa de los afganos, patriótica pero también nacionalista, contara con más apoyo, los grandes medios de comunicación la asociaron a un deseo de aventura, a un paraíso perdido. Esto fue fácil, ya que el combate afgano tenía lugar en un entorno geográfico encantador, con lagos transparentes que cautivaban la mirada. El carácter pintoresco de los paisajes (y de las tradiciones) de Afganistán enviaba a toda una generación occidental, ya adulta en los años 1960, al país con el que habían soñado los trotamundos y que a veces habían atravesado para ir a Katmandú. El regreso a la naturaleza, a los verdaderos valores, a las “montañas crueles y bellas”. Afganistán como antítesis de la civilización moderna, materialista y mercantil.
3. Combatientes con fe
Entre franceses cada vez menos religiosos, a menudo moldeados por el liberalismo cultural, y afganos, tradicionalistas apoyados a la vez por Arabia Saudí e Irán, la afinidad no es algo natural. De ahí la importancia de presentar a los muyahidines como gente sencilla con fe, que defiende sus costumbres ancestrales, su solidaridad como pueblo. El enfrentamiento, a menudo mortal, entre clanes y tribus antisoviéticas se presenta como la lucha, simpática y desordenada, entre los pueblos galos y las legiones romanas.
“Creo que la revolución islámica de Jomeini beneficia muy poco a la causa afgana. Pero la resistencia afgana no tiene la radicalidad de los movimientos revolucionarios iraníes y las corrientes que presentan un carácter sectario son allí muy minoritarias”. (Jean-Christophe Victor, Les Nouvelles d’Afghanistan, diciembre de 1983)
4. La espinosa cuestión de las mujeres
Coraje y resistencia, solidaridad comunitaria, exotismo y belleza no permiten que se eluda indefinidamente la cuestión, necesariamente espinosa –sobre todo para franceses cuya consciencia política fue transformada por las luchas feministas– del estatus de las mujeres afganas. Esta dificultad no se niega, más aún cuando los comunistas afganos prohibieron el matrimonio de niños y redujeron la importancia de la dote. Pero el obstáculo se sortea gracias a una advertencia contra una percepción demasiado occidental de la situación afgana. Se explica que algunos comportamientos y símbolos cambien de sentido al cambiar de país. Lo que en sí no es falso. Pero semejante relativismo cultural desaparecerá en cuanto el combatiente “que no se parece a nosotros” pase del estatus de aliado al de adversario.
“El sistema de ‘compensación matrimonial’ que se paga, en muchas sociedades del mundo, tanto en Asia como en África, antes de que una joven pueda casarse presenta por supuesto numerosos inconvenientes, sobre todo para los jóvenes que contraen matrimonio. Sin embargo, en las sociedades rurales pobres constituye indudablemente cierta protección para la esposa. La institución de la compensación matrimonial se percibía en Afganistán como el reconocimiento de la importancia de las mujeres. En la sociedad tal y como era entonces, eliminarla brutalmente significaba despreciar a las mujeres. Era, para los campesinos, una muestra de respeto y de consideración hacia su hija y hacia sí mismos, no querer entregarla por nada a cualquiera sin que su futuro esté asegurado”. (Bernard Dupaigne, Les Nouvelles d’Afghanistan, octubre de 1986)
“La poligamia es, en algunos casos, un medio para que el hombre administre sus conquistas y responda en un momento dado a necesidades económicas. Pero también es una protección para la mujer estéril, la cual puede así vivir e integrarse en una familia y, por ende, en un tejido social. (...) En algunos países como Afganistán, la dote es una garantía para la mujer, ya que el día que se divorcia puede recuperarla, así como todos los bienes que aportó cuando contrajo matrimonio. (...) Otros dirán que llevar velo no es en sí un comportamiento retrógrado, sino un medio práctico para ser respetada y también una cuestión de honor. (...) Allí donde los occidentales ven signos de opresión existe a menudo una realidad más compleja. (...) Así pues, el papel de las mujeres es muy gratificante y muy valorado”. (Chantal Lobato, Autrement, diciembre de 1987)
Epílogo (provisional)
El régimen comunista afgano de Mohamed Najibullah sobreviviría tres años tras la partida de las tropas soviéticas en febrero de 1989. Más tarde, en 1996, tras varios años de enfrentamientos mortales entre clanes rivales anticomunistas, Kabul cayó en manos de los talibanes. Capturaron a Najibullah, refugiado en un edificio de las Naciones Unidas, lo torturaron, lo castraron, lo fusilaron y colgaron su cuerpo de una farola.
El 15 de enero de 1998, Le Nouvel Observateur le preguntó a Brzezinski si “no lamenta haber favorecido el integrismo islamista, haber dado armas, consejos a futuros terroristas”. Su respuesta: “¿Qué es más importante en la historia del mundo? ¿Los talibanes o la caída del imperio soviético? ¿Unos pocos islamistas exaltados o la liberación de Europa Central y el fin de la Guerra Fría?”
(1) N. de la T.: La Guerra de los Chuanes (o Chuanería) fue un levantamiento antigubernamental de las provincias del oeste de Francia contra la Revolución de 1791 a 1799.
Denis Souchon: Miembro de la asociación Action critique médias (Acrimed).