Federico Brandsen

 Publicado en Revisionistas de San Martin

bajo el seudónimo de Prof. Jbismarck
el 31 de agosto de 2016

Era un ataque suicida. La orden que había recibido sonó a sentencia de muerte. Al escucharla, el comandante del Regimiento Nº 1 de Caballería, teniente coronel Charles Louis Frederic de Brandsen se dió cuenta de su final. La batalla estaba en ciernes y no le quedaba otra que llevar adelante el polémico cometido. No ocultó su fastidio. El entredicho con el general Carlos María de Alvear, jefe del ejército patriota y de quien emanó la consigna lo puso muy mal. Era una locura lo que le pedía.





-¡Usted comandará una carga contra la infantería brasileña!, le espetó. Frunció el ceño. Era una locura atacar de esa manera a una fuerza de 2000 mercenarios austríacos y alemanes. Se lo recalcó con crudeza.

-¡General, es un suicidio atacar a esa unidad de élite fortificada detrás de una profunda hondonada casi imposible de sortear!!!!

Alvear lo miró con severidad. No esperaba tal respuesta. Hizo caso omiso de sus argumentos y le gritó en la cara.

-¡Cuando el emperador Napoleón le daba una orden ¿usted dudaba en cumplirla?!

Brandsen sostuvo la mirada. Las palabras tocaron a su amor propio. Con una profunda crispación, dijo escuetamente.

-Está bien mi general, sé que voy a morir, pero cumpliré con lo que se me ordena. Saludó, dio media vuelta y se retiró.

En la carpa de campaña comenzó a vestirse con el uniforme del ejército imperial francés. Era el único que tenía. El resto de su equipaje lo había extraviado con el avance del ejército republicano. En eso estaba cuando sus pensamientos volaron lejos, muy lejos… Ya tenía 41 años. Había nacido en la Ciudad Luz el 28 de noviembre de 1785. Hijo de un médico holandés y luego de recibir educación en el Liceo Imperial de Francia, Brandsen ingresó en el ejército. Recordó que tras prestar servicios en la secretaría del Ministerio de Guerra, en 1811 se incorporó como subteniente de caballería en el Ejército del Reino de Italia, cuyo monarca era Napoleón Bonaparte y donde servían numerosos compatriotas.

Suspiró largamente al memorizar aquellos tiempos. En 1813, estuvo en la campaña de Alemania, donde cayó herido tres veces. Fue ascendido a teniente y nombrado ayudante de campo del emperador. En Bautzen, a la cabeza de un destacamento, tomó una posición prusiana. Por esta acción recibió la condecoración Real Orden Italiana de la Corona de Hierro de manos del Gran Corzo y con ella, el grado de capitán de caballería. Tras la abdicación de Napoleón en 1814, Brandsen regresó a Francia. En 1815, intervino en la campaña de los Cien Días que culminó con la batalla de Waterloo donde resultó herido otra vez.

Finalmente, en 1817 pidió la baja del ejército. En ese ínterin y en París, conoció a Bernardino Rivadavia quien lo convenció para que se uniera a la causa de la independencia americana. No dudó. En Calais y a bordo del navío Celeste puso rumbo a Buenos Aires. El 19 de diciembre de ese año, el gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata lo destinó al II Escuadrón del Regimiento de Granaderos a Caballo, como capitán de caballería en Las Tablas, cerca de Valparaíso, Chile y que combatía bajo las órdenes del general San Martín. Entre 1818 y 1819, Brandsen participó en la segunda campaña al sur del país trasandino que culminaría con la victoria de Bío Bío. Posteriormente, formó parte de la expedición libertadora al Perú. El 28 de abril de 1821, en Huaura, se casó con Rosa Jáuregui, nieta del virrey Agustín de Jáuregui y Aldecoa. Tuvieron tres hijos; uno en Lima y dos niñas en Santiago de Chile.

De pronto, volvió a la realidad. Con parsimonia ciñó su correaje, acomodó la espada y siguió recordando aquella acción de Nazca junto al mayor Juan Lavalle. Tampoco olvidó ese 8 de noviembre de 1820, en Chancay cuando con 36 Cazadores vencieron a una fuerza realista de casi 200 hombres. Así, ascendió a sargento mayor. San Martín lo puso al frente del regimiento de Húsares de la Legión Peruana de la Guardia con el grado de teniente coronel y con el que triunfó en Zepita. Luego, con la Caballería de la Vanguardia del Ejército del Perú intervino en Sica-Sica y en Ayo-Ayo donde contuvo la persecución enemiga para salvar los restos del ejército derrotado en esos encuentros. Entre 1822 y 1823 participó en otras operaciones contra los realistas. Encarcelado, desterrado y luego liberado por Simón Bolívar, el 5 de marzo de 1825 embarcó con su familia en el buque Livonia, a Santiago de Chile. Tras una breve permanencia en esa ciudad, regresó al Río de la Plata. El 23 de enero de 1826 el gobierno lo designó jefe del Regimiento 1 de Caballería con las jinetas de teniente coronel y se preparó parta luchar contra el Imperio del Brasil. Finalmente, llegó el 20 de febrero de 1827 y la fatídica orden.

