Ramón, Sullivan y la bandera

 Por Carlos Barragán


publicado el 10 de septiembre de 2026

Héroe Coronel Ramón Rodríguez. Archivo -


Fuimos a visitar a un amigo a San Pedro, pero antes decidimos pasar por la Vuelta de Obligado para conocer. Se llega hasta el río, hay un lugar para estacionar el auto y hay un hombre encargado de ordenar y cuidar a los estacionados. El tipo te recibe, y te señala dónde podés estacionar, pero no sólo eso: te recibe y te dice “buenas tardes, acá estaciona, allá el museo, allá las cadenas, por allá las baterías, acá para comprar algo, y cualquier cosa, viene y me pregunta a mí que yo no cobro nada”. Hay gente que entiende qué es lo que necesitan los demás, y este es un caso: el hombre que comprendió que la gente llega ahí y no sabe qué es lo que hay que ver, ni hacer, ni dónde, ni qué. Bueno, su servicio es solucionar ese desconcierto inicial. Y eso es un gran servicio. Y la ausencia de tarifa es un buen marketing para tener más ganas de buena propina.

No sé si es un defecto por ver mucho Sábado de Súper Acción, o es una virtud que tengo, pero en los lugares históricos me pongo a imaginar esos momentos que los convirtieron en históricos. En la Vuelta de Obligado imagino a los soldados, y a los paisanos haciendo de soldados, instalando esos pocos cañones, trabajando con las cadenas, con los botes, con los fusiles, las balas de cañón, trincheras y parapetos. Esperando. Y después la batalla, los barcos invasores repletos de cañones, los gritos, los bombazos, los criollos que resisten unas horas, el desembarco y el combate en tierra que se hace a bayoneta y sable porque las balas se terminan. Se terminan para nosotros, porque el gringo siempre tiene. Pero ese día morir o perder un brazo o quedarse medio sordo –como le pasó a uno de los oficiales que le reventó un cañonazo al lado, y de ahí en más fue el Sordo de Obligado- tuvo sentido, tanto que todavía vamos a conocer qué pasó aquel día. El paisaje es lindísimo, la vegetación generosa, los brazos de agua, y el recodo y la altura de la barranca es tan buena que dan ganas de que aparezca un barco invasor para tirarle lo que haya a mano.

El monumento inaugural está firmado por Cristina, una placa de piedra blanca, las letras negras, y su nombre abajo porque fue ella quien hizo que este lugar tuviera la relevancia que merece. Su nombre está rayado por los visitantes “Cristina Fernández de Kirchner” está tachado, todavía se lee porque el bajorrelieve está bien hecho y la pintura es buena, pero las tradiciones antiperonistas no son elegantes ni inteligentes, y se van a seguir sumando los rayones hechos con las piedritas del lugar, las piedritas que vieron caer y luchar y morir y resistir y sangrar para contar la historia de lo que somos.

A muy pocos metros de la placa donde tachan el nombre de Cristina hay un monolito que recuerda a la batería con los cañones más grandes, la Restaurador, que estaba al mando de un militar de nombre Alvaro Alsogaray. Y la vi y pensé: mirá vos, un Alsogaray tirándoles cañonazos a los ingleses, un Alsogaray a las órdenes de Rosas. Y también pensé que algún compañero distraído o medio zonzo podría haber visto ese nombre y agarrado una piedrita para rayarlo. Pero en el monolito está intacto el nombre Alsogaray. Estas cosas deben ser prueba de lo diferentes que somos algunos argentinos. Y si no son prueba, son indicios fuertes.

Pocos días después de este paseo que es signo de nuestra voluntad de no andar siendo manoseados por los gringos, a Milei se le ocurrió que Las Malvinas Son Argentinas. Bueno, no lo tengo que explicar yo acá, porque ya sabemos que este tipo no quiere a la Patria, y no quiere a los niños, ni a los viejos, ni a los que la pasan mal, ni a nuestra tierra, ni a nuestra cultura, y en general no tiene amor por ninguna cosa. Más bien Milei define sus adhesiones por lo que odia sin límites, y lo que no odia. Eso sumado a su vocación de lacayo, y su tendencia a arrastrarse ante cualquiera que tenga el poder de llevarnos a la ruina lo constituyen. De manera que solamente gente muy confundida o muy cínica puede creer que vaya a hacer algo por nuestra soberanía.

Sullivan. Así era el nombre de un capitán inglés que luchó en Obligado y al parecer se dedicó a destrozar con sus decenas de cañones una de las débiles baterías con las que peleaban nuestras tropas. En el desembarco, la batalla en tierra siguió siendo encarnizada, con criollos muertos por todo el terreno. El coronel Ramón Rodríguez, a cargo de la infantería de los Patricios que estaba en trincheras y detrás de parapetos de madera, fue el responsable de resistir y seguir batallando con pocas tropas y pocas armas. Sullivan se llevó su bandera, pero años después decidió devolverla, y escribió lo siguiente “... quiero restituir al coronel Rodríguez si vive, o sino al Regimiento de Patricios de Buenos Aires si aún existe, la bandera bajo la cual y en la noble defensa de la patria cayeron tantos de los que en aquella época lo componían. Si el coronel Rodríguez ha muerto y si el Regimiento no existe ya, yo pediría a cualquiera de los miembros sobrevivientes de su familia que la acepten en recuerdo suyo y de la muy brava conducta de él, de sus oficiales y de sus soldados en Obligado”.

Imaginemos que este Sullivan, aquella tarde en Obligado no sabía contra quién estaba peleando, ni los nombres, ni los regimientos, y se llevó la bandera que le costó mucho más de lo que había calculado haciendo números. Ya almirante no olvidó la batalla y recordó el coraje de sus enemigos americanos, y escribió “brava conducta” y “noble defensa de la Patria”. Si Rodríguez vive o no, si el regimiento existe todavía, la guerra y el tiempo, la guerra y la vejez de Sullivan y los recuerdos, la guerra y la distancia se llevan mal y Sullivan no quiso tener más el trofeo que significaba la derrota de hombres así de valientes. La bandera la tenemos acá, y es rara. Azul, blanca y azul de nuevo, con un sol rojo en el medio, y dos gorros frigios en la banda superior.

Ramón. Norberto Galasso, que se nos fue en estos días y a quien pude conocer, le dedica unos párrafos en su libro Los Malditos Olvidados de la Historia Argentina. Ahí recuerda la Chacarera de Obligado que lo nombra “Allá está Ramón Rodríguez/ con su fusil entre el pasto/ para aporrear tantos gringos/ las balas no dan abasto”. Este Ramón que peleó en el Ejército del Norte, y con Dorrego, y con Soler y por supuesto con Rosas siempre se dedicó al coraje y a defender las causas nuestras.

Ramón tuvo a su cargo a los Patricios aquel día en la costa del río cuando impresionó al invasor Sullivan. Hace un año, el presidente que sin vergüenza habla de soberanía puso a subastar el regimiento de Ramón con una resolución en el Boletín Oficial. El Congreso debió dedicar sus energías para evitar que estos irresponsables lograran borrar de nuestro paisaje un pedazo de nuestra memoria más honrosa a cambio de algunos billetes. Cobardes sin Patria.