La otra cara de Churchill

Winston Churchill, primer ministro británico durante la Segunda Guerra Mundial y líder de la oposición poco después de haber finalizado la contienda, pensaba que era necesario lanzar bombas atómicas sobre varias ciudades de la entonces Unión Soviética, para mantener a raya “el comunismo” e intimidar a la alta dirigencia de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas).

Toda esta historia inédita para el gran público ha salido a la luz gracias a una investigación del historiador Richard Toye, quién encontró en los archivos del diario estadounidense The New York Times, varios textos que hacen referencia a un memorando de Julius Ochs Adler, entonces redactor en jefe del diario, escrito después de una reunión con Winston Churchill, en enero de 1951, es decir, 6 años después de la Segunda Guerra Mundial y 6 meses antes de que Churchill se convirtiera en primer ministro británico por segunda vez.

En aquella estrategia de Churchill, los bombardeos nucleares preventivos o de intimidación (según él, habría que bombardear una de cada 30 ciudades de la URSS) no se limitarían a la Unión Soviética. Churchill consideraba igualmente necesario ordenar bombardeos atómicos contra la China de Mao Tse Tung.


Cuando Churchill pensaba en una alianza con los nazis
Por Viktor Litovkine y  Valentín Falin
para Red VoltaireRIA Novosti (Rusia)
publicado el 30 de marzo de 2005

A pesar de la barbarie nazi en la Segunda Guerra Mundial, muchos dirigentes occidentales, entre ellos el primer ministro conservador británico Winston Churchill, estaban convencidos que habría que luchar primero contra el comunismo soviético y promovían una alianza con los nazis de Adolf Hitler. Archivos históricos recientemente abiertos a los investigadores.

La Red Voltaire sigue presentando al público latinoamericano y español, en colaboración con la agencia RIA Novosti un ciclo de documentos y testimonios con motivo de los 60 años conmemorativos de la Victoria sobre el fascismo y la finalización de la Segunda Guerra Mundial. A continuación la charla sostenida entre Valentín Falin, Doctor en Historia, y Víctor Litovkin, comentarista en temas militares de la agencia, en las que se elucidan aspectos antes poco conocidos de este Segundo Conflicto Mundial (Gran Guerra Patria para los rusos).

La apertura reciente de archivos históricos inéditos demuestran mecanismos que han permanecido desconocidos para un vasto público, así como los móviles de la toma de unas u otras decisiones al más alto nivel político en esa época, los cuales ejercieron una influencia decisiva sobre el desarrollo y desenlace de la Segunda Guerra Mundial.

Víctor Litovkin: La historiografía [1] contemporánea de la Segunda Guerra Mundial ofrece diversas valoraciones de su etapa final. Unos expertos afirman que la guerra podía haber terminado mucho antes. De ello escribió, por ejemplo, en sus memorias el mariscal Chuikov. Otros sostienen que podía alargarse un año más, como mínimo. ¿Quién está más cercano a la verdad y en qué consiste ésta? ¿Cuál es el punto de vista de usted?

Valentín Falin: Los debates al respecto se desarrollan no solamente en la historiografía contemporánea. De cuánto iba a durar la guerra en Europa y cuándo terminaría se discutía ya en el transcurso de la guerra, y a partir de 1942, ello se hacía sin cesar. Para ser más exactos, se debe reconocer que ese problema interesaba a los políticos y los militares desde 1942.

En aquel entonces la mayoría de los estadistas, incluidos Roosevelt y Churchill, creían que la Unión Soviética podría resistir durante cuatro o seis semanas, al máximo. Tan sólo Benes afirmaba que la URSS resistiría la invasión nazi y, en fin de cuentas, derrotaría a Alemania.

V.L.: Eduard Benes era, si no lo recuerdo mal, presidente de Checoeslovaquia en emigración. Después del complot de Munich de 1938 y la ocupación del país, él residía en Gran Bretaña.

V:F.: Sí. Pero más tarde, cuando dichas valoraciones - o tasaciones, si usted permite -de nuestra capacidad de resistir no se justificaron, cuando Alemania sufrió la primera -quiero recalcarlo- derrota estratégica en la batalla de Moscú, muchos cambiaron bruscamente de opinión. En Occidente empezaron a expresar recelos de que la Unión Soviética pudiese salir demasiado fuerte de la guerra, y como tal, comenzase a determinar la faz de la futura Europa.


Lo decía, por ejemplo, Berle, secretario de Estado adjunto de EE.UU y coordinador de los servicios de inteligencia estadounidenses. De este mismo parecer eran los allegados de Churchill, incluidas una personas muy influyentes, que antes de empezar la guerra y en su transcurso elaboraban la doctrina de las acciones a desarrollar por las Fuerzas Armadas británicas y también la política de Gran Bretaña.

Con ello se explica en mucho grado la resistencia que Churchill oponía a la apertura del Segundo Frente en 1942 [2] . Aunque Beaverbrook y Cripps en la dirigencia británica, y especialmente Eisenhower y otros elaboradores de los planes militares estadounidenses, suponían que existían premisas técnicas y otras para asestar una derrota a los alemanes precisamente en 1942, utilizando la circunstancia de que el grueso de las fuerzas alemanas estaban concentradas en el Este y que había una costa de dos mil kilómetros de largo de Francia, Holanda, Bélgica, Noruega y de la propia Alemania, abierta para la incursión de los Ejércitos de los aliados. Los nazis no tenían fortificaciones permanentes en la costa atlántica.

Es más, los militares estadounidenses procuraban persuadir a Roosevelt (existen varios memorándums de Eisenhower al respecto) de que el Segundo Frente era necesario, que era posible abrirlo y que su apertura acortaría la guerra en Europa y haría capitular a Alemania, si no en 1942, en 1943 a más tardar.

