Güemes y la "gente decente" de Salta

Escrito: En, más o menos, 1964.
Primera
publicación: No consta.
Digitalización: Néstor
Miguel Gorojovsky, marzo de 2003.
El
nuevo aniversario de la muerte de Güemes,* que
se cumplió el 17 de junio, dio lugar a las conocidas efusiones patrióticas.
Pero estos homenajes al caudillo popular ocultaron escrupulosamente el real
significado de su acción militar y política, así como las causas que determinaron
su muerte a los 36 años en manos de la misma oligarquía salteña que aún hoy
mantiene su poder infame integrada a la oligarquía "nacional".
A diferencia de Artigas, Güemes
mereció el indulto póstumo del partido unitario y los historiadores oficiales
seguidores de Mitre. Pero esta entrada en redil se debe únicamente al hecho de
que Güemes acertó a morir oportunamente. Por otra parte, la gloria póstuma
servía para tapar el proceso del asesinato de Güemes por la oligarquía salteña
en connivencia explícita y directa con las armas del Rey de España y apuñalando
por la espalda la empresa liberadora de San Martín en Perú. Los Uriburu,
Cornejo, Saravia, Zuviría, Benitez, Figueroa y demás asesinos de Güemes en
complicidad con el invasor realista, tuvieron abundante y funesta progenie que
ha sabido guardarse las espaldas de la honorabilidad patriótica con el mismo
celo con que los Mitre han creado el mito del siniestro caudillo de la bárbara
oligarquía bonaerense.
El asesinato de Güemes, rubricado
por la designación por aquella pérfida oligarquía del jefe de los ejércitos
realistas como gobernador de Salta, significó la pérdida definitiva de las
provincias del Alto Perú (Bolivia), que habrían de ser liberadas y erigidas en
Estado independiente por Bolívar y Sucre. La empresa americana de la generación
de la Independencia sufría así un colapso decisivo por el lado argentino, ya
que dejaba a San Martín en inferioridad operativa frente a los españoles y le
obligaba a ceder al libertador Bolívar la parte final de la campaña. Pero estos
alcances no fueron tenidos en cuenta por los autores del complot oligárquico
para quienes se trataba, exclusivamente de producir una contrarrevolución
social, un golpe de Estado contra el gauchaje y la democracia militar del
barbudo comandante de la guerrilla patria. Como volvería a ocurrir innumerables
veces en nuestra historia hasta los amargos días que vivimos, la causa de la
soberanía y la afirmación nacional se encarnaba en los estrados más humildes,
numerosos y explotados de la población, mientras la oligarquía - la clase
"decente" como entonces se decía, el vecindario
"distinguido" que formaba el "pueblo" de los cabildos
abiertos ligaba su destino a la balcanización, la rapiña y el vasallaje. No es
difícil designar por sus nombres a los traidores a la patria aunque se corra el
riesgo de ir preso por ofender a algún "pundonoroso".
La imagen que se nos ha dado de
Güemes es la de un monaguillo unitario que defendió como Robin Hood una
frontera desamparada permitiendo a San Martín hacerse el Aníbal con el Ejército
en los Andes. Esta Imagen es falsa. Güemes, gobernador de Salta desde. 1815, a
los 29 anos, defendió con método de guerrillas las quebradas jujeñas y los
valles de Salta rechazando ocho invasiones, de las cuales la tercera dirigida
por los generales Ramírez y Canterac, fue realmente formidable. Pero esta guerra
que dejó a Salta victoriosa aunque arrasada no se llevó a cabo con métodos
guerrilleros porque la empresa de San Martín hubiese absorbido la totalidad de
las armas nacionales. Allí estaba, a pocas jornadas, el Ejército del Norte,
inmovilizado en Tucumán desde la retirada de Sipe Sipe hasta la marcha hacia
Buenos Aires en apoyo del Congreso unitario, oportunamente desbaratada por el
pronunciamiento de Arequjto. ¿Por qué, en más de cuatro años, ese ejército, a
todas luces respetable por el número de sus efectivos, su parque, oficialidad y
caballadas no osó moverse en apoyo de las bravas milicias gauchas que combatían
sobre Salta y Jujuy ?
