Pío XII: ¿ángel o demonio?

Por José Steinsleger 
para La Jornada (México)
publicado el 10 y el 17 de abril de 2019


Parte I

Cito de memoria, apelando a que algún erudito me recuerde en cuál texto Hegel escribió lo siguiente: “…algo es vivo sólo en la medida en que contiene en sí contradicción, y al mismo tiempo posee fuerza para sostener en sí tal contradicción”.

Una idea que vino en mente por asociación, tras el anuncio de que el papa Francisco abrirá los archivos del pontificado de Pío XII (1939-1958), el 2 marzo de 2020, “…exactamente un año después del 80 aniversario de la elección de Eugenio Pacelli al trono de Pedro” (Bernardo Barranco V. Apertura polémica de los archivos secretos del papa Pío XII, La Jornada, 6/3/19).

En tanto creyente no creyente (la vida es verde, como el mar Rojo), sigo con atención los textos del maestro Barranco V. Por ejemplo, el que escribió acerca del asunto hace 21 años, donde dice: “Es comprensible suponer un cúmulo de errores en una institución con un largo pasado bimilenario; sin embargo, más vale ya no abrir el pasado, tan cargado y subjetivo…” (El silencio del papa Pío XII, La Jornada, 26/3/98).

¿Quién fue Pío XII? En cientos de libros, documentos, películas y congresos se lo acusa de cómplice del exterminio nazi, mientras otros sostienen que su silencio habría salvado la vida de millares de judíos y católicos de Alemania, Italia y Europa central. Incluyendo los autores que destacan su pragmatismo como jefe del Estado teocrático de medio kilómetro cuadrado, que ejerce su poder sobre mil 300 millones de católicos desde la colina donde el imperio romano crucificó de cabeza a Pedro, el primer papa (I dC).

Un pasado que, en efecto, empezando con la primera cruzada contra el Islam en 1088, resulta algo más que doloroso. Pero si el pasado es un prólogo (Shakespeare dixit), la cautelosa política del Vaticano en la época de Hitler y Mussolini podría también ser vista como el primer capítulo de los neofascismos en curso que vivimos, menos ruidosos aunque igualmente mortíferos.

Por ende, resulta interesante el cotejo de un par de editoriales del periódico The New York Times (NYT), hechos por el legendario editor de la revista Newsweek Kenneth L. Woodward (En defensa de Pío XII, 8 de abril de 1998). Veamos:

El 25 de diciembre de 1941, el NYT dijo: “La voz de Pío XII es una voz solitaria en el silencio y la oscuridad que rodean a Europa en estas Navidades… Es prácticamente el único gobernante que queda en este continente que se atreve a alzar su voz”. Pero 57 años después, el 18 de marzo de 1998, el progresista periódico neoyorquino recomendó “una exploración absoluta de la conducta del papa Pío XII… Ahora toca a Juan Pablo II y sus sucesores dar el próximo paso hacia la completa valoración de la posición del Vaticano al no enfrentar firmemente el flagelo que devastó a toda Europa”.

Woodward concluye: “¡Cómo cambian los tiempos! […] Está ocurriendo algo vergonzoso. Las afirmaciones de que Pío XII mantuvo silencio frente al Holocausto, que hizo poco para ayudar a los judíos, que estaba de hecho en favor de los alemanes, si no de los nazis, que en el fondo era antisemita, son todas monstruosas calumnias que ahora parecen pasar por aceptada cordura… Que Golda Meir y dirigentes de la comunidad judía en Hungría, Turquía, Italia, Rumania y Estados Unidos agradecieron al Papa por salvar a cientos de judíos, es ahora considerado irrelevante”.

No queda claro si Francisco se propone retomar la dilatada beatificación del polémico prelado. Causa que el papa Paulo VI abrió en 1965, luego del impacto mundial de El vicario (1963), en la que el dramaturgo alemán Rolf Hochhuth presenta a Pío XII como un cobarde moral, y que el cineasta griego Costa Gavras llevó a la pantalla ( Amén, 2002).

¿Resta saber algo más acerca del Papa que el teólogo suizo Hans Küng (presidente de la Fundación por una Ética Mundial) condenó en su magno estudio sobre El judaísmo (segunda parte, El papa que guardó silencio, Ed. Trotta, 1993, pp. 215-243)? ¿Y qué añadir a la demoledora biografía publicada en 1999 por el historiador inglés John Cornwall (El papa de Hitler, Planeta, 2007), o los estudios de Karlheinz Deschner (1994), Danel Goldhagen (1997), Guenther Lewy (1965)?

Parecería que el papa Francisco (jesuita al fin) siente tener piso para reanimar la referida contradicción hegeliana. Sabe, por ejemplo, que en enero de 1940 Radio Vaticano denunció los sufrimientos infligidos por los nazis en Polonia, calificándolos como una ofensa insolente a la moral del género humano. Y es que la radio estaba en manos de los jesuitas, y los padres de la Compañía, únicos responsables de sus textos, comprometían en cierta manera la autoridad romana.

