Los fusilados en nombre de la libertad

 Por Cristian Vitale*

Para Pagina12

publicado el 8 de junio de 2026

El 10 de junio de 1956, domingo entonces, Pedro Eugenio Aramburu se levantó de su larga siesta y dijo por cadena nacional que la libertad “había ganado la partida”. Que todo se había tratado de un plan terrorista “de corte comunista”, preparado en el extranjero. No era el único disparate. Se decía en los medios contreras que esos terroristas iban a atacar iglesias y a fusilar monjes y sacerdotes. Que pensaban incendiar fábricas y barrios obreros. Que los rebeldes iban por las vidas de Arturo Frondizi, Américo Ghioldi y Alfredo Palacios, el dirigente socialista que había sido premiado por la autodenominada revolución libertadora con un puesto como embajador del Uruguay. El mismo Ghioldi -otro socialista- días después publicaría un artículo en el que, bajo el shakespereano título de “Se acabó la leche de la clemencia”, sentenció: “Parece que en materia política, los argentinos necesitan aprender que la letra con sangre entra”. Por supuesto, adscribían a sus palabras la Sociedad Rural, los radicales, los conservadores, la Bolsa de Comercio, la mayoría de los intelectuales y la FUBA, como en los cercanos tiempos de la Unión Democrática.


El propósito de interpretaciones y fakes era justificar la atrocidad por fuera de toda moral y ley, que la dictadura cívicomilitar (que había usurpado el poder en septiembre de 1955) acababa de cometer. Eran, pues, las palabras triunfantes del cerril y fanático antiperonismo intentando legitimar lo ilegitimo. Explicar lo inexplicable. Justificar lo injustificable. Las 32 muertes en total, entre fusilados, asesinados en refriegas y “suicidados”. Catorce civiles trabajadores y 18 militares, también trabajadores, que habían creído en el propósito de Juan José Valle volcado en su proclama revolucionaria.

El general acusaba en ella a los golpistas de perseguir, encarcelar y confinar en verdaderos campos de concentración a miles de argentinos. De prohibir “fechas, nombres, fotografías y símbolos” (para) entronizar en el poder a minorías antinacionales. Y de, entre otras cosas, abolir la Constitución del ’49. Planteaban, Valle y los suyos, una insurrección que se impusiera para llamar a elecciones sin proscripciones; liberar a todos los presos políticos; revisar las medidas de carácter económico que lesionaban los intereses nacionales y restablecer la plena ocupación. “Llamamos a la lucha de todos los argentinos que quieren y defienden lo que no puede dejar de querer y defender un argentino: la felicidad del pueblo y la grandeza de la patria, en una nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana”, decía la proclama de Valle –tal vez redactada por el gran Leopoldo Marechal- que nunca pudo ser propalada en la población. José Albino Yrigoyen era un teniente coronel de filiación peronista que había sido jefe del Batallón de Comunicaciones de City Bell. Debido a ello, el día de la rebelión se le encomendó organizar el asentamiento radial que tendría como fin justamente el de hacer conocer la proclama. Junto a él, había otro militar de los nacionales y populares, el campechano capitán Jorge Miguel Costales. Y varios civiles. Entre ellos, un radiotelegrafista paraguayo que vivía en Quilmes de nombre Hipólito Dante Lugo. Un escribano graduado en la Facultad de Derecho de la UBA llamado Clemente Ros, que había sido asesor del Banco Hipotecario y del Colegio de Escribanos, y jefe del Registro Civil de Lanús, en cuya escribanía, además del trabajo formal, se reunía la pujante y desinteresada militancia peronista del entonces -bien- llamado partido 4 de Junio. Otro civil era Norberto Ros, su hermano. Tenía un año menos que Clemente y oficiaba de corredor de bienes raíces y martillero, aunque lo que más le gustaba eran la poesía y la bohemia. Había estudiado en la Facultad de Derecho de la UBA. Osvaldo Albedro era maestro mayor de obra. Tenía una pequeña empresa de construcción y militaba junto a los Ros, en tierra granate. Había trabajado en la Fundación Eva Perón y daba –daría, de hecho- la vida por un ideal: la patria justa, libre y soberana.


Los seis eran parte de la célula cuya misión era instalar la antena de radio en la Escuela Industrial 3 de Avellaneda para que la proclama de Valle se reprodujera por una radio de alto alcance que se instalaría en el Automóvil Club Argentino. Estaban en eso cuando cayó la policía y la operación fracasó. Tan fuerte fue el golpe que hizo desistir a Valle de toda la operación.

