Estados Unidos y el golpe contra Frondizi

Por Leandro Morgenfeld 
Historiador IDEHESI-UBA-CONICET

Introducción 

El 29 de marzo de 1962 se produjo el anunciado golpe de estado contra Frondizi, luego del triunfo peronista en varias provincias, en las elecciones llevadas a cabo once días antes . Durante las semanas previas habían arreciado las presiones militares contra el líder de la Unión Cívica Radical Intransigente (UCRI), tanto por su negativa a votar la exclusión de Cuba de la Organización de Estados Americanos (OEA) en la conferencia de Punta del Este como por el parcial levantamiento de la proscripción a los peronistas. Antes, durante y después del golpe, cuando la Administración Guido buscó insistentemente el reconocimiento diplomático por parte de la Casa Blanca, el embajador estadounidense Robert McClintock tuvo una larvada, pero no por eso menos intensa, intervención en la crisis política que se desarrollaba en Buenos Aires. En base a documentación inédita del Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto (AMREC) y el Archivo Frondizi, y de los archivos del Departamento de Estado y la Biblioteca Presidencial John F. Kennedy , exploramos en este artículo los entretelones de la participación estadounidense en este proceso –desde las presiones para lograr la ruptura de relaciones con Cuba hasta el reconocimiento diplomático al gobierno encabezado por Guido-, crucial no sólo para la vida política argentina sino para las relaciones interamericanas en la turbulenta década de 1960. 

Para entender la posición de Estados Unidos frente al golpe de 1962, se profundiza el análisis de cómo afectó la Revolución Cubana la relación entre Washington y Buenos Aires en el ámbito del sistema interamericano. Para ello, haremos referencia a nuestros análisis previos de la Conferencia del Consejo Interamericano Económico y Social (Punta del Este, agosto de 1961) y la Reunión de Consulta de Cancilleres Americanos (Punta del Este, enero de 1962). En ambos cónclaves se discutieron los alcances de la Alianza para el Progreso (ALPRO) y la exclusión de Cuba de la OEA. La posición ambivalente del gobierno de Frondizi –planteando posicionamientos principistas, pero a la vez cediendo recurrentemente a las exigencias militares- y las presiones de la Casa Blanca debilitaron aún más la posición del gobierno argentino, generando, en parte, las condiciones para su derrocamiento, en marzo de 1962. Sin embargo, hubo intensas discusiones en Washington sobre cómo actuar frente al inminente golpe y, luego, sobre el reconocimiento al gobierno de Guido, que provocaron una demora en el ansiado aval diplomático. Finalmente, como veremos, primaron en Estados Unidos quienes creían que había que sostener al nuevo ocupante de la Casa Rosada, pese a su irregular asunción. Esta posición del Departamento de Estado, para la cual fue fundamental la incesante actuación de su embajador en Buenos Aires, no puede entenderse sin una adecuada contextualización de la guerra fría en América y de cómo la Doctrina de la Seguridad Nacional o Doctrina de las fronteras ideológicas pasó a tener una gran influencia en la región.

El artículo pretende, además de realizar un aporte a un suceso fundamental de la historia argentina, llenar un vacío historiográfico. En la Argentina y en Estados Unidos existe una relativamente amplia bibliografía sobre la participación estadounidense en los golpes de 1966 y 1976 –véanse Scenna , Tcach y Rodríguez , Rapoport y Laufer , Míguez , Mazzei , Novaro , Escudé y Cisneros , Sheinin , Tulchin  y Schmidli , sólo por nombrar algunos de ellos -, pero muy poco sobre el de 1962, que en definitiva marcó una línea de intervención, que influyó significativamente en la relaciones interamericanas en la década de 1960. Mostró a los militares argentinos, sobre todo a los de la facción de los azules, y a sus pares de todo el continente, que más allá de la prédica democrática esgrimida por el Departamento de Estado para combatir la Revolución Cubana y para exaltar los objetivos de la ALPRO, en definitiva Estados Unidos se mostraría proclive a reconocer –y sostener política y financieramente- a gobiernos que hubieran arribado al poder tras golpes de estado y/o rupturas del orden constitucional.

Frondizi y Cuba: del “regateo” con Estados Unidos a las presiones militares 

Cuando asumió Frondizi, en 1958, la relación Argentina-Estados Unidos atravesó un momento de relativo entendimiento, producto de los acuerdos económicos que alentó con empresas de capitales estadounidenses y del financiamiento que demandó al FMI y a los grandes bancos del país del norte . Sin embargo, cuando se produjo la revolución cubana y el peligro rojo se trasladó de lleno al patio trasero estadounidense, empezaron a producirse diversos cortocircuitos.

El presidente argentino fue especialmente crítico de la orientación asistencialista de la ALPRO y, en un principio, se opuso a la exclusión de Cuba de la OEA y a la ruptura de relaciones diplomáticas con la isla. En reiteradas ocasiones, reivindicó el respeto a la autodeterminación de los pueblos, la no intervención en los asuntos internos de otros países y la solución pacífica de los conflictos internacionales. Sin embargo, dadas las limitaciones de su proyecto desarrollista, la relación dependiente que supuso con el capital extranjero y la ruptura de la alianza electoral con el peronismo, no pudo construir la correlación de fuerzas políticas necesaria para resistir las presiones externas, de Estados Unidos, e internas, de las fuerzas armadas, cada vez más cercanas a la nueva Doctrina de la Seguridad Nacional. Frondizi interpretó que el problema cubano era una oportunidad para obtener ventajas por parte de Estados Unidos –en concreto, esperaba recibir ayuda por 1000 millones de dólares para diversos proyectos de desarrollo, como la represa de El Chocón-. Como en febrero de 1961 le manifestó a Schlesinger, enviado de Kennedy, el presidente argentino consideraba que la eliminación de Castro no resolvería el problema de fondo, sino que era necesario atacar las condiciones que habían originado el triunfo del líder cubano. Caso contrario, surgirían otros revolucionarios en el continente. Amenazar con el peligro del contagio cubano parecía ser la táctica predilecta del radical intransigente para obtener la esperada ayuda económica estadounidense. Esa orientación, clave para el regateo con Estados Unidos, se dio en forma conjunta a un acercamiento con Brasil  y otros países de la región, para erigirse en líder latinoamericano e incluso en un virtual mediador entre La Habana y Washington . 

En agosto de 1961 se reunió, en Punta del Este, el Consejo Interamericano Económico y Social (CIES) de la OEA. La delegación argentina planteó la posición de la Casa Rosada frente al plan estadounidense. Para Frondizi, la ALPRO debía tener un contenido menos asistencialista (orientada a resolver las carencias de viviendas, trabajo, tierras, salud y educación) y más vinculado al desarrollo básico (infraestructura, transportes, energía, siderurgia). Desde su perspectiva, los problemas latinoamericanos eran más bien la falta de desarrollo tecnológico y de industrialización, y no tanto la injusticia social, como estipulaban los diagnósticos del gobierno de Kennedy. 