La respuesta la suministra el
eminente historiador salteño don Bernardo Frías en el IV tomo de su
"Historia del General Güemes y de la provincia de Salta, o sea, de la
independencia Argentina" Título tan pretencioso es en buena medida,
justificado, aunque merecería este subtítulo: "E historia de la infamia
oligárquica en Salta, o sea, de la conjuración contra la independencia
argentina". Esta historia, como gran parte de la bibliografía fundada en
el manejo de los archivos provinciales y las tradiciones familiares locales
yace sepultada en su misma publicidad. Para entender esta paradoja hay que
decir que don Bernardo Frías, hombre de la “clase decente" salteña pero
dotado de objetividad crítica (y sobreabundante de documentación) dedicó largos
años, en los comienzos del siglo, a los ocho tomos de su obra, de los cuales
sólo los tres primeros vieron la luz en vida del autor. Los decisivos tomos IV
y V publicáronse en 1954 (segunda gobernación Durand) y en 1961 (Comisión
Salteña del Sesquicentenario), respectivamente. Lo modesto de la tirada - mil
ejemplares – aseguraba que el honor no implicase publicidad, máxime porque,
como sucede con estas ediciones oficiales, casi todos sus ejemplares duermen un
sueño institucional en los más impensados anaqueles públicos y privados. En
cuanto a los tres tomos finales, siguen en estado de manuscritos. Pero quien
desee un atisbo del material suministrado por Frías puede consultar al tomo
VIII de la Historia de Vicente Fidel López, quien relata entera aunque
suscintamente los episodios que desembocaron en el asesinato del comandante
guerrillero, gobernador de Salta y general en jefe del Ejército Expedicionario
al Perú (así designado por San Martín en junta de generales y reconocido por
todas las provincias), general don Martín Güemes.
La causa de la inactividad del
Ejercito del Norte acampado en Tucumán es la misma por la cual, hacia la misma
época, el director Pueyrredón y el Congreso unitario dejaban a los portugueses
invadir impunemente a la Banda Oriental. Si en un caso se admitía preferible
que una provincia argentina se perdiera a que un caudillo federal la gobernase,
en el caso de Güemes el plan consistía en hacerlo servir de paragolpes, dejar
que las tropas españolas lo liquidaran y liquidar a su vez a los godos sobre
Tucumán, previsiblemente debilitados por el accionar de las milicias salteñas.
Se mataban así dos pájaros de un tiro, aunque en uno y otro caso el territorio
nacional quedase desgarrado en girones.
Tanto Salta corno la Banda
Oriental tenían una decisiva importancia estratégica en la querella del
federalismo. Si éste no lograba abrirle "puertas a la tierra”
estableciendo su propio enlace geo - económico con el mercado mundial, acabaría
estrangulado por el puerto de Buenos Aires y la oligarquía bonaerense, como en
efecto ocurrió, bajo la divisa unitaria de Rivadavia, "federal" de
Rosas y separatista o "nacional” de Mitre. Pero el portugués Lecor ocupaba
Montevideo y el godo Olañeta Salta. Desmoronada la democracia militar, gaucha y
americanista de Güemes. Salta recién ahora se convertiría en frontera – límite,
dejaba de ser la frontera combatiente, la puerta armada hacia el Alto Perú y el
Pacífico. Porque junto al Güemes defensivo, que tapó la frontera norte para
hacer posible la campaña de Chile, está el Güemes ofensivo a quien San Martín
encomendará la campaña del Alto Perú en conexión con su campaña sobre Lima y la
del General Arenales sublevando la Sierra peruana. Esta expedición se reputaba
indispensable por la necesidad de dividir los efectivos españoles, calculados
en 24 mil hombres contra los 8 mil de la expedición sanmartiniana, impidiendo
que se concentraran sobre el Capitán de los Andes.
A tal fin respondió el
nombramiento de Güemes como general del Ejército Expedicionario al Perú,
recibido en Salta el 2 de agosto de 1820, un mes antes del desembarco
sanmartiniano en la costa peruana. Habiendo quedado Salta desolada por la tercera
invasión española (cuyos efectivos lograron apoderarse durante cierto tiempo de
la misma capital) parece increíble que se hubiese encomendado a Güemes
organizar una ofensiva hacia el norte.
Pero San Martín medía en sus
reales dimensiones el temple del líder salteño y el entusiasmo patriótico de
sus gauchos. De hecho, faltó un pelo para que al abandonar Salta y retirarse
hostigados por la Quebrada de Humahuaca, los españoles no fueran rodeados y
rendidos por las milicias de Güemes que volaban en su persecución. Si éste no
fue el epílogo de la tercera invasión se debe exclusivamente al sabotaje
indescriptible del gobernador tucumano Aráoz y del Ejército de Norte, a quien
los gobernantes porteños consideraban apto para marchar sobre Buenos Aires para
batirse por la constitución unitaria, pero inepto para avanzar sobre los
ejércitos del rey en derrota. Mucho menos pedía Güemes: algunas caballadas de
refresco para seguir la persecución que, al faltarle por la acción deliberada
que señalamos, dejaron escapar la presa y le permitieron rehacerse en Tarija y
Mojos.
