Juana Azurduy (Parte I)

Mario `Pacho´ O' Donnell


Patriota de la revolucion de mayo, mujer de Manuel Padilla, madre de 5 hijos, amante apasionada, jefa de amazonas, Juana Azurduy fue valiente e intrepida en la lucha por la independencia y feroz enemiga para los godos.





Capítulo I

Juana nació en Chuquisaca. Eso no era nacer en cualquier lugar ya que dicha ciudad, que también recibía los nombres de La Plata o Charcas, era una de las más importantes de la América española.

Pertenecía al Virreynato del Río de La Plata desde 1776, igual que el resto del Alto Perú, y en ella residían nada menos que la Universidad de San Francisco Xavier, la Audiencia y el Arzobispado.

En los claustros de primera se formaron la mayo­ría de quienes protagonizaron la historia de las inde­pendencias argentina y altoperuana. Entre nuestros próceres cabe nombrar nada menos que a Castelli, Moreno, Monteagudo y otros.

Era una ciudad socialmente estratificada, desde la aristocracia blanca que podía alardear de antepasados nobles venidos desde la Península Ibérica hasta los cholos miserables que mendigaban por las empinadas calles empedradas o mal subsistían del "pongueaje" en las avaricientas casas señoriales.

Entre ambos había sacerdotes, togados y concesionarios de mitas y yaconazgos enriquecidos fabulosamente con las cercanas minas de Potosí, a pesar de que sus vetas de plata habían ido agotándose con la explotación irracional que devoró miles y miles de vidas indígenas.

En la universidad circulaban las ideas de los neoescolásticos españoles -Vitoria, Suárez, Covarrubias, Mariana-, que prepararon el camino para la conmoción ideológica producida por la Enciclopedia Francesa,y las ideas de Rousseau.

Fue allí donde nacieron las demandas de igualdad, libertad y fraternidad que comenzaron a conmover los cimientos de la dominación española en sus colonias virreinales del sur de América.

En las cercanías de Chuquisaca nació Juana Azurduy, y tal destino geográfico influyó decisivamente en su vida.

Fue hija de don Matías Azurduy y doña Eulalia Bermudes.

Era niña agraciada que prenunciaba la mujer de la qué mentaríase su belleza.

Una contemporánea, doña Lindaura Anzuátegui de Campero la describía así:"De aventajada estatura, las perfectas y acentuadas líneas de su rostro recordaban el hermoso tipo de las transtiberianas romanas".

Valentías Abecia historiador boliviano, señala que "tenía la hermosura amazónica, de un simpático perfil griego, en cuyas facciones brillaba la luz de una mira­da dulce y dominadora".

Esa indiscutible belleza será en parte responsable del carismático atractivo que doña Juana ejerció sobre sus contemporáneos.

Su madre, de allí su sangre mestiza, era una chola de Chuquisaca que quizás por algún desliz amoroso de don Matías Azurduy, se elevó socialmente gozando de una desahogada situación económica, ya que el padre de doña Juana era hombre de bienes y propiedades.

Juana heredaría de su madre las cualidades de la mujer chuquisaqueña: el hondo cariño a la tierra, la apasionada defensa de su casa y de los suyos, la viva imaginación rayana en lo artístico, la honradez y el espíritu de sacrificio.

La conjunción de sangres en ella fue enriquecedora, pues llevaba la sabiduría de los incas y la pasión dé los aventureros españoles.

Pues también mucho tuvo de la España gloriosa y esforzada por línea paterna, porque fue mujer de ambición y de sentido de grandeza, capaz de casi todo en la persecución de sus ideales.

Nació el 12 de julio de 1780, dos años después de un hermano muerto prematuramente, Blas.

Quizás algo de los varoniles atributos que sin duda caracterizaron a doña Juana se debiera al duelo imposible por una pérdida irreparable que hizo que los padres le transfiriesen las características reales o idealizadas de quien ya no estaba.

También es de imaginar que en una sociedad conservadora como la chuquisaqueña, don Matías y doña Eulalia hubiesen anhelado la llega­da de otro varón para que perpetuase un apellido considerablemente noble y también para que en su adultez pudiese sustituir al padre en la administración de las propiedades familiares.

En aquella época, lo que resalta aún más la extraordinaria trayectoria de doña Juana, las mujeres esta­ban irremisiblemente condenadas al claustro monacal o al yugo hogareño.

De niña, Juana gozó en la vida de campo de libertades inusitadas para la época.

Se crió con la robustez y la sabiduría de quien compartía las tareas rurales con los indios al servicio de su padre, a quienes observaba y escuchaba con curiosidad y respeto, hablándoles en el quechua aprendido de su madre y participando con unción de sus ceremonias religiosas.

En su vejez contaba que fue su padre quien le enseñó a cabalgar, incentivándola a hacerlo a galope lanzado, sin temor, y enseñándole a montar y a desmontar con la mayor agilidad.

La llevaba además consigo en sus muchos viajes, aun en los más arduos y peligrosos, haciendo orgulloso alarde ante los demás de la fortaleza y de las capacidades de su hija.



Sin duda se consolaba por el varón que el destino y el útero de su mujer le negaran. Así iba cimentándose el cuerpo y el carácter de quien más tarde fuese una indómita caudilla.

Vecinos de los Azurduy, en Toroca, eran los Padilla, también hacendados. Don Melchor Padilla era estrecho amigo del padre de Juana, y ellos y sus hijos se ayudaban en las tareas campestres y compartían las fiestas. Pedro y Manuel Ascencio, bien parecidos, francos y atléticos, forjados en la dura y saludable vida del campo, eran los jóvenes Padilla, y muy pronto entre Juana y Manuel Ascencio se despertó una fuerte corriente de simpatía.