Frondizi procuró aprovechar la particular coyuntura interamericana –la Casa Blanca buscaba con desesperación apoyos sudamericanos en función de aislar diplomáticamente a Cuba- para concretar la ayuda económica que el país del norte venía prometiendo desde marzo de ese año. Especulaba con que el conflicto Washington-La Habana permitiera a la Argentina aumentar su poder de regateo frente a Estados Unidos.  

El presidente argentino se entrevistó con Kennedy en dos oportunidades, en septiembre y diciembre de 1961, justo antes de la Reunión de Cancilleres de enero de 1962. En la primera, se avanzó en proyectos como el del complejo del Chocón, la modernización de la industria de la carne, el impulso a la industria de la pesca y planes de desarrollo hidráulico, entre otros. También se conversó sobre el incremento del intercambio comercial –deficitario para la Argentina por ese entonces-. En esa reunión, el presidente argentino incluso se ofreció a realizar una gira latinoamericana para reivindicar la superioridad del desarrollo democrático frente a la opción revolucionaria cubana, aunque aclaró que de ninguna manera iría a una mera campaña ideológica, sino que quería mostrarles a los pueblos de cada país los resultados concretos y tangibles en términos de desarrollo de la ALPRO. Insistió más de una vez en que era vital la ayuda estadounidense como recompensa por los sacrificios que hacía Argentina en política exterior. 

El segundo encuentro entre ambos presidentes se realizó el 24 de diciembre. La negociación volvió a plantearse en términos similares: Frondizi estaba dispuesto a apoyar a Kennedy en su política anti-cubana sólo si se concretaba la asistencia financiera que requería Argentina . 
En los días iniciales de 1962 hubo todavía negociaciones entre Kennedy y Frondizi para definir una posición frente a la inminente reunión de cancilleres. El argentino le envió una carta a su par, el 2 de enero, adjuntando los proyectos de resolución propuestos por la Casa Rosada para la cumbre: era necesario preservar la cohesión y la unidad continental, y a la vez garantizar el orden político e institucional en cada nación americana. Tratar el problema cubano en forma aislada y sin atacar las causas de la revolución sería, a su juicio, erróneo y contraproducente. Era vital que Kennedy movilizara inmediatamente recursos económicos y técnicos extraordinarios para garantizar la salida del subdesarrollo del continente latinoamericano . Ocho días más tarde, Kennedy contestó con otra misiva, solicitándole a Frondizi el apoyo para aplicar a Cuba el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) y pidiéndole a Buenos Aires que actuara conjuntamente con Washington en Punta del Este. El argentino envió a Oscar Camilión y al embajador Ortiz de Rozas a Estados Unidos para discutir los detalles de las respectivas posiciones, pero no se llegó a un acuerdo. Kennedy declaró públicamente que se aplicarían sanciones a Cuba, posición que ratificó poco después el Secretario de Estado Dean Rusk. Al mismo tiempo, realizaba nuevas promesas de ayuda económica al continente: en su mensaje al Congreso, propuso un nuevo fondo de 3000 millones de dólares para potenciar la ALPRO . Luego del fracaso del desembarco militar en Bahía de Cochinos, en abril del año anterior, era vital para Kennedy lograr un triunfo diplomático en la futura conferencia interamericana.

La crucial reunión de Ministros de Relaciones Exteriores de países americanos se llevó a cabo en el balneario uruguayo entre el 22 y el 31 de enero. Rusk dio un discurso el 25 de enero, en el que acusó a Castro de haber repudiado la filosofía y los principios del sistema interamericano, convirtiéndose en un agente del comunismo internacional . En consecuencia, propuso que se reconociera que Cuba se había aliado al bloque chino-soviético y que por lo tanto debía expulsársela de la OEA e interrumpirse el comercio entre los países americanos y la isla . Tras esa intervención, habló el canciller argentino Miguel Ángel Cárcano. Reconoció la amenaza del comunismo en América y los vínculos de Castro con el bloque chino-soviético, pero señaló que debía combatirse al comunismo con el desarrollo latinoamericano, que debía ser intenso y acelerado. A pesar de las idas y vueltas de Argentina –los rumores indicaban alternativamente que votaría con Estados Unidos la expulsión o con Brasil la abstención-, y siguiendo el libreto trazado por el propio Frondizi, la cancillería argentina se oponía a excluir a Cuba del sistema interamericano, y a la vez insistía en los pedidos de ayuda estadounidense al desarrollo económico latinoamericano como forma de alejar el peligro comunista. Más allá de las presiones de la Casa Blanca y de amplios sectores de las fuerzas armadas argentinas, la delegación nacional sostuvo los principios de no intervención y autodeterminación, anticipando su abstención frente a la propuesta de Washington . 

En Punta del Este se aprobaron 9 resoluciones, entre las que destaca la VI: “Exclusión del actual gobierno de Cuba de su participación en el Sistema Interamericano” . Se realizaron intensas negociaciones para lograr aprobarla, debido a que se requerían dos tercios de los votos. Además, Estados Unidos batalló hasta último momento para ganar los votos de Argentina y Chile, lo cual hubiera mostrado una posición más uniforme en el continente . Finalmente, la polémica resolución tuvo 14 votos a favor, uno en contra (Cuba) y 6 abstenciones (Argentina, México, Brasil, Chile, Bolivia y Ecuador). Es de destacar que, pese a las intensas negociaciones entabladas personalmente por Kennedy ante Frondizi, en septiembre y diciembre de 1961 –y luego por carta-, no se logró el voto argentino, teniendo que aprobarse esta resolución anti-cubana sin el apoyo de los principales países latinoamericanos, como México, Brasil, Argentina y Chile. 

Ante la inmensa presión externa e interna, la abstención argentina requirió de una explicación. Cárcano la atribuyó a cuestiones jurídicas. Oscar Camilión, por su parte, señaló que el voto se explicaba por varios motivos: Argentina no quería romper con Cuba, las sanciones violaban el preciado principio de no intervención, y no eran eficaces, en tanto no harían sino reforzar la posición de Castro . Aislando a Cuba, se la empujaría a constituirse como un satélite soviético. Para sectores conservadores y anticomunistas, el voto del gobierno de Frondizi respondía a los vestigios remanentes propios de su pensamiento ideológico y a una subestimación de la oposición de la opinión pública y los militares . La izquierda, por otros motivos, también fue muy crítica con la posición del gobierno argentino.