Ahora se hacía necesario operar
contra ellos nuevamente, aunque en plan ofensivo; pero, mientras tanto, la
batalla de Cepeda había liquidado las autoridades nacionales, ya no existía
Director Supremo, el Congreso unitario se había dispersado. La leyenda mitrista
pretende que los caudillos traicionaron la causa de la Independencia al
derribar el poder nacional. Pero sabemos que éste cayó cuando intentó traer a
Buenos Aires los ejércitos de Chile y de Tucumán. Los caudillos, por el
contrario, apoyaron activamente, salvo excepciones, la continuidad de la guerra
nacional. Bustos urgía la convocatoria de un nuevo Congreso Constituyente a fin
de vigorizar la unidad y la guerra exterior, y una de las exigencias que
esgrimieron los gobernadores de Salta, Santiago y Catamarca al suscribir el
pacto del 12 de abril de 1821 contra el tucumano Aráoz fue la de obligarlo a
mandar diputados a ese Congreso. Pero el plan fracasó, como es sabido, por la
resistencia de la provincia de Buenos Aires, cuyo ministro Rivadavia anticipaba
en las instrucciones a los diputados la tesis que años después esgrimiría Rosas
en su célebre carta a Quiroga. Esa misma Provincia era capaz de gastar el
equivalente de 10 millones de pesos en las fiestas mayas de 1821, pero no daría
un auxilio para la marcha de Güemes sobre el norte.
Así y todo, Córdoba envía 350
coraceros al mando de Heredia, Santiago reúne fondos y medios considerados para
proveer a la vanguardia del nuevo ejército nacional, que ya enero de 1821 se
mueve sobre Humahuaca. Catamarca recluta fuerzas. El viejo general Ocampo,
gobernador de La Rioja, se ofrece a marchar a las órdenes de Martín Güemes.
Este, mientras tanto, ha reunido 2.500 hombres en operaciones, bajo el mando
inmediato del tucumano Heredia (uno de los sublevados do Arequito), remitido
por Bustos al frente de la división cordobesa. La exigüidad de estas fuerzas se
compensaba por la debilidad política imperante en el bando español, cuyo jefe,
el general Olañeta, no podía unificar a sus 4.000 hombres, casi todos
americanos, profundamente trabajados por la propaganda patriótica. De hecho, a
fines del año anterior, Güemes había logrado organizar una formidable
conspiración en el ejército español, de la que participaba la guarnición de
Oruro (parque militar de primer orden), con los cuerpos de Chilotes, del Centro
y de la Reina, y los Cazadores y Partidarios, apostados con Olañeta en Potosí.
.De esta Conspiración formaba parte, incluso, el gobernador de Oruro, coronel
Fermín de la Vega, y la dirigía el coronel Mariano Mendizábal, jefe del
regimiento de la Reina, contando con la mayoría de la oficialidad americana.
Pero la demora impuesta a Güemes por la negativa de los auxilios falazmente
prometidos por el tucumano Aráoz, determinaron el descubrimiento del Complot y
su represión en sangre.
Una vez más le traición interna
impidió abrir el camino del Alto Perú sin disparar un solo tiro y marchar con
ejército reforzado hacia la ciudadela del poder español. Debe recordarse que los
auxilios de Aráoz se referían a los implementos del disuelto Ejercito del Norte
(liquidado en Arequito), propiedad de la Nación, reclamados por Güemes con
títulos suficientes, en su calidad de comandante en jefe designado y reconocido
de un ejército nacional.
A pesar del fracaso de la
conspiración patriota, el espíritu subversivo campeaba en las filas de Olañeta,
tanto más ahora que el virrey había llamado a los cuerpos, españoles para que
reforzaran la defensa de Lima, dejando en la frontera sur, a los cuerpos
formados por americanos.
Pero el Ejército argentino jamás
franqueó la altura de Humahuaca, alcanzada, a principios de ese año de 1821.
Seis, meses después, el 17 de junio, Güemes moría a consecuencia de las heridas
recibidas de la vanguardia española que lograra infiltrarse hasta la misma
ciudad de Salta por la traición de su "clase decente".
Este episodio trágico e infame
simboliza y tipifica el enfrentamiento prolongado hasta nuestros días entre el
pueblo argentino y la oligarquía antinacional. La infamación y la traición
desplegadas, los lemas “republicanos” y "democráticos” contra el
"tirano", el clamor de la "'propiedad" ofendida, la
genuflexión "patriota” ante el enemigo extranjero, los auxilios de la
autoridad eclesiástica, la injuria contra la chusma y el mulataje, el odio
abyecto que va mas allá de la tumba, no podrían sorprender a ningún argentino
que haya vivido en su patria en los últimos doce años, aunque el paralelo, las
“constantes oligárquicas", sí sean impresionantes. Como este aluvión
denigratorio de la gente “decente” tiene a su manera su imponencia, es
indispensable conocer su dimensión histórica, sus ramificados episodios,
principalmente allí donde la perspectiva del tiempo permite con toda claridad
medir el abismo entre esa “imponencia” y su realidad miserable y ruin.
