Entrevista al escritor Marcelo Figueras. Ese escritor, Rodolfo Walsh
Por Claudio Zeiger
para Página12/Supl Radar
Publicado el 19 de marzo de 2017
Con la emblemática escena de un jugador de ajedrez que en medio de una partida oye los disparos de la revuelta contra la Libertadora en junio de 1956, se inicia el largo periplo que haría de Rodolfo Walsh el autor de la primera gran denuncia periodística contra la opresión y la injusticia en la Argentina: Operación masacre. Acerca de la génesis de este libro, de su angustiante búsqueda de un final con justicia, de la conversión de un escritor correcto en uno genial y, finalmente, en un intelectual clave de la relación entre literatura y política, trata El negro corazón del crimen, la novela de Marcelo Figueras que se publica por estos días, cuando se cumplen cuarenta años del asesinato y desaparición de Walsh. En esta entrevista Figueras reflexiona acerca de los paralelos entre la génesis de esta obra y Kamchatka y cuenta cómo fue que decidió escribir la novela de iniciación de un joven llamado Erre, todavía lejos del mito y la Historia pero ya en plena búsqueda de su destino.

Alguien, hace muchos años, pensó que la historia –con mayúscula o minúscula– era el criminal perfecto: cruel, eficiente y anónimo. Hace muchos años, alguien también pensaba, en términos más simples, que al final la Historia siempre te pasa por arriba. Lo pensaba un compañero de trabajo de Walsh, y el mismo Walsh lo creía acerca de su padre, un derrotado, un llamado a silencio. Pero eso, esa derrota, suave o violenta, sucede “al final”. ¿Al final de qué? De la vida, de una etapa de la vida, de la condición humana. Por estos días, entreverar la historia y los finales no es un tema menor de la Argentina, como tampoco ciertos manejos circulares del tiempo y de las circunstancias que suceden como pura contingencia, sin aparente intervención de un plan maestro. Algo (al final) suena a repetido. Pero la repetición es una de las formas de la vida. La persistencia, también. Los aniversarios suelen ser parte de esos rituales que no siempre son estáticos ni congelados, ni formales ni decorativos. A cuarenta años del asesinato y la desaparición de Rodolfo Walsh (del 25 de marzo de 1977 en adelante), Marcelo Figueras publica una novela sobre la génesis de Operación masacre, el libro que echó a rodar a Walsh por un camino sin retorno, del ajedrez a la vorágine, y también se preguntará muy puntualmente por el tema de los finales, de lo que denomina “la búsqueda del final perfecto”.
Esta fórmula podría tener ecos borgeanos (no del todo desubicados en esta trama) pero no es ajena a la materia de El negro corazón del crimen; un policial que va virando del inglés al norteamericano, del rojo al negro, de lo deductivo a lo empírico, del detective al escritor. Una novela que gira sobre un libro incesante, inacabado, sin final, pero quizás por eso mismo, imperfectamente perfecto. Quizás, en algún momento, Walsh descubrió que esa manera de tratar lo literario, como una urdimbre entretejida con lo real, desbordándolo todo el tiempo, desbordándose a sí misma como literatura, era la mejor manera de superar las nociones de estilo, de evasión, de “novela burguesa” contra las que había luchado toda la vida. Texto imperfecto como la vida, injusto e inacabado como la Historia es, sin embargo, una de las formas de lo perfecto. Aquello que no se obsesiona por imponerle un molde a la realidad sino que en un último gesto, se deja llevar por el río de la Historia, tema de otro texto que se perdió junto con Walsh.