Estados Unidos presionó fuertemente a todos los gobiernos reticentes a aislar a Cuba. En esa línea se enmarca el viaje de Adlai Stevenson, alto funcionario del gobierno de Kennedy, por toda América Latina, para entrevistarse con distintos mandatarios, solicitándoles que rompieran relaciones diplomáticas, culturales y comerciales con el gobierno castrista. Diversos gobiernos renuentes a seguir esa línea fueron desplazados: Quadros en Brasil, Velazco Ibarra en Ecuador y Frondizi en Argentina. El gobierno de Estenssoro, en Bolivia, también sufrió fuertes presiones, hasta que fue desplazado por los militares en 1964. 

Si bien el golpe de estado contra Frondizi tuvo, como antecedente y causa más próxima, la habilitación y el triunfo del peronismo en las elecciones a gobernador de la Provincia de Buenos Aires, por su carácter estratégico, el tema del posicionamiento externo del gobierno, y en particular la política desplegada frente al problema cubano -las mencionadas negativa a votar la expulsión de Cuba en Punta del Este, entrevista con el Che Guevara e inicial oposición a romper relaciones diplomáticas con la isla-, operaron también como uno de los factores que impulsó a los golpistas. Ya había habido planteos militares agosto de 1961, tras la reunión Frondizi-Guevara . Cuando se conoció la abstención argentina en Punta del Este, las reacciones militares fueron inmediatas. El 31 de enero hubo múltiples reuniones castrenses y el secretario de la Aeronáutica impartió a sus mandos la Orden General 29, expresando la nueva doctrina militar: 

La Aeronáutica Argentina, partiendo de la base que la lucha contra el comunismo obedece a un principio de defensa, más que de política pura, y que el comunismo internacional constituye en la actualidad el mayor peligro contra la libertad y la democracia, reafirma a las unidades su posición occidental y de solidaridad con todos aquellos países que han asumido la defensa del mundo libre, y no tolerará amenaza alguna que se cierna sobre nuestro modo de vida . 

Desautorizaba la política exterior de la cancillería argentina y anticipaba el movimiento golpista que los militares concretarían dos meses más tarde . 

La negativa argentina a acompañar la política estadounidense contra Cuba generó un nuevo planteo militar al gobierno de Frondizi. Los jefes de las tres Armas pidieron una reunión, en la que participaron el propio presidente y Cárcano, entre otros. Así, aumentó la presión militar contra un gobierno civil que tendría los días contados. Frondizi intentó defender su política exterior, y también concitar apoyo popular para contrarrestar la presión militar, en un célebre discurso pronunciado el 3 de febrero en Paraná, en ocasión de la inauguración del túnel subfluvial . Allí reivindicó la actuación de la delegación argentina en Punta del Este, señalando que la misma había sido acorde a sus instrucciones. La presión militar continuó. El 6 de febrero, en ocasión de la visita de Leopoldo III, ex rey de Bélgica, los secretarios y altos mandos militares se abstuvieron de participar en la cena en su honor, y plantearon que mantendrían esa actitud hasta la ruptura con Cuba. Finalmente, el 8 de febrero, se impusieron los sectores que presionaban por la ruptura de relaciones diplomáticas con Cuba, que se concretó con el decreto 1250. Frondizi, una vez más, debió ceder . Fracasó su estrategia de presentarse como una alternativa reformista y modernizadora frente al potencial avance comunista en el continente, a la vez que se oponía a la expulsión de Cuba, lo cual supuestamente le serviría para una acumulación política interna, de cara a las inminentes elecciones. 

La actividad del embajador McClintock en los prolegómenos del golpe 

Luego de que la UCRI hubiera obtenido triunfos electorales en Santa Fe, Catamarca, Formosa y San Luis –los comicios se iniciaron en diciembre de 1961-, Frondizi abrigaba la esperanza de derrotar al peronismo en el resto del país y reconstituir la fuerza política de su alicaído gobierno. La posibilidad de habilitar la participación de listas con candidatos peronistas, en tanto, alarmaba a los militares. Frondizi confiaba en su triunfo, y les prometía a los altos mandos de las fuerzas armadas que, en caso de que ganaran candidatos peronistas, intervendría esas provincias para evitar que asumieran. Ese juego de presiones y expectativas se desplegó a principios de 1962. 

Entre la crisis interna por la cuestión cubana y las elecciones del 18 de marzo –el peronismo se impuso en la mayoría de los territorios en disputa, incluyendo la estratégica provincia de Buenos Aires-, se jugó la suerte de Frondizi. Apenas unos días después, el 29 de marzo, en el medio de frenéticas negociaciones, se produjo el anunciado golpe de Estado que lo desalojó de la Casa Rosada. En esos dos meses febriles, hubo intensas gestiones del Departamento de Estado, a través embajador McClintock , pero también de otros estamentos del gobierno de Estados Unidos, como el Pentágono, que cultivaba fluidos vínculos con los jefes castrenses argentinos. 

Así reconstruía Potash, hace algunas décadas –y sin haber podido acceder a documentos diplomáticos que todavía no habían sido desclasificados-, el debate sobre el rol de Estados Unidos en la crisis que derivó en la caída de Frondizi: 

El papel representado por los Estados Unidos en los sucesos de esos días se ha interpretado de diferentes maneras. Autores que simpatizan con Frondizi [cita a Alonso (1972) y García Lupo (1962)] han sostenido que el Pentágono, por motivos que van desde el deseo de socavar la Alianza para el Progreso del presidente Kennedy hasta la irritación ante la política de Frondizi respecto de Cuba, orquestó deliberadamente el golpe contra el presidente argentino. Nunca se han ofrecido pruebas para sostener esa acusación general ni para otra acusación más concreta, según la cual militares norteamericanos destacados en Buenos Aires, durante la crisis de diez días que empezó el 18 de marzo instaron a sus colegas argentinos a que destituyeran a Frondizi. Mientras llegue el momento de contar con pruebas documentales o testimonios orales convincentes –cosa que hasta ahora no ha ocurrido-, tales acusaciones no pueden sino considerarse conjeturas muy imaginativas. Lo que ha podido establecerse, en cambio, es el denodado esfuerzo del embajador McClintock para salvar al presidente argentino . 
El golpe contra Frondizi fue encabezado por los militares que se negaron a permitir que asumiera Andrés Framini en Buenos Aires y demás gobernadores peronistas, neoperonistas y no peronistas electos (en el marco de la guerra fría, el enemigo de Estados Unidos era el comunismo internacional, y sus adláteres en cada país, aunque se travistieran de peronistas, radicales o socialistas), y a la vez cuestionaban la política exterior de Frondizi. Por eso es relevante profundizar sobre el rol, contradictorio, de Estados Unidos ante al golpe. Hubo intensas gestiones de y ante la embajada estadounidense, en los días previos al golpe, que a veces acompañaban, pero otras iban en sentido diferente a las ejercidas sobre los militares argentinos por parte de sus colegas del país del norte.