Y nada mejor que recurrir a este
episodio tan sepultado y tan paradigmático de nuestros orígenes, como
ilustración y enseñanza de lo que es una guerra popular revolucionaria, de cómo
la soberanía política se llena en el proceso de la lucha de un contenido social
revolucionario, y de cómo la oligarquía antepone invariablemente la mezquindad
de sus privilegios a los objetivos de la Nación.
La inmolación de Güemes
La hostilidad levantada a
retaguardia por el tucumano Aráoz impuso a Güemes un paréntesis en los
preparativos para invadir el Alto Perú en apoyo de San Martín. La campaña
contra el gobernador de Tucumán se hizo inevitable cuando éste atacó a Santiago
para impedir que Ibarra enviase dinero y materiales al ejército de Güemes. Este
arrolla a Aráoz hasta las mismas puertas de su capital. Pero el astuto tucumano
aprovecha una momentánea ausencia de Güemes para enredar al sustituto Heredia
en negociaciones y batirlo en la sorpresa de Marlopa (3421). El imprevisto
desastre acelera la conspiración en Salta, mientras Olañeta avanza nuevamente,
para aprovechar las discordias en el campo patriota. Pero una encerrona
magistral del vicegobernador Gorriti captura en Humahuaca la vanguardia de
Olañeta (30 de Abril), obligándolo a retroceder hasta Mojos. Güemes, en tanto,
se rehace en Rosario de la Frontera y su vanguardia (a las órdenes de Vidt, ex
oficial napoleónico) vuelve a operar en las afueras de Tucumán.
Aráoz, entonces, ordena al
coronel Arias (ya en tratos con Olañeta) que avance hacia el valle de Lerma por
la apartada ruta de Las Cuestas, en apoyo de la conspiración que trama la
"clase decente" de Salta. La capital tucumana hervía de exiliados
salteños, quienes azuzaban en Aráoz el temor de que Güemes, so pretexto de
guerrear contra España, se fortaleciese militarmente. Estos exilados y la
"buena sociedad" tucumana captaron para la conspiración a los
comandantes salteños y al propio general Heredia.
Era indispensable que todos estos
hilos se urdieran en un viso de legalidad. A tal fin, el 24 de mayo reúnese en
Salta un cabildo abierto semejante a aquel otro de 1815 que hiciera de Güemes
gobernador. Este plenario de la "clase decente", por abrumadora
mayoría, derroca a Güemes, le quita la "ciudadanía" salteña y lo
destierra de la provincia nombrando gobernador a Saturnino Saravia y comandante
dé armas a Antonio Cornejo. Los facciosos se apresuran a armarse y distribuyen
abundante dinero entre la "plebe" con la despectiva convicción de
apartarla del "demagogo".
Pero bastó a Güemes presentarse
con 25 hombres de escolta ante el ejército adversario en las afueras de Salta y
arengarlo bravamente, para que los batallones se pasasen en masa y huyesen los
"decentes" con justificado pánico. Así se hundió la "revolución
del comercio", como la llamaron sus autores con lenguaje más franco que el
de sus cíclicos herederos. Güemes autorizó por primera vez ciertos saqueos y
encarceló a los que no pudieron huir; pero no dictó condenas capitales, Como
era derecho y costumbre.
Uno de los fugitivos, el
comerciante Benítez, se refugia en la vanguardia de Olañeta (que avanza
sigilosamente mientras el grueso del ejército español fingía un repliegue a
Oruro). El jefe de esa fuerza, coronel Valdez, concibe entonces el audaz plan
de capturar a Güemes en su propia capital, para lo cual Benítez supo guiarlo
por la inaccesible senda del Despoblado hasta las puertas de Salta (7 de
junio). Aunque este presencia fue advertida desde varias casas principales, un
silencio cómplice ocultó los indicios. Güemes pernoctaba en casa de su hermana,
que Benitez señaló al jefe realista. Varias patrullas la rodearon, y cuando
Güemes rompió con su escolta el cerco y casi tocaba las afueras, una bala
alcanzó a herirlo. Diez días después moría en brazos de sus gauchos.