Pero esos cálculos no le convenían a Gran Bretaña ni a los conservadores de la cúpula estadounidense.

V.L.: ¿A quién se refiere usted?

V.F.: Por ejemplo, el Departamento de Estado, con Hall a la cabeza, mantenía una actitud muy adversa con respecto a la URSS. Es por ello que Roosevelt no lo llevó consigo cuando se dirigía a la Conferencia de Teherán. El secretario de Estado recibió los protocolos de las reuniones del «gran trío» sólo al cabo de seis meses de haberse celebrado la conferencia. Lo curioso es que la inteligencia política del Reich haya informado de su contenido a Hitler pasadas tres o cuatro semanas. La vida está llena de paradojas.


Después de la batalla de Kursk de 1943, que culminó con la derrota de la Wehrmacht, en Québec (Canadá) se reunieron el 20 de agosto los jefes de los Estados Mayores de EE.UU y Gran Bretaña, así como Churchill y Roosevelt. En el orden del día estaba el tema de un eventual abandono por Estados Unidos y Gran Bretaña de la coalición antihitleriana y la formación de una alianza con los generales nazis con el fin de librar guerra conjunta contra la Unión Soviética.

V.L.: ¿Por qué?

V.F.: Porque, según la ideología de Churcill y quienes la compartían en Washington, había que detener a los «bárbaros rusos» en el Este, lo más lejos posible, y si no derrotar a la Unión Soviética, por lo menos debilitarla al máximo. Hacerlo, antes que nada, por las manos de los alemanes. Así se formulaba la tarea.

Era un plan muy viejo de Churchill. Él había desarrollado esa idea al conversar con el general Kutepov ya en 1919. Los norteamericanos, los ingleses y los franceses están sufriendo un revés y no podrán aplastar a la Rusia soviética, decía él.

Hace falta que de ello se ocupen los japoneses y los alemanes. En 1930, Churchill le explicaba la tarea en la misma clave a Bismarck, primer secretario de la Embajada de Alemania en Londres. Los alemanes se portaron durante la Primera Guerra Mundial como unos necios, decía él.

En vez de reconcentrarse en inflingir derrota a Rusia, empezaron a librar guerra en dos frentes. Si ellos se hubieran ocupado sólo de Rusia, Inglaterra habría neutralizado a Francia.

Churchill lo percibía no tanto como una lucha contra los bolcheviques cuanto como continuación de la guerra de Crimea de 1853-1856, en la que Rusia procuró poner fin a la expansión británica, no importa con qué resultado.

V.L.: En Transcaucasia, Asia Central y Oriente Próximo rico en petróleo...

V.F.: Por supuesto. Por consiguiente, cuando estamos hablando de diversas variantes de librar guerra contra la Alemania nazi, no debemos olvidar que existían diversos enfoques de la filosofía de ser aliados y de los compromisos que Inglaterra y EE.UU querían asumir ante Moscú.

Voy a hacer una digresión. En 1954 o en 1955, en Gent se celebró un simposio religioso sobre el tema de si se besan los ángeles. Como resultado de los debates de muchos días se llegó a la conclusión de que sí, se besan, pero sin sentir pasión. Dentro de la coalición antihitleriana, las relaciones de aliados semejaban ser unos besos así, por no decir que eran unos besos de Judas. Se hacían promesas, sin asumir compromisos, o -aún peor- para inducir a error a la parte soviética.

Esa táctica hizo fracasar las negociaciones entre la URSS, Gran Bretaña y Francia en agosto de 1939, cuando todavía existía la posibilidad de hacer algo para detener la agresión nazi. A los dirigentes soviéticos no les dejaron otra opción que concertar el pacto de no agresión con Alemania.

Nos expusieron al golpe de la máquina militar nazi, ya preparada para agredir. Conviene citar la directriz formulada en el despacho de Chamberlain: «Si Londres no puede evitar pactar con la Unión Soviética, la firma británica que se ponga al pie del documento no debe significar que en caso de agredir los alemanes contra la URSS los ingleses le acudan en ayuda a la víctima de la agresión, declarando guerra a Alemania. Debemos reservarnos la posibilidad de manifestar que Gran Bretaña y la Unión Soviética interpretan los hechos de distintos modos».

V.L.: Existe otro ejemplo histórico bien conocido: cuando Alemania agredió en septiembre de 1939 a Polonia, aliada de Gran Bretaña, Londres declaró guerra a Berlín, mas no dio ni un paso concreto para ayudar realmente a Varsovia.

V.F.: Pero en nuestro caso ni se trató de declarar guerra aunque sea de pura forma. Los tories (políticos conservadores británicos) partían de que la apisonadora alemana iba a llegar a los Urales, aplastándolo todo en su camino. Y que no quedaría quien se quejase de la Perfidia de Albión.

Esa ligazón entre las épocas y los acontecimientos siguió existiendo durante la guerra, dando pábulo para las reflexiones. Y las conclusiones a que se llegaba no eran muy optimistas para nosotros, según me parece a mí.

V.L.: Volvamos al deslinde de los años 1944 y 1945. ¿Podíamos haber concluido la guerra antes del mes de mayo o no?

V.F.: Hagamos la pregunta de otro modo: ¿Por qué el desembarco de los aliados se planeaba precisamente para 1944? Nadie lo acentúa, pero la fecha no se escogió por una casualidad. En Occidente tomaban nota de que en Stalingrado habíamos perdido un inmenso número de soldados, oficiales y material de guerra, que habíamos sufrido colosales pérdidas en el arco de Kursk... Perdimos más carros blindados que los alemanes.