En el apartado “Las vísperas del golpe”, Escudé y Cisneros (2000), interpretan que la participación de Estados Unidos en esta crítica coyuntura se realizó de dos formas paralelas. En primer lugar, se opuso al sector del peronismo que había realizado una “alianza irracional” con el comunismo (Framini) y, en segundo lugar, apoyó al peronismo como un mal menor que podría ser un paliativo contra la influencia castrista en el continente. 

Lo que es seguro es que, en febrero de ese año, las autoridades estadounidenses utilizaron sus contactos en las Fuerzas Armadas argentinas para forzar un cambio de rumbo en la política exterior de Frondizi, y, una vez logrado ese objetivo -el 8 de febrero, provocada la ruptura con Cuba-, intentaron que se impusieran los sectores “moderados”, para evitar la consumación de un golpe. En un telegrama enviado por el Secretario de Estado Rusk al embajador McClintock, éste resume la estrategia de la cancillería estadounidense: 

En referencia al telegrama 1350 de la Embajada, el Departamento comparte las preocupaciones de la Embajada en relación a que la crisis política interna puede destruir el balance entre las fuerzas civiles y militares y provocar la subordinación de las autoridades constitucionales electas a los militares. Nosotros damos la bienvenida a los cambios en la política exterior, producto de las presiones internas mayormente de los militares. Sin embargo, creemos que la continua y extrema presión de los militares contra el gobierno constitucional sería contraria a los intereses de Estados Unidos. Usted tomó posición con nuestra aprobación en el sentido de que esto es un problema interno de la Argentina, en el cual resolvimos no intervenir, pero que deploraríamos un golpe militar contra el gobierno constitucional. Si en función de esta posición usted tiene la oportunidad de contactarse con militares, debe resaltar las ventajas de reducir la presión contra el gobierno en favor de una solución moderada, ahora que se produjo un cambio en la política exterior . 

En este telegrama se grafica bien la posición del Departamento de Estado. Reconoce las presiones militares que llevaron a Frondizi a endurecer su posición ante Cuba y a la vez pide aflojarlas, para evitar un golpe que contradijera la prédica democrática de la ALPRO y de la propia cancillería estadounidense. Una caída del presidente argentino podía ser leída en el continente como una derrota de la estrategia implementada por Kennedy a través de la ALPRO. 

El 12 de febrero, Frondizi envió una carta a su par estadounidense con la impronta crítica que había expresado pocos días antes en el citado discurso de Paraná. Hablaba allí de las conspiraciones internas para derrocarlo, y a la vez aludía a ciertos sectores estadounidenses que también lo boicoteaban, supuestamente por su negativa a apoyar decididamente los objetivos de la ALPRO. Exigía en esa misiva que la Casa Blanca declarara públicamente que la Argentina era un factor de peso para sostener la democracia continental. Puede leerse esta carta como un pedido de auxilio para debilitar a los sectores golpistas internos. Frondizi iba más allá: le solicitaba expresamente a Kennedy que frenara las acciones desestabilizadores por parte de personas cercanas a Estados Unidos que operaban contra su gobierno. Esta carta fue criticada al interior del Departamento de Estado, como el canciller Rusk le hizo saber a su embajador en Buenos Aires .

Al mismo tiempo, Frondizi mantenía la actitud de regateo que había desplegado en los meses previos. Públicamente reivindicaba su principismo en materia de política exterior –como quedó explicitado en el citado discurso de Paraná-, a la vez que se sometía a las presiones militares. Y seguía reclamando auxilio financiero por parte del gobierno estadounidense, y les prometía, como contrapartida, alabar públicamente a la ALPRO. Es decir, de cara a las inminentes elecciones, quería mostrarse ante la ciudadanía como un fiel representante de las tradiciones más autonomistas del radicalismo, pero a la vez negociaba con Estados Unidos la aplicación de un fuerte ajuste –negociado con el FMI- a cambio del auxilio financiero. Así lo describe McClintock en un telegrama del 16 de febrero, tras haberse reunido con el ministro Coll Benegas, quien reclamaba poder usar 50 millones de dólares de un crédito stand by acordado con el Tesoro de Estados Unidos –antes de los 100 millones que otorgaría el FMI–, pedido ya realizado por el propio presidente argentino a Kennedy: 

El ministro agregó que si hacíamos lugar al pedido de Frondizi, éste le podría dar amplia publicidad y subrayar la importancia de la Alianza para el Progreso, dejando en claro que los Estados Unidos estaban ayudando a la Argentina en el esencial desarrollo de la infraestructura de ferrocarriles, en línea con el espíritu de la Carta de Punta del Este .  

El 22 de febrero, McClintock se entrevistó, por casi una hora, con Frondizi. Éste le recordó, como ejemplo del intervencionismo estadounidense, el caso de las cartas cubanas de septiembre de 1961, utilizado por los servicios de inteligencia para amplificar el fervor anticomunista entre los militares argentinos y presionar en favor de la ruptura con Cuba. El embajador le aseguró que ninguna agencia del gobierno de Estados Unidos había estado implicada en aquel episodio y que, de ahora en más, se ocuparía de que los vínculos políticos fueran entre los gobiernos de ambos países, y no entre los militares. En el telegrama que envía a Rusk al día siguiente, McClintock destaca que Frondizi sentía paranoia de sus propios militares y estaba convencido de que eran incentivados por los Estados Unidos . Esto, a nuestro juicio, es una muestra más de que existían diferencias políticas entre el Departamento de Estado y el Pentágono, tal como percibía el propio mandatario argentino y como le había insinuado al embajador estadounidense en este encuentro. 

El 25 de febrero, la Casa Blanca anunció un préstamo de 150 millones de dólares a la Argentina, para su desarrollo económico, en el marco de la ALPRO.

La embajada de Estados Unidos, en línea con la prédica pro-democrática de la ALPRO y del propio Departamento de Estado, insistió en que su actitud en la coyuntura crítica argentina había sido prescindente, a la vez que destacó que siempre había sido cuidadosa en señalar a los distintos actores internos que la cuestión de un eventual golpe era algo interno de la Argentina, en la cual no tendrían participación. La Unión Cívica Radical del Pueblo, por su parte y como recuerdan Escudé y Cisneros (2000), señaló que sí hubo tres acciones por parte de Estados Unidos que influyeron en la delicada coyuntura previa al golpe: el anuncio de la aprobación de un empréstito de 150 millones de dólares, la visita de McClintock a Frondizi dos días después de los comicios, para advertirle que Estados Unidos cancelaría ese apoyo financiero en caso de un cambio de gobierno y la visita del embajador al jefe de la Fuerza Aérea, el 25 de marzo, con el mismo discurso. 

