viernes, 7 de julio de 2017

Alvaro Alsogaray

Dos notas publicada el 2 de abril de 2005 a raíz de  la muerte de este símbolo de lo peor de la derecha argentina, acaecida un día antes

Alsogaray no llegó al invierno

Descendiente de un vasco que llegó a la Argentina en el siglo XIX, de una familia imbricada con el poder económico y militar, el capitán-ingeniero, reivindicador del terrorismo de Estado, vivió su último momento de gloria con Menem. Falleció de cáncer, a los 92 años, con su hija María Julia en prisión.
Alvaro Alsogaray vivió su primer gran momento político en 1959, cuando Arturo Frondizi quiso subrayar su conversión al librecambismo y lo designó ministro de Hacienda. Treinta años y unas cuantas dictaduras después, otro líder de origen popular decidió imprimirle un giro inesperado a su programa y lo convocó al gobierno: era Carlos Menem, que recurrió a la figura del capitán-ingeniero como emblema de su reconversión al neoliberalismo. Durante décadas símbolo de la amalgama entre poder militar, político y económico, Alvaro Alsogaray murió ayer a los 92 años.

Una estirpe patricia

Como sucede con las buenas familias, para contar la biografía de Alsogaray hay que comenzar por sus antepasados. De origen vasco, el primer Alsogaray llegó a estas pampas en 1810 y fundó una larga dinastía de militares, con una cláusula que se repetiría hasta hoy: el hijo varón mayor se llamaría, siempre, Alvaro. El Alvaro bisabuelo fue colaborador de Guillermo Brown, el Alvaro abuelo participó en la guerra de la Triple Alianza y el Alvaro padre fue jefe de operaciones de José Uriburu.

El Alvaro que murió ayer nació el 22 de junio de 1913 en la ciudad de Esperanza, en Santa Fe. Las tareas de su padre en el Ejército lo obligaban a una mudanza continua: la familia pasó por Bahía Blanca, donde era vecina de los Massot, y por otras provincias, hasta que Alvaro ingresó al Colegio Nacional Mariano Moreno y, después, al Colegio Militar, casi una extensión de la casa familiar. Practicó tenis y esgrima, fue abanderado de su promoción y desfiló junto a los cadetes para festejar el golpe de 1930.

Sus primeros pasos 

El Ejército era un lugar cómodo, pero Alsogaray era un hombre inquieto, que se interesaba por los negocios y la política. Retirado con el grado de capitán, se dedicó a rastrear oportunidades para las empresas extranjeras que buscaban sortear las restricciones del primer peronismo. Por esos años asumió su primer cargo público: aunque era un antiperonista nato, ocupó la jefatura de la Flota Aérea Mercante durante la primera presidencia de Perón. Se retiró seis meses después, más convencido que nunca de que Perón era el enemigo a vencer y esperó pacientemente el golpe.
En 1955, Alsogaray fue designado funcionario de la Revolución Libertadora, pero su primera aparición en la gran escena nacional se produjo en 1959. Cercado por los militares y jaqueado por la crisis económica, Frondizi intentó un golpe desesperado y decidió cambiar radicalmente la orientación de su gobierno. Para los peronistas y los desarrollistas que lo habían votado fue una traición a sus promesas de campaña, traición que encontró su figura ideal en la persona del capitán-ingeniero, que fue nombrado ministro de Hacienda. Alsogaray asumió como símbolo de la nueva política y diseñó un plan antiinflacionario que le granjearía cierta fama en los sectores liberales. Los argentinos descubrirían asombrados a ese ex militar de oratoria clara y despiadada, que en el discurso por televisión exhibiría por primera vez sus tics imborrables y pronunciaría una frase que lo acompañaría para siempre: “hay que pasar el invierno”.

Dictadura tras dictadura

Admirador de los grandes teóricos neoliberales, de Ludwing Erhard, Charles Rueff y Milton Friedman, Alsogaray comenzó a machacar con su programa neoliberal antes que Thatcher y Reagan. Durante toda su vida ejerció una simplificación absurda de la discusión ideológica, que para él se divide en sólo dos corrientes: de un lado los “dirigistas” y “socialistas”, entre los que ubica a los nazis, comunistas, peronistas, socialdemócratas y fascistas, y del otro los liberales, entre los que se ubicaba a él mismo y unos pocos más. Su rígido esquema ideológico le alcanzó para ser convocado por el gobierno de José María Guido, que lo designó ministro de Economía, y por la dictadura de Onganía, que lo nombró embajador en Estados Unidos. Mientras, Alsogaray seguía con los negocios y la política: fue candidato en 1965 y en 1973, cuando su partido, Nueva Fuerza, encabezó una gigantesca campaña publicitaria que no alcanzó para superar el 2,07 por ciento de los votos.
Alsogaray vivió con alegría la llegada de la última dictadura. No ocupó cargos, cuestionó a Martínez de Hoz y criticó la aventura de Malvinas, pero aprovechó la patria financiera y defendió como nadie el terrorismo de Estado: dijo que “no hubo torturas en la ESMA” y que “Astiz no es un asesino, es casi un héroe”. En 1991 presentó un proyecto de ley para que se construya un monumento a Jorge Rafael Videla.