En 1944, la URSS ya se veía obligada a movilizar a muchachos de 17 años de edad. El campo ya estaba sin la mano de obra masculina. Sólo evitaban llamar a filas a los hombres de los años de nacimiento 1926 y 1927 que trabajaban en las empresas de la industria de guerra, por protestar mucho los directores de éstas.

Los servicios de inteligencia estadounidenses y británicos, al valorar las perspectivas, coincidían en que hacia la primavera de 1944 el potencial ofensivo de la Unión Soviética se vería agotado por completo, ya no habría reservas humanas, y la Unión Soviética ya no podría asestarle a la Wehrmacht un golpe comparable con los que ésta recibió en las batallas de Moscú, Stalingrado y Kursk.

Según sus cálculos, atascados en la confrontación con los nazis, los soviéticos cederían la iniciativa estratégica a EE.UU e Inglaterra hacia las fechas de comenzar el desembarco.

Con el desembarco de los aliados en el continente se hizo coincidir un complot tramado contra Hitler. Los generales, si se hiciesen con el poder en el Reich, tenían que disolver el Frente Occidental y abrir paso a los estadounidenses y los ingleses para que éstos ocuparan a Alemania y «liberaran» a Polonia, Checoeslovaquia, Hungría, Rumania, Bulgaria, Yugoslavia y Austria... Se pretendía hacer parar al Ejército Rojo en las fronteras del año 1939.

V.L.: Recuerdo que los estadounidenses y los ingleses hasta desembarcaron en Hungría, cerca de Balatón, con el fin de apoderarse de Budapest, pero los alemanes liquidaron a todo el grupo...

V.F.: No era un desembarco en sí, era un grupo a que se encomendó restablecer contactos con las fuerzas antisfascitas húngaras. Pero se hizo fracasar no sólo ese plan. Después del atentado, Hitler quedó a salvo, Rommel fue gravemente herido y salió del juego, aunque en Occidente se ponían las miras precisamente en él. Los demás generales se acobardaron.

Sucedió lo que sucedió. A los estadounidenses no les resultó recorrer Alemania en marcha alegre bajo el son de la música marcial. Ellos se vieron obligados a entrar en combates, a veces pesados, baste con recordar la operación de Ardenas. Pero pese a todo eso, ellos cumplían sus tareas, a veces de una manera bastante cínica.

Voy a aducir un ejemplo concreto. Las tropas de EE.UU se acercaron a París. Allí había estallado una sublevación. Los estadounidenses se detuvieron a treinta kilómetros de la capital, esperando a que los alemanes acabasen con los rebeldes, porque se trataba en primer lugar de los comunistas.

Según diversos datos, fueron matados de tres a cinco mil personas. Pero los sublevados lograron imponerse, y entonces los estadounidenses tomaron París. Algo análogo sucedió en la parte Sur de Francia. Volvamos a aquel deslinde del que empezamos a hablar.

V.L.: Del invierno de 1944 y 1945.

V.F.: Sí. En otoño de 1944 en Alemania se celebraron varias reuniones, primero bajo dirección de Hitler, y luego, por encargo de éste, de Jodl y Keitel. Su sentido se reducía a lo siguiente: Si les damos una buena tunda a los estadounidenses, en EE.UU e Inglaterra despertará el gusto por volver a las negociaciones que se habían celebrado entre 1942 y 1943 ocultándolo de Moscú.

La operación de Ardenas fue concebida en Berlín no como una llamada a contribuir a la victoria en la guerra, sino para minar las relaciones de aliados entre Occidente y la Unión Soviética. Se pretendía dar a entender a EE.UU que Alemania todavía era fuerte y podía presentar interés para los países occidentales en su confrontación con la Unión Soviética. Y que a ellos mismos no les alcanzarían fuerzas para hacer parar a los «rojos» en los accesos a Alemania.

Hitler subrayaba que nadie iba a conversar con un país que estaba en una situación grave. Con nosotros van a hablar si la Wehrmacht demuestra seguir siendo una fuerza de verdad, decía él.

El factor sorpresa era su as de triunfos. Los aliados se instalaron en locales de invierno, sosteniendo que la zona de Alsacia y las montañas de Ardenas eran un lugar magnífico para descansar y muy malo para librar operaciones de combate. Pero los alemanes tenían planes de abrirse paso hacia Rotterdam y con ello privarlos a los estadounidenses de la posibilidad de utilizar los puertos de Holanda. Era la circunstancia decisiva para toda la campaña occidental.

El comienzo de la operación de Ardenas se aplazó en varias ocasiones. A Alemania no le alcanzaban fuerzas. Empezó en el momento preciso en que en invierno de 1944 el Ejército Rojo libraba extenuantes combates en Hungría, en la zona de Balatón y Budapest. Estaban en juego las últimas fuentes de petróleo -en Austria y algunas en la propia Hungría -controladas todavía por los alemanes.

Esta era una de las causas por las que Hitler decidió defender a Hungría a pesar de todo, y en el apogeo mismo de la operación de Ardenas y antes de comenzar la de Alsacia empezó a atraer tropas desde la dirección occidental, para lanzarlas al frente soviético-húngaro. La fuerza básica de la operación de Ardenas - el Sexto Ejército de carros blindados de la SS - fue quitada de Ardenas y trasladada a Hungría...

V.L.: A Haimasker.


V.F.: El desplazamiento había comenzado en esencia antes de que Roosevelt y Churchill, presas de pánico, le dirigieron a Stalin un llamamiento que, traducido del lenguaje diplomático al corriente, decía: ayúdennos, sálvennos, estamos sufriendo una desgracia.

Hitler a su vez suponía, hay pruebas de ello: puesto que los aliados le fallaban tan a menudo a la Unión Soviética y se ponían a esperar abiertamente cuánto iban a aguantar Moscú y el Ejército Rojo, también la parte soviética podría proceder así.