Al clarear el 8, Valdez rinde a
la guarnición del Cabildo con el auxilio de los conspiradores allí presos. El
10 entra Olañeta, y el 16 el mismo Cabildo abierto que destituyera al
"tirano" designa al general realista gobernador de Sa1ta, no bajó
presión del miedo sino de la gratitud, como lo testimonia el comandante de
armas designado por la "revolución del comercio", Antonino Cornejo,
en su mensaje a Olañeta: “La gratitud es ciertamente con la que debió
manifestarse a V. S. la virtuosa Salta, por haberle debido su sacudimiento del
bárbaro poder de un déspota que, a la funesta sombra de una libertad rastrera,
fue el mayor de los tiranos”. El epílogo de esta deshonra sería el acuerdo
entre los "gobernadores" Olañeta y Cornejo, que pacificaba la
frontera, retirándose Olañeta a Humahuaca. Los "decentes" arguyeron
imposibilidad de hacerlo mas decorosamente; pero su “falta de medios" era
su miedo a los gauchos, quienes, ya sin jefe, aún hostilizaron al español y
hasta le provocaron 300 deserciones durante la retirada.
Con Güemes moría el impulso
americano en la frontera Norte, desgarrábase el Alto Perú, perdía San Martín su
nexo estratégico con el Plata y obligábase al “renunciamiento" de
Guayaquil; cerrábase la ruta del Pacífico como contrapeso al centralismo
porteño; empezaban la balcanización, la dictadura oligárquica, el patriotismo
de la entrega. Veamos ahora cuales fueron las causa del odio a Güemes y a su
causa americana.
“Todo vino así a acumularse sobre
Güemes: él era el falsificador de la moneda; el corruptor de la masas
ignorantes, antes respetuosas y ordenadas; el responsable de la destrucción del
comercio del Perú". Andaba en tratos con el enemigo. Se rodeaba de una
turba de delincuentes, “La Gavilla”, cuyos desmanes "daban los rasgos más
hondos del sistema infernal o sistema de Güemes. Zaheríanlo con la pasión
amorosa, que veían era su flaco. Y pues entregaba a sus comandantes la
dirección de los combates, tomaron tal conducta como signo visible de su
cobardía personal, que comenzaron a atribuirle . . Los libelos corrían en arte
métrico. de mano en mano, por los cuales derramábanse los escapes de su odiosidad
para con él”
Sobre todo, hubo una causa “que
excedió en poder para formarle una atmósfera de odio: la inclinación que empezó
a mostrar por la plebe. La plebe era tres veces superior en número a la gente
decente, mezcla grosera de todas las razas, en que sobresalían los mulatos.
Siendo libertos, tratarlos como esclavos era para ellos le más importante
ofensa. De estos libertos y demás gente libre de la plebe se formaba el
batallón de los Cívicos (400 plazas). Ejercían todos los oficios viles:
zapateros, blanqueadores, talabarteros, sastres y albañiles. Por lo general,
eran aquellos mulatos fornidos y altos, de voz estentórea, entusiastas por la
política, de natural y bulliciosas sus aclamaciones. En estos casos, formaban
las puebladas, que era así como ejercían la vida pública, puebladas terribles a
veces”.
“Güemes, que carecía de recursos
y necesitaba de esta gente para hacer la guerra, trató de captarse su voluntad
e infundirles la noción de sus derechos; con lo que el mulataje, de natural
altanero y atrevido, fue tomando alas hasta convertirse en una "malvada e
insolente canalla" que alcanzaría. a imponer su repugnante
dominación".
"Tal como estaban las cosas,
la guerra no podía sostenerse sino con el apoyo espontáneo de la plebe; que al
fin, sin paga, muchas veces sin pan, era la que iba a derramar la sangre. y si
Güemes exaltaba a los derechos del hombre en las muchedumbres, también las
contenía en los lindes del orden social, pues - necesitando también el apoyo de
la clase rica - trataba en aquella difícil situación de mantener el
equilibrio". Y así no ofrecía repartir las tierras ni las fortunas; no era
"un revolucionario en ese orden, mostrando más bien un espíritu
conservador".
Los "decentes"
conspiraban desde 1817. El complot “no era ni federal ni unitario";
querían "liberar la provincia del yugo de un tirano aborrecido". La
conspiración comenzó al fracasar las instancias ante Pueyrredón y Belgrano para
que éste ocupara a Salta y derrocara a Güemes con el Ejército del Norte.
Abortados los intentos de 1817 y 1818, en 1819 se suma a los manejos el coronel
Arias, quien propone "hacer las paces con los españoles: en la primera vez
que cargue el enemigo, nos presentamos todos e imploramos el perdón del
Rey" (Archivo prov. Salta).