La intensa relación cíe Juana con su padre se acentuó aún más con el nacimiento cíe una hermana, Rosalía, quien capturó la mayor parte de los desvelos maternos, en tanto don Matías terminaba de convencerse de que jamás sería bendecido con un hijo macho.

Siguiendo con las costumbres de la época, terminada su infancia, Juana se trasladó a la ciudad para aprender la cartilla y el catecismo, lo que hacía sin duda a contrapelo de su espíritu casi salvaje, enamorado de la naturaleza, de los indígenas y del aire libre, pero que también le confirió la posibilidad de desarrollar su inteligencia notable y le aportó las nociones para organizar el pensamiento lúcido que siempre la caracterizó.

Marcada por un sino trágico que la perseguiría toda su vida y que la condenaría a la despiadada pérdida de sus seres más queridos, su madre muere súbitamente cuando Juana cuenta siete anos sin que jamás pudiese enterarse de la causa misteriosa, por lo que su padre la llama nuevamente junto a él, al campo.

Pero esto tampoco duraría mucho porque don Matías, enzarzado en un entrevero amoroso, muere también, violentamente, sospechándose que a mano de algún aristócrata peninsular que por su posición social pudo evadir todo escarmiento.

No es improbable que esta circunstancia de brutalidad y de injusticia, que la separó definitivamente de quien ella más amaba -y a quien ella más debía-, haya teñido el inconsciente de Juana de un vigoroso anhelo de venganza contra la despótica arbitrariedad de los poderosos.

Capítulo II

Lo cierto es que si de adulta doña Juana luchó bravíamente en los campos de batalla, también en su infancia tuvo que hacerlo contra contingencias dolorosas y malhadadas, forjando así su espíritu indómito.

Al desamparo por la prematura muerte de sus padres le siguió la difícil relación con sus tíos Petrona Azurduy y Francisco Díaz Valle, quienes se hicieron cargo de las dos huérfanas más por ambición de administrar las propiedades que habían heredado que por un sincero deseo de protegerlas afectivamente.

Juana, que en la relación con su padre había sido estimulada en su rebeldía y en su libertad, se veía ahora encerrada en un vínculo que pretendía someterla, obligándola a acatar las disposiciones de sus tíos despóticos, anticuados, poco afectivos.

Los encontronazos, sobre todo con doña Petrona, eran muchos y sin duda Juana no se resignaba a que su condición de mujer la determinara a un papel de debilidad ante las retrógradas convenciones chuquisaqueñas.

No es difícil asociar que fue su temprana resistencia al esperado sometimiento femenino ante el hombre lo que le impusiera el ser tan valiente y tan audaz como aquéllos, arriesgando su vida a la par de sus soldados e inclusive debiendo superarlos muchas veces en arrojo y decisión para que jamás pudiera suponerse que por ser mujer se permitiría algún doblez.

Los tutores finalmente buscaron una solución para disolver la tensa relación con la díscola sobrina y también para administrar con impunidad las propiedades que les habían caído como regalo del cielo sin mayor obstáculo que su propios escrúpulos. Rosalía, por su parte, era demasiado pequeña y doña Petrona la dominaba a su arbitrio.

La decisión fue que Juana entrara en un convento para hacerse monja.

La niña aceptó sin excesiva contrariedad ya que veía en ello la posibilidad de desembarazarse del agobio de sus tutores, aunque quizás también fantasease con que el rol que algunas religiosas ocupaban en la sociedad chuquisaqueña, de poder y de prestigio, le daría la posibilidad de ejercer la fortaleza de su carácter sin que nada o nadie se opusiese, y también seguramente imaginó que como monja podría bregar por los derechos de los marginados, con los que en el fondo de su alma se identificaba y a quienes su padre le había enseñado a respetar.

 Juana estaba dispuesta a pagar cualquier precio con tal de eludir el papel que la retrógrada sociedad altoperuana reservaba a las mujeres.

Pronto fue evidente, sin embargo, que la vida conventual no era para ella. En esos recintos lóbregos, tan lejanos de la vida al aire libre que ella amaba, volvió a encontrar la rigidez disciplinaria contra lo que sólo sabía rebelarse.

La religión predicaba entonces la sumisión de la mujer al orden social, la subordinación al hombre, anatematizaba el orgullo y la rebeldía, privilegiaba la oración pasiva por encima de la acción justiciera.

Ser aspirante a monja implicaba también la renun­cia absoluta al sexo, instinto que ocuparía un lugar significativo en la vida de doña Juana, como que su apasionada relación con don Manuel Padilla no lo fue sólo en la lucha libertaria sino también en el frenesí de la alcoba. Y quizás, aunque la idealizada imagen que siempre se empeñaron en sostener sus biógrafos la niega, con otros hombres.

La vida contemplativa del convento en esa adolescente que amaba el cabalgar desafiando a los vientos, el trepar a los árboles sin temor a los porrazos, el zambullirse en aguas torrentosas, terminó en una tremenda trifulca con la madre superiora que decidió la expulsión de Juana del Monasterio de Santa Teresa.

La joven de 17 años abandonó así el bello edificio, construido por el arzobispo Fray Gaspar de Villaroel en 1665, que se levanta entre las vertientes del Churuquella en Sica-Sica, y volvió a sus fincas en Toroca.

Al parecer de fuente proveniente de algunas de las reclusas contemporáneas de Juana, se cuenta que lo único que parecía entusiasmarla eran las narraciones sobre San Luis el Cruzado, Santa Juana de Arco o San Ignacio de Loyola, todos ellos santos guerreros.

Preguntada sobre el por qué Juana habría respondido: "porque me gustan los combates, oh, daría mi vida por hallarme en una de esas batallas donde tanto sobresalen los valientes”. Y lo cierto es que pudo cumplir con ese anhelo, aunque sin el justiciero reconocimiento de aquéllos.

