El junio sangriento de 1956
Adelanto del libro Masacres en junio. 1955-1956: del bombardeo a los fusilamientos (Editorial Octubre)
Por Juan Pablo Csipka
para Pagina12
publicado el 9 de junio de 2026
A setenta años de los fusilamientos de 1956, la investigación publicada por Editorial Octubre reconstruye el clima previo al golpe de 1955, el bombardeo de Plaza de Mayo, el golpe contra Perón y el contexto que llevó al alzamiento de Valle, del que derivó Operación Masacre.
Dentro de pocas horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado”. Así comienza la carta del general Juan José Valle dirigida a Pedro Eugenio Aramburu. Es el 12 de junio de 1956. La escribe en la Penitenciaría Nacional. Pocas horas antes se había entregado, tras obtener la palabra de honor de un alto funcionario de la Revolución Libertadora de que así se terminaría el baño de sangre desatado en la noche del 9 al 10 de junio con fusilamientos a oficiales rendidos después de un fallido alzamiento.
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La madrugada del domingo 10 de junio, la vida cotidiana de los argentinos se alteró cuando la radio entró en cadena nacional y anunció que “a las 23 del día sábado se produjeron levantamientos militares en algunas unidades de la provincia de Buenos Aires” y que “se ha decretado el imperio de la ley marcial en todo el territorio de la República”.
Durante las 72 horas siguientes habría 27 fusilamientos (cinco de ellos en un basural donde se disparó a doce hombres). La Libertadora respondía sin piedad al intento de desalojar a la dictadura que había derrocado a Juan Domingo Perón.
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Valle fue fusilado a las 10 de la noche del 12 de junio de 1956. Al día siguiente se derogó la ley marcial. El 14 de junio aparecieron en el Boletín Oficial los tres decretos que había impuesto el baño de sangre. La derogación de la ley marcial se publicó recién el 21 de junio.
El alzamiento de 1956 quedó como un hito en la resistencia del peronismo proscripto, además de ser una marca para sus opositores. Mostró a las claras la diferencia entre Perón y quienes lo derrocaron a la hora de reprimir una insurrección y derivó, como se verá, en una obra fundamental de la historia de la literatura y el periodismo. Los 27 fusilamientos fueron “una consecuencia escalofriante” del levantamiento, al decir de Joseph Page. El biógrafo de Perón coloca las ejecuciones como la nota que diferencia al 9 de junio de cualquier otra asonada fallida en el país.
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Los ecos del alzamiento de junio se apagaron tras la victoria de la Libertadora contra los alzados. El episodio quedó en el olvido hasta que en la Navidad de 1956 el periódico Propósitos, dirigido por Leónidas Barletta, publicó el texto de una denuncia que iba a provocar un cimbronazo. Una semana antes, en La Plata, Rodolfo Walsh se encontró con un amigo, Enrique Dillon. “Hay un fusilado que vive”, le dijo éste al escritor y periodista, que ese año había publicado la Antología del cuento extraño, un volumen de casi mil páginas, con relatos fantásticos, muchos en inglés traducidos por él mismo.
Lo que Walsh escuchó cambió su vida y la historia del periodismo en la Argentina. El fusilado vivo se llamaba Juan Carlos Livraga. Era un colectivero de 24 años que en la noche del 9 de junio estaba con otras personas en una casa de la localidad de Florida, donde iban a escuchar por radio una pelea de box. Algunos de los presentes estaban involucrados en la asonada (no era el caso de Livraga) y esperaban que a las 23 sonara la voz de Valle por la radio. El general no habló; llegó la policía y se llevó detenidos a doce hombres a la Unidad Regional de San Martín, acusados de estar involucrados en el alzamiento. El jefe de la policía de la provincia de Buenos Aires, el coronel Desiderio Fernández Suárez, encabezó el operativo.
Además de Livraga, los detenidos eran Reinaldo Benavidez, Mario Brión, Nicolás Carranza, Rogelio Díaz, Horacio di Chiano (dueño de la casa allanada), Francisco Garibotti, Norberto Gavino, Miguel Ángel Giunta, Carlos Lizaso, Vicente Rodríguez y Julio Troxler.
