El lupanar de la Santafé-Bogotá

Carlos de Urabá 
La Haine

Amplio informe sobre uno de los prostíbulos más grandes del mundo localizado en el barrio Santafé de la ciudad de Bogotá.


¿Es posible alcanzar la paz en Colombia cuando las estructuras del estado se han construido sobre los pilares del vicio y la corrupción? Con el paso del tiempo el céntrico barrio Santafé de la ciudad de Bogotá, que en su día fuera uno de los más elegantes de la capital, se ha convertido en un gigantesco lupanar. A principios del siglo XX la oligarquía cachaca y los inmigrantes judíos procedentes de Alemania y Polonia habitaban este sector exclusivo donde levantaron sus mansiones de arquitectura modernista y neocolonial. Pero en 1948, tras la destrucción provocada en el centro histórico por el “Bogotazo” , se inicia el período de decadencia del mismo.

El gobierno distrital de Bogotá en el año 2002 aprobó el decreto 187 declarando al barrio “zona de alto impacto de diversión y entretenimiento de escala metropolitana” -de esta manera se reglamentó el oficio de la prostitución. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que este es uno de los mayores prostíbulos del mundo. Tanto es así que políticos, empresarios, mafiosos y paramilitares han invertido millonarias sumas de dinero en tan “importante industria” pues el negocio de la “trata de blancas” mueve en Bogotá 650.000 millones de pesos anuales y en Colombia 5,7 billones de pesos. Además, como si fuera poco, libres de impuestos. El superlupanar cuenta con un ejército de 3000 mujeres, 300 travestís, 220 negocios de comida, discotecas, salas de masajes, baños turcos, clubes sociales, wiskerías, tabernas, saunas, salas de vídeos XXX o striptease, cabarets, casas de citas o “mataderos”, cafés, lavanderías, farmacias, autoservicios, tiendas de ropa, peluquerías, bueno, bueno todo lo necesario para poner en pie el imperio de la fornicación y el vicio.

En la ciudad de Bogotá la prostitución en los últimos veinte años ha experimentado un boom espectacular. El negocio de la carne es todo un éxito y va extendiéndose por distintas zonas de la capital. Su eje principal es la gran avenida Caracas, Chapinero calle 13 con 49, calle 22 a 24 con carrera 16 entre la 19 y la calle 13 calle 85 y 86 con 14 y 15, calle 116 con autopista norte, calle 72 a 76 entre la Caracas y la carrera 17, Caracas, calle 90 y 98 con carrera 15, Caracas entre la 55 y 63, distrito gay, también hay sucursales en Usaquén, avenida a Suba con 104, Cedritos, mientras el parque de Bolívar es dominio de los homosexuales.

La situación socio-económica del país condena a un gran porcentaje de la población a la marginalidad. Esto sumado a la violencia, el despojo de las tierras, el desplazamiento forzado, la miseria, el desempleo galopante y la falta de oportunidades son argumentos suficientes para que muchas mujeres y hombres vendan sus cuerpos al mejor postor.

Al caer la tarde en este sector entre las calles 24 y 19 y las carreras 17 y 14, que ocupa varias manzanas a la redonda, comienza el espectáculo. Las damiselas, meretrices y travestís pasean altivas por una pasarela imaginaria; unas van en minifaldas y con los senos al aire, otras se manosean la entrepierna para tentar a los lobos en celo. En cada esquina los mensajeros de cupido o “tarjeteros” reparten propaganda y vocean: ¡chicas, chicas, chicas que ricas están! Hay que captar la atención de los clientes que buscan saciar la arrechura y los placeres prohibidos. En los clubes más selectos como la Mansión, Fantasía, Lido, la Piscina, el Castillo o Paisas club es tradición rifar entre los donjuanes una noche de amor con la reina del lupanar.

Igualmente no cesa el trasiego de vendedores ambulantes que ofrecen tinto, arepas, mazorcas, cigarros, bebidas energizantes Red Bull, preservativos y hasta Viagra. También los “jíbaros” o expendedores de drogas, cocaína, marihuana, bazuco hacen su agosto, sin que falten los raponeros y atracadores pues en este río revuelto es fácil que caiga algún despistado. Los machos depredadores primero se pasan por las fritanguerías, la surtidora de pollos o el restaurante chino porque primero hay que llenar la panza y dejar para el postre el más delicioso manjar. En las cantinas suena a todo volumen los vallenatos, salsa, tangos, rancheras amenizando la función. Las canastas de cerveza se apilan a un lado de las mesas demostrando a los espectadores quienes son los camajanes más berracos. El trago fuerte, el aguardiente, el ron, el whisky corre a raudales pues hay que calentar motores antes de iniciar la antológica faena. Se desata el desenfreno; ebulle la testosterona y los miembros viriles comienzan a impacientarse.

