Por Guillermo Marin* para Medicina y cultura Año 4 Nº 39 Abril de 2010 Parte I La vida y la obra de Ramón Carrillo son monumentales, acaso como su humanidad: medía un metro ochenta y, en sus momentos de mayor gordura, llegó a sobrepasar los ciento veinte kilos. “El Negro”, como lo llamaban sus amigos, era un hombrón de frente amplia, mofletudo, de mirada bonachona y de caminar lento; y, aunque sus manos eran grandes y pesadas laceraban el tejido del cerebro humano con la delicadeza de un arpista. Sufría de una leve dispersión. Por momentos parecía que su mirada tenía la facultad de traspasar el concreto, pero cuando volvía de ese lugar al que sólo acceden los seres dotados de una inteligencia excepcional, regresaba con las maletas desbordadas de proyectos. A los dieciséis años ya había escrito un libro al que llamó “Glosa para humildes”, un ensayo crítico en el que desnudaba la situación por la que atravesaban los empleados públicos que no tenían posibilidad de jubilarse. R...