Muchas de estas consideraciones lo ocuparían a Figueras antes de ponerse a escribir El negro corazón del crimen, libro curioso por donde se lo mire a pesar de cierta apertura clásica, de cierta apariencia de artefacto narrativo sobre-personaje-real. ¿Qué es lo que lo vuelve más imprevisible de lo que aparenta? Es, quizás, lo que el autor describe como sus capas debajo de “una piel de policial”. “Un arranque de policial inglés tradicional que desemboca en el negro típico norteamericano: ¿Cómo se prueba que el poderoso es el culpable? Hasta desembocar en algo típico del policial a lo argentino, donde se puede llegar a la verdad pero nunca obtener justicia. Lo máximo que se puede hacer es difundir esa verdad antes de que el sistema te aplaste”, explica Figueras. “Por debajo hay una historia de amor, la de Rodolfo Walsh con Enriqueta Muñiz, una joven española traductora y periodista que lo asistió en la investigación de los fusilamientos de José León Suárez. Hay muy pocos elementos que se saben, aunque en sus últimos años Enriqueta aceptó que el romance fue real. Ella parece un personaje inventado ad hoc para esta trama, pero no lo es. Pero la ausencia de información sobre el affaire me permitió imaginar a Enriqueta libremente y convertirla en personaje fundamental. Y por último, la dimensión del escritor, contar cómo un escritor competente y timorato se convierte en un escritor genial. Ahí el mapa estaba trazado en la escritura del propio Walsh. Si leés en una serie Variaciones en rojo, los artículos de una revista como Leoplan, entre ellos el panegírico del aviador Estívariz, amigo de su hermano militar, que muere en los bombardeos a la Plaza en el 55, un personaje ensalzado con palabras rimbombantes, ves cómo se convierte en otra cosa al enfrentarse con una historia del otro, de otros. Empieza desesperado a buscar un estilo. El personaje finalmente se va construyendo solo a partir del mapa que Walsh dejó trazado con textos que buscan su propia voz”.
WALSH PERSONAJE: WALSH ESCRITOR
Walsh no tenía remilgos para abordar a un personaje real en sus ficciones. Que podían no parecer ficciones pero lo eran. Ahí está, para siempre, “Esa mujer” (¡y para colmo, con un gran personaje ausente!). Walsh tenía un enorme sentido de lo narrativo, de lo que en definitiva, debía ser un escritor. Y esa noción no la perdería por una toma de conciencia ideológica o por una desconfianza hacia el matiz “burgués” de la actividad del escritor de carrera. Como señala Figueras, en rigor, la “toma de conciencia final” fue la del escritor. “Walsh no emprende la escritura de Operación masacre donde procede por ensayo y error, hasta que se deja arrasar por la humanidad de esas personas reales, víctimas del terrorismo de Estado. Sólo se convierte en un escritor magistral, sin importar ya si se trata de ficción o no, cuando asume que escribir es fabricar empatía: dejarse interpelar por otros, probarse pieles ajenas, asumir puntos de vista ajenos... y muy especialmente, los puntos de vista de los desangelados de nuestra sociedad, aquellos cuyas pieles nadie quiere probarse. Me impresionó el hecho de que Walsh, que había tenido una relación tan conflictiva con la escritura de ficciones estrictas hubiese tomado la decisión que tomó a la hora de redactar su testamento. Porque bien podría haber titulado: Carta abierta de un militante a la Junta Militar, o de un peronista, o de un periodista, pero no. En la hora crucial, eligió definirse como un escritor y ya. Eso es lo que parece haber cifrado la totalidad del valor que creía tener en ese momento: la presunción que, de perdurar de algún modo, lo haría como escritor”.
Hay varios libros citados al final como fuentes y, sobre todo, supongo, lecturas inspiradoras. Pero El negro corazón del crimen es un libro que gira alrededor de otro libro. ¿Cómo decidiste que ibas a releer Operación masacre, como testimonio, documento, novela de non fiction? ¿Todo a la vez?
–La historia real es tan apasionante, que no quise vulnerarla ni siquiera en pos de un efecto dramático. Por eso respeté paso a paso la realidad que encontré durante la investigación. Apelé a la imaginación tan sólo para llenar los huecos, aquello de lo que nada se sabe o no puede ser probado. Mi sueño era que los dos libros pudiesen ser leídos en paralelo o en sucesión infinita, en la medida en que uno cuenta lo que el otro calla y el otro echa luz sobre aquello que el uno trata con discreción. No quería contradecir nada de lo que se cuenta en Operación masacre. Tratándose de un texto genial, me conformaba con escribir su making of. Cuando entrevisté a Horacio Verbitsky, que fue su amigo, me contó que Walsh tenía el proyecto de contar cómo se había desarrollado esa investigación y que le pidió que lo hiciese él mismo. La tragedia argentina torció los destinos de todos y Horacio no pudo escribir esa historia, pero me impresionó que Walsh ya tuviese conciencia del valor potencial de ese making of, de lo que podía revelar el relato de las tribulaciones sufridas para llegar a la verdad. Yo no soy Horacio ni de lejos, pero espero no haber arruinado del todo esa historia tan sublime.