El colombiano es en esencia parrandero y mujeriego, genéticamente predispuesto a la farra y la bohemia. Encima el clima trópical dispara los índices de erotismo hasta las más altas cotas. En especial los fines de semana el reventón es histórico pues es el momento preciso para echarse una cana al aire. Una clientela variopinta de militares, ejecutivos, oficinistas, estudiantes, solterones, esposos adulteros, cuarentones y jubilados vienen a hacer realidad sus fantasías sexuales. Manadas de hombres sedientos de lujuria se arremolinan entorno a los antros y lupanares ansiosos por desahogar las más bajas pasiones.

También los carros de policía hacen su ronda prestos a capturar a los antisociales o los borrachos más recalcitrantes. El ejército de vez en cuando realiza sus batidas en busca de los traficantes, traquetos o peligrosos delincuentes que en sus ratos de ocio organizan esplendorosas orgías.

La mayoría de los lupanares que proliferan por la Avenida Caracas están discretamente mimetizados, hay desde inquilinatos, pensiones de mala muerte hasta grandes caserones, edificios, hostales y moteles con salas de sauna, jacuzzi y dotados con artilugios eróticos de última generación: no falta la cama de agua, los espejos tridimensionales, el potro de doma sadomasoquista, los látigos y cadenas de castigo corporal. La crisis matrimonial es un hecho incuestionable. La infidelidad está en alza algo que no nos debe sorprender porque los varones no se conforman con su pareja y sin ningún pudor se decantan por la poligamia.

En el lupanar de la Santafé se manifiesta en toda su magnitud la diversidad étnica y antropológica del país. Aquí uno se puede encontrar con chicas procedentes del Eje Cafetero, Antioquia, Los llanos Orientales, el Valle del Cauca, Chocó, la costa Atlántica; mestizas, indias, paisas blanquiñosas, cachacas emperifolladas, negras con el pelo alisado y teñido de rubio, mulatas camaleónicas con lentillas de color azul en los ojos, tampoco se quedan atrás los travestis de tacones altísimos que se esmeran por exhibir sus pechos y culos rellenos de silicona. Las negras de Buenaventura o Cartagena sacan las sillas a la acera convencidas que el asfalto es una playa. Las más perezosas prefieren ver en la televisión la telenovela de moda mientras vanidosas se pintan las uñas. Aquí dictan cátedra a sus anchas los grandes doctores y doctoras de la universidad del sexo. Aunque a ciencia cierta no se sabe muy bien la cifra de mujeres y hombres que se dedican a la prostitución en la capital los expertos en el tema calculan que pueden acercarse a los 25.000 individuos.

En Colombia el trabajo informal se ha disparado en los últimos años de una manera exagerada. No hay plata, la inflación no perdona y la gente tiene que inventarse un oficio para poder sobrevivir como sea. En las ciudades pululan por todos lados los vendedores ambulantes que ofrecen dulces, galletas, cigarros, arepas, tintos o periódicos. Es el típico rebusque porque hay que ingeniárselas para sortear las vicisitudes de la vida o de lo contrario te come el tigre.

En el lupanar de la Santafé fornicar es el principal mandamiento de la ley de Dios. Parece mentira que en un país tan católico y conservador como el nuestro sucedan estas cosas pero en el fondo queda demostrado que la hipocresía es el rasgo más predominante de nuestra personalidad.

En Colombia rige la dictadura de un sistema corrupto y mafioso que no tiene compasión de los ciudadanos más desfavorecidos. En todo caso la ética y la moral son valores caducos como lo demuestra la cínica actitud de los políticos y funcionarios públicos que usufructan del poder y que de una u otra manera, aunque con mayor elegancia, también se prostituyen. Porque estos rufianes a la hora de llenarse los bolsillos son capaces de vender hasta su propia madre. Y pensar que en la escuela nuestros maestros nos los ponían como ejemplo de rectitud y honorabilidad. ¿Quién puede dudar de unos primorosos caballeros vestidos de traje de paño y corbata, que se expresan en un castellano perfecto reconocido por los linguistas como el mejor del mundo?