Así pues, sintiéndose demasiado comprometido, Pío XII rogó a Radio Vaticano que no hablase más de la ocupación nazi de Polonia. Pero el 1 de agosto de 1941, la emisora volvió a denunciar el trato dado a los judíos (Jean Lacouture , Los jesuitas, Paidós, 1994, tomo II, pp. 471 y 485). Asunto espinoso, que trataremos en la segunda parte del artículo.


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Parte II



Todas las realizaciones y frustraciones del homo sapiens-sapiens surgieron de tenaces contradicciones entre la razón y la fe. Sin embargo, conviene colgar una herradura en la puerta de casa, ya que pronunciarse en favor de la una o la otra revelaría, cuanto menos, maniqueísmo y estrechez de miras.
¿Se puede, categóricamente, criticar a los que con razones y argumentos sostienen que el papa Pío XII (Eugenio Pacelli, 1876-1958), tuvo responsabilidad en los crímenes del nazifascismo (1939-45)? ¿Se puede, categóricamente, a los que llenos de fe y devoción niegan tal complicidad? ¿Conviene, mejor, no preguntar?
De lo que no hay duda es que Eugenio Pacelli la tuvo difícil, siendo testigo y protagonista decisivo en el siglo más tenebroso de la humanidad: primera y segunda guerras mundiales, revolución bolchevique, ascenso de Hitler y Mussolini, genocidio de armenios y judíos, y gran lucha ideológica de la Iglesia contra el racismo y el ateísmo científicos.
En suma, un siglo en el que, según el filósofo italiano Giorgi Agamben, el homo sapiens-sapiens fue progresivamente vencido por el homo-sacer, negando la razón, humillando la fe y logrando que vida y muerte carecieran, científicamente, de valor alguno.
Desde su conversión en religión oficial del imperio romano (380 dC), la Iglesia católica apostólica, romana y universal, monitoreó el curso de la llamada civilización occidental y cristiana. Y desde Pedro (el primer Papa (I dC), tuvo 266 pontífices que parecen haberse regido por una máxima que se atribuye a los jesuitas: la mano derecha no debe saber lo que hace la izquierda.
De ahí, su fuerza institucional y política. Pero algunos papas dieron qué hablar. Mi favorito, por ejemplo, es el valenciano Alejandro VI (Rodrigo de Borja o Borgia, 1431-1503). Sus enemigos decían que compartía el lecho con Lucrecia, su hija. Quien a su vez le hacía un lugarcito a su hermano César. Chismes de convento. Alejandro VI y César (modelo político de Maquiavelo) fueron tan sólo expertos en venenos varios para eliminar a sus competidores sin dejar rastros.
Otros, en cambio, trascendieron por su rígida observancia. Como el veneciano Clemente XIII (1758-1769), quien ordenó colocar hojas de higuera sobre los genitales de las estatuas del Vaticano. Y en el último siglo y medio, el periodismo bautizó a los prelados con distintos apodos: el papa obrero (León XIII, 1878-1903); el bueno (Juan XXIII, 1958-63); el nazi (Benedicto XVI, 2005-13), o el de la sonrisa (Juan Pablo I, 1978), a quien le sirvieron un tecito medio cargado, permitiendo la llegada al trono de Pedro del papa neoliberalJuan Pablo II (1978-2005).


¿Cuán atinado sería calificar a Pío XII Papa de Hitler? Francisco (¿el papa populista?) no está de acuerdo con ese apodo. Y con el fin de aclarar el asunto, anunció la apertura de los intrincados archivos del Vaticano, previsto el 2 de marzo de 2020. En todo caso, quizá aparezca el misterioso anteproyecto de encíclica que el jesuita estadunidense John La Farge, trató de entregar en mano a Pío XI (Achille Damiano Datti, 1922-39, antecesor de Pío XII).
Según la investigación del alemán Gustav Gundlach y el francés Gustav Desbuquois (jesuitas), La Fargue respondía al macartista cardenal de la Compañía Francis Spellman, vicario apostólico de las fuerzas armadas de Estados Unidos, y mejor conocido como el cardenal monedero o cardinal mo­neybags (La encíclica misteriosa, El País de España, 15/6/1997).
Descendiente de Benjamin Franklin por línea materna, liberal en el sentido anglosajón del término, y colaborador de Martin Luther King, Lafargue condenó el racismo y el antisemitismo en su documento. Pero el borrador (destinado al papa Pío XI) fue entregado al jesuita polaco Vladimir Ledochowski, general de la Compañía poco interesado en molestar a Hitler, pues consideraba que el mayor peligro era el comunismo soviético, y cualquier pronunciamiento podía perjudicar a los católicos polacos.
El caso es que Pío XI se murió, y el documento que al parecer Pío XII no habría conocido, desapareció. Algo complicado de tragar, de acuerdo con la comisión internacional de historiadores católicos y judíos que en 2000 (año del Jubileo), revisó 11 volúmenes de documentos ya divulgados por el Vaticano. Y a los que Juan Pablo II, negó el libre acceso a los archivos que Francisco prometió dar a conocer.