Todos se entregaron sin oponer resistencia. Fueron trasladados a la seccional 1 de Avellaneda, y luego a la Unidad Regional II de Lanús. Lo esperaba allí el capitán de navío Salvador Ambroggio, subjefe de la Policía provincial. Había recibido la orden de fusilarlos. A las 4 de la mañana del domingo 10, los cuerpos yacían inertes, desparramados uno arriba del otro, en el patio interno de la Regional. El primero en ser ametrallado fue Yrigoyen. Imploró que no lo mataran sin suerte. A Costales lo sentaron en una silla y, antes que el pelotón procediera, gritó “¡Disparen, cobardes!”. El tercero en caer fue Lugo. Tras él, los hermanos Ros. Y Albedro fue el último.

Aldo Emil Jofré y Miguel Mauriño conformaban el comando L113 con el mencionado Lugo. Mauriño trabajaba en Ducilo, la fábrica textil de Ezpeleta. Durante el gobierno de los libertadores tuvo que quemar todos los libros y las fotos de Eva y Juan Perón que tenía en su casa de Quilmes, y andar clandestino, por su compromiso con el gobierno depuesto. Había sido concejal por el peronismo en Quilmes y encargado de presidir el equipo auxiliar del “Agro Evita”, plan destinado a levantar la cosecha de 1953 en la zona Coronel Pringles, como parte del Segundo Plan Quinquenal. Mauriño fue parte de la Operación Comando que actuó en la escuela de Avellaneda, pero no estuvo allí sino en el ACA de Avenida Del Libertador, donde había que tomar la radio por donde se transmitiría la proclama. No pudo ser. Llegó la policía, lo baleó en las dos piernas, lo torturó y fue trasladado al Hospital Fernández. Allí le amputaron ambas piernas y un brazo, y el 13 de junio, cuatro días después, falleció. Su cuerpo fue encontrado en los galpones del ferrocarril. Jofré no estuvo ni en Avellaneda ni en el ACA. Lo habían encontrado herido en una quinta de Moreno, tras una explosión mientras manipulaba explosivos. Lo llevaron para interrogarlo a la Brigada de San Martín, y luego fue torturado en Lanús, mientras fusilaban a sus compañeros. Nunca se supo por qué murió. La versión oficial afirma que se suicidó en su celda. La otra, que se les fue a los torturadores. Su muerte fue la última de la saga. Se produjo el 28 de junio.

Ricardo Ibazeta era coronel. Fue jefe de Estado Mayor de la 4ª división de Caballería de Corrientes hasta que lo pasaron a retiro durante la purga militar de enero de 1956. Lo culparon de no haber luchado contra el peronismo. Fue, al igual que el coronel Eduardo Cortines -a quien Perón le había firmado su ascenso años atrás y conservaba con orgullo la firma en su casa de Villa del Parque- uno de los comandantes de la frustrada toma de Campo de Mayo.

Eloy Luis Caro era capitán. Tenía 31 años y una carrera importante dentro de las Fuerzas Armadas. Se había recibido como subteniente en 1944 y alistó en la Infantería de Montaña, en Zapala, Neuquén, hasta que en 1952, dado sus méritos, lo enviaron a la Escuela Alpina en Italia, donde permaneció dos años. Tras su retorno en 1954, Caro entró en la Escuela de Guerra, donde escuchaba cotidianamente los planes desestabilizadores que tenían en mente los golpistas. Incluso le propusieron formar parte de las acciones que derrocaron a Perón en septiembre del ’55. Por supuesto no aceptó y la negativa provocó que lo sacaran de la Escuela de Guerra y lo mandaran a Apóstoles, Misiones. Caro era vecino de Cortines. Ambos residían en Villa del Parque, cuadra de por medio, y la cercanía hizo que solidificaran una relación de amistad hasta el mismísimo día de sus muertes. El pampeano Jorge Noriega era teniente primero, al igual que el correntino Néstor Videla, quien además era maestro de la banda musical de la escuela de suboficiales.

