martes, 30 de mayo de 2017

La fijación económica del peronismo

Julio Burdman

Su estrategia es monopolizar el discurso económico y que el Gobierno fracase. ¿Y si no fracasa?

Al peronismo le está costando entender el relativo éxito de Mauricio Macri en las encuestas. El presidente no goza de una superpopularidad, de esas que abundaron en la Latinoamérica de las centroizquierdas populistas victoriosas y las tasas de crecimiento chinas. Ningún presidente, de hecho, hoy tiene superpopularidad: Temer, Bachelet, Maduro y tantos otros están por el piso. Pero así y todo, lo cierto es que hoy Macri es uno de los mandatarios más populares de la región, y ese dato no puede soslayarse.

El peronismo, en sus diferentes manifestaciones, responde a la realidad macrista con dos autoconvencimientos. El primero es que el apoyo al gobierno se basa en un sujeto social urbano, blanco, clasemediero y antiperonista que siempre le fue esquivo. El segundo es que la denuncia de la desigualdad, el ajuste y los problemas económicos de los sectores populares alineará inexorablemente a una nueva mayoría electoral. Dos mitos que cobran forma de certezas. El peronismo ganador siempre se nutrió de un sector de la clase media -una mirada detenida de las fotos de la plaza del 17 de octubre de 1945 pueden sorprender a más de uno-, y ofreciendo esperanzas de futuro a sus votantes.

Hoy el peronismo en la oposición pretende ganarle al discurso político triunfante de Cambiemos con un mensaje económico, centrado en datos e indicadores. Muerto Laclau, su heredero en las sombras pareciera ser Durán Barba: hoy, los cambiemitas son mejores populistas que sus adversarios.

En los autoconvencimientos del peronismo, hay al menos dos errores que un buen populista no debería cometer. El primero es la negación del componente político del discurso hegemónico. Y hoy, la hegemonía es el Cambio. Muchos dirigentes peronistas están seguros de que Cambiemnos habla de corrupción, timbreos y Cristina Kirchner porque no puede hacer algo mejor -o sea, mostrar cifras económicas favorables. Pero tener razón a la hora de hablar de economía nunca es mejor que poseer un discurso político dominante. Al subestimar el discurso de Cambiemos, el peronismo le deja libre el campo de la política.

Tal vez, el peronismo crea que la mejor estrategia sea monopolizar el discurso económico, y esperar a que el gobierno de Cambiemos fracase. “Yo te lo advertí”, espera poder decirle a la mayoría que votó a Macri en el ballotage, que debería volver con la frente marchita. O, en este caso, con la marchita en la frente. Si Macri no logra sacar a la Argentina de la recesión, y el malestar social se agrava, la cuestión econó- mica será dominante y el peronismo volverá al poder. Pero esa estrategia tiene una debilidad evidente: ¿y si Cambiemos no fracasa? Si el gobierno logra poner en marcha la economía y mejorar los indicadores sociales y de satisfacción, habrá derrotado al peronismo en el partido y en la revancha.

El segundo error es autorrestringirse frente al público. Un buen populista nunca desprecia a ningún votante: todos están invitados a subirse al tren. En todo caso, se confronta con un adversario muy minoritario e impopular, pero nunca con un segmento importante de la sociedad. Y el peronismno no tiene un mensaje dirigido al votante cambiemita. Prefiere esperar a que la sociología y el efecto desgaste hagan lo suyo, y pronto.

Mientras tanto, el discurso del cambio sigue ocupando los debates. No da demasiadas precisiones, ni se detiene en las opciones de política pública, porque se propone una solo respuesta a las preguntas: hicimos bien en cambiar porque hay que seguir cambiando. Es evangelizador, porque en la medida que uno se decida a cambiar, ya forma parte del cambio. No racionaliza, solo trata -a veces, con claras dificultades- de estar en un lugar centrípeto que permita capturar adherentes. Y eso, en la Argentina de hoy, funciona como discurso atrapatodo. Precisamente, lo que le está faltando al peronismo: mostrar un horizonte en el que una mayoría se pueda identificar.

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