Salió de la tienda de campaña y montó a caballo. Al paso, cabalgó al frente de sus hombres con el pecho cubierto de medallas. Alvear lo seguía unos metros más atrás como esperando que cumpliese con su orden. El guerrero napoleónico lo vio y se le acercó.

-General, por favor, no me ofenda, le pidió.

Entonces, Alvear luego de excusarse, se alejó. Frente al 2º Escuadrón, Brandsen ordenó una carga escalonada. Blandió su espada y gritó:

-¡Escuadrón… marche…al galope…a la carga…!

Tal como lo había previsto, el ataque fracasó y la metralla enemiga rápidamente terminó con su vida y la de varios de sus soldados.

Sin embargo, luego de varios intentos, el empeño patriota dio resultados. Tras 5 y 6 horas de combate, las tropas imperiales tocaron a retirada. El triunfo de las fuerzas de la República es total. Las cargas encabezadas por Juan Lavalleja, Estanislao Soler, Lucio Mansilla y el general paz, entre otros, fueron decisivas. Finalizada las acciones, el propio Juan Lavalle recorrió la zona y encontró el cadáver de Brandsen entremezclado entre los cuerpos de sus hombres. Estaba completamente desnudo porque en su huída, los imperiales le habían quitado el uniforme y sus medallas. El valiente guerrero fue promovido póstumamente a coronel y sus restos descansan en el cementerio de la Recoleta, en Buenos Aires. Su sepultura fue declarada Monumento Histórico Nacional. La ciudad y el partido homónimos de la provincia de Buenos Aires, llevan su nombre. En su honor, el Regimiento 1 de Caballería del Ejército Argentino, del que fuera primer comandante, se denomina Regimiento de Caballería de Tanques 1 “Coronel Brandsen”, con asiento en Villaguay, Entre Ríos.

Ituzaingó o batalla del Paso de Rosa se desarrolló en lo que hoy es el centro-oeste del estado de Río Grande del Sur. Allí chocaron las tropas aliadas de los insurrectos orientales y el Ejército Argentino, por una parte contra las tropas del Imperio del Brasil por la otra, por el control de la Banda Oriental en manos brasileñas desde 1820. Fue una victoria táctica de los aliados. Contribuyó al nacimiento de la convención preliminar de paz firmada 1828 y que reconoció como estado libre, independiente y soberano al Uruguay. El imperio sufrió 200 muertos, entre ellos su jefe, el mariscal José de Abreu Mena Barreto, 150 prisioneros y 800 extraviados. Las Provincias Unidas tuvieron 139 bajas de caballería y 9 de los Cazadores de Infantería.



Hallazgo : Entre los pertrechos abandonados por el ejército imperial se encontraba un cofre con una partitura de una marcha entregada por el emperador brasileño al marqués de Barbacena para que la interpretase tras obtener la supuesta victoria. Sin embargo, los patriotas vencedores se apoderaron de ella y la bautizaron “Marcha de Ituzaingó”. Sus sones son escuchados cuando la bandera Argentina se traslada en actos oficiales y es uno de los tres atributos que ostenta el presidente de la República junto con el bastón de mando y la banda presidencial.


Había nacido en París, el 28 de noviembre de 1785.

En setiembre de 1817 llega a Buenos Aires proveniente de Europa, habiendo sido un notable Oficial del Ejército de Napoleón, llegando a ser premiado con la Legión de Honor, y se incorpora al Regimiento de Granaderos a Caballo, en el II Escuadrón.

Se cree que estuvo en "Cancha Rayada" (18/03/1818). No estuvo en "Maypo" (5/04/1818), porque se hallaba herido en la muñeca, por un sablazo, recibido en un duelo personal.

Pero sí estuvo en los siguientes combates en territorio de Chile, distinguiéndose por su bravura y conocimientos militares: "Combate de Parral" (27/05/1818), "Combate de Cauquenes" (2/06/1818), "Toma de Chillán" (24/12/1818), "Combate de los Ángeles" (18/01/1819), y la "Toma de la Fortaleza de Nacimiento" (31/01/1819).