En 1941 ellos esperaban cuándo iba a caer la capital de la URSS; en 1942, no sólo Turquía y el Japón, también EE.UU estaban aguardando la caída de Stalingrado, para luego empezar a revisar su política. Los aliados ni siquiera quisieron proporcionarle a la URSS los datos obtenidos por sus servicios de inteligencia, por ejemplo de los planes de los alemanes de desarrollar la ofensiva del Don al Volga y después hacia el Cáucaso, y otros por el estilo...

V.L.: Si no me equivoco, esa información nos fue suministrada por la legendaria «Orquesta Roja».

V.F.: Los estadounidenses no nos informaban de nada, aunque conocían muchos detalles, hasta días y horas, por ejemplo, respecto a los preparativos de la operación «Ciudadela» en el Arco de Kursk...

Teníamos fundamentos de peso, por supuesto, para ver detenidamente en qué grado nuestros aliados sabían y querían combatir y en qué grado estaban preparados para promover su plan principal durante la realización de la operación en el continente, que era el plan «Rankin».

El plan principal no era el «Overlord», sino precisamente el «Rankin», que preveía establecer control anglo-americano sobre toda Alemania y todos los Estados de Europa del Este, para no dejarnos entrar allá. Eisenhower, cuando fue designado comandante del Segundo Frente, recibió la directriz: ir preparando el plan «Overlord», pero siempre tener en cuenta el «Rankin».

Si surgían las condiciones propicias para realizar el «Rankin», dejar de un lado el «Overlord» y lanzar todas las fuerzas a cumplir el «Rankin». El levantamiento en Varsovia fue organizado con ese objetivo, así como otras muchas actividades.

En este sentido, el año 1944 y comienzos del 1945 eran la hora de la verdad. La guerra no se desarrollaba por dos frentes: el del Este y el del Oeste, sino en dos frentes.

Oficialmente, los aliados realizaban unas operaciones de combate que tenían mucha importancia para nosotros, atando, sin lugar a dudas, una parte de las tropas alemanas.

Pero su plan fundamental consistía en hacer parar en lo posible a la Unión Soviética, según decía Churchill, mientras que algunos de los generales estadounidenses utilizaban palabras más bruscas: «detener a los descendientes de Genghis Khan».

Pero fue Churchill quien formuló esa idea en una forma abiertamente antisoviética en octubre de 1942, cuando todavía no había comenzado nuestra contraofensiva el 19 de noviembre en Stalingrado. «Tenemos que hacer parar a esos bárbaros en el Este, lo más lejos posible», dijo él.

Cuando estamos hablando de nuestros aliados, no quiero menospreciar de ningún modo los méritos de sus soldados y oficiales que combatían, igual que nosotros, sin saber nada de las intrigas y maquinaciones políticas de sus gobernantes, combatían con honestidad y firmeza.

Tampoco quiero restarle importancia a la ayuda de «land-lease» que se nos prestaba, aunque nunca fuimos los destinatarios principales. Quiero subrayar simplemente en qué grado la situación era complicada, contradictoria y peligrosa para nosotros a lo largo de toda la guerra, hasta resonar las salvas de la Victoria. En qué grado nos era difícil a veces tomar una u otra decisión, cuando no simplemente nos embaucaban sino que nos exponían al peligro.

V.L.: ¿O sea que la guerra de veras podía haber terminado mucho antes del mayo de 1945?

V.F.: Respondiendo con absoluta franqueza, diré: sí, podía. Y no es la culpa de nuestro país de que no haya terminado ya en 1943. No es culpa nuestra. Habría terminado, si nuestros aliados hubieran cumplido con honestidad su deber, si se hubieran atenido a los compromisos asumidos ante la Unión Soviética en 1941, 1942 y en la primera mitad de 1943. Pero puesto que no lo hicieron, la guerra se alargó por un año y medio o por dos años, como mínimo.


Lo principal es que, si no hubiera sido por ese dar largas a la apertura del Segundo Frente, habrían perecido unos 10 ó 12 millones de soviéticos y aliados menos, especialmente en el territorio de la Europa ocupada. Ni habría existido Oswiecim (campo de concentración de Auschwitz), que empezó a funcionar a plena marcha en 1944...

Fuente

Los Aliados no se apuraron en combatir a los nazis hasta 1944 para debilitar a los rojos soviéticos

Viktor Litovkine
publicado el 1 de abril de 2005

La Red Voltaire continúa en colaboración con la agencia Ria Novosti la serie de publicaciones inéditas sobre algunos misterios y móviles recónditos de la Segunda Guerra Mundial, aquellos factores que determinaron ciertas decisiones, de la cúpula política y militar de la URSS, en el arduo camino a la Gran Victoria. Nuestro interlocutor es Valentín Falin, Doctor en Historia, entrevistado por el comentarista militar de Ria Novosti Víctor Litovkin.

Víctor Litovkin: -Hoy en día, la víspera del 60 aniversario de la Victoria, se han reavivado nuevamente las polémicas en torno a la Operación de Berlín que fue realizada por las tropas del 1er Frente Bielorruso en la fase final de la guerra. En Occidente todavía se oye el reproche de que la Unión Soviética y Gueorgui Zhukov sacrificaron numerosas vidas en aras de una efímera acción propagandística, la de enarbolar una bandera roja sobre el Reichstag. ¿Cuál es su opinión a este respecto?