McClintock cuestionó esta interpretación –o sea, la idea de que esas acciones hubieran implicado una injerencia en los asuntos internos de la Argentina-, aunque Rusk reconoció que instruyó a sus contactos militares para promover una solución moderada, indicando que Estados Unidos vería con malos ojos una interrupción del orden constitucional y un cambio de gobierno. El jefe del Departamento de Estado diferenció, como mostramos más arriba, las presiones de militares argentinos sobre el gobierno constitucional en función de lograr cambios en la política exterior de Frondizi –que eran bienvenidas- de una presión continua y extrema que pudiera considerarse lesiva para los intereses de su país. En síntesis, usaban los vínculos entre militares estadounidenses y argentinos para presionar en función de modificar las decisiones soberanas en materia de política exterior (como habían logrado con el giro en relación con Cuba, plasmado en la ruptura del 8 de febrero), pero esto no tenía que leerse como un apoyo al golpe . 

Algunos funcionarios estadounidenses temían que el fracaso electoral de Frondizi del 18 de marzo, y en especial el triunfo de Framini, pudieran ser interpretados como una derrota de las políticas de ajuste, los planes de estabilización y la política petrolera y de apertura al capital extranjero, que alentaba el FMI, con el respaldo de Estados Unidos. Para no pocos analistas, en consecuencia, el traspié electoral de Frondizi podía leerse, además, como una derrota de Estados Unidos y de la ALPRO . McClintock no acordaba con esta interpretación y prefería explicar los resultados de los comicios en base a la dinámica política interna: Framini había ganado menos por la influencia comunista que denunciaban los militares argentinos y más como consecuencia de la incapacidad de la UCRI y la UCRP de unirse en un frente antiperonista. Por eso, argumentaba, no había que pensar que la ALPRO había sufrido una derrota. 

El frágil presidente argentino apeló al embajador para que frenara los intentos golpistas: entre el 18 y el 29 de marzo, Frondizi solicitó a McClintock que se reuniera con sus contactos en las Fuerzas Armadas argentinas para disuadirlos de que optaran por la vía golpista. La misma noche de las elecciones, por ejemplo, envió a Cecilio Morales a hablar con el embajador estadounidense con este pedido concreto . Una semana después, el 25 de marzo, Frondizi le requirió al embajador que intercediera ante los Almirantes de la Marina para evitar el golpe . Horas después, el McClintock se volvió a reunir con Frondizi, quien le agradeció las gestiones. El embajador se ofreció entonces a hacer lo propio con los jefes del Ejército y la Fuerza Aérea . Estas gestiones, a nuestro juicio, muestran la indudable injerencia de Estados Unidos en la política interna argentina, sobre todo en una coyuntura tan compleja. Frente al expreso pedido de Frondizi, el embajador le planteó que su acción sería prescindente. Le recordó, como había planteado desde que llegó al país el mes anterior, que los agregados militares estadounidenses no interferían en los asuntos internos de Argentina. Como señaló en un cable del 23 de marzo: “Pienso que [las presión de los militares] es un problema que Frondizi debe resolver por sí mismo. Quiero, sin embargo, que piense que estoy de su lado” . Este cable muestra claramente su juego: pretendía que Frondizi considerara que su intervención era en el sentido de sostener su gobierno, pero a la vez no actuaba para frenar el inminente accionar castrense. Su falta de compromiso para evitar el golpe podía ser leída por los militares como una carta blanca para avanzar en el derrocamiento. 

Si en las horas posteriores a las elecciones McClintock procuró evitar la caída de Frondizi, que, como dijimos, podía ser leída en el resto del continente como una derrota de Kennedy y de la ALPRO, con el correr de los días su posición fue variandoTras reunirse con Aramburu y Krieger Vasena, la semana posterior a los comicios, su optimismo frente a la posibilidad de la continuidad del líder de la UCRI se desvaneció, al ver que el primero, sindicado como un “moderado” que pretendía sostener el gobierno constitucional (para eventualmente erigirse como su heredero en 1964), tenía decidido acabar con Frondizi. Ni el anuncio de la anulación de las elecciones atemperó las presiones de los militares, quienes le exigieron al presidente la renuncia en reiteradas oportunidades. Incluso la intervención a las provincias, que Frondizi anunció y justificó explicando que era una exigencia de los militares, terminó por enfurecerlos, ya que tenía por objeto hacerles pagar a los jefes de las tres armas el costo político de esa impopular decisión. 

El Departamento de Estado resolvió, entonces, no intervenir para evitar la caída de Frondizi. Así lo señala elocuentemente un cable del 26 de marzo dirigido a McClintock, tres días antes del golpe: “Lo mejor para Estados Unidos en Argentina es dejar que los eventos tomen su curso” . O sea, dejar que el anunciado desplazamiento de Frondizi se concrete. 

El golpe, la reacción ante la asunción de Guido y el reconocimiento diplomático 

Concretado el golpe contra Frondizi, no asumió un gobierno militar. Se salvaron las formas institucionales, permitiendo la jura del presidente de la Cámara de Senadores José María Guido, en el marco de la Constitución Nacional. Así sintetiza Schmidli en un reciente libro la actuación del embajador estadounidense: 

…en encuentros con líderes militares argentinos, McClintock los impulsó a encontrar una solución constitucional a la crisis, pero no se opuso abiertamente a su decisión de deponer a Frondizi. Más aún, cuando las fuerzas armadas finalmente lo removieron de su cargo el 29 de marzo y lo reemplazaron por el político conservador José María guido, McClintock felicitó a los militares por haber lavado el golpe haciendo que el nuevo presidente jurara ante la Corte Suprema, y repetidamente intentó convencer al Departamento de Estado de la necesidad de reconocer diplomáticamente a la nueva administración . 

En conversación previa con Adlai Stenvenson, los opositores Mario Amadeo y Alberto Gainza Paz le transmitieron cuáles eran las causas que impulsaban el derrocamiento: 

Se juzgaba que Frondizi había establecido una línea independiente respecto de Cuba, ofreciendo su mediación y reuniéndose luego con el Che Guevara. Se había abstenido de votar en Punta del Este e intentado conformar un bloque argentino-brasileño con el tratado de Uruguayana, que podía ser utilizado para chantajear a Estados Unidos en la cuestión cubana. Todo esto era percibido como una posición claramente anti-occidental. También existía el temor de que Frondizi liderara un gobierno de tipo “frente popular”, que incluyera a peronistas y comunistas. Muchos pensaban que Perón seguramente habría vuelto al poder si Frondizi no hubiera sido depuesto . 