Se llega a sobornar a Panana para
que asesine a Güemes, quien lo descubre y desarma. Y aunque Güemes perdona a
todos los complotados, "su clemencia sólo dio por fruto el calzar en la
lengua de muchos de sus terribles adversarios el candado del silencio".
Estas conspiraciones eran alentadas
por la hostilidad de los unitarios porteños. "Desde 1815, para ello,
Güemes había sido en el Norte lo que Artigas en el Oriente: un prototipo de los
tiranos". Fracasada la Constitución de 1819, la "juventud liberal
salteña" (unitaria o federal) quiso "organizar" la provincia,
pensando así deshacerse pacíficamente de Güemes e imponer "el orden y la
libertad". Facundo Zuviría, Juan Marcos Zorrilla y Dámaso Uriburu
encabezaban este partido que se llamó "la Patria Nueva", el cual
contaba "con casi toda la gente decente, ilustrada, rica y culta". A
las causas expresadas de esta unanimidad añadíase el deseo de "constituir
la provincia legalmente sobre el sistema representativo. Los seducía la
implantación del verdadero gobierno constitucional en Francia por Luis XVIII,
cuyas Cámaras llenaban de novedad el mundo. El sistema francés era el asunto de
moda de toda la gente intelectual". Se trataba, obviamente, del
parlamentarismo aristocrático impuesto por la Restauración.
"Ya es necesario, decían,
que se pongan frenos a la autoridad. No es ésta la manera de gobernar a hombres
libres; queremos que se gobierne con formas".
"Viendo que los trabajos
subversivos lo ponían a riesgo de ser derrocado y que aquella oposición se la
hacia la gente decente, no encontró Güemes más apoyo que echarse en manos de la
plebe. Y como la clase decente estuviera formada de la raza blanca, la lucha de
razas se inició en Salta". El general acudía a los campamentos, alejaba a
los oficiales ("por lo común, de la clase enemiga") y arengaba a sus
tropas con "las nuevas doctrinas, subversivas a su vez contra el antiguo
orden social".
"Por estar a vuestro lado -
les decía - me odian los decentes; por sacarles cuatro reales para que vosotros
defendáis su propia libertad dando la vida por la Patria. Y os odian a
vosotros, porque, os ven resueltos a no ser más humillados y esclavizados por
ellos. Todos somos libres, tenemos iguales derechos, como hijos de la misma
Patria que hemos arrancado del yugo español. ¡Soldados de la Patria, ha llegado
el momento de que seáis libres y de que caigan para siempre vuestros
opresores!"
"La guerra de clases había
sido declarada. El sistema infernal se desarrolló desde esta hora de manera
tremenda y espantosa. Güemes concedió una extremada licenciosidad a sus gauchos;
la propiedad, sobre todo, quedó sin amparo. El mulataje fanatizaba la venganza
de su condición". de nuestros dias. "Habían llegado a tal extremo las
cosas que, como decían, "el gobierno de Güemes es la negación de todo
gobierno". De ahí brotó en los decentes un odio tan fuerte que, en la
mayor. parte de ellos, ni el tiempo largamente corrido después de su muerte
pudo ser capaz de extinguirlo. "No me hables mas de ese bandido - oíamos
decir a los últimos viejos que alcanzamos de aquellos tiempos, a los 60 años de
pasadas estas cosas. ¡Dios lo haya perdonado!"
De la guerra nacional a la guerra social
El análisis de Frías que hasta
aquí hemos transcrito, señala con claridad dos momentos en la radicalizacíón
política de Güemes. Estos dos momentos se suceden a partir de las exigencias de
la propia lucha nacional. La lógica interna de esa lucha, al exigir crecientes
sacrificios en hombres, equipos y dinero, impuso a Güemes, surgido de la clase
dominante salteña, una creciente radicalización de su política.
El primer momento es de carácter
democrático. Como bien señala Frías, Güemes se limita a prometer a los gauchos,
artesanos, etc. la igualdad política,. la igualdad ante la Ley.
"Pero no les ofreció dar las
tierras del Estado, ni los sobrantes de las tierras de los ricos, no obstante
poseer éstos leguas y leguas de campos sin cultivos; ni les repartió la fortuna
de los enemigos; ni los colocó en la altura dirigente de la sociedad. no siendo
por tal manera, un revolucionario en este orden, mostrando más bien en esto un
espíritu conservador". Se trataba, en consecuencia, de asegurar un frente
único entre el sector "decente" y el “plebeyo", acorde con el
carácter nacional de la lucha. Sin embargo, la mera concesión de los derechos
políticos implicaba una amenaza al orden constituido, que el grupo dirigente no
pretendía modificar mediante la independencia, sino adaptarlo aun más a sus
necesidades.