Pensaba en libros que me resuenan en la lectura del tuyo. Pensaba en las novelas “históricas” de Tomás Eloy Martínez, La novela de Perón y Santa Evita, hasta La lengua del malón de Guillermo Saccomanno. Y entonces tengo que pensar que el hilo conductor de todas estas narrativas es el peronismo. ¿Todos los caminos conducen al peronismo, el río desemboca siempre ahí?
-El peronismo es la clave de todo en tanto expresa lo reprimido, en términos psicológicos pero también político policiales. Es el fenómeno que la Argentina no termina de metabolizar y por eso intenta arrancar de cuajo a cada rato, fracasando estruendosamente, mientras la criatura muta y se fortalece. Esa es la verdadera grieta en la que nuestra evolución histórica tiende a encallar, a frenarse: el liberalismo, por llamar de algún modo a los profesionales del expolio, detiene su marcha posible tratando de rematarlo y el peronismo no muere nunca; sufre, sí, pero a la vez se le caga de risa. Si dejaran de dispararle y le permitiesen probar suerte como un partido político más o menos formal, sin tratar de asfixiarlo o corromperlo a cada paso, todos respiraríamos más aliviados. Pero los CEOs no quieren convivir con el peronismo, aun cuando claramente pueden y lo han hecho cuando el peronismo estuvo en el poder. En su ceguera, en su compulsión, insisten en genocidarlo con la misma necedad con que engullen millones que no necesitan ni estarían en condiciones de gastar, aunque viviesen mil años: no pueden evitarlo ni frenarse, es más fuerte que ellos. Y sin embargo el peronismo se multiplica y se le cuela por todas partes, entre ellas a través del arte. Los artistas más legendarios de la Argentina son peronistas, o lo han sido en algún momento o al menos brotaron de su humus: Discépolo, Oesterheld, Favio, el Indio Solari. Son aquellos que no sienten complejo alguno persiguiendo la excelencia de su arte, sin que esto signifique cortar amarras con la sensibilidad popular. En cambio esta banda de chetos... ¿Conocés algún gobierno de piel liberal que haya sido más pobre que este en materia de producción cultural?
Por ahora no.
–Crecimos bajo la loza asfixiante de una academia que preconizaba que la literatura debía ser estilo y nada más. Lo justificaban con argumentos de la crítica, que escondían una mezcla de conservadurismo político y estético y una regia dosis de autocensura inoculada por el cagazo a la dictadura. Por eso todos los escritores que se animaron a contaminar su narrativa con la realidad y sus temas, aun cuando ello no suponía hacer realismo, no han sido incorporados al andamiaje crítico; no les hacen lugar, siguen siendo literalmente ex-céntricos. Yo reconozco una afinidad con la literatura de Tomás Eloy y con la de Guillermo, más allá de las diferencias de estilo. Pero mi referencia principal ha sido siempre Walsh, desde que le eché el ojo por primera vez. Porque él solito dinamita la falsa dicotomía con que nos llenaron el buche durante décadas, oponiendo estilo a literatura de segunda. El tipo labró un estilo que es tan sólido y depurado como el de Borges. Y más próximo a mi paladar, mi experiencia y mis intereses, por cierto. Pero no lo aplicó a hablar tan sólo de literatura o de devaneos metafísicos sino de temas terrenales, aquellos que le parecían más relevantes. Que no fueron sólo políticos e históricos: hablo también de angustias existenciales y de las emociones más profundamente humanas. Para no sentir empatía con los pibitos del ciclo de cuentos de irlandeses, tenés que ser de piedra. Por eso creo que hasta los medios conservadores prefieren recordarlo como militante antes que como escritor, porque interpretan que como militante fue vencido pero como escritor les sigue cagando el estofado que siempre amarrocaron para sí.
Fuente