Valentín Falin: - Pues debería confesarle que yo también me he preguntado siempre si la Operación de Berlín realmente merecía el sacrificio de casi 120.000 soldados y oficiales soviéticos. ¿Eran justificadas tantas víctimas para que Berlín cayese bajo nuestro control? Y hablando así a solas conmigo mismo, no conseguía dar una respuesta inequívoca hasta que un día me leí la versión íntegra de varios documentos británicos, que habían sido clasificados como secretos hasta hace cinco ó seis años, y pude comprobar aquellos datos con la información a la que había tenido acceso, por necesidades del trabajo, en la década del 50. Fue entonces cuando se disipó parte de mis dudas y muchas cosas se pusieron en su lugar.

La determinación soviética de tomar Berlín y colocarse en la línea demarcadora que había sido trazada durante la reunión de Stalin, Roosevelt y Churchill en Yalta obedecía, en grado considerable, a un objetivo de suma importancia: hacer cuanto estuviera a nuestro alcance para prevenir los planes aventureros que venía tramando el líder británico con el apoyo de algunos sectores influyentes dentro de EE.UU. e impedir que el conflicto derivase en una III Guerra Mundial, en la que Rusia se vería enfrentada a sus aliados de ayer.

V.L.: - ¿Cómo era posible? Si la coalición antinazi estaba en el auge de su gloria y eficiencia...


V.F.: - Lamentablemente, la vida es pródiga en cataclismos. Difícilmente podríamos encontrar a otro político del siglo XX que fuera equiparable a Winston Churchill en cuanto a la habilidad para despistar a gente propia y ajena. El ministro de Guerra en la Administración de Roosevelt, Henry Stimson, describía la actuación del premier británico como «la modalidad más desenfrenada del alboroto». Y en lo que más progresó el futuro sir Winston era en las intrigas y en la política farisaica en relación con la Unión Soviética.

En sus mensajes a Stalin, Churchill «rezaba por que la alianza anglo-soviética fuese una fuente del bien para ambos países, las Naciones Unidas y el mundo entero» y deseaba «un éxito absoluto para esa empresa noble», refiriéndose así a la extensa ofensiva que el Ejército Rojo venía preparando con mucha prisa en todo el Frente Este en enero de 1945, cuando Washington y Londres suplicaban a Moscú una ayuda urgente para los aliados cuya situación en Ardenas y Alsacia era crítica.

Eso, de palabra. Y en realidad Churchill se sentía libre de cualquier compromiso ante la Unión Soviética y hasta intentó, en vísperas de la cumbre de Yalta, orientarle al presidente Roosevelt hacia una confrontación con Moscú. Fracasando en su propósito, el premier se embarcó en aquella singladura a solas.

Fue en aquellas fechas cuando Churchill ordenó almacenar las armas de trofeo alemanas con vistas a su eventual uso contra la URSS e internar en el sur de Dinamarca y en la tierra de Schleswig-Holstein, por divisiones, a los soldados y oficiales de la Wehrmacht que se rendían a las tropas británicas. Más adelante veremos el objetivo general de este plan malicioso engendrado por el líder inglés.

Recordemos que tanto en el plano formal como en la práctica, el Segundo Frente abierto en Occidente dejó de existir en marzo de 1945. Las unidades alemanas se rendían o bien se iban replegando hacia el Este, sin oponer resistencia digna a los aliados.

La táctica de los alemanes consistía en retener, dentro de lo posible, las posiciones a lo largo de la línea de confrontación germano-soviética hasta que el Frente Oeste, ya virtual en aquellas fechas, y el Frente Este, existente en realidad, se fundieran en uno solo para que las tropas americanas y británicas pudieran relevar a las unidades de la Wehrmacht en la tarea de contrarrestar la «amenaza soviética» que se iba cerniendo sobre Europa.


Los aliados occidentales habrían podido avanzar hacia el Este más rápido de lo que hicieron, si las planas mayores de Montgomery, Eisenhower y Alexander hubieran coordinado mejor sus acciones y fuerzas y hubiesen gastado menos tiempo en las querellas internas y en la búsqueda del denominador común.

Mientras Roosevelt estaba vivo, Washington no se apresuraba a poner cruz y raya en la cooperación con Moscú, por diversos motivos. Para Churchill en cambio, era necesario deshacerse de los rusos porque habían cumplido ya su misión.

Preguntémonos cuál debía haber sido la reacción de los dirigentes soviéticos después de que se enteraron del doble juego de Churchill.

¿Reconfortarse con la idea de que la victoria conjunta estaba cerca y que cada una de las tres potencias, mediante los acuerdos logrados, podría establecer el control en la zona de su responsabilidad?

¿Confiar en las decisiones tomadas con respecto a Alemania y sus satélites? ¿O resultaba más seguro atenerse a los datos fidedignos sobre la traición que se estaba tramando y en la que Churchill involucraba a Truman, a sus asesores Leahy y Marshall, al jefe del servicio de inteligencia norteamericana Donovan y a otros cargos parecidos?
- No tengo respuesta.

Recordemos que la reunión de Yalta terminó el 11 de febrero. En la mañana del día siguiente, 12 de febrero, los mandatarios americano y británico se fueron a casa. En Crimea se acordó que la aviación de las tres potencias se atendría en sus operaciones a ciertas zonas delimitadas, pero ya en la noche del 12 al 13 de febrero los bombarderos de los aliados occidentales arrasaron la ciudad de Dresden y más tarde las fábricas más importantes en Eslovaquia y en la futura zona de ocupación soviética en Alemania, para que los rusos no pudieran quedarse con las instalaciones productivas.

En 1941 Stalin sugirió que la aviación británica y americana bombardease los campos petroleros de Ploesti, usando para ello los aeródromos de Crimea, pero nadie quiso hacerlo en aquel entonces. Los ataques aéreos fueron realizados solamente en 1944, cuando las tropas soviéticas se habían acercado a ese centro petrolero que venía suministrando el combustible a Alemania desde principios de la guerra.