Los patricios de la sociedad bogotana, los rolos puritanos escandalizados ponen el grito en el cielo al contemplar esos antros diabólicos. Ya es hora que ese gueto de alimañas sea destruido por Dios todopoderoso igual que lo hiciera en su día con las ciudades malditas de Sodoma y Gomorra. Están en peligro los valores más sagrados de la civilización cristiana. Esa marabunta de borrachos, drogadictos y rameras ensucian uno de los solares más emblemáticos de la patria. Y es que a pocas cuadras del lupanar se halla el Cementerio Central donde yacen enterrados los personajes más importantes de Colombia, los panteones de los héroes ilustres ¡tamaña irreverencia no tiene perdón de Dios! Pero en todo caso las momias y esqueletos duermen el sueño de los justos y como dice el dicho “el muerto al hoyo y el vivo al bollo”

Habría que plantearse una pregunta bastante lógica ¿qué más puede generar una sociedad tan indolente como la colombiana? Pues nada más que miseria, desempleo, familias rotas, padres irresponsables, hijos no deseados, desarraigo, tugurios, y esquizofrenia. O sea, el ambiente más propicio para caer en la droga, el alcoholismo, la delincuencia o la prostitución. Aquellos que han fracasado en sus entrañas les corroe el odio y la venganza. Los parias no tienen nada que perder y se jugarán la última carta al todo o nada.

Observemos el triste panorama que se nos presenta ante nuestros ojos: niños huérfanos o abandonados por sus progenitores, otros que se escapan de sus casas víctimas de los malos tratos. Niñas abusadas o violadas por sus padres o algún familiar. La brutalidad de un entorno opresivo e inestable les causará terribles secuelas para el resto de la vida. Encima pertenecientes a un estrato cero en el escalón de las castas, sin formación ni experiencia alguna para ingresar en el mercado laboral ¿qué futuro les aguarda? Ni más ni menos que ser carne de cañón de los oficios más despreciables, talvez, servirán de mucamas en los barrios burgueses doce horas al día fregando suelos, lavando platos y criando hijos ajenos, sin seguridad social ni derechos laborales. La sociedad protectora de animales tiene más compasión por los perros y los gatos que de los propios los seres humanos. De ahí que muchos de ellos prefieran vender sus cuerpos y ganarse el pan fornicando antes que ofrecerse cual baratijas a los patrones y mandamases.

La suerte está echada, el propio sistema capitalista los ha arrastrado a estos lupanares, burdeles, casas de cita o de lenocinio, obligadas a ser meretrices, damas de compañía, rameras, masajistas, bailarinas en las salas de strip-tease, travestis, transexuales. No existe un programa social contundente que ataque de raíz el problema. El gobierno, las Ongs o la iglesia católica nada más aplican pañitos de agua caliente, los colman de bendiciones o les dejan caer una que otra monedita por caridad. El estado prioriza la Seguridad Democrática, pues la guerra que libran las fuerzas armadas requiere de miles de millones de dólares de presupuesto para enfrentar a la guerrilla y los narcotraficantes. Además, es necesario brindarle confianza a los inversores y empresarios, protejer al propiedad privada y garantizar la buena marcha de los bancos o multinacionales.

Mientras tanto otras mujeres más decentes y de categoría, mejor conocidas como “las prepago” también venden sus cuerpos aunque ellas no son estigmatizadas, al contrario, son reconocidas socialmente pues gozan de caché y pedigree. Nor referimos a las “damas de compañía VIP” envidiadas por su alto grado de cultura y refinamiento; modelos, artístas, reinas de belleza, bellas universitarias que cobran en dólares y atienden a los ejecutivos, empresarios, ministros, políticos, el cuerpo diplomático y uno que otro jerarca católico.