Tras el fracaso de la toma de Campo de Mayo, la madre de todas las batallas, los seis militares depusieron las armas y fueron detenidos. Se les hizo un juicio militar. El fiscal pidió pena de muerte, pero el tribunal militar no hizo lugar. Sin embargo, otra vez de arriba, con fuerte incumbencia del inefable Arturo Ossorio Arana y de Francisco Manrique -tremebundo antiperonista que ejercía la jefatura de la Casa Militar- llegó la orden de fusilarlos igual. El Poder Ejecutivo violó la cosa juzgada, y dictó el decreto 10.364, que condenó a muerte a los seis. Los sentaron en bancos clavados en la tierra. Les ataron las manos en la espalda y los pies a los bancos, y fueron masacrados en una estación de tren abandonada. “Lo que he hecho, lo he hecho por la Patria”, gritó Cortines. Tiempo después, su mujer María recibiría un telegrama proveniente de Panamá. Decía: “Su marido ha muerto como un héroe”. Firma: Juan Perón.

El teniente coronel Oscar Lorenzo Cogorno, primo del papa Francisco, había sido herido en una pierna durante los bombardeos criminales del 16 de junio de 1955. Tenía una ferviente fe justicialista y su derrotero, a partir de ahí, lo fue matando en vida. Impuesta la dictadura, la quema de todo libro que tuviera que ver con el peronismo vía comandos civiles; los bustos de Eva y Juan Perón destruidos por las calles; el decreto 4161, el retiro voluntario de las Fuerzas Armadas al que, como a tantos, había sido obligado el militar peronista en enero de 1956 y la abolición de la Constitución del `49 lo impulsaron a participar de la rebelión de Valle. Le tocó comandar las operaciones en otro foco: el Regimiento 7 de Infantería de La Plata. Tenía, como todos sus compañeros, la directiva de evitar derramamiento de sangre y proteger la vida de los adversarios, llegado el caso.

La operación en la ciudad de las diagonales estuvo a punto de ser exitosa. Cogorno y su grupo lograron tomar momentáneamente el regimiento, pero con una contrariedad fatal: era ya de madrugada, habían fracasado las operaciones en Avellaneda y en el ACA, y Valle había desistido de seguir. Entonces, Cogorno tuvo que huir de la represión. Su primer destino fue en la casa del subteniente de reserva Alberto Abadie, en City Bell, donde habían tenido lugar varias de las reuniones previas de la patriada. Tomaron café allí y escaparon.

La huida fue cinematográfica. Abadie fue herido en un hombro por las fuerzas represivas y lo empezaron a curar en el Hospital Italiano de La Plata, pero escapó sin que los médicos terminaran la tarea. Se reencontró con Cogorno. Ambos intentaron seguir huyendo en automóvil hacia el pueblo de General Belgrano, hasta que la policía los detuvo en el puente Villanueva.

La vida de Cogorno terminó el Regimiento 7 de La Plata. Antes de morir, el coronel del pueblo gritó sus últimas palabras: “¡Muero contento por un ideal! ¡Viva la Patria!”. La suerte de Abadie también le fue esquiva. Tras su detención en el puente predicho, fue llevado primero al Departamento de Policía, y luego al Campo de Adiestramiento de perros de la provincia de Buenos Aires, donde fue finalmente ejecutado el martes 12 a las 15.30. Fue el último fusilamiento. Y uno de los pocos “legales”, porque había sido detenido después de que la Ley Marcial tomara estado público. Antes de matarlo, lo interrogaron para que delatara a compañeros, pero no abrió la boca. “He caído con todos los honores de hombre de bien. Primero la patria, después los hombres”, le escribió a su mujer Elsa, antes de morir bajo fuego libertario.

Carlos Irigoyen, Ramón Videla y Rolando Zanetta fueron parte de la pata civil que actuó en La Plata, en apoyo a los militares nacionales. Irigoyen se había sumado como chofer con el propósito de evacuar heridos y colaborar con la logística en general. Zanetta era santafesino y tenía 36 años. Venía dedicándose a imprimir volantes clandestinos en una imprenta de su propiedad. Videla era un comprometido obrero del frigorífico Swift que trasladaba compañeros en su jeep. Los tres fueron víctima de la única refriega armada de esos luctuosos días. Irigoyen y Zanetta fueron heridos de metralla, y murieron luego en el Instituto General San Martín. Videla murió en el acto, cerca de la Plaza Rivadavia, donde se produjeron las refriegas entre el bien y el mal.