Después de estar demorados en San Martín, donde les tomaron declaración, los doce hombres fueron subidos a un camión policial, supuestamente con destino a La Plata. Ya era la madrugada del 10 de junio. No fueron hacia el sur, sino hacia el norte. Al llegar a José León Suárez, el camión se detuvo en un basural. Hicieron bajar a los doce hombres y les ordenaron caminar. Comenzaron los disparos. Cinco de los doce hombres cayeron muertos: Brión, Carranza, Garibotti, Lizaso y Rodríguez. Del resto, algunos pudieron huir en medio de la noche, y otros se hicieron los muertos.
Es sugestivo el relato que el almirante Rojas hace en sus memorias de la matanza del basural. “Desgraciadamente, al general Quaranta, que era el jefe de la SIDE, no le llegó esta información y entonces tuvo lugar aquel triste episodio de José León Suárez. Pero tenía su justificación, pues allí había un camión con un poderoso transmisor que iba a transmitir las órdenes de los elementos contrarrevolucionarios”. No queda claro si Quaranta debió haber informado a Fernández Suárez o si Rojas confunde al jefe de la SIDE con el jefe de la policía bonaerense, responsable del “triste episodio”. Por lo demás, los masacrados no tenían relación con ningún equipo transmisor, al contrario de los fusilados en Avellaneda. Y agrega que “cuando me enteré de lo que había hecho Quaranta por su cuenta me indigné” y “cometí un grave error”, que fue no procesar al general. El marino cuenta que Quaranta “se encontró un grupo subversivo con aquel camión”, mandó fusilarlos y “casi todos murieron, pero entre ellos había una señorita –que se llamaba Elena Walsh– que no murió” y reveló lo ocurrido junto con otros sobrevivientes. La increíble confusión llega al extremo de referirse a una señorita apellidada Walsh como sobreviviente que revela lo ocurrido.
Livraga fue el único de los siete sobrevivientes alcanzado por las balas. Recibió tres disparos: uno le arrancó un pedazo de nariz, otro le atravesó la mandíbula y el tercero le dio en un brazo. Por la sangre en el rostro lo creyeron muerto. Pudo escuchar cómo su amigo Vicente Rodríguez, que estaba herido, pedía que lo remataran. Cuando los policías se fueron, Livraga logró llegar al Hospital de San Martín. Allí lo auxiliaron y más tarde la policía se lo llevó a una comisaría de Moreno y después a la cárcel de Olmos, donde se reencontró con otro sobreviviente del basural, Miguel Ángel Giunta.
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Cuando Walsh llegó a Livraga, éste le proporcionó una copia de su denuncia, que fue lo que se publicó en Propósitos. Fue el puntapié inicial. El 15 de enero de 1957, en la revista Revolución Nacional apareció “Yo también fui fusilado”, el primero de una serie de artículos de Walsh en base al testimonio de Livraga. Dos semanas después, se publicó el testimonio de la viuda de Rodríguez. Siguieron tres artículos más.
A partir de mayo de 1957, Walsh, con el rompecabezas completo, inició la publicación de una serie de notas sobre el caso en otra revista nacionalista, a la espera de poder armar un libro con el material. En Mayoría publicó nueve notas entre el 27 de mayo y el 31 de julio. Allí quedó al descubierto una acción que tenía, como primer responsable, al coronel Fernández Suárez, que había dado la orden de fusilar. El elemento que desmontaba el relato oficial era que los fusilados habían sido detenidos sin resistirse cuando todavía no regía la ley marcial (Walsh consiguió la planilla de Radio del Estado que probaba la hora exacta del anuncio), con lo que no se podía alegar su uso contra ellos.
Semanas más tarde, Walsh, que había contado en esos meses con la ayuda de la periodista Enriqueta Muñiz, publicó en Ediciones Sigla, del nacionalista Marcelo Sánchez Sorondo, un libro en base a su investigación de esos mees: Operación Masacre. Dedicado a Muñiz, no tenía antecedentes ni en su estilo ni en su forma. Walsh se valía de elementos de la ficción para narrar un hecho real: el tono y las descripciones eran más bien los de un novelista. Todavía faltaban varios años para la eclosión del Nuevo Periodismo y la novela de no ficción en los Estados Unidos, que tuvo como cumbre a sangre fría de Truman Capote. Un autor sudamericano sentaba las bases de una nueva forma de narrar.