V.L.: ¿Y Dresden? ¿Por qué estorbaba a los aliados?

V.F.: Uno de los principales objetivos del ataque aéreo contra Dresden eran los puentes del Elba. El planteamiento de Churchill, compartido por los americanos, era retener al Ejército Rojo en el Este, a la mayor distancia posible.

V.L.: ¿Quiere decir que la destrucción de la ciudad fue una especie de efecto colateral?

V.F.: Son los llamados costes de la guerra. Aunque también había otro motivo. En el briefing pre-vuelo se les había dicho a los pilotos británicos que demostrasen a los Soviets todas las capacidades de la aviación de bombardeo aliada, cosa que hicieron en varias ocasiones. En abril de 1945 lanzaron bombas contra Potsdam. Destruyeron Oranienburgo.

Supuestamente por una equivocación de los pilotos que en teoría habían apuntado contra la sede de la Lüftwaffe en Zossen, según nos explicaron más tarde. Era una de esas incontables declaraciones para despistarnos. El bombardeo de Oranienburgo, donde se encontraban laboratorios alemanes que trabajaban con el uranio, se llevó a cabo por una orden de Marshall y Leahy, para que las instalaciones, personal, equipos y materiales no cayeran en nuestras manos. Todo quedó pulverizado.

Cuando centramos hoy la mirada en los acontecimientos de aquella época tenaz y nos esforzamos por analizar, dentro del sistema de coordenadas vigente entonces, por qué la dirección soviética aceptó un sacrificio tan grande en la recta final de la guerra, tenemos que preguntarnos si había o no un margen de maniobra. Aparte de las tareas inmediatas de la campaña bélica era necesario solucionar las charadas políticas y estratégicas a largo plazo, en particular, oponer diques ante los planes aventureros de Churchill.

V.L.: ¿No podíamos acaso decirles a los aliados que estábamos al tanto de sus planes y que los considerábamos inadmisibles? ¿Haber expuesto esa alevosía a la luz pública?

V.F.: No estoy seguro de que hubiera surtido efecto. Se hizo un intento por influir en los socios mediante un buen ejemplo. A través del diplomático Vladímir Semenov sé que Stalin invitó a su despacho a Andrei Smirnov, en aquel entonces jefe del 3-er departamento europeo en el ministerio de Exteriores soviético, para debatir con él, con la participación de Semenov, las eventuales variantes de acción en los territorios incluidos dentro de la zona de responsabilidad soviética.

Smirnov informó que las tropas rusas, persiguiéndole al enemigo, sobrepasaron en Austria la línea de demarcación acordada en Yalta y propuso retener estas nuevas posiciones para ver cómo se comportaría EE.UU. en situaciones similares.

Stalin lo interrumpió diciendo que estaba equivocado y le dictó el texto de un cable que debía enviarse a los aliados: «Las tropas soviéticas, persiguiendo a las unidades de la Wehrmacht, se vieron obligadas a cruzar la línea que habíamos acordado anteriormente. Quisiera confirmar por la presente que, una vez terminadas las operaciones bélicas, la parte soviética se encargará de retirar sus tropas poniéndolas dentro de los límites establecidos para las respectivas zonas de ocupación».

V.L.: ¿El telegrama aquel se envió a Londres y a Washington?

V.F.: No sé adónde ni a quién. Tampoco sé si se envió por la vía militar o por la política. Sólo estoy reproduciendo lo que me contó un testigo de aquel episodio. También es cierto que nuestro planteamiento no le causó ninguna impresión a Churchill.

Después del 12 de abril de 1945, cuando murió Roosevelt, él empezó a presionar muy fuerte sobre Truman persuadiéndole que no hace falta cumplir los acuerdos de Teherán y Yalta. Según él, era hora de crear nuevas situaciones que requerirían de soluciones diferentes. ¿Qué clase de soluciones?

Las potencias occidentales, en opinión del premier británico, se habían colocado por una evolución natural de los acontecimientos en unas posiciones más avanzadas hacia el Este, y era donde las «democracias» debían afianzarse.

Churchill se oponía a la conferencia de Potsdam o cualquier otra reunión que formalizara la victoria rindiendo el tributo a la aportación hecha por la Unión Soviética. Según la lógica del primer ministro, se presentaba ante Occidente la oportunidad de aprovechar un momento en que la URSS tenía recursos prácticamente agotados, retaguardia demasiado extensa, tropas cansadas de la guerra y equipos desgastados, por lo cual era necesario lanzarle un reto a Moscú y obligarla, ante la alternativa de otra guerra penosa, a plegarse al dictado de los anglosajones.

Quisiera subrayar aquí que no es una especulación ni tampoco una hipótesis sino la constatación de un hecho con nombre propio. A principios de abril o, según otros datos, a finales de marzo de 1945, Churchill ordenó que se procediera con la máxima urgencia a los preparativos de la Operación «Impensable», nueva guerra que tenía que empezar el 1 de julio de 1945 y en la cual deberían participar las tropas estadounidenses, británicas, canadienses, el cuerpo expedicionario polaco y diez o doce divisiones alemanas, aquellas que se mantenían sin disolver en la tierra de Schleswig-Holstein y en el sur de Dinamarca.

La verdad es que el presidente Truman se abstuvo de apoyar aquella idea jesuita, por ponerle un término suave. Como mínimo, por dos razones. Primero, porque la opinión pública en Estados Unidos no estaba dispuesta a aceptar una traición tan cínica a la causa de las Naciones Unidas.

V.L.: Vamos, semejante perfidia...

V.F.: Sí. Pero no era ésta, probablemente, la causa principal. Los generales norteamericanos defendieron la necesidad de mantener la cooperación con la URSS hasta que capitulara Japón. Además ellos suponían, al igual que los militares británicos, que era más fácil desatar una guerra contra la Unión Soviética que terminarla con éxito. El riesgo les parecía demasiado grande.

