Cuando Malvinas no es solo Galtieri
Por Fermín Chávez
Como en toda otra cuestión de fondo concerniente a la Argentina como Nación, cada vez que hablemos o escribamos sobre Malvinas será menester aclarar primero nuestra posición, lo que los griegos llamaban thesis: si nos situamos en la periferia o en el centro del mundo; en el Sur o en el Norte. Es decir, si partimos o no de un reconocimiento de la cuestión nacional y de la cuestión colonial. Si hablamos como si fuéramos habitantes de Londres o París, es una cosa. Si lo hacemos como parroquianos de Buenos Aires o Montevideo, otro gallo es el que canta.
Días atrás, una remozada escritora argentina, en un programa de TV con nombre de un homóptero bullanguero, repitió conocidos denuestos sobre la guerra de la Malvinas, con un simplismo propio de jardín de infantes y un decir al estilo de la señora Thatcher. Naturalmente, y sibilinamente, nuestra prosista se salteaba la cuestión nacional, como una basurita de la que sólo deben ocuparse “los negritos que votaron a Perón”. Creo que es tiempo de parar la mano y de decir con megáfono que ni el 2 de abril, ni el 14 de junio, son fechas de las que debamos olvidarnos.
Como en la conocida canción rioplatense, “una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa”. En el 2 de abril no estuvo solamente Galtieri, aunque él pensara en lo suyo: estuvo también el pueblo argentino y la dirigencia política y gremial que en seguida asumió su papel sin mayores cálculos de rédito inmediato. Y en la Plaza de Mayo, aquel día en que Galtieri estuvo a punto de levantar los brazos –bajo una tranca emocional–, no estaba solamente el penúltimo virrey puesto por el Pentágono.
En un país mentalmente colonizado, y en el que todos somos blancos o blanqueados, tal como es la Argentina, existen y operan zonas grises muy vastas, en donde el ojo no puede ver con la claridad con que percibe lo negro y lo blanco. No estamos en África, donde basta el color para saber quién es el dominado y cuál el poder dominador. Entre nosotros esas zonas grises fueron construidas pedagógicamente, por medio de hábitos que todo sistema cultural puede implantar, a modo de segunda naturaleza.
Muchos argentinos, sobre todo del ámbito de la intelligentzia, apenas la Task Force entró en operaciones empezaron a recuperar su segunda naturaleza, momentáneamente averiada por la operación del 2 de abril, cuyos orígenes nada limpios aparecían cuestionados desde el vamos. Y terminaron coincidiendo no sólo con madama Margaret Thatcher, sino con toda la visión eurocéntrica y con los intereses materiales de la Comunidad Europea. Acabaron creyendo que la respuesta bélica de Gran Bretaña era en realidad una cruzada por los derechos humanos violados por la dictadura pentagonista.
Los europeos, liberales, laboristas y socialdemócratas, no querían entender que el episodio Malvinas era una parte de las luchas anticolonialistas del pueblo argentino. Ellos preferían mirar al mundo en términos de democracia y dictadura, que no es ni puede ser la visión de los pueblos periféricos de América y de África. Como bien señalaba Fernando E. Solanas (Les Nouvelles Litteraires, 13-19 de mayo de 1982), “el nacionalismo entre nosotros es un valor progresista, no un valor retrógrado. No es posible que la comunidad europea imponga sanciones a la Argentina en el único momento en que el conjunto de los argentinos está unido por una causa justa, con el apoyo de todos los países del Tercer Mundo. ¡Es de una hipocresía increíble esta política! Que en un momento tan delicado se olviden todos los principios expuestos, por ejemplo, en Cancún, por François Mitterrand, es muy doloroso para nosotros los latinoamericanos. Uno tiene la impresión de asistir a un viejo reflejo de la Europa colonial”.