Capitulo III

Manuel Ascencio Padilla y Juana Azurduy se reen­contraron cuando ella regresó a Chuquisaca luego de abandonar el convento. Otra vez fue evidente que sería muy difícil la convivencia con sus tíos y tutores, y doña Petrona y don Francisco convinieron que la joven viviría en las fincas de su padre, don Matías, colaborando en su manejo, ya que a su tío le estaba resultando difícil administrarlas: la vejez se había abalanzado cruelmente sobre él con achaques e invalideces.

Otra vez en Toroca, Juana parece retomar la huella que su padre había trazado para su hija predilecta. Reencuentra allí la libertad, la acción, la naturaleza. Recorre al galope las vastas extensiones y comparte la mesa con cholos e indios, recobrando el quechua y aprendiendo el aymara, compenetrándose de infortunios que poco debían al destino y mucho a la insensibilidad de los poderosos, asistiendo impotente a inútiles ceremonias que no conjuraban muertes provocadas por el hambre y la intemperie, constatando con rabia que a los veinte años los mineros eran ya ancianos con sus pulmones estragados por el socavón.

Así, va consolidándose en su interior lo que sería su compromiso en la lucha contra la pobreza y la arbitrariedad ejercida en quienes más sufren la dominación extranjera: criollos, cholos e indios. También de la mujer, marginada por una sociedad pacata que calca con excesos los remilgos de la ibérica.

Para combatir la soledad de esa casa húmeda y espaciosa en la inmensidad de la campaña, Juana con frecuencia visita a su vecina, la esposa de don Melchor Padilla, madre de Pedro y de Manuel Ascencio, quienes suelen ausentarse por largos períodos arrean­do el ganado y transportando las mieses que van a vender en las ferias.

Doña Eufemia Gallardo de Padilla recibe a su joven vecina con alegría y satisfacción, y seguramente el encuentro entre Juana y Manuel es planeado por ella, quien ve en la muchacha un buen partido para el segundo de sus hijos.

Juana, vigorosa y llena de ardores, era escéptica en cuanto a su posibilidad de encontrar un hombre a su medida, ya que éste debería ser no sólo bien parecido y físicamente fuerte sino que también debía poseer una personalidad suficientemente sólida como para no ser avasallado por ella.

El impacto al encontrar a un Manuel Ascencio hecho hombre debió de haber sido enorme y poderosamente conmovedor, pues el joven reunía aquellas virtudes en grado superlativo: era alto, notablemente musculoso, de hombros anchos y cintura estrecha, de fracciones armónicas y varoniles; su voz era ronca, e imponía respeto, y cuando hablaba lo hacía con convicción,

Pero lo que impactó a Juana era lo que Manuel decía: también a él le conmovía él infortunio de aquellos hombres y mujeres de piel cobriza a quienes los demás de su misma clase acomodada trataban como si no fueran humanos.

Ella escuchaba con amoroso interés el relato de una escena que había calado muy hondo en el joven, cuando de niño había asistido a la bárbara ejecución del aymara Dámaso Catari, quien había sublevado a miles de indios de la región, hartos de tanto vejamen, manteniendo en jaque durante varios meses a los regidores hispánicos y a sus ejércitos.

El jefe rebelde, apresado por la traición de uno de sus lugartenientes, desfiló ante los ojos del pequeño Manuel Ascencio atado sobre una mula, su cuerpo bamboleante enrojecido por los azotes y, lo que más se había grabado en su memoria, dejando un reguero de sangre entre las huellas de los cascos de su montu­ra enjaezada ridículamente.

El joven Padilla relataba a la atenta Juana que tam­bién mucho le había impresionado que las personas honorables y respetables de Chuquisaca insultaran y arrojasen piedras contra aquel pobre infeliz, indefenso, patibulario, que a pesar de todo se esforzaba, y casi lograba, por mantener una cierta dignidad qué no alcanzaba a disimular su terror.

-Parecían fieras...

Durante un largo tiempo su padre prohibió al niño jugar en la plaza, como solía hacerlo hasta entonces. Manuel Ascencio no alcanzaba a comprender tal imposición hasta que una compungida sirvienta india, a escondidas, lo llevó para que, ocultos detrás de uno de los arquibotantes de la catedral, observaran algo que, en principio, el niño no alcanzó a descifrar.

-Parecía un largo trapo oscuro colgado de un palo -contaba con sus ojos húmedos mientras Juana, sin darse cuenta, llevada por el relato, le tomaba una mano, solidaria.

-Es don Dámaso- había susurrado la india, temblando de pies cabeza, que era su forma de llorar.

Juana siempre amó y admiró a Manuel, en quien seguramente encontró a alguien similar a su idealizado padre, y reprodujo una relación en la que se sentía alentada a emplear con libertad y audacia sus capacidades físicas e intelectuales.

Es ese respetuoso y encendido amor que siempre sentirá por su esposo lo que hace que cuando Manuel Ascencio decide lanzarse a la lucha contra el opresor Juana no duda en unírsele, pero de la forma en que ella concibe la unión entre hombre y mujer: luchando a la par.

Capitulo IV

Manuel Ascencio siempre simpatizó con los "abajeños", como se apodaba a quienes provenían del Río de la Plata. Había conocido a varios de ellos en Chu­quisaca: Moreno, Monteagudo, Castelli y otros que eran estudiantes en la universidad San Francisco Xavier. Compartía con ellos agitadas reuniones en fondas ruidosas donde se hablaba y se discutía sobre temas en los que no intervenía.

Aunque él no fuese universitario, se lo respetaba por su hondo conocimiento de las gentes de la región. Se trataba de pensar soluciones para entender y resolver las injusticias de esa América sojuzgada por una potencia europea.