El mercado de las prostitución tiene estratos sociales bien marcados con tarifas acorde al poder adquisitivo de la clientela. No es fácil sostener el tren de vida de una meretriz pues les encantan los más estrafalarios caprichitos: operaciones de cirugía estética, las joyas, los viajes al exterior, lujosos apartamentos y hermosas fincas de recreo. Los proxenetas o “representantes artísticos” portan albumes de fotos o diseñan páginas web donde se exhibe la mercancía de primera calidad: tetas perfectas, culos macizos, cuerpos despampanantes capaces de hechizar a los clientes más exigentes. Estas prostitutas de alto standig son el plato predilecto de los “traquetos” o narcotraficantes, y no escatimarán esfuerzos hasta llevarselas al lecho nupcial. Con un buen fajo de billetes se cierra la transacción y la “mercancía” es enviada entrega inmediata a la suite de los mejores hoteles o “mataderos” Una muchacha de extracción humilde que trabaja cortando flores en los invernaderos o en el servicio doméstico cobra poco más o menos el salario mínimo, es decir, 600.000 pesos mensuales. Las “prepago” por el contrario, en una noche loca pueden sacar 1.000.000 o 1.500.000 pesos.

Las furcias que adquieran cierta fama y notoriedad serán exportadas a los mercados de Europa, EEUU y Japón donde los beneficios se dispararán considerablemente. La mafia de la trata de blancas eligen a las hembras de primera calidad, en otras palabras, a las más esbeltas y fogosas. Por su naturaleza salvaje las colombianas se cotizan al alza en el Wall Street del sexo. Su vagina es una mina de oro de la que se extraen cuantiosas ganancias. Lo cierto es que a fin de mes las más reputadas meretrices envían puntualmente las remesas de dinero a sus familiares que ilusos creen que su hija es secretaria de una empresa en Madrid, ejecutiva en Londres o enfermera en New York.

Hay distintas formas de prostituirse porque existen muchas mujeres honorables que por conseguir un ascenso en el trabajo o alguna contraprestación a cambio se acuestan con sus jefes y patrones. La ambición rompe el saco y lo fundamental es alcanzar el éxito profesional y manejar la tarjeta de crédito Visa Oro y una buena cuenta corriente.

En nuestra sociedad capitalista rigen las leyes de la oferta y la demanda, el sistema de libre mercado defiende la libertad individual por encima de lo colectivo y sólo falta echarle agallas y sangre fría para ver cumplidos los deseos más descabellados. Si hay que pisotear la dignidad humana o o pasar por encima de los más débiles son las consecuencias propias de la evolución de las especies. Desgraciadamente el pez grande se come al chico.

Existe tal competencia entre las rameras que es casi una obligación pasar por el quirófano y perfeccionar el físico. Para triunfar en este mundo tan materialista la presencia personal cuenta mucho, la estética es imprescindible y no se perdonan defectos o imperfecciones. Es el clásico juego de las apariencias en el que debemos entrar si queremos ser aceptados y reconocidos socialmente. Las reinas deben cuidarse y modelar un cuerpo 90-60-90 a imágen y semejanza de las divas de Hollywood. En las fiestas de quince años las niñas ya no piden de regalo un viaje a la isla de San Andrés en el Caribe, como era costumbre, sino una cirugía plástica para adquirir la estampa de barbie rompecorazones.

Las mujeres de los bajos fondos, esas prostitutas más humildes y menos agraciadas, la escoria, tienen que conformarse con hacer la calle, bregar en las casas de citas con los clientes más alevosos, expuestas a contagiarse de enfermedades venéreas o el SIDA pues el mero macho prefiere fornicar a pelo (sin preservativo) “ya que esos plásticos o envoltorios impiden disfrutar de la sexualidad en toda su verdadera dimensión” Otras chicas como las enrejadas son retenidas en contra de su voluntad por el proxeneta de turno y deben prestar sus servicios a tiempo completo a la organización. En otras palabras las esclavizan hasta chuparles todita la sangre ¿quién va a defender a una “zorra”? No hay leyes ni jueces que las amparen y los delitos quedrán impunes. Muchas de ellas tienen hijos que mantener, y a lo mejor es el único sustento con el que cuentan sus padres, madres o familiares que malviven en la precariedad más absoluta.

Desde luego que el negocio de la prostitución va viento en popa y por todas partes de la capital se abren nuevos cabarets, tabernas, salas de masajes, centros de jacuzzi, baños turcos, clubes sociales y culturales porque el morbo y la pornografía, aunque parezca un chiste, también es cultura.