Por eso, subraya Frías, "las
consecuencias no fueron tan bellas como las teorías, porque la clase decente
vino forzosamente a significar para (la plebe rural y urbana) como un
representante de la antigua opresión. Los hombres decentes comenzaron a ser
heridos por la canalla fanatizada y ensoberbecida".
Ahora bien, la lógica interna de
la lucha nacional obligó a Güemes a radicalizarse socialmente, pues de otro
modo no habría podido solventar los gastos de la guerra. Al mismo tiempo, las
clases dominantes comenzaron a resistir mayores contribuciones, y esto creó una
causa complementaria de tension. De esta manera, el frente único entró en
crisis, y Güemes tuvo que apoyarse en los estratos más explotados contra la
aristocracia salteña.
Frías describe con sorprendente
claridad este segundo momento de la lucha. "Por 1816 hizo Güemes una
asamblea de notables afincados en la campaña y expuso la necesidad de sostener
la guerra con los propios recursos de la provincia. No alcanzando para pagar a
los gauchos milicianos que servían gratuitamente a la Patria, nada más justo,
les presentó, ni equitativo, que concederles la gracia, mientras prestaran sus
servicios a la Nación, de que no pagaran sus arrendamientos por las tierras que
ocupaban. La asamblea sancionó generosamente el pensamiento.
"Pero, resultó a poco que
aquellos hombres comenzaron a considerarse como no sujetos ya a su patrón por
vinculo obligatorio sino voluntario a su buena gana; generalizándose el caso de
que en cuanto el propietario les exigía prestar la obligaci6n (trabajo personal
por 15 ó 20 días en el año, durante siembras y cosechas; el propietario les
daba el usufructo de una parcela y los instrumentos y semillas; el arrendero
pagaba una renta anual en dinero y la "obligación") hacíanlo a su
albedrío, o se le negaban orgullosamente respondiéndole que el general les
tenía dicho e informado no tenían que pagar arriendo ni servicio por las
tierras ocupadas, porque tenían que servir a la Patria. Aún regía el apremio
personal por deudas, y cuando el propietario trataba de llevar las cosas por la
fuerza, el gaucho fugaba buscando el amparo de Güemes, que le daba protección".
"Cosa idéntica acontecía con
los que habían sentado plaza de soldados bajo sus banderas, porque la
prohibición general de que fueran ejecutados ni compelidos al pago de cualquier
cosa que adeudaran, pues era gente infeliz que sin sueldo ni recompensa prestaba
sus servicios a la Patria, así con sus escasos intereses como con su propia
vida. Justo era que el acreedor que no prestaba estos servicios militares
contribuyera de este modo a la causa, pública, no exigiéndolo". Como
vemos, Güemes se vio obligado a interferir en las relaciones de distribución
con el objeto de pagar parcialmente a sus tropas, congelando los arriendos
feudales y el cobro de deudas. Inicialmente, la clase dominante aceptó el
criterio, que se imponía como necesidad de las operaciones militares. Pero
terminó por resistirlo, conforme la carga de la guerra se le volvía cada vez
más insoportable.
Por esta. vía, la medida se
imbuyó de un nuevo sentido de justicia social, por de pronto para las masas, y
también para el propio Güemes.
Respecto a aquéllas, escribe
Frías, "tanto favor llevó y levantó al mayor grado de adhesión al
paisanaje hacia la persona y causa de Güemes", en quien vieron un
protector. Por su parte, Güemes, salido - como dijimos de la clase dominante y
de la milicia regular, fue moralmente influido por la adhesión irrestricta de
los oprimidos a la causa emancipadora, y por el contraste entre tal actitud y
el egoísmo codicioso de las clases dirigentes, que no vacilaban en traicionar a
la revolución en aras de sus propios intereses.
En este segundo momento de la
política de Güemes ha quedado atrás la pura democracia e igualdad políticas
ofrecidas como premio de la lucha por la independencia, y se esboza, por la vía
de la distribución, un planteo de democracia social como fundamento inexcusable
de esa lucha.
Dialécticamente, la guerra
nacional se ha convertido en una guerra de clases. La lógica del proceso
llevaba a un tercer momento, que es el señalado por Frías cuando dice que,
inicialmente, Güemes no pensó en nada parecido a un reparto de las tierras
públicas o una expropiación parcial de los latifundios. El tercer momento
sería, precisamente, el de la revolución agraria, llevando la justicia social
del mero plano distributivo al del cambio en las relaciones de producción y las
formas de propiedad, o sea, a la constitución de una clase de pequeños
campesinos independientes. Es de gran interés investigar si el caudillo salteño
llegó a plantearse esta tarea tal como en el otro extremo del virreynato lo
hiciera Artigas con su Ley Agraria de 1815.