En ese misma línea, se señalaba que la estrategia de Frondizi de haber habilitado la participación peronista en las elecciones tenía que ver con culpar posteriormente a los militares por la anulación de las mismas, desatando un enfrentamiento popular, como una maniobra de Frondizi para liderar un eventual gobierno frentista. Señalaban que, más allá de su política económica liberal, en realidad Frondizi mantenía un estrecho vínculo con Frigerio, a quien no dudaban en caracterizar como un agente comunista encubierto. Prueba de ello, sostenían, era el discurso de Paraná, en el cual había arremetido contra los monopolios trasnacionales. 

Según algunos de los que pugnaron por derrocar a Frondizi, la asunción de un civil facilitaría el reconocimiento diplomático por parte de Kennedy, quien tenía una relativamente buena relación con el presidente depuesto . Si bien diversos sectores en Washington vieron con buenos ojos la salida de Frondizi, el Departamento de Estado demoró el reconocimiento del nuevo gobierno liderado por Guido. 

Preocupaba a la Casa Blanca, como señalamos en el parágrafo anterior, que la salida de Frondizi pudiera dificultar el desarrollo de la ALPRO, de la cual el presidente argentino había sido un entusiasta impulsor, más allá de los matices en cuando a la orientación de la misma. Sin embargo, para los sectores más conservadores en Washington, la salida de Frondizi era un alivio, por los desafíos que había provocado a la diplomacia de Estados Unidos: reunión con el Che Guevara en agosto de 1961, negativa a votar la exclusión de Cuba de la OEA en enero de 1962, intento de conformación de un bloque argentino-brasilero tras los acuerdos de Uruguayana de abril de 1961. Guido, en cambio, se apresuró a mostrar gestos de buena voluntad hacia Washington, para conseguir el reconocimiento diplomático y asistencia financiera. 

Sin embargo, todavía había que salvar algunos escollos regionales. Rómulo Betancourt, presidente de Venezuela, se opuso al reconocimiento, y amenazó con plantear el caso del golpe contra Frondizi en la propia OEA. Otro tanto ocurrió con el gobierno de Brasil. Itamaraty vio con malos ojos la salida de Frondizi, en tanto suponía que derrumbaría el acercamiento bilateral que se había manifestado en Uruguayana. De todas formas, entendían que si no reconocían al gobierno de Guido, terminarían activando la aprensión latente contra Brasil que anidaba entre los militares argentinos . Otros gobiernos latinoamericanos, en cambio, no tuvieron una posición tan dura. 

El embajador McClintock aconsejó el reconocimiento –subrayó la importancia de estrechar los lazos con las fuerzas armadas argentinas, que actuaban en forma compatible con las preocupaciones estadounidenses por la seguridad nacional-, pero el Departamento de Estado no quiso apresurarse. Rusk no quería otorgar una carta blanca a los militares que controlaban a Guido y amenazaban con destituirlo . Más allá de esto, el Secretario de Estado indicó a su embajador en Buenos Aires que explicara a los militares, en forma privada, que Estados Unidos debía hacer una declaración pública alertando sobre las consecuencias negativas de la situación argentina, en función de la coyuntura en Dominicana, Perú, Ecuador y Venezuela, pero que esa declaración no estaba dirigida contra la Argentina, que contaba con un gobierno constitucional .    

Así resumen Escudé y Cisneros las opciones del Departamento de Estado, y en particular la posición del embajador: 

El gobierno norteamericano discutió detenidamente las opciones que existían para la actitud a asumir ante el cambio de gobierno ocurrido en la Argentina. La primera opción era que debían establecerse relaciones con el nuevo gobierno argentino “a falta de algo mejor”. El gobierno de Guido reunía las condiciones para el reconocimiento, dado que controlaba el gobierno y el territorio del estado, no había resistencia sustancial al mismo y tenía la intención de cumplir con sus obligaciones internacionales. Además, según algunos diplomáticos, ligar el reconocimiento al carácter constitucional del nuevo gobierno haría perder “dignidad” a Estados Unidos, dado que el proceso constitucional seguido en la Argentina era obviamente una fachada para cubrir un cambio forzado por los militares. La segunda opción, en cambio, consistía en castigar toda dictadura militar con una extensa dilación del reconocimiento, para tratar de lograr una línea más afín a la política norteamericana. De las alternativas que tenía el gobierno norteamericano, McClintock señalaba que la menos mala era recibir la nota del ministro de Relaciones Exteriores con la indicación implícita de que el gobierno norteamericano concordaba con el carácter constitucional del gobierno argentino .

Otros funcionarios del Departamento de Estado, como Arthur M. Schlesinger, expusieron ante Kennedy argumentos en favor de no recriminar el accionar de los militares argentinos. La desaprobación de los mismos dificultaría la futura influencia sobre el gobierno de Guido. Según este influyente funcionario, lo que había que hacer era solamente postergar las relaciones formales, pero sin enajenar los apoyos militares internos . 

Guido, por su parte, envió a Francisco G. Manrique, editor de El Correo de la tarde, a una misión secreta a Venezuela y Estados Unidos para explicar la situación de su gobierno a Betancourt y Kennedy. McClintock le recomendó a su presidente que lo recibiera, dada la delicada situación política en Argentina, que podría llevar a los militares a asumir directamente el poder, ante cualquier eventualidad, o bien a los peronistas a aliarse con los comunistas e intentar un levantamiento popular. El embajador insistía en que Guido era parte de los sectores moderados que se identificaban con Estados Unidos. El presidente estadounidense, por su parte, les escribió a sus pares de Venezuela y Brasil para indicarles que la aceptación del gobierno de Guido era un mal menor que debían aceptar. Es decir, Estados Unidos operó para allanarle el camino diplomático regional al nuevo gobierno argentino, intentando vencer las resistencias de Betancourt y Goulart.

Luego de analizar distintas alternativas, el Departamento de Estado siguió la sugerencia de McClintock y terminó reconociendo al nuevo ocupante de la Casa Rosada, el 18 de abril, a la vez que empezó una serie de acciones para sostenerlo política y económicamente . Una semana después, Guido avanzó anulando las elecciones de 1961 y las del 18 de marzo, profundizó la proscripción del peronismo y terminó de intervenir todas las provincias en las que éste había ganado. El canciller Bonifacio Del Carril elogió profusamente la política exterior de Estados Unidos, lo cual llevó a McClintock a mostrar su conformidad por el alejamiento del gobierno argentino del neutralismo que había cultivado Frondizi, aunque sostenía que el canciller debía ser más discreto en sus apreciaciones -la UCRI lo había criticado por sus abiertos elogios a la política exterior de Estados Unidos- . La orientación occidental y anti-comunista enunciada por Del Carril no hizo sino incrementarse en los meses siguientes. En agosto, con motivo del reconocimiento de un gobierno de facto en Perú, el canciller argentino envió una misiva a Rusk, acerca de las normas para considerar a un gobierno como democrático y susceptible de ser reconocido. Ésta fue contestaba efusivamente por el Secretario de Estado, agradeciendo el apoyo argentino a la política estadounidense: “...el apoyo de la Argentina en los asuntos de este hemisferio y el mundo libre es importante” . 