-La miseria es hija de la dominación- afirmaba Moreno.

Eran los entonces amigos del joven Padilla, que tanto influirían en su pensamiento, personalidades vigorosas que escribirían páginas importantes en la historia de nuestras tierras. Todos ellos eran muy apasionados, fervorosamente antiespañoles, convencidos de que la única revolución posible era a través de la violencia, y no aceptaban las medias tintas.

Uno de ellos era Mariano Moreno, primer secretario de la junta Revolucionaria dé Mayo en Buenos Aires, quien se caracterizó por imprimir a la sublevación un tinte muy radicalizado que contrastó con las posiciones más moderadas que estaban encabezadas, entre otros, por el presidente de la Junta, el potosino cornelio Saavedra.

La órden que años después impartiría Moreno a Ortiz de Ocampo y a Vieytes, en junio de 1810, que avanzaban hacia el Alto Perú, era clara:

"Que sean arcabuceados Santiago Liniers, el Obispo Orellana, el intendente de Córdoba Gutiérrez de la Concha, el coronel de milicias Allende, el oficial real Moreno y Dn. Victoriano Rodríguez en el mismo momento en que todos y cada uno de ellos sean pillados. Sean cuales fueren las circunstancias se ejecutará esta resolución sin dar lugar a demoras que pudiesen promover ruegos y relaciones capaces de comprometer el cumplimiento de esta orden”.

Fue el deán Funes quien. había denunciado, luego de participar en las primeras reuniones, a Liniers y los otros como conspiradores en contra de la junta de Buenos Aires.

El prestigio de Liniers, héroe de la resistencia. contra el invasor inglés, era grande. Ocampo y Vieytes vacilaron en cumplimentar las instrucciones "en- razón de que era "prudente conciliar la indispensable ejecución con las ideas exteriores de suavidad paternal' que es necesario mantener",como argumentaban en su comunicación a la junta del 1° de agosto de 1810

Furioso, Moreno escribe algunos días más tarde a Chiclana, designado gobernador de Salta: "Pillaron nuestros hombres a los malvados pero respetaron sus galones y cegándose en las rigurosísimas órdenes de la junta pretenden remitirlos presos a esta ciudad Veo vacilante nuestra fortuna por hechos de esta índole".

Ocampo y Vieytes son cesados fulminantemente y sustituidos por Balcarce y Castelli, quienes cumplen, el 26 de julio, con la orden de fusilar a los conspiradores.

La comunicación del suceso publicada en La Gaceta del 11 de octubre no fue menos terminante: "Un eterno oprobio cubrirá las cenizas de Dn. Santiago Liniers y la posteridad más remota verterá execraciones contra este hombre ingrato que tomó a su cargo la ruina y el exterminio de un pueblo". También lo trata de "áspid” y "pérfido" e incita a que "todos los hombres deben tener interés en el exterminio de los mal­vados que atacan el orden social”.

No es Moreno el único responsable de esta estrategia del terror, ya que las instrucciones llevan la firma de todos los integrantes de la Junta y los manuscritos que se conservan dejan reconocer las letras de Azcuénaga y de Belgrano.

Castelli recibió también instrucciones reservadas el 12 de septiembre y el 18 de noviembre, que en alguna medida lo disculpan de las tropelías que sus tropas cometieron en el Alto Perú: "En la primera victoria dejará V.E. que los soldados hagan estragos en los vencidos para infundir terror en los enemigos".

También se le instruye que Nieto, Córdoba, Sanz, Goyeneche, máximas autoridades en Potosí, "deben ser arcabuceados en cualquier lugar que cada uno sea habido”.

El jacobinismo de Moreno llegaba al extremo de también ordenar represalias contra el canónigo Matías Terrazas, catedrático y rector universitario que le había abierto generosamente el acceso a su biblioteca cuando estudiaba en Chuquisaca, donde Moreno había entrado en contacto con los únicos ejemplares existentes de ­la Enciclopedia y de los pensadores franceses que tanto lo influyeron.

Castelli cumplió al pie de la letra lo encomendado mereciendo el encomio de sus superiores:

“La junta aprueba el sistema de sangre y rigor que V.S. propone contra los enemigos y tendrá V.S. particular cuidado en no dar un paso adelante sin dejar- a los de atrás era perfecta seguridad”.

La conducta ole Moreno y de Castelli ha sido critica­da por muchos, pero también defendida por no pocos, entre estos últimos, Nicolás Rodríguez Peña, quien explicaba en una carta a Vicente Fidel López:

"Castelli no era feroz ni cruel, Castelli obraba así porque estábamos comprometidos a obrar así todos, Lo habíamos jurado y hombres de nuestro temple no podían echarse atrás ¿Que fuimos crueles? ¡Vaya con el cargo! Salvamos a la patria corno creímos que debíamos salvarla. ¿Había otros medios? Quizás los hubiera. Nosotros no los vimos ni creímos que los hubiese".

La facción política de Moreno es finalmente derrotada y, como es sabido, muere luego misteriosamente en alta mar rumbo a su exilio europeo.

El era uno de quienes convencieron a Manuel Ascencio Padilla -y por carácter transitivo a Juana Azurduy-, predispuesto por su espíritu aguerrido y corajudo, de que no había otra posibilidad de derrotar y expulsar al godo que con el buen uso de la fuerza.

También estaba allí en las aulas chuquisaqueñas Bernardo Monteagudo, a quien el fusilamiento en Potosí de Paula Sanz, Nieto y Córdoba le provoca un arrebatado párrafo publicado en su Mártir o libre:

“Me he acercado con placer a los patíbulos de los arcabuceados para observar los efectos de la ira de la patria y bendecirla por su triunfo (...).El último instante de sus agonías fue el primero en que volvieron a la vida todos los pueblos oprimidos".