Los suboficiales principales Ernesto Gareca y Miguel Angel Paolini, y el cabo músico José Miguel Rodríguez fueron fusilados en la Escuela Mecánica del Ejército, tras la fracasada toma liderada por el sargento Hugo Eladio Quiroga. Poco después de las 2 de la mañana del domingo 10, fueron reducidos por hombres del jefe de la Escuela, coronel Enrique Pizarro Jones. Con ellos, tal como investigó Salvador Ferla en su nodal libro Mártires y verdugos, se les tomó declaración, se los sometió a un juicio intramuros, y se decidió en primera instancia que no correspondía quitarles la vida, porque se habían rendido antes de la entrada en vigencia de la Ley Marcial. Así fue, hasta que un general de apellido Arandia se dirigió a Casa de Gobierno, donde le ordenaron fusilar igual.

El sargento ayudante Isauro Costa y el sargento carpintero Luis Pugnetti corrieron la misma suerte, cuando los atraparon luego de intentar tomar los Regimientos 1 y 2 de Palermo. Los llevaron como perros a la Penitenciaría Nacional. Junto a ellos, cayó también el sargento músico Luciano Isaías Rojas, que ni siquiera había estado en el Regimiento durante la noche de la insurrección. Los tres fueron fusilados.

Nicolás Carranza, el que interpreta Carlos Carella en Operación Masacre -la película dirigida por Jorge Cedrón- era cordobés y obrero. Había trabajado en la construcción, la metalurgia y el ferrocarril, donde se ganó un empleo porque un día impidió el choque de dos trenes activando los frenos manuales. Durante el gobierno peronista fue presidente de la agrupación `Camareros misioneros de Perón`, cuyo local estaba en Boulogne, cerca de su casa. Allí se enseñaba oficios de soldadura y carpintería a los chicos del barrio. Tras el golpe de septiembre, pasó a engrosar la fila de peronistas perseguidos. Cayó preso en Simoca, Tucumán, por distribuir panfletos que pedían la vuelta de Perón. Luego escapó, volvió a Buenos Aires y se transformó en prófugo. Carlos Lizaso era amigo suyo. Era hijo del martillero Pedro, comisionado municipal de Vicente López durante el primer gobierno peronista. Francisco Garibotti también era cercano a Carranza. Trabajaba con él en el ferrocarril Belgrano. Vicente Rodríguez, en cambio, era compinche de Juan Carlos Livraga, “el fusilado que vive”, tal como lo llamó Rodolfo Walsh en su enorme investigación. Rodríguez tenía 35 años. Era corpulento, bonachón y delegado del Sindicato de Portuarios, porque trabajaba en el puerto. También era presidente del club El Porvenir de Florida y solía repartir panfletos a favor de la causa. Mario Brión también era obrero. Trabajaba en la SIAM.

Los cinco fueron parte del grupo de civiles que se reunió en la casa de Florida para escuchar la pelea entre Eduardo Lausse y el retador chileno Humberto Loaysa, a la espera de que la proclama de Valle los llamara a la acción. Los cinco fueron fusilados, luego de un terrible calvario, en los basurales de José León Suárez. No importó que Carranza implorara: “No me maten, tengo seis hijos”.

La sangre derramada podría haber sido más, pero Valle se entregó para evitarlo. El exprofesor de la Escuela Superior de Guerra durante el segundo gobierno de Perón, que había tenido una participación clave en la rendición de la marina durante los bombardeos, fue aniquilado en la Penitenciaría, el 12 de junio a las 10 de la noche. Echada su suerte, escribió cálidas cartas a su mujer, a su madre, a su hija. Y una, contundente y genuina, al mismísimo Aramburu, junto a Rojas, el principal responsable de la masacre. “Entre mi suerte y la de ustedes, me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija, a través de sus lágrimas verán en mí a un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas, verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos”.

Todo esto no es ficción. Pasó en la Argentina, hace 70 años, en nombre de la libertad.

*Cristian Vitale presenta su libro Junios, el martes 9 a las 18 en “La Bancaria” (Sarmiento 341, CABA). El viernes 12 a las 18.30, en la Casa de la Memoria y la Resistencia Jorge “Mono” Lizaso (Mitre 1985, Vicente López). El sábado 13, en la Universidad Guillermo Brown (Blas Parera 132, Burzaco). Y el lunes 15 a las 19.30 en la librería Ciccus (Adolfo Alsina 685, CABA).

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