McClintock era elocuente sobre la necesidad de estrechar los lazos con las fuerzas armadas locales y presionaba para vencer las reticencias en Estados Unidos: 

Los militares argentinos son amigos de Estados Unidos y me parece difícil entender por qué tendríamos que mirar despectivamente a quienes son tan fervientemente anti-comunistas como nosotros (…). Deben ser considerados como un activo para Estados Unidos (si es correctamente utilizado) y no como un lastre, como algunos parecen creer en Washington .  

En los meses siguientes, arreciaron los rumores e intentos de golpe, y también los pedidos del gobierno argentino para que Estados Unidos incrementara su ayuda económica, en el marco de una creciente crisis financiera. El argumento era que América podía llegar a perder a la Argentina, siempre en riesgo de transformarse en otra Cuba. Tanto el Departamento de Estado como su representación diplomática en Buenos Aires intentaron disuadir a los militares argentinos de intentar dar un golpe de Estado, para mantener la fachada del carácter constitucional del gobierno. En junio, por ejemplo, el grupo vinculado a Rogelio Frigerio acusó a Estados Unidos de ser la real amenaza en la región y planteó la necesidad de desplazar a Guido. Llegado a este punto, McClintock consideró que no había otra opción que apoyar decisivamente al endeble presidente. Representantes diplomáticos estadounidenses temían que un posible golpe de Estado de derecha pudiera impulsar, como respuesta, un nuevo golpe, esta vez de izquierda . 

La visita a Washington del ministro de economía Alsogaray fue un elemento crucial para lograr dicho apoyo . El enviado argentino demandó 200 millones de dólares para sortear el ahogo económico, única forma de evitar el advenimiento de una dictadura, y a la vez de mostrar que la ALPRO todavía estaba vigente. Por el contrario, el sector vinculado a Aramburu presionaba al embajador estadounidense para que no se otorgaran esos créditos, en función de que cayera Guido y poder controlar él mismo el gobierno. La pelea entre azules y colorados estaba en el trasfondo de las tensiones que se multiplicaban por esas semanas. Tras el fin de esta puja interna, con el triunfo de los primeros, hubo un nuevo cambio ministerial. El 5 de octubre, asumió Carlos Muñiz como canciller. Cuando presentó los lineamientos de la nueva política exterior, manifestó que no sólo había que afirmar retóricamente la adscripción occidental, sino que había que tomar enfáticamente la causa de Occidente, lo cual implicaba ser solidarios con sus líderes. Se avanzaba un paso más en el distanciamiento respecto del neutralismo de Frondizi y se anunciaba una inédita política de acercamiento a Washington, que se materializaría poco después, en ocasión de la crisis de los misiles . 

Conclusiones

Para entender la participación de Estados Unidos en el golpe de 1962 –mucho menos abordada en la historiografía que la de los golpes de 1966 y 1976- es preciso ubicarla en su particular contexto histórico.  La relación entre Estados Unidos y cada país latinoamericano, a principios de la década de 1960, estuvo signada por la posición en relación a la revolución cubana. La exclusión de la isla de la OEA fue un punto de inflexión en la historia diplomática continental. Las reuniones de Punta del Este, en ese sentido, marcaron un hito en el sistema interamericano. La sanción diplomática contra Cuba daría inicio de una serie de acciones para aislar a ese proceso revolucionario, para evitar otros potenciales avances comunistas en el continente y para incrementar la hegemonía estadounidense en lo que consideraban como su patio trasero. También se buscó evitar un eje alternativo Argentina-Brasil y dar cobertura diplomática continental a futuras acciones de intervención, con la excusa de la lucha anticomunista, como ocurrió con el desembarco de miles de marines en Santo Domingo apenas tres años más tarde.

En Estados Unidos, después del fracaso de la invasión a Cuba, se tensaron las posiciones de los sectores internos que dirimían la política hacia América Latina. Fueron perdiendo fuerza los funcionarios del Departamento de Estado que impulsaban una estrategia cooperativa –a través de la concreción de la ALPRO-, y ganando terreno los partidarios de una línea dura, tendiente a reconocer a cualquier gobierno, ya sea constitucional o de facto, que mostrara una clara política anticomunista y pro-occidental. El creciente peso del complejo militar –denunciado explícitamente por Eisenhower al finalizar su segunda presidencia- es clave para entender este giro: entre 1961 y 1965 se legitimó el creciente poder de la CIA y el Pentágono para determinar las necesidades militares estratégicas de Estados Unidos, supuestamente en función de resguardar la seguridad nacional . Esta orientación se manifestó en el impulso a los golpes de estado o reconocimiento diplomático de los gobiernos surgidos de los mismos, en Perú y Argentina (1962), en Ecuador y Guatemala (1963), en Brasil (1964) y en Argentina (1966), por citar algunos de ellos . El relativamente rápido reconocimiento del gobierno de Guido, pese a su irregular origen, marcó un punto de inflexión. Así lo reconoce, por ejemplo, el historiador Schmidli: 

La Administración Kennedy estuvo de acuerdo con las recomendaciones de McClintock, estableciendo relaciones el 19 de abril con el gobierno apoyado por los militares. La decisión marcó el abandono de la Administración del énfasis en la democracia regional, proclamado en la Alianza para el Progreso poco más de un año antes, y precipitó el espiral de militarización latinoamericana –y sanciones estadounidenses- que caracterizaría a la región durante el resto de la década . 

Pese a ceder en materia económica y a su debilitada base política, Frondizi pretendió mantener algunos de sus principios en la política exterior. En este artículo recordamos sus críticas a la ALPRO, su intento de mediación entre Cuba y Estados Unidos (incluida su reunión con el Che Guevara), su oposición a la exclusión del gobierno castrista del sistema interamericano y su intento de estrechar los lazos con Brasil, para ampliar los márgenes de maniobra y negociación. Sin embargo, como señalamos con Cecilia Míguez en un reciente trabajo, estos gestos no tuvieron un correlato en el desarrollo de un proyecto económico nacionalista:

Cierto es que los márgenes de autonomía existentes en la política exterior del gobierno de Arturo Frondizi fueron especialmente en el ámbito político y diplomático y redundaron en altos costos para su gobierno, ya que cuentan entre las causas del golpe militar que lo derrocó en 1962. Pero, por otro lado, sería erróneo afirmar que eran el correlato de un proyecto vinculado con el nacionalismo económico, dadas las características del modelo desarrollista y su estrecha vinculación con el capital extranjero .