Democracia

Cuando llegó la democracia, Alsogaray ya era un hombre famoso, conocido popularmente como “El Chancho”, casado con Edith Ana Gay, con tres hijos que le darían, en total, once nietos. Vivía en el elegante departamento de Riobamba y solía pasar los fines de semana en la quinta de Tortuguitas y los veranos en Punta del Este. 
Decidido (o resignado) a jugar en democracia, en 1983 fundó la UCeDé y encaró una campaña diferente: se sacó fotos adentro de un barril para demostrar que “el Estado no es un barril sin fondo” y se candidateó como diputado, el primer cargo público que obtuvo por el voto popular. La UCeDé siguió creciendo: en 1989 consiguió el 6,7 por ciento de los votos y se consagró como la tercera fuerza del país. 
A pesar de los avances, su destino estaba sellado desde el momento en que Menem dejó de lado el salariazo y la revolución productiva y produjo un giro más abrupto y más exitoso que el de Frondizi. Como el viejo líder desarrollista, el riojano encontró en Alsogaray el hombre ideal para subrayar su súbita transformación. El capitán-ingeniero fue designado asesor para la deuda externa, dio mensajes por televisión y se volcó de lleno a un proyecto faraónico y frustrado: la aeroísla. Acusado de trabajar para el grupo holandés que quería llevar adelante la obra y peleado con medio gabinete, en 1991 Alsogaray decidió abandonar el gobierno, aunque no la lucha: su hija María Julia, la luz de sus ojos, comenzaba a escalar posiciones como funcionaria multifunción. 
En los años siguientes, Alsogaray optó por un retiro progresivo. Casi no salía del departamento familiar y sufrió como nadie la condena de María Julia por enriquecimiento ilícito. Tenía cáncer, y en el último tiempo fue asistido por un respirador. Murió ayer, poco después de las 18.

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Un clásico de la derecha argentina

