El retorno de San Martín, el hombre que cambió la historia de medio continente.

 Por el doctor Martín Blanco

publicado por Instituto Nacional Sanmartiniano

Un 9 de marzo, San Martín arriba a Buenos Aires a fin de colaborar con el sueño de liberación americano. A poco de su llegada, todo cambiaría. Colaboración para el Instituto Nacional Sanmartiniano del doctor Martín Blanco.

El 9 de Marzo de 1812 la marcha de la Independencia de las Provincias Unidas iba a cambiar definitivamente, ese día arribó a Buenos Aires la fragata “George Canning” siendo uno de sus pasajeros el Teniente Coronel de Caballería José Francisco de San Martín.

El niño que dejó su Patria en 1784, retornó como un experimentado militar formado en el ejército español, cargando sobre sus hombros veintidós años en los campos de batalla al servicio de España, bajo las órdenes de notables Generales entre ellos Antonio Ricardos, Francisco Javier Castaños, y su admirado General Solano. Fue testigo además, de las nuevas tácticas empleadas por el genio de Napoleón, habiendo enfrentado a sus huestes en los primeros años de la Guerra de Independencia española, drama en el cual San Martín se destacó en los campos de Arjonilla y Bailén.

Para 1812, en el Rio de la Plata no había elemento alguno que cuente con la experiencia del ya veterano Teniente Coronel, al que inmediatamente (16/03/1812) se le confió el mando de un Cuerpo de Caballería formado por la diestra mano de su Comandante, que a la postre va a desplegar su bizarría y su gloria por medio Continente.

Sin embargo, como bien lo señaló la historiadora Patricia Pasquali, San Martín inició su epopeya en América desde un desventajoso punto de partida, habida cuenta que no contaba en el Plata con familiares de renombre, mucho menos con fortuna. Además de ello, su verdadera fortaleza, que era su experiencia militar, generaba que sea mirado con desconfianza, dado que su foja de servicios acreditaba más de dos décadas de servicios en favor de la corona española a la que ahora combatía, circunstancia que gravitó para que dos de los miembros del Primer Triunvirato lo hayan recibido con reparos, tal como el prócer confesaría en el epílogo de su vida.

Aquí aparecerá una cualidad de San Martín que mantendrá incólume a lo largo de su vida, cuál fue su capacidad de superar una tras otra las adversidades que el devenir de la Revolución y la Guerra iba poniendo en su camino, sin dejar de mencionar entre ellas a su mala salud que lo acicateó desde temprana edad hasta su muerte en Boulogne-sur-Mer.

El triunfo en el combate de San Lorenzo (03/02/1813), bautismo de fuego de “sus muchachos”, y sobre todo el rol que desempeñó San Martín en dicha acción, en la que marchó a la cabeza de su columna poniendo en grave riesgo su vida, vinieron a disipar esa desconfianza inicial. No obstante, asomaba en el horizonte otro grave escollo, ya de orden político, cual fue la ascendente gravitación del ambicioso Carlos María de Alvear dentro del drama revolucionario.

Este último, a diferencia de San Martín, contaba con grandes relaciones de familia en el Plata y con una cuantiosa fortuna, más no tenía el fuste militar del futuro Gran Capitán. Sin embargo su poder e influencia fue prevaleciendo en la política de Buenos Aires y de la Logia Lautaro, en detrimento de la de San Martín.

La designación como Jefe del Ejército Auxiliar del Perú (en reemplazo del Gral. Manuel Belgrano), cargo que San Martín aceptó a regañadientes, terminó por alejarlo de Buenos Aires, centro de poder del movimiento emancipador, y a su vez consolidó la posición del ascendente Alvear.

Este traslado, que prima facie pareció perjudicarlo, terminó por fortalecerlo. En primer lugar, pudo ver de cerca los complejos y a veces estériles esfuerzos que el Ejército hacía en el Norte como ruta para llegar al Perú, centro del poder español en América, dilapidando hombres y dinero, extremo que no escapó a su genio militar, y que a la postre coadyuvó a tomar la decisión de la necesidad de abrir un nuevo teatro de operaciones en dirección al Oeste para llegar a Chile cruzando la Cordillera, combinar esfuerzos y en una operación anfibia dar el golpe magistral al dominio español. El Plan Continental aparecía en todo su esplendor.

En segundo lugar, y no por eso menos importante, es la amistad que San Martin pudo cultivar con Manuel Belgrano, quién lo puso al corriente de la geografía, dificultades, idiosincrasia y religiosidad de los Jefes, oficiales, soldados y de la población en el Norte de las Provincias Unidas, datos que el futuro Libertador escudriñó con su notable lucidez, concluyendo que allí no había que intentar ofensiva alguna. Entendió que Güemes con sus “infernales” podrían defender ese frente con éxito. Los hechos posteriores iban a darle la razón.

Su nombramiento como Gobernador Intendente de Cuyo (10/08/1814), la caída de Alvear, el advenimiento de Juan Martín de Pueyrredón y la declaración de la Independencia, fueron sucesos que pusieron a San Martín en posición de llevar adelante su plan, empujado por el heroico pueblo de Cuyo que se vio reflejado en su líder, ese hombre austero que predicaba con el ejemplo, renunciando a la mitad de su sueldo, configurándose en él un verdadero hombre-misión, siendo esta la Independencia de la América del Sur.