Preguntémonos otra vez cómo debía haber actuado la cúpula militar de la URSS ante las informaciones de ese tipo. La Operación de Berlín, si Usted prefiere, era una reacción al Plan «Impensable». La hazaña realizada por los soldados y oficiales rusos en aquella batalla era una advertencia a Churchill y sus coidearios.

La autoría del guión político de la Operación de Berlín pertenece a Stalin. A su vez, Gueorgui Zhukov fue el autor general de su componente militar y también el hombre que más tarde se vio obligado a asumir el fuego de las críticas por el elevado coste de aquella batalla grandiosa que se desarrolló en las inmediaciones de Berlín y dentro de la capital alemana.

En parte, las críticas obedecían a motivos emocionales. El mariscal Konstantín Rokossovski se había acercado más que Zhukov hacia Berlín y, probablemente, ya se estaba preparando mentalmente para aceptar las llaves de la capital del Tercer Reich.

Sin embargo, el alto estado mayor le encomendó a Rokossovski otra misión, tal vez, porque Stalin mostraba preferencia por un jefe militar de carácter más duro. Otro mariscal ruso, Iván Kónev, también se vio relegado a un segundo plano durante la Operación de Berlín. Se afligió mucho, él mismo me lo confesó un día...

V.L.: Claro, también él estaba más cerca de Berlín que Zhúkov en abril de 1945...

V.F.: Sea como fuere, el escogido fue el mariscal Zhúkov, quien pasaba por ser la mano derecha del Comandante en jefe. La inminente caída de Berlín, por tanto, resaltaba la gloria militar del «mismísimo», el cual estaba dirigiendo esa mano derecha.

Parece que en aquellas fechas Stalin todavía no era demasiado perceptible al cotilleo de los chismosos, quienes le atribuían a Zhúkov ciertas frases acerca de los graves errores cometidos por el máximo dirigente tanto en 1941 como en otros períodos...

V.L.: ¿Qué ha sido entonces Berlín para nosotros?

V.F.: El asalto a Berlín y la Bandera de la Victoria enarbolada sobre Reichstag representaban, desde luego, más que un símbolo o una nota final de la guerra. Y menos aún, se trataba de una acción propagandística. Era una cuestión de principios para el Ejército entrar en la guarida misma del enemigo y así marcar el fin de la guerra más difícil en la historia de Rusia.

Era de allí, desde Berlín según creían los combatientes, de donde había salido la fiera nazi que trajo innumerables penurias al pueblo de la Unión Soviética, Europa y del mundo entero. El Ejército Rojo llegó a aquel lugar para inaugurar un nuevo capítulo en la historia de Rusia, Alemania y toda la humanidad...

Fijémonos en los documentos que se estaban elaborando por encargo de Stalin en la primavera de 1945, en los meses de marzo, abril y mayo. Un investigador objetivo se dará cuenta de que no era un sentimiento de venganza lo que determinaba la futura línea de la URSS.

Los dirigentes soviéticos sugerían tratarla a Alemania como a un Estado derrotado, y a los alemanes, como a un pueblo responsable de haber desencadenado la guerra. Pero nadie se proponía convertir su derrota en un castigo sin prescripción y sin cabida para un futuro más digno. Stalin estaba poniendo en la práctica una consigna que había planteado en el año 1941: los Hitlers vienen y se van pero Alemania y el pueblo alemán se quedan.

Lógicamente, era necesario hacer que los alemanes contribuyesen a la recuperación de la «tierra arrasada» que habían dejado como herencia en los territorios ocupados. Para indemnizar todas las pérdidas y los daños ocasionados a la URSS no habría bastado siquiera la totalidad del patrimonio nacional de Alemania.

Coger cuanto fuera posible sin asumir como lastre la manutención de los propios alemanes, «pillar a tope», en éstos términos nada diplomáticos Stalin guiaba a sus subalternos en el tema de las compensaciones. Ni un clavo estaría de más para sacar de las ruinas a Ucrania, Bielorrusia o las regiones céntricas de Rusia que tenían destruidas más de un 80% de las instalaciones industriales. Un tercio de la población perdió sus viviendas.

Alrededor de 80.000 km de raíles en el territorio ruso - más que el conjunto de los ferrocarriles alemanes antes de la Segunda Guerra Mundial - habían sido volados, reducidos por los nazis a una chatarra deforme, y hasta las traviesas quedaban rotas.

Al mismo tiempo, los mandos militares soviéticos recibieron la firme orden de poner cese a las arbitrariedades inevitables en toda guerra en relación con los civiles, en primer lugar, las mujeres y los niños. Los violadores debían entregarse a los tribunales de guerra. Hubo de todo.

Paralelamente Moscú exigía represalias severas contra cualquier arremetida o acto de subversión que pudiera producirse en Berlín o dentro de la zona de ocupación soviética por culpa de «elementos incorregibles o no rematados».

No faltaban, por cierto, quienes quisieran disparar a las espaldas de los vencedores. La caída de Berlín fue el 2 de mayo, pero los «combates locales» se prolongaron por diez días más. Iván Zaitsev, quien trabajaba en la embajada soviética en Bonn, me confesó una vez que siempre había tenido «más suerte que nadie»: la guerra finalizó el 9 de mayo y a él le tocó pelear en Berlín hasta el día 11. A las tropas soviéticas se oponían en Berlín las unidades de la SS procedentes de 15 países. Junto con los nazis alemanes estaban allí los de Noruega, Dinamarca, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y vaya a saber de dónde más...

V.L.: ¿Pero la toma de Budapest se prolongó por más tiempo que la de Berlín, no?