El papel de Bernardo Monteagudo en dicho trágico acontecimiento no se limitó a ser un espectador pasi­vo y es de suponer en cambio que influyó decisivamente ­sobre Castelli para que firmara tan drástica decisión.

Porque ambos, cortados a la misma medida que su condiscípulo Moreno, descreían de las "buenas maneras" revolucionarias.

Tiempo más tarde Monteagudo tuvo también activa participación en el fusilamiento de Alzaga, el héroe de las invasiones inglesas, con lo que cumplió con el deseo de Alvear, quien lo premió con su confianza y altas responsabilidades en su gobierno.

Fue también el juez que condenó a muerte a los hermanos Carrera, hoy héroes nacionales en Chile y entonces presos en Mendoza, acción que le mereció el generoso agradecimiento de su tocayo O'Higgins,

La sinuosa, desprejuiciada y fulgurante carrera política de ­Monteagudo que también lo llevó a ser el favorito de San Martín y luego del renunciamiento de Guayaquil también de Bolívar, a favor de un genial talento para seducir a los más poderosos, se había ini­ciado precozmente en Chuquisaca, donde tuvo activa participación en la sublevación de 1809.

A su siempre bien dotada pluma, que lo llevó a ser periodista de éxito y escriba de los próceres antes citados se debió la amplia difusión a sus tempranos 19 años de un libelo de vigorosa influencia en la juventud libertaria de entonces. Es de suponer que también haya pasado por las manos de los esposos Padilla.

El “Diálogo entre Atahualpa y Fernando VII en los Campos Elíseos"era un dialéctico intercambio de ideas entre ­las almas de Fernando VII, rey de España, y la dé Atahualpa, el infortunado inca sacrificado por Pizarro 300 años atrás.

La trama era ingeniosa y eficaz: el rey se lamenta ante el inca por el despojo de que ha sido objeto por parte de Napoleón.

Atahualpa, sinceramente conmovido, no pierde la oportunidad de enrostrarle que com­prende el sufrimiento real por cuanto él también ha sido despojado de su corona, de sus dominios y hasta de su vida por los conquistadores provenientes de la tierra dé la que Fernando VII era justamente monarca.

Las argumentaciones del inca resultan tan convincentes que el rey termina por afirmar: "Si aún viviera, yo mis­mo movería a los americanos a la libertad y a la independencia más bien que vivir sujetos a una nación extranjera".

En otro pasaje, y recuérdese que Monteagudo escri­ba en 1809, Atahualpa afirma que si le fuese posible regresar a la tierra incitaría a la revolución con la s siguiente proclama:

"Habitantes del Alto Perú: Si desnaturalizados e insensibles habéis mirado hasta el día con sem­blante tranquilo y sereno la desolación e infortunio de vuestra desgraciada patria, retornad ya del penoso letargo en gue habéis estado sumergidos; desaparezca la penosa y funesta noche de la usurpación y amanezca el luminoso y claro día de la libertad. Quebrantad las terribles cadenas de la esclavitud y empezad a disfrutar de los deliciosos encantos de la independencia: vuestra causa es justa, equitativos vuestros designios".

Su actividad-revolucionaria deparó a Monteagudo cárcel en Chuquisaca, de la que escapó para unirse al primer ejército que Buenos Aires envió al Alto Perú, ganándose prontamente la confianza de su amigo Castelli.

En la cuenta de este joven, extraordinariamente bien parecido, impetuoso y de ideas radicalizadas, se anotan algunos de los hechos más sacrílegos e impru­dentes que fueron despertando en los "arribeños" una opinión contraria a los"abajeños".

Su vida, que aún levanta polémica entre detractores y admiradores, termina trágicamente en una calle de Lima, que gobernó escandalosamente durante el protectorado de San Martín, con el pecho destrozado por el cuchillo de un asesino a sueldo, Candelario Espinoza, a quien Bolívar manda llevar a su presencia y le promete ahorrarle la muerte si confiesa quién le había pagado para asesinar a su entonces favorito.

La confesión hecha a solas debió ser tan impactan­te que don Simón guardó el secreto hasta su tumba. Una de las tareas que Bernardo Montegudo llevó a cabo con éxito a favor de su fecunda capacidad de convicción fue la defensa de Castelli y Balcarce, acu­sados de traición e ineptitud luego de la derrota sufrida en Huaqui, juicio que de todas maneras reverdece­ría años más tarde y que llevaría al gran orador del 24 de mayo de 1810, Castelli, a morir en la cárcel.

El estilo inflamado del que Monteagudo era expo­nente arquetípico y que campeaba entre los estudiantes y doctores revolucionarios de los claustros chuquisaqueños está íntimamente relacionado con el que más adelante utilizarían los esposos Padilla y otros jefes de partidarios en sus proclamas.

Por ejemplo el cura Muñecas, uno de los grandes caudillos altoperuanos, en Larecaja, al unirse a la causa rebelde, en 1811:

"Ya tenéis reunidos a tara sagrada causa todos los pueblos de la Provincia, pero esta capital no contenta con esto, quiere que todos los demás pueblos americanos disfruten de igual beneficio; para este efecto he dispuesto una Expedición Auxiliadora de hombres decididos a preferir la muerte a una vida ignominiosa.

"Compatriotas, reuniros todos, no escuchéis a nuestros antiguos tiranos, ni tampoco a los desnaturalizados, que acostumbrados a morder el fierro de la esclavitud, os quieren persuadir que sigáis su ejemplo; echaos sobre ellos, despedazadlos, y haced que no quede aun memoria de tales monstruos.