Luego pasa a la Campaña del Perú, en donde se distingue en: "Combate de Palpa" (7/10/1820), "Batalla de Nazca" (14/10/1820), "Toma de Huamanga" (31/10/1820), "Combate de Jauja" (6/11/1820), "Batalla de Chancay" (8/11/1820, también llamada "Batalla de Ancón") en donde al mando de 36 Cazadores de los Andes, derrota a 200 jinetes realistas.

También estuvo en el "Combate de Casablanca" (?/11/1820), "Batalla de Torreblanca" (11/11/1820), "Toma de Lima" 9/07/1821), "Asalto de El Callao" (14/08/1821), "Batalla de Chunchanga" (30/12/1822), "Batalla de Zepita" (25/08/1823), "Batalla de Sica-sica" (18/09/1823), "Batalla de Ayo-ayo" (19/09/1823).

Luego de graves divergencias con el Libertador Simón Bolívar, donde llegó a ser encarcelado por su orden, acusado falsamente de participar de un complot en su contra, se embarca hacia Chile y después viaja a Buenos Aires, llegando a principios de 1826. Estaba casado con la limeña Rosa de Jáuregui.

El General San Martín lo tenía en gran estima. Tanto es así, que llegaron a ser compadres, al ser Don José padrino de uno de los hijos de Brandsen.

Llegado al país, es incorporado al "Ejército de Observación", siendo nombrado Comandante del Regimiento de Caballería Nº 1.

Es así que llegamos a "Ituzaingó", el 20 de febrero de 1827, donde muere al frente de sus hombres en una carga de caballería suicida, durante la Guerra contra el Brasil.

"Yo vine voluntariamente desde Francia para buscar la aventura, pero esta aventura tenía como meta la independencia de esta gran región del mundo"

Charles Louis Frederic de Brandsen.

Imagen de la Tumba del Coronel Brandsen en el Cementerio de la Recoleta, Buenos Aires.

Es Monumento Histórico Nacional, y fue erigida por suscripción pública... el pueblo de Buenos Aires pagó de su bolsillo la tumba del Héroe.

***

BATALLA DE ITUZAINGÓ: LA MUERTE DEL CORONEL BRANDSEN - 

Coronel Juan Amadeo Baldrich: «Historia de la Guerra del Brasil» Eudeba, Buenos Aires, 1974.