V.F.: Budapest es un caso aparte. Estamos hablando de Berlín ahora. Lo que pasaba allí provocaba mucho dolor de cabeza a los mandos soviéticos. Establecer el control sobre esa ciudad era una tarea complicadísima. Para acceder a Berlín, no bastaba con pasar los altos de Zeelow o superar, con bajas muy considerables, las siete líneas habilitadas para una defensa duradera.

En las afueras de la capital alemana y en las principales arterias urbanas estaban enterrados los carros de combate, que hacían las veces de puestos de fuego blindados. Cuando las unidades soviéticas salieron, por ejemplo, a la Frankfurter Allee, una avenida que conducía hacia el centro, les recibió una ráfaga de fuego que se cobró muchas víctimas...

V.F.: ¿Esa calle se había llamado Hitler Strasse antes de la guerra?

V.F.: La siguieron llamando así hasta mayo de 1945. Los tanques enemigos se encontraban en todos los puntos clave a lo largo de esa calle, y sus tripulantes estaban disparando a bocajarro contra la infantería, los camiones y los carros de combate soviéticos con la desesperación de personas condenadas. La Wehrmacht quería organizar en las calles de Berlín un segundo Stalingrado, esta vez, en el Spree.

Cuando pienso en todo ello, no dejo de sentir cierta desazón. ¿No habría sido mejor acaso tomar Berlín en un cerco y esperar a que se rindiera? ¿Realmente era tan necesario izar la bandera sobre el edificio de Reichstag, maldito sea? Centenares de soldados rusos murieron durante aquel asalto.

Por supuesto, es difícil juzgar a los vencedores y a los vencidos a posteriori. Eran, probablemente, las razones de calibre estratégico las que primaron en aquellas fechas. Las potencias occidentales, cuando estaban reduciendo a escombros Dresden, intimidaban a Moscú con el potencial de su aviación de bombardeo.

Stalin, seguramente, también quería enseñarles a los autores del Plan «Impensable» que el Ejército soviético tenía un enorme poderío de fuego y choque, aludiendo así a que el desenlace de la guerra se decide en la tierra, no en el aire ni en el mar.

V.L.: ¿Podríamos afirmar que la toma de Berlín frenara a Londres y a Washington en la tentación de empezar la III Guerra Mundial?

V.F.: Una cosa es evidente. La batalla de Berlín fue un balde de agua fría para muchos cerebros calenturientos, con lo cual cumplió su misión política, psicológica y militar.

El éxito relativamente fácil de primavera de 1945 embriagaba a un montón de gente en Occidente. Bastaría con citar el caso del general estadounidense George S. Patton, quien exigía histéricamente no detenerse en el Elba y mover las tropas norteamericanas a través de Polonia y Ucrania hacia Stalingrado para terminar la guerra en el mismo lugar donde Hitler había sufrido una derrota.

A los rusos Patton los llamaba «descendientes de Gengis Khan». Tampoco Churchill se preocupaba mucho por el lenguaje y aplicaba a los rusos los epítetos de «bárbaros» y «monos salvajes». Es decir, la «teoría de los infrahombres» no era un monopolio alemán.

La muerte de Roosevelt provocó un cambio casi relámpago en las directrices de la política norteamericana. En su última alocución al Congreso de EE.UU., el 25 de marzo de 1945, el presidente advertía que la nación estadounidense debía asumir la responsabilidad por la cooperación internacional o, de lo contrario, sería responsable de un nuevo conflicto a escala mundial.

Esta advertencia o legado político no perturbó a su sucesor, Truman, quien anunció por primera vez, en una reunión celebrada el 23 de abril en la Casa Blanca, su propia línea a corto plazo: la capitulación de Alemania era una cuestión de varios días, a partir de lo cual las trayectorias de la URSS y EE.UU. iban a divergir radicalmente. El equilibrio de los intereses era una tarea para flojos y lo que primaría en adelante era la Pax Americana.

Truman estaba a un paso de declarar sin más dilaciones, a bombos y platillos, el término de la cooperación con Moscú. Y lo habría hecho si no fuera por la oposición de los militares estadounidenses. De haberse producido una ruptura con la URSS, Washington habría tenido que acabar con Japón por cuenta propia, lo cual le habría costado según las estimaciones del Pentágono entre uno y dos millones de vidas de «chavales americanos».

Así que los militares de EE.UU., guiándose por razones propias, impidieron en abril de 1945 una avalancha política. Pero no fue por mucho tiempo.

La «ofensiva contra Yalta» se llevó a cabo de forma implícita, poniéndose en escena la capitulación de Alemania en Reims, un acuerdo separado que se enmarcaba en el Plan «Impensable».

Otro testimonio de que las relaciones entre los antiguos aliados ya estaban tocando fondo tras la caída de Berlín fue el rechazo de Eisenhower y Montgomery a la participación en un desfile conjunto que se pensaba organizar con motivo de la victoria en la capital alemana. Ellos dos, junto con Zhúkov, debían pasar revista a las tropas.

V.L.: ¿Es por eso por lo que el Desfile de la Victoria fue celebrado en Moscú?

V.F.: No. Aquel desfile en Berlín también llegó a celebrarse, en julio de 1945, pero el mariscal Zhúkov pasó revista a solas. Y el Desfile de la Victoria en Moscú, como es sabido, fue el 24 de junio.

*Viktor Litovkine
Sirvió por 30 años en el Ejército Rojo y alcanzó el grado de coronel. Ex jefe de la sección Defensa en el diario Izvestia (de 1999 a 2002), y posteriormente en la agencia RIA-Novosti (de 2002 a 2007). Actualmente es redactor jefe adjunto en la Indépendant Military Review. Autor de numerosos libros y documentales.


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