Con la pérdida de la libertad de Chile, a instancias de la derrota ocurrida en Rancagua (02/10/1814) el plan sanmartiniano sumaría un nuevo escollo, a la titánica tarea de cruzar el macizo andino se sumaba la no menor dificultad que del otro lado aguardaría ya, no un gobierno amigo, sino todo lo contrario, el Ejército realista bajo las órdenes de Casimiro Marcó del Pont.

Nuevamente habría que superar adversidades, y aquí el genio de San Martín se iba a imponer mediante una hábil guerra de inteligencia, conocida también como guerra de “zapa”. El gran Capitán infiltró agentes, hizo correr noticias falsas, logró distraer y dividir las fuerzas del enemigo que no supo saber a tiempo y a ciencia cierta por cuál de los pasos cordilleranos confluiría el grueso del Ejercito Libertador.

San Martín ideó la logística de la gran epopeya, el cruce implicaba movilizar un ejército de cinco mil almas, por caminos que no era caminos, verdaderos desfiladeros por donde debía conducirse la pesada artillería, animales, víveres, etc., desafiando lo abrupto de la mole Andina. No en vano, en sus propias palabras, lo que no le permitía dormir no era tanto la oposición que pudiera hacerle el enemigo, sino cruzar esos inmensos montes, lo que logró gracias a su capacidad y al tremendo esfuerzo de sus huestes y colaboradores, entre ellos el siempre eficaz Fray Luis Beltrán.

La sorpresa que tanto buscó San Martín se concretó finalmente en los hechos. El 12 de Febrero de 1817 el Ejército Patriota y el Realista se batieron en los campos Chacabuco, aquí pesó nuevamente la experiencia del Capitán de Los Andes, dado que se mostró como el primer conductor en América que ensayó un ataque envolvente, en detrimento del clásico choque frontal. La estrategia y la bizarría de sus hombres dieron la victoria, no sin pasar algún apuro habida cuenta la precipitación de Bernardo O´Higgins que comprometió severamente el éxito de la contienda.

Sin embargo, los restos del enemigo se concentraron en el sur de Chile, que se abastecía de hombres provenientes del Perú mediante el Pacifico. El dominio de los mares era decisivo y San Martín, no sin esfuerzo, en breve lo tendría, pero antes debía asegurar la libertad de Chile “la ciudadela de América”.

El revés de Cancha Rayada (19/03/1818) sacó a relucir los dotes del Conductor, que en medio de una delicada situación y de un pánico general en Santiago (Chile) , logró rearmar en dos semanas un Ejército que se creía derrotado, para ponerlo de nuevo frente al enemigo en la decisiva batalla de Maipú (05/04/1818), donde con el sol como testigo, y nuevamente mostrando la lucidez de su genio militar, aseguró definitivamente la libertad de Chile, y con ella afianzó la de las Provincias Unidas del Rio de la Plata.

Faltaba un escollo más para completar su misión, terminar con el dominio español en América cuyo centro de poder estaba en el Perú.

Para ello, luego de innumerables avatares, con dispar apoyo de las Provincias Unidas y de Chile, que se desangraban en luchas intestinas (que el Libertador siempre aborreció) logró constituir una escuadra para tener el dominio del Pacifico, y con el realizar desembarcos por distintos puntos de la costa peruana, insurreccionar a la población para ir ganándose la opinión de un pueblo acostumbrado al ya decadente dominio español.

De esa manera mitigaba la notable desigualdad de sus fuerzas en relación al enemigo, este último contaba en el Perú con más de veinte mil hombres, San Martin con menos de la mitad.

A medida que la opinión de la masa se volcaba a favor de la Revolución, explotando al máximo la ventaja anfibia, San Martin fue acercándose a la Capital. Así pudo tomar Lima sin disparar un solo tiro, de igual modo la Fortaleza Real Felipe del Callao, y así declaró la Independencia del Perú (28/07/1821). Lo hizo con la particularidad de aceptar el cargo político (posibilidad que desechó en Chile) adoptando la singular fórmula de “Protector” del Perú.

No obstante ello, el poder de San Martín se fue debilitando, disensiones internas en el seno de su Ejército, como también en el gabinete, principalmente con el Ministro Bernardo Monteagudo. Sumado a ello las dificultades derivadas del complejo entramado social imperante en el país incaico, más la falta de apoyo de Chile y mucho menos de Buenos Aires, donde Rivadavia se negó a prestar sus auxilios para una misión que desde el Norte del país debía distraer las fuerzas del enemigo hacia el Alto Perú, fueron mellando el espíritu del Libertador luego de diez años de guerra y revolución.

El único apoyo que le restaba solicitar era el del Libertador del Norte, Simón Bolívar. La entrevista que tuvieron (26 y 27 de Julio de 1822) mostró a las claras la reticencia de este último a colaborar con su par del Sur.

Como otrora lo hiciera George Washington, San Martín decidió dar por terminada su vida como hombre público, la causa de América estaba por encima de todo. Por ello, el 20 de septiembre de 1822 dejó constituido el Primer Congreso Constituyente del Perú y depositó en esa corporación el cargo con el que fue honrado.

Con su habitual grandeza y con la tranquilidad del justo sentenció “La presencia de un militar afortunado (por más desprendimiento que tenga) es temible a los Estados que de nuevo se constituyen; por otra parte, ya estoy aburrido de oír decir que quiero hacerme soberano. Sin embargo, siempre estaré pronto a hacer el último sacrificio por la libertad del país, pero en clase de simple particular y no más. En cuanto a mi conducta pública, mis compatriotas (como en lo general de las cosas) dividirán sus opiniones; los hijos de éstos darán el verdadero fallo”.

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