De un modo parejo, quienes se disponen a execrar una vez más la batalla del Atlántico Sur contra la OTAN también manifiestan un viejo reflejo, ubicados como están mentalmente en el centro y no en la periferia. Y difícilmente puedan conmoverlos las más recientes revelaciones sobre la intervención del imperialismo yanqui en la resolución bélica del conflicto, puesto que para ellos primero es “la democracia” y después las otras cuestiones de dominación y de explotación.
Hace muchos años, un joven veinteañero, Arturo Palenque Carreras, visitó a Leopoldo Lugones en su escritorio de la biblioteca del Consejo Nacional de Educación, y le preguntó a boca de jarro: “Dígame, ¿por qué cree usted que somos una colonia?”. El poeta de Villa María del Río Seco lo llevó, sonriendo, ante dos mapas, con el sistema ferroviario de la Argentina, el uno, y con el sistema de los Estados Unidos, el otro. Y parado frente a este último le apuntó: “Como ves, en los ferrocarriles norteamericanos sus líneas férreas están tendidas en forma paralela, del Atlántico al Pacífico. Atraviesan el territorio para llevar riqueza de un lado a otro del Continente. Este es un país”. Y agregó el viejo criollo: “Fijate, en cambio, en el trazado de los ferrocarriles argentinos: son un gran embudo destinado a llevar al puerto de Buenos Aires la producción agropecuaria. No les interesa el comercio interno, sino la exportación hacia la metrópoli. Esta es una colonia”.
En el caso Malvinas podemos plantear una construcción alegórica parecida si recordamos lo que ocurrió con el precipitado bautismo de Port Stanley, el cual comenzó a ser llamado Puerto Rivero tras la ocupación de abril. Inmediatamente se movilizaron los intereses del imperio y sus académicos locales, apoyados por la intellingentzia colonizada que se mostraba escandalizada por tamaño atrevimiento. ¿Cómo ponerle el nombre de un bandolero gaucho, sobre el que había caído el juicio final de la Academia Nacional de la Historia? ¿No era una insolencia de militares nacionalistas apurados, o confundidos? Hasta intervino Julio Gancedo quien, con su buena presencia habitual, llamó a la cordura y aconsejó un nuevo nombre para el lugar: jamás Antonio Rivero, “delincuente común” argentino que el 26 de agosto de 1833 había encabezado la revuelta contra el arbitrario Mathew Brisbane, y contra el encargado de la bandera inglesa William Dickson, y otros agentes y negreros británicos.
En 1580, la reina de Inglaterra había hecho caballero a Francis Drake, a quien había otorgado patente de corso para que asaltase por la derecha posesiones y barcos españoles en diversas latitudes. Es decir, era un delincuente común, pero con patente oficial, cosa que solamente los imperios pueden mostrarle a la historia. Parodiando a Lugones diríamos que la diferencia de estas consagraciones es lo que distingue una colonia de un imperio. Un poder subordinado no puede, evidentemente, realizar tales hazañas: hacer oro de un sorullo.
De espaldas a la historia, que “siendo siempre virgen a veces es ramera” –como diría Enrique Banchs–, y pensando seguramente en la cobardía de algunos generales, muchos argentinos no querrán acordarse del 2 de abril, cansados de muerte, dolor y luto sin sentido. Pero es que la lucha contra el colonialismo siempre tiene sentido, aun mezclada a intereses menores y bastardos.
No sólo el 2 de abril. Nuestra memoria debiera recobrar otras fechas olvidadas, eclipsadas por razones diversas y por mezquinas parcialidades. Como aquel 8 de setiembre de 1964, en que el aviador Miguel L. Fitz Gerald plantó una bandera argentina en nuestro archipiélago irredento. Y como ese 28 de septiembre de 1966, en que el Grupo Cóndor, después de secuestrar una máquina en vuelo, aterrizó en Puerto Soledad y bautizó, por primera vez, con el nombre de Puerto Rivero a la capital de nuestras Malvinas. ¿Es que acaso Gran Bretaña, en lugar nuestro, vacilaría en convertirlas efemérides entrañables?