 Mario Wainfeld

Fue precursor en muchos sentidos. Por ejemplo, en advertir antes de los ’60 la importancia de la televisión como medio de divulgación de sus planteos o medidas. También se obstinó en la formación de un partido político asumidamente economicista y de derecha. Se apercibió veloz de la ocasión que propiciaba la conversión política de Carlos Menem. Pero, aún peleando la batalla mediática, apelando al voto, haciendo entrismo en dos gobiernos ajenos votados plebiscitariamente (el de Arturo Frondizi y el de Menem), básicamente fue un hombre de consulta, de reserva, un ministeriable, un ministro de gobiernos autoritarios o de facto. En materia política, Alsogaray hizo ademán de pegarle a la pelota con las dos piernas, pero casi siempre lo hizo con la diestra.
Arturo Jauretche, quien lo designó enemigo del campo Nac & Pop en los lejanos ’50, recordaba travieso dos traspiés de este gurú de la derecha: había sido funcionario del primer gobierno de Juan Domingo Perón (de una línea aérea estatal, para colmo) y su título de “capitán ingeniero” era una suerte de terciario obtenido en algún instituto de las Fuerzas Armadas, no nimbado por la excelencia.
Expositor vivaracho, se animaba a usar, didáctico, puntero y gráficos en sus largas peroratas televisivas. No era el suyo un discurso académico, se atropellaba al exponer y una serie interminable de tics lo hubieran hecho impresentable para los mandatos de la tevé de fin del siglo XX. Fue en uno de sus discursos en cadena cuando, anunciando un plan de ajuste, pronunció su famosa frase “hay que pasar el invierno” que acompañó su imagen por décadas. La metáfora aludía al alfa y el omega de su perenne doctrina, posponer el consumo popular subordinándolo a otras variables a la espera del cierre de algún círculo virtuoso futuro, muy futuro.
No era un economista muy formado. Su esquema conceptual era harto sencillo. O se era liberal o se era “socialista”, “dirigista”, “estatista”, expresiones a su ver sinónimas que pronunciaba con desdén, acentuando mucho la pronunciación de las “s” intermedias. Un artículo publicado en Clarín en 1997 da la pauta de cuán sencillas eran para él las cosas: “En las últimas cuatro décadas prevalecieron las ideas socialistas bajo todos los gobiernos, radicales, peronistas y militares. Son las mismas ideas que hoy defienden el Frepaso y la UCR”, redondeaba.
Como le cuadra a toda la derecha argentina, su prédica quedó confinada a la economía, con una suerte de receta transtemporal que jamás produjo aggiornamentos importantes. En materia de derechos humanos fue predecible, defendió “la lucha antisubversiva”, elogió a Jorge Rafael Videla hasta bien entrados los ’90. Su supuesto liberalismo económico jamás fue impregnado por los valores del liberalismo político, algo en lo que también fue un clásico. 
Como pocos líderes de la derecha, se empacó en procurar el voto popular cuando las dictaduras que integró retrocedían en buen o mal orden. El Partido Cívico Independiente, Nueva Fuerza, la Unión de Centro Democrático fueron los sucesivos sellos probatorios de su constancia. Su caudal electoral en la mayoría de los casos rozó la inexistencia. Con Nueva Fuerza, en el ’73, su partido hizo un esfuerzo formidable, gastó un dineral en una novedosa campaña a la norteamericana. Le fue pésimo.
Su mejor desempeño electoral fue en 1989, cuando fue candidato a presidente y la Ucedé salió tercera, aunque sin llegar a un porcentaje de dos dígitos. En esa campaña tuvo acaso su único acto masivo, en River, un oasis en el erial de su trayectoria. Tras cartón, se produjo, augural, su primera trenza post ’55 con el peronismo. Fue en el Colegio Electoral que regía entonces para nombrar senador por la Capital. Con sus electores, el justicialista Eduardo Vaca le birló al radical Fernando de la Rúa la banca por la que éste había obtenido más sufragios. Resultó el comienzo de una luna de miel asombrosa. Gorila hasta el tuétano, cofirmante del decreto 4161 que proscribió al peronismo en el ’55 y prohibió hasta sus manifestaciones folclóricas (marchita partidaria incluida), Alsogaray urdió una compleja sociedad con el menemismo. Cuadros de la Ucedé se sumaron al gobierno, incluidos María Julia. El mismísimo capitán ingeniero volvió a su palestra, la tevé en cadena, para defender al gobierno en 1990 cuando las papas quemaban, entre una híper y otra. Menem lo reivindicó públicamente. Lo amistad no fue sólo simbólica, ni se restringió a los acuerdos ideológicos. Hubo también efectividades conducentes. Sólo el escándalo periodístico impidió que se plasmara la aeroísla, un faraónico monumento a la corrupción hijo deseado, pero nonato de la pareja PJ-Ucedé.
El abrazo del oso menemista llevó a la familia Alsogaray a un lugar que jamás hubieran imaginado. El precio fue también de libro, la Ucedé (como le ocurrió por derecha y por izquierda a tantos aliados del peronismo) fue fagocitada por el PJ. Su apellido fue coreado durante toda la década ulterior, pero en tono de crítica o de denuncia. Pero ya no se hablaba tanto de él como de su hija, quien plasmaba el mensaje privatista, participando en la mesa chica del desguace del Estado y del reparto del botín. 
Fue un polemista constante que se bancó arengar en el desierto durante añares. Su prédica se transformó en realidad cuando los vientos del mundo soplaban a su favor y la implementaron otros. En la segunda mitad del siglo XX un emblema de la derecha argentina. Para las generaciones más jóvenes, Alsogaray no evoca tanto al hombre de los tics y las “s” acentuadas sino a su hija que se le parece tanto en todo, emblema de la corrupción, presa desde hace un tiempito. 
La Alsogaray, dinastía de militares, se caracteriza por tener en cada rama de su árbol genealógico un “Alvaro” y un “Julio”. La continuidad, la semejanza aún física, entre el Alvaro que se fue y la María Julia que queda, dice mucho acerca de la continuidad de la prosapia familiar.

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Discurso del ministro de Economía Álvaro Alsogaray, La Nación, 29 de junio de 1959; en Felipe Pigna, Lo pasado pensado, entrevistas con la historia argentina (1955-1983), Buenos Aires, Editorial Planeta, 2005.

“Lamentablemente, nuestro punto de partida es muy bajo. Muchos años de desatino y errores nos han conducido a una situación muy crítica. Es muy difícil que este mes puedan pagarse a tiempo los sueldos de la administración pública. […]. Todavía seguiremos por algún tiempo la pendiente descendiente que recorremos desde hace ya más de diez años. Se ha cometido un error en definir a este programa como un programa de austeridad, dejando que cada uno de los habitantes del país viva como pueda y como quiera […]. Las medidas en curso permiten que podamos hoy lanzar una nueva fórmula: ‘Hay que pasar el invierno’.”

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