Las putas vestidas con trusas y minifaldas desafían el frío sabanero, despiden un vaho a pachulí inconfundible y caminan pretenciosas con el clásico cigarrillo en la mano. Las más coquetas sacan el espejito mágico y se maquillan a la espera del galán de turno. Otras toman una agua de panela con un pan de bono para entrar en calor mientras parlotean a través del teléfono celular con algún amiguito secreto. La excitación del personal se palpa en el ambiente, el deseo y las tentaciones de la carne hay que colmarlas a como dé lugar. La noche es cómplice y los machos miran libidinosamente a las hembras tasando la mercancia con gran precisión.

Colombia es un país hedonista y lúdico por naturaleza, a la gente le gusta la farra, la fiesta y amanecerse “con la manta en el hombro y con los amigos parrandeando” Por tal motivo las industrias licoreras de cada departamento y las empresas cerveceras multiplican año tras año sus ganancias. Pero como no sólo de pan vive el hombre el negocio de la prostitución es la joya de la corona.

La gente adora el becerro de oro, ama el dinero, sobre todo, el dinero fácil que llega rapidito sin hacer ningún esfuerzo y en el menor tiempo posible. Dinero constante y sonante que hace latir más deprisa nuestros corazones. Aunque haya que correr grandes riesgos y peligros, como es el caso de los “traquetos” o narcotraficantes, el mal paga, mijo. La cocaína te puede volver rico de la noche a la mañana, sacarte de los tugurios donde los lichigos se pudren en la miseria. Por eso las mujeres bien dotadas explotan el filón de la belleza y son capaces de revertir la sentencia.

Hoy se ha perdido el miedo a Dios. Ya no hay ni biblias ni sermones que valgan. Antes el redil comulgaba dócil de la mano del curita y repetía mil y una oraciones por la salvación de sus almas. Se han dado cuenta que sólo se vive una vez y ya nadie se come el cuentico de que si se portan bien irán al cielo con los angelitos. La tecnología y los avances científicos nos han sacado de la inopia. Se acabaron las supercherías y complejos de culpa con las que pretendían subyugarnos haciéndonos creer que si pecamos nos consumirá el fuego eterno. Hoy lo primordial es salvarse de la quema, salir del atolladero, progresar económicamente y sacar la familia adelante. Sin olvidarse de ahorrar unos pesitos para cuando llegue la vejez porque sino vas a dar con tus huesos al Cotolengo y esa si que es la antesala del mismísimo infierno.

En Bogota están muy marcadas las desigualdades sociales, los más desfavorecidos, los soldados rasos, tienen que agachar el lomo cual mulitas y emprender la batalla diaria. Millones viven de prestado, las deudas los agobian y ya no saben cómo mantener a su numerosa parentela. Ya no hay milagro que valga así que a sudar la gota gorda trabajando de sol a sol porque el ritmo de la vida no perdona; los ciudadanos deben pagar impuestos, facturas, alquileres, letras bancarias, el vestuario, el colegio de los niños, la alimentación, el transporte, y desgraciadamente el salario mínimo no alcanza ni para llegar a la quincena. Aquellos que se queden tirados en la cuneta saben de antemano que en cualquier momento se los come el tigre. Encima en muchos empleos se aprovechan de la situación de desamparo para someterlos a la más descarada explotación.

El sistema político colombiano es centralista y ciudades como Bogotá, Medellín, Calí, Barranquilla o Cartagena son los polos de atracción permanente. Ya desde principios del siglo XX los campesinos, los jornaleros, los arrieros asqueados de tanta guerra y violencia fratricida, exhaustos de ser las bestias de carga de los terratenientes iniciaron el éxodo rural. Luego más tarde cuando comenzó el enfrentamiento entre los paramilitares, las fuerzas armadas y las guerrillas revolucionarias se produjo una segunda oleada en la que se produjo el desplazamiento forzado de más de 4 millones de personas hacia las grandes urbes. Los sin tierra no tuvieron otra opción que engrosar las filas del proletariado dispuestos a conquistar un futuro mejor o al menos un hueco donde caerse muertos.

Las circunstancias del destino obligan tanto a mujeres como a varones a vender sus cuerpos. De nada vale la dignidad y el amor propio pues estos son conceptos abstractos que no producen dividendos. Cada quien es dueño de su cuerpo y lo pone en venta como si se tratara de un producto que se coloca en el escaparate de un supermercado.

Muchos padres se han deshumanizado de tal manera que sin ningún reparo prostituyen a sus propios hijos. La prostitución infantil es una de las facetas mas crueles de este fenómeno y las inocentes criaturas son víctimas de los desalmados progenitores que por unos cuantos miles de pesos los ofrecen en el mercado de la carne tierna y virginal.