"Así os habla un cura eclesiástico que tiene el honor de contribuir en cuanto puede en beneficio de sus hermanos americanos". 

Capitulo V

Al principio la vida en común de los Padilla quizás no difirió demasiado de la de otros matrimonios crio­llos de buena posición económica y social. En 1806 nace su primer hijo, varón, a quien ponen el mismo nombre del padre: Manuel.

Rápidamente nacerán Mariano y a continuación las dos niñas: Juliana y Mercedes.

Juana Azurduy siempre demostró un hondo sentimiento maternal y se preocupaba de que sus hijos cre­cieran sanos y fuertes, convencida de que una de sus misiones principales sería la de evitar que a ellos les sucediese lo que ella tuvo que sufrir cuando sus padres desaparecieron demasiado prematuramente.

Manuel, por su parte, cumple con el destino masculino de asegurar la manutención familiar y, de ser posible, progresar. Su ambición lo lleva a proponerse para un cargo en el gobierno de la ciudad de Chuquisaca, pero por ser criollo es postergado.

Solamente quienes ostentan un linaje español pueden llegar a las más altas posiciones.

Los impuestos que pagan unos y otros son además fuentes de irritación por las diferencias. Y ni hablar de las tropelías y exacciones que deben sufrir quienes ocupan los más bajos estratos de la sociedad, los cholos y los indios.

Manuel Ascencio y Juana conversan, cuando sus niños ya están dormidos, en la serenidad de su alcoba, y la indignación les crece al unísono, convencidos de que sus herederos deberían crecer en un mundo más justo y que ellos deberían hacer algo para que así fuese.

-En América del Norte, sus habitantes lograron independizarse de una potencia más poderosa que España, y se han dado un país propio.

El le cuenta a ella aquello que sus amigos universitarios le cuentan a él, que en el mundo se agitan vientos de cambio, que el rey de Francia ha sido guilloti­nado por quienes desean imponer principios de igualdad, libertad, y fraternidad, que a Chuquisaca han llegado libros como la Enciclopedia y las obras de Rousseau que despiertan el entusiasmo de los universitarios.

Es de imaginar que, décadas más tarde, dolorosa­mente, en su vejez de miseria y soledad, doña Juana Azurduy muchas veces se habrá preguntado si habrá valido la pena tanto esfuerzo, tanto sacrificio, tanto dolor.

Si no hubiera sido mejor seguir el camino de las otras damas chuquisaqueñas, aceptando con resignación lo que el destino les deparaba, no cuestionando la forma en que la sociedad se organizaba y gozando de aquellas prerrogativas que ésta les adjudicaba a la sombra de los godos.

Es de temer que no pocas de esas veces doña Juana se haya respondido que no, que no varia la pena, sobre todo porque ni siquiera había obtenido el reconocimiento de sus contemporáneos.

Acaso hubiera sido mejor que Manuel, Mariano, Juliana y Mercedes hubieran tenido la infancia que se merecían, aquella con la que doña Juana había soñado para ellos desarrollando sus cuerpos sanos y cultivando su mente y su espíritu, preparándose para ser personas de bien y de éxito en su adultez.

Cuántas veces se habrá cuestionado el haberlos expuesto a tantos sacrificios, a tantas privaciones en el afán de lograr para ellos un mundo mejor.

Seguramente hasta se habrá calificado de egoísta al dudar de si todo lo hecho había sido realmente por altruismo o por lograr conquistas personales íntimamente ligadas a su sicología más profunda, instigada a demostrar que las mujeres también podían ser fuertes, tanto como los hombres, conformando a ese padre que sobrevivía en su interior y al que siempre debía consolar por no haber tenido un hijo varón.

O quizá lo había hecho para demostrarles al asesino de su padre, a su tía Petrona y a la madre superiora que ella jamás aceptaría, que se intentase sojuzgarla.

Pero quizás nada hubiera sucedido, nada hubiera pasado de largas tertulias sobre la necesidad cíe independizarse del opresor español, de encendidas discusiones sobre las metodologías a emplear, apasionadas protestas por las arbitrariedades que los criollos como ellos debían soportar, si no hubiese sido por la asonada del 25 de mayo de 1809 en Chuquisaca.

El gobierno virreinal de Chuquisaca es depuesto por una pueblada y en su lugar se nombra a don Juan Antonio Alvarez de Arenales, quien era comandante general y gobernador de Armas de la provincia y que luego desempeñará un papel protagónico en nuestra historia, no sólo como formidable caudillo de la guerra de recursos en las campañas altoperuanas sino también como mano derecha de San Martín en el cruce de los Andes y la toma posterior de Lima.

Francisco de Paula Sanz, gobernador de Potosí, recluta a vecinos leales al orden depuesto en Chuquisaca para oponerse a la revuelta.

-Hay que acabar con los godos -se exaltaría Manuel Ascencio-. Ahora.

Los esposos Padilla consideran que ha llegado el momento de comprometerse con el cambio, y seguramente luego de serenas conversaciones, preocupados menos por lo que su decisión les deparará a ellos que a sus amadísimos hijos, pero decididos a ser leales con sus concepciones de lo que el mundo en que vivían debía ser, se comprometen con la revuelta y la apoyan.

La primera acción de Manuel Ascencio consiste en impedir que de Chayanta lleguen víveres y forraje a los soldados del gobernador de Potosí.

-¡Estos víveres no deben alimentar a quien nos oprime sino a quienes lo necesitan!

El cacique aymara de esa región es Martín Herrera Chairari, con fama de cruel y de inhumano, quien sometía a los suyos con látigo y arcabuz para conse­guir un lugar de privilegio entre blancos y poderosos.