Otro aspecto de indudable
importancia - que aquí nos limitamos a esbozar - reside en la mecánica de la
lucha militar emprendida por Güemes. De acuerdo a Mitre, la revolución de Mayo
en Salta puso en movimiento dos fuerzas independientes y potencialmente
antagónicas. La de la clase dirigente urbana, que engendró el nuevo Estado y el
Ejército regular; y la fuerza "instintiva" del paisanaje rural, que
dio nacimiento a la táctica irregular de la guerrilla, cuyo caudillo fue
Güemes.
Cuando esa guerrilla se subordinó
al orden nacional y regular del Estado, cumplió una función de apoyo,
permitiendo al Ejército regular obtener las victorias decisivas, de valor
estratégico. Pero, constantemente, Güemes (y los demás "caudillos")
transgredieron esos límites para convertirse en factores de caos. Este planteo
es falso y corresponde a una visión oligárquica del problema. En primer
término, Güemes no brota en el año 10 como representante elemental del
"gauchaje", pues él es oficial del Ejército regular y actúa en ese
carácter. La guerrilla nace de ese mismo Ejército regular, a inspiración de San
Martín que le hace cumplir un papel de vanguardia defensiva luego de los
fracasos de las expediciones de Balcarce y Belgrano sobre el Alto Perú.
Pero, tras la dura invasión de
Pezuela, rechazada sin auxilio del Ejército del Norte, y ante el sabotaje
“porteño” de esa fuerza al producirse la formidable tercera invasión, Güemes se
ve obligado a replantear los términos del problema. La defección del Ejército
regular, que es la defección de la clase dominante, obliga a Güemes a atender
no sólo a la "táctica,' sino también a la "estrategia" de la
guerra de la independencia. Esto significaba la transformación de la guerrilla
gaucha en un ejército popular revolucionario, en otros términos, la
regularización de la guerrilla, pero no en torno a la antigua dirección de
clase (oligárquica), sino en torno a una nueva dirección de clase (plebeya).
Tal fue el problema que un siglo
más tarde se plantearon y resolvieron los revolucionarios chinos y vietnamitas
al crear la teoría del paso de las formaciones guerrilleras al ejército popular
revolucionario. Güemes se propuso también resolverlo mediante la constitución
de regimientos regulares de caballería gaucha, y cuando la muerto lo sorprendió,
como dijimos al principio, tenía reunido un ejército de 2500 hombres sobre la
Quebrada, para marchar hacia el Alto Perú en apoyo de la campaña sanmartiniana.
Esta regularización de la
guerrilla implicaba superar la antinomia guerrilla / ejército regular propia
del planteo militar clásico, en la cual la guerrilla sólo puede servir de apoyo
táctico para las fuerzas regulares, únicas llamadas a lograr resultados
estratégicos, tal como el perro sirve al cazador, pero no lo sustituye (a menos
de convertirse en monstruo digno de exterminio).
Aquí, la defección de la clase
dominante abre el curso a un reemplazo de clase en la conducción del proceso.
Cómo éste se da en términos militares, la defección del viejo ejército regular
(sometido a la clase oligárquica y a la burguesía comercial porteña) abrió el
camino para la regularización de la guerrilla, es decir, para la irrupción
dirigente de sectores sociales oprimidos.
Ambos procesos, el militar y el
social se intepenetran. La guerra de clases interna que describe Frías,
convirtió a Güemes de revolucionario democrático en defensor económico de los
gauchos, según una lógica de actuación que, al menos potencialmente, apuntaba
hacia la revoluci6n agraria. La lucha militar, la defección del Ejército del
Norte, lo transformó de oficial de carrera en guerrillero clásico, subordinado
a las fuerzas regulares; y de guerrillero "clásico" en jefe
revolucionario que en el momento de su muerte había comenzado la tarea de
convertir sus formaciones montoneras en un ejército revolucionario popular de
nuevo tipo.
Así, en un rincón heroico de la
América del Sur a principios del siglo pasado, las leyes de la revolución
permanente se abrieron paso en la lógica interna de la guerra nacional
esbozando por un instante una perspectiva gloriosa, que es la que hereda como
tarea irresuelta el proletariado de nuestros días.
______________
* Martín Miguel de Güemes (1785 - 1821):
General argentino, nacido en Salta. Integró la tropa que participó en la
defensa y reconquista de Buenos Aires ante una invasión inglesa. Luego pasó a
las filas indepedentistas, participando en diversas batallas contra tropas
realistas. Fue electo gobernador de la provincia de Salta en 1815 y luego
tambien a la gobernacion de Jujuy. Fue depuesto y mortalmente herido en 1821.