Hay que reconocer que Colombia es en esencia un país machista. Ese es su karma. A las feminas se le ha reservado el papel de objeto del deseo, ellas son las encargadas de echar leña al fuego del morbo y el erotismo. Por donde uno vaya los estímulos visuales te abren el apetito sexual, un cuerpo bien atractivo es el reclamo predilecto de los publicistas. Sólo hay que ver las telenovelas, las películas, leer los diarios y las revistas o contemplar los anuncios para darse cuenta de la filosofía imperante. La educación induce a las niñas a complacer a los varones, porque por algo Dios creo a Eva de la costilla de Adán. El patriarcado es parte intrinseca de nuestra identidad y difícilmente vamos a poder despojarnos de tan pesado lastre.

La demostración más palpable de esta ignominiosa tara es el concurso Nacional de la Belleza que se celebra cada año en Cartagena. La elección de la señorita Colombia es uno de los más importantes acontecimientos del país y que incluso supera la elección del propio presidente de la república. El reinado de Cartagena se asemeja a una feria de ganado donde las hembras más pomposas de cada departamento se disputan el preciado cetro. Un jurado compuesto por personajes de reconocido prestigio elige a la yegua mejor dotada, a la potra pura sangre cuyo biotipo represente la magnificencia de la mujer colombiana. Sin duda esta es la plataforma ideal para ingresar en el mundo de la farándula, del cine, la radio, la prensa, la política o la televisión, y también, como no, en el de la prostitución de lujo-Muchas prepago han utilizado el reinado de la belleza para lanzarse al estrellato- Esas jovencitas divinas, adoradas, sublimadas de cuerpos esculturales, senos voluptuosos, culos marca Jennifer López, labios carnosos a lo Angelina Jolie, naricitas respingonas el estilo Scarlett Johansson, que han sido talladas por los mejores cirujanos son las que brillarán con luz propia en la más alta cima.

La farra y el vicio son los pilares fundamentales de nuestra idiosincracia y el estado es tan perverso que los convierte en una virtud. Lo ideal es que los ciudadanos rumbeen, se emborrachen, se droguen, que no piensen ni reflexionen. Porque, si lo hacen, pueden subvertir el orden. Necesitamos criar individuos alienados, embrutecidos que no pongan en riesgo el status-quo de la oligarquía. Por eso “Libertad y Orden” es uno de los lemas de nuestra patria. Claro, ¡libertad para los poderosos y orden para los miserables!

¿podremos alcanzar la paz en nuestro país con tanta podredumbre y degeneramiento ? ¿cuántas mujeres y hombres, cuántos niños y niñas tienen que seguir prostituyéndose por física supervivencia? ¿acaso esto no es terrorismo de estado? ¿te gustaría que tu hijo o tu hija se dedicara a hacerle felaciones a uno de esos morbosos gordiflones por un puñado de sucias monedas? ¿se justifica la resistencia armada en salvaguarda de la dignidad humana?

Una metrópoli como Bogota de ocho millones de habitantes genera una sobredosis de estrés insoportable, a las horas puntas el río humano se desborda incontenible por las calles y avenidas, al tiempo que un tsunami de carros, taxis, buses y motos arrasa con todo lo que se atraviese a su paso. Un ambiente tan hostil te destroza los nervios. Al caer la tarde y tras una dura jornada laboral los machos necesitan relajarse. Es la hora del descanso del guerrero, o sea, es la hora de calmar sus instintos básicos. Entonces, los devotos de Venus y Baco apresurados se dirigen a su segundo hogar, a los prostíbulos, a los lupanares, a las casas de cita, a los baños turcos o salas de masaje.

Nada mejor para comprender la forma de ser de nuestro pueblo que analizar las composiciones de música o poesía. Por ejemplo, les dejamos con un fragnemto del tema “La Veterana” una rancherita criolla muy picarona que ocupó los primeros puestos de ventas hace un par de años. “A mi me gustan todas las mujeres rica o pobre, gorda, fea o bien plantada pero entre todas existe una especial aquella dama que le llaman veterana. Es que todo hombre se derrite por tenerla y así le enseñe las piruetas del amor, ella te enseña desde el 30 hasta el 90 y los dibuja sin error en el colchón....la veterana te hace perder la razón!