Aprovechando las nuevas circunstancias los indios lo apresan y lo degüellan para luego arrastrar su cadáver cuesta arriba hasta la cima de la montaña de Ayacatata, desde donde lo despeñan entre manifestaciones de júbilo y de entusiasmo.

La acción de los Padilla, cuya intención quizás no pasase de un apoyo a la revuelta, se ha transformado en una sublevación sangrienta que las autoridades realistas no olvidarán.

Los revolucionarios alentaron grandes esperanzas cuando a la de Chuquisaca se sumó la rebelión en La Paz, encabezada por García Lanza, Michel, Mercado, Murillo y otros. A muchos de los cuales Manuel Ascencio conocía por concurrir asiduamente a las ferias de ganado y cereales que en esa ciudad se celebraban.

Pero el arequipeño José Manuel de Goyeneche, general de los Ejércitos de España en América, quien luego tuviera tan destacada actuación combatiendo contra las tropas abajeñas, ahogó rápidamente en sangre dicha sedición pasando por las armas a sus principales cabecillas.

También Chuquisaca, acosada por la reacción reaalista, debió bajar su testuz, y desde Buenos Aires llegó don Vicente Nieto para hacerse cargo de la Real Audiencia y don José Córdoba para ocupar la jefatura militar.

Afortunadamente su actitud no fue tan cruel como la de sus homólogos de La Paz, quizá cohibidos por la calidad intelectual de los estudiantes y doctores rebelados, cuyas vidas se perdonó a cambio de enviarlos apresados a cárceles de Lima y Cuzco, donde no pocos fueron vendidos como esclavos.

A pesar de que los Padilla pertenecían a las familias de cierto abolengo y además contaban con una buena posición económica, siendo además Manuel Ascencio dependiente de la Real Audiencia, se contó entre aquellos sobre quienes recayó la venganza realista y fue buscado para que siguiera el camino de la prisión y el destierro.

Pero Manuel Ascencio huye y, a favor de la exce­lente relación cultivada a lo largo de años con los indígenas que trabajaban en sus fincas, se oculta en las viviendas y en los escondrijos de éstos, permaneciendo fuera de Chuquisaca hasta que los ánimos se calmaron y todo pareció volver a la normalidad.

Capítulo VI

Ya en las conversaciones que precedieron a la deci­sión de incorporarse a la rebelión de Chuquisaca, los Padilla se comprometieron a que sus amados cuatro hijos no sufrieran las consecuencias de una toma de partido 'tan riesgosa.

Quizás entonces, ingenuamente, no podían imaginar que la persecución de los godos iba a sor tan encarnizada, y que Manuel, Mariano, Juliana y Mercedes iban a sufrir estoicamente la vida de guerrilleros, siempre huyendo, refugiándose en las sombras, acosados por el frío y por el hambre, expuestos a las enfermedades de las alturas y de los pantanos.

Dícese que nunca se escuchó una queja ni un reproche de esos labios infantiles.

El almacenado rencor de los realistas contra los esposos Padilla estalla cuando el 14 de septiembre de 1810 Cochabamba se levanta contra el opresor hispá­nico y proclama su adhesión a la junta Revolucionaria de Buenos Aires, y Manuel Ascencio corre a ponerse a las órdenes de Esteban Arce, el caudillo rebelde.

Este le da el grado de comandante de sus fuerzas, adjudicándole las regiones de Poopo, Moromoro, Pitantora, Huaycoma, Quilaquila y su zonas de influencia. Padilla, a quien todavía no se ha unido doña Juana, encargada de la custodia de sus hijos, cumple' con su misión apasionadamente, teniendo éxito en sublevar todos los pueblos y cantones de la comarca. Con 2.000 indios llega a ocupar Lagunillas para evitar que Chuquisaca reciba aprovisionamiento para los realistas.

Cuando la rebelión patriota finalmente es sofocada, la persecución contra Manuel Ascencio y el acoso sobre Juana y sus hijos aumenta.

Ello no los arredra. En cambio dan todo su sostén al primer ejército argentino que se interna en el alti­plano al mando de Juan José Castelli y Antonio González Balcarce, quienes se proponen avanzar hasta Lima para así terminar con el foco de resistencia al servicio del rey.

Doña Juana les da alojamiento en Saphiri y Churu­bamba, mientras Manuel Ascencio une sus fuerzas al ejército auxiliar porteño.

Fue entonces, quizás viendo desaparecer las siluetas en el horizonte, apagándose los ruidos de sables y jaeces, cuando Juana Azurduy decidió que el papel que ella quería jugar en la rebelión contra los odiados españoles no podía ni debía limitarse al apoyo de una mujer que, apegada a lo tradicional, ofrecía cama y comida.

Ella iba a ser una luchadora más y pondría, se habrá juramentado en su interior, también todos sus desvelos en que sus cuatro hijitos sufrieran lo menos posible en la epopeya que se avecinaba.

Pero no iban a ser esas criaturas quienes la condenaran a aquello contra lo que siempre se había rebelado.

Uno de los poderosos motivos de la decisión de doña Juana era sin duda el inmenso amor que sentía por su esposo; seguramente le resultaba más dolorosa la separación que las contingencias de una vida guerrera.

No era doña Juana persona de esperar, de someterse a las circunstancias.

La revolución ha estallado en Chuquisaca, La Paz, Cochabamba, propagada desde Buenos Aires, y se extiende como pólvora encendida. Juana abriga esperanzas de que la situación podrá ser distinta. en el futuro para sus amadísimos hijos, y de que a pesar de ser criollos podrán ocupar en adelante los cargos que hasta ahora han estado reservados únicamente para los peninsulares.

La madre se los imagina dirigentes en Chuquisaca y quizás otras plazas altopenuanas, por lo que incorporarse en la lucha, aunque los niños deban pasar horas difíciles será -quiere convencerse doña Juana- también un acto de conveniencia. para Manuel, Mariano; Juliana y Mercedes.