"El general Alvear da en estos momentos orden al coronel Brandsen para que con su división (regimientos 1º y 3º de caballería), que con el batallón 5º y los cañones de Chilavert y Arengreen, habían sido las primeras tropas del ejército que tomaron posición en la madrugada y abrieron fuego sobre los imperiales, cargase en línea a las columnas de infantes de Leitao Bandeira. 
El coronel Brandsen hizo observar respetuosamente al general que su carga de frente se encontraría con el zanjón central longitudinal que dividía el campo de batalla, obstáculo que desorganizaría a sus jinetes, con estéril sacrificio de éstos. Mientras esperaba la resolución del general Alvear formó los tres escuadrones del regimiento 1º, del que era jefe titular, en tres escalones de ataque y ordenó al comandante Ángel Pacheco, jefe del regimiento 3º, que lo apoyase en reserva y luego se colocó tranquilo y altivo al frente del 1º, sable en mano.
Leitao Bandeira que observaba estos movimientos, se detuvo a corta distancia de la zanja fatal, de altas barrancas, coronada de espesos arbustos, que ofrecía un estrecho paso o bajada a su frente. Confiado en este obstáculo y en la caballería de su derecha, que lo apoyaría en el momento oportuno, el jefe brasilero replegó sus tiradores, formó con sus tres batallones  un sólido cuadro y esperó.
Alvear, al escuchar el mensaje de Brandsen, viendo acaso en ello una observación a sus órdenes o temeroso de que se perdieran momentos preciosos . . ., se dirigió  a la carrera hacia el coronel, el que se adelantó a recibirlo, cruzándose entre ellos un breve diálogo (versión del comandante Ángel Pacheco) en el que aletea la muerte:
-«¡Coronel Brandsen! Cuando el emperador Napoleón daba una orden sobre el campo de batalla, ninguno de sus jefes la observaba, ¡aun cuando supiera que iba a morir!».
-«¡General! ¡Está bien! ¡Sé que voy a morir, pero cumpliré la orden!».
Y marchó a ocupar su puesto al costado de dirección del segundo escuadrón. Alvear, espada en mano lo sigue.
Brandsen, vestido con su uniforme de gala , cuajado el pecho de su casaca de condecoraciones ganadas a punta de sable, está magnífico y soberbio sobre su caballo de pelea. Es como un viejo paladín que se ha despojado desdeñosamente de la cota, del peto, de los brazales, del yelmo y del escudo. Sus ojos fulguran, pero se diría que su marcial figura está como envuelta por el vaho melancólico de su triste destino. Se alza sobre los estribos, pronuncia breves palabras que los clarines traducen y repiten con larga y aguda vibración de mando. ¡Y parte!
Brandsen, que ve que su general galopa a su costado, dispuesto a cargar también, le ruega (nos dice el comandante Díaz, en sus «Memorias»), que se detenga, pues «lo ve con pesar ocupando un puesto que él creía poder llenar con honor». El general Alvear, noblemente emocionado, sofrena su caballo y se repliega lentamente al centro de su línea para observar la marcha de los sucesos. El día promedia a la sazón.
Los escuadrones del regimiento devoran la distancia en la formidable carrera en plano descendente. Los sables de los jinetes en alto, centellean. Llegan así al zanjón, que el primer escalón salva, aunque desordenado por el obstáculo que detiene el impulso de la carga. ¡Siguen! El cuadro de los tres batallones de la brigada de Leitao Bandeira, espera. La masa de peatones está subyugada por el soberbio espectáculo de la temeraria embestida. Acaso esa infantería brasileña tiembla, pero confía en su número. Las bayonetas erectan sus púas siniestras y chispeantes. Faltan una treintena de metros para que choquen los unos con los otros, cuando los fusiles del cuadro alzan su voz trágica de salva, que siembra la muerte en los contrarios.
Detenidos los caballos por el torrente de fuego, cargados a su vez por la caballería imperial remolinean, retroceden, los caballeros del primer escalón, no sostenidos por los otros dos, que no encontrando paso a su frente en el zanjón, han debido buscarlo a sus costados. Vuelven caras los primeros, arrastrado por Brandsen con el segundo escalón y el tercero. La masa marcha como un alud sobre la columna cerrada, que se conmueve. Retumban otras y otras descargas que abaten en tierra jinetes y caballos. 
Brandsen, mortalmente herido, retrocede con sus heroicos soldados; los reorganiza sobre el borde mismo de la zanja fatal, recibe nuevas heridas que le arrancan la vida, y, al caer gloriosamente del noble bruto, al lado mismo del cadáver del teniente Joaquín Lavalle, su ayudante que acaba de ser fulminado por las primeras descargas, grita a sus jinetes: ¡CARGUEN! . . . y lo hacen por tercera vez, pero ya sin cohesión.
Es la suya la agonía desesperada de los bravos, dan, empero, formidables zarpazos a la caballería contraria que les sale al paso, hasta que ganan el amparo de los cañones de Tomás de iriarte que reabren sobre los imperiales el fuego a metralla, bomba y bala rasa. Leitao Bandeira, viendo fracasado su ataque, diezmado por los cañones y fusiles enemigos y amenazado su flanco derecho por nuevas cargas de la caballería republicana, retrocede lenta y ordenadamente a pesar de su victoria sobre Brandsen, debida más a la zanja que desordenó al regimiento argentino, que no al fuego y a las bayonetas de los infantes contrarios.
En cuanto al regimiento 3º del bravo comandante Ángel Pacheco, había seguido al 1º de Brandsen para sostenerlo, al iniciar éste su terrible y fatal carga, pero recibe orden de detenerse. rechazado aquel cuerpo, el 3º ae prepara para repetir sus asaltos. El campo de batalla arde por varios puntos. El humo de la pólvora y el de los pastizales, dificultan la visión de la escena. En esos momentos las dificultades para la transmisión de órdenes se duplican por lo quebrado del terreno y la humareda. Algunos trozos de caballería republicana incendian los malezales a retaguardia del enemigo.
El general Alvear ordena que la división brasileña de Callado sea cargada a fondo por el 1er. Cuerpo, sostenido especialmente por los lanceros de Olavarría. El propósito del general es no solo batir la izquierda enemiga, sino penetrar la línea imperial por el intervalo de la izquierda de Barreto-Brown y la derecha de Callado, para tomarla de revés y por retaguardia, apoderarse de su parque y bagajes, y cortarle la retirada por San Gabriel.
El caballeresco Brandsen  duerme ya el sueño de la gloria al lado de los juveniles despojos de su bizarro ayudante, Joaquín Lavalle, cuando Lavalleja se prepara para cargar a la división imperial de callado, que tiene a su frente, el que toma disposiciones para resistirlo rectificando el dispositivo de su línea . . . ".