Allí mostramos los límites de esa política exterior neutralista de Frondizi y, a la vez, cómo fue utilizada por los militares como excusa para, primero, horadar su poder y debilitarlo y, segundo, concretar el golpe de Estado:

Las Fuerzas Armadas y el más duro antiperonismo utilizaron el argumento de la cercanía de Frondizi con las ideologías de izquierda para erosionar un poder ya debilitado a partir de la ruptura de la alianza con el peronismo. En la cancillería, los funcionarios conservadores, liberales y los más variados promotores de los vínculos con la potencia del norte reaccionaron contra la orientación internacional del presidente y de su colaborador cercano, Rogelio Frigerio. Por lo tanto, más allá de las limitaciones de esa política que Frondizi denominaba “independiente”, haciéndose eco de la Política Exterior Independiente elaborada por Janio Quadros, ésta generó gran rechazo en las clases dirigentes. Si bien fue el triunfo del peronismo en las elecciones de 1962 el punto cúlmine a partir del cual el presidente tendría los días contados, las medidas de política exterior y la posición ideológica de Frondizi y Frigerio frente a la dinámica compleja de la Guerra Fría fueron en cierto modo, causales de su derrocamiento .

Este artículo, creemos, permite avanzar en la desmitificación de la idea de que la Administración Kennedy privilegió la orientación pro-democrática de la ALPRO, que recién se quebraría tras su asesinato y la posterior asunción de Johnson. En realidad, ya en 1961-62 podemos registrar un alto grado de intervención en los asuntos internos de la Argentina por parte de Estados Unidos –analizamos en detalle el relevante rol de la Embajada en la crítica coyuntura de febrero-abril de 1962-, aunque esa injerencia fuera mucho más larvada que la que se constataría, por ejemplo, en el golpe que se produjo en Brasil dos años más tarde. Mostramos cómo el gobierno de Estados Unidos operaba ya con militares y civiles considerados en los documentos como propios, y a la vez cómo distintos civiles y militares locales apelaban a la embajada estadounidense para ganar posiciones en las pugnas internas, al punto de que McClintock muchas veces se vio obligado a plantearles a sus interlocutores que no podía intervenir abiertamente –más allá que su no intervención para frenar a los golpistas podía ser leída como una muestra de que, consumado el golpe, el nuevo gobierno sería reconocido por Washington-. 

El golpe de marzo de 1962 –y el posterior reconocimiento por parte de Estados Unidos- tuvo implicancias significativas en la historia argentina, dando lugar al reposicionamiento de dirigentes azules como Juan Carlos Onganía, que en los meses siguientes estrecharía los lazos con Estados Unidos y encabezaría luego el golpe contra Illia, cuando éste, entre otras cuestiones, se negara a enviar tropas a Santo Domingo . El propio McClintock señalaba en un cable de agosto de 1962: 

En vista de nuestro reciente reconocimiento de la junta en Perú, ninguno de los eventuales golpistas argentinos va a tener dudas de que Estados Unidos no retirará el reconocimiento a un gobierno de facto, si fuera considerado como la última opción para evitar un golpe Castro-comunista. Los Estados Unidos eventualmente van a tener que reconocer y probablemente otorgarle ayuda económica y financiera a cualquier régimen en el poder en Argentina, en tanto y en cuanto sea anti-comunista . 

El influyente embajador estadounidense explicitaba así el giro de la política de Estados Unidos hacia América Latina y el Caribe, y cómo la supuesta defensa de la seguridad nacional terminaba de minimizar la prédica democrática enfatizada desde 1961.

También tuvo implicancias en la región, ya que se enmarcó en la salida de gobiernos que planteaban posiciones relativamente autónomas en materia de política exterior -el reconocimiento diplomático al gobierno de Guido, en abril, fue también una señal para militares de otros países, que vislumbraban la posibilidad de derrocar a gobiernos constitucionales-. La decisión de Kennedy de reconocer en menos de un mes al reemplazante del depuesto Frondizi fue una señal muy clara para el resto de los militares latinoamericanos. Permitió, además, anular el estratégico acercamiento entre Brasil y Argentina, que hubiera permitido un margen de autonomía mayor frente a Estados Unidos. Ello se manifestaría contundentemente unos meses más tarde, en la crisis de los misiles, cuando Argentina se alejó de México y Brasil, para sobreactuar un inédito alineamiento con Estados Unidos . 

Hoy, a poco más de medio siglo del lanzamiento de la ALPRO, y cuando el actual presidente de Estados Unidos, Barack Obama, intentó en la última Cumbre de las Américas (Panamá, 10 y 11 de abril de 2015) relanzar (una vez más) las relaciones con la región, es necesario prevenir contra los discursos que plantean que la alternativa para los países de la región, de acuerdo al realismo periférico, es constituirse como satélites privilegiados de la potencia del norte, para conseguir concesiones en materia comercial, financiera o política. Estas corrientes analizan cualquier gesto de autonomía en términos de costos, y como expresión de la propensión a la desmesura. Por el contrario, la historia del vínculo de la potencia del norte con la región, en los años ’60, muestra que es imprescindible profundizar la integración latinoamericana por fuera de los lineamientos de Washington. Hace medio siglo, el haber cedido frente a las presiones del Departamento de Estado, la CIA y el Pentágono, llegando a romper las relaciones diplomáticas con Cuba, permitió a Estados Unidos profundizar su política imperialista en el continente, impulsando golpes de Estado e intervenciones militares directas, recubriéndolas con un engañoso marco multilateral. La OEA, entonces, fue el instrumento de los planes estratégicos estadounidenses en la región, para dividir a los países latinoamericanos. Estados Unidos, en esa oportunidad, doblegó las resistencias de los países latinoamericanos con promesas de ayuda económica, enmarcadas en el ambicioso programa de la ALPRO, que lejos estuvieron de concretarse. Frondizi, por ejemplo, fue presa de estas expectativas de ayuda que condicionaron su política exterior. La debilidad latinoamericana en aquella coyuntura se debió, en parte, a la imposibilidad de superar los obstáculos para la integración regional por fuera de los designios de Washington. 

Profundizar en el análisis de la participación de Estados Unidos en el golpe de 1962 –y, especialmente, las posiciones no siempre coincidentes del Pentágono, la CIA y el Departamento de Estado- puede ayudar a comprender un proceso central en la historia argentina y latinoamericana reciente. 

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