En la soledad de la finca de Río Chico, todavía amamantando a la pequeña Mercedes, Juana Azurduy rumia las últimas dudas.

Su decisión cobra forma y vigor incontenible.

Finalmente algo termina con las cavilaciones: el ejército de Castelli es vencido en Huaqui y emprende luego una desesperada fuga con las fuerzas realistas pisándole los talones.

Al desastre patriota sigue, inevitablemente, otra vez, la revancha. Esta vez aún más cruel.

Las propiedades de los Padilla son confiscadas, como así también todos sus animales y el grano cosechado.

Doña Juana, que nada sabe aún de su esposo, se refugia en un primer momento en la ciudad, pero prontamente es delatada, apresada y confinada con sus hijos en una hacienda de extramuros, permanentemente vigilada por los godos, quienes así confían en apresar a Manuel Ascencio, conocedores de su amor por esposa e hijos.

A pesar de la trampa bien montada, arriesgando su vida y cobrándose las de dos o tres carceleros, Padilla logra burlar el acecho y una noche consigue rescatar­los en tres caballos.

En uno de ellos monta doña Juana con Juliana, en otro Manuel y Mariano que entonces tenían cinco y cuatro años, y en el restante Manuel llevará en brazos a la pequeña Mercedes.

El sordo rumor de los cascos envueltos en arpillera marcará el principio de cinco años de lucha heroica.

El refugio donde quedaron doña Juana y sus hijos estaba en las alturas de Tarabuco, inaccesible para quienes no fueran baqueanos de la zona, y les había sido indicado a los Padilla por los indios, que a veces trepaban su ladera para ofrendar ceremonias religiosas.

Manuel Ascencio se negó, a pesar de la vigorosa insistencia de su cónyuge, a permitir que ésta le acompañara en sus correrías.

Se encargó sin embargo de hacerle llegar mensajes como cuando le envió el estandarte con las armas del rey que para ella había conquistado en la batalla de Pitantora, donde había arrollado a los tablacasacas, como denominaban burlonamente a los soldados de la infantería realista por la rigidez de sus faldones y su corbatín de cuero, que les daba una apariencia de muñecos de madera.

Sabedora de que la hora de combatir le llegaría tarde o temprano, porque su deseo así lo auguraba, Juana ordenaba a sus ayudantes que le fabricaran muñecos de paja con los que luego ella se ensañaba, atacándolos con alguna espada que su esposo había abandonado por mellada e inservible.

O los atravesaba con una lanza de larga vara que aprendió a sujetar con fuerza en su sobaco, taloneando su cabalgadura como su padre le había enseñado hacía; ya muchos años jamás olvidaría que había sido debajo de un olmo amarillento apretando los ijares con la punta de los pies hacia dentro, como queriendo juntarlos, para que la mula o el caballo saliesen como si el diablo los llevase.

También aprendió a lanzar las boleadoras con bastante eficacia y las cabras debieron habituarse a derrumbarse cada dos por tres con sus patas arremolinadas por tiradas cada vez más certeras.

La que hasta no hacía mucho fuese una dama chu­quisaqueña se enorgullecía ahora porque su brazo se endurecía y la espada parecía pesar cada vez menos, desbaratando ejércitos de muñecos que caían abatidos desparramando briznas de quinua en el aire, bajo la mirada grave de sus', asistentas indígenas a quienes, quizás, sus dioses clandestinos prenunciaban que eran testigos de algo que de juego nada tenía.

Las noticias que mientras tanto le llegaban a Juana de Manuel Ascencio eran espaciadas y contradictorias; á veces le anunciaban formidables victorias y otras le aseguraban que había sido muerto por los godos.

Finalmente Padilla, luego de casi un año de ausen­cia, regresó con su familia, al refugio de las montañas, para restañar sus heridas físicas y espirituales sufridas en el Queñihual, donde había sido derrotado debido a la defección de uno' de sus lugartenientes, el doctor Guzmán, quien no había sumado sus fuerzas en Poco­ata como habían preestablecido.

Manuel le contaba también a Juana la heroica acción de las mujeres cochabambinas, quienes ante el avance del general Goyeneche y a pesar de la ausencia de maridos e hijos enrolados en tropas alejadas de la ciudad, decidieron tomar las armas por su cuenta y defender su honor y sus hogares sin atender a las súplicas y arengas del general godo, a quien inclusive le asesinaron su mensajero.

Todo terminó en 'lamentable y espantosa matanza que extendió la fama de dichas heroínas por todo el Alto Perú, arrancando de Belgrano, acampado en Jujuy, un encendido ',informe a Buenos Aires fechado el 4 de agosto de 1812:

"¡Gloria a las cochabambinas que se han demostrado con un entusiasmo tan digno de que pase a la memoria de las generaciones venideras!".

Como era de imaginar, esto inflamó aún más la decisión de Juana del incorporarse a la lucha y redobló su acoso a Manuel Ascencio para lograr su objetivo.

Quizás el argumento más decisivo fue que el seguro escondite de la montaña había dejado de serlo a medida que la voz había ido corriendo por la región y ya eran muchos los indios, cholos y criollos que trepaban hasta él, a veces llevando leña o alimentos y otros sólo por curiosidad, para conocer a la esposa é hijos de ese caudillo de quien tantas hazañas ya se contaban.

Pero lo que decidió a Juana finalmente a obviar las objeciones de su marido y a ahogar su sentimiento maternal abandonando a sus hijos en manos confiables fueron las noticias de que un nuevo ejército proveniente de Buenos Aires se habían internado en el altiplano para auxiliar a los patriotas que combatían contra los godos.