The Financial Times. ¿Porque La Argentina no es EEUU?


Por Emilio Ocampo* 
publicado el 28 de junio de 2009

Un libro reciente de uno de los editores del Financial Times reactualiza las preguntas sobre la Argentina como "caso de estudio" para los economistas y analiza por qué dos países que podrían haber tenido un destino similar alcanzaron un desarrollo tan diferente.

Alan Beattie, uno de los editores del Financial Times , ha publicado un libro titulado False Economy: A Surprising Economic History of the World que ha despertado gran interés en Estados Unidos y Europa. El libro analiza las razones que se esconden detrás del éxito económico de ciertos países y del fracaso de otros. Su principal conclusión es que el destino de una nación no está predeterminado sino que es producto de las buenas o malas decisiones que toman sus líderes, lo cual parece bastante obvio.

Para destacar esa idea, en uno de los capítulos más interesantes del libro " Making choices. Why did Argentina succeed and the United States stall ?" ["Tomando decisiones. ¿Por qué la Argentina triunfó y EE.UU. se quedó?", base de un extenso artículo publicado recientemente en el Financial Times )], Beattie compara la evolución económica de ambos países. El artículo comienza con un ejercicio de historia contrafáctica que inmediatamente capta la atención del lector. Los ataques del 11 de septiembre de 2001 no ocurrieron en Nueva York sino en Buenos Aires. Fueron los norteamericanos quienes sufrieron una severa crisis financiera meses después, no los argentinos. A principios del siglo XXI la principal superpotencia del mundo es Argentina y Estados Unidos se encuentra en la ruina. La realidad fue al revés, pero lo que Beattie plantea es que esto no tenía por qué ser así necesariamente.

"La crisis que ha golpeado a Estados Unidos y a todo el sistema financiero global y amenaza con hundir al mundo en otra Gran Depresión debería ser una advertencia", señala Beattie. La economía norteamericana podría terminar como la argentina si los políticos de Estados Unidos toman las decisiones equivocadas y olvidan "las dolorosas lecciones del pasado". En el resto del capítulo, Beattie presenta un análisis de historia económica comparada de ambos países para repasar esas lecciones.

Así, se remonta al período de la independencia y sostiene que, durante largo tiempo, Estados Unidos y Argentina siguieron trayectorias paralelas. Hace un siglo y medio, dice, ambos países se encontraban en una situación similar: contaban con abundantes recursos naturales y una enorme extensión territorial. Cincuenta años más tarde, ya eran rivales y aprovechaban la primera era de la globalización. Hasta 1939 las semejanzas entre Argentina y Estados Unidos, según Beattie, "no eran superficiales ni ficticias".

Repite una historia que los argentinos conocemos bien: a principios del siglo XX, Argentina era uno de los 10 países más ricos del planeta y los millones de emigrantes italianos que se escapaban de la pobreza de su país no sabían si embarcarse rumbo a Nueva York o a Buenos Aires.

Pero a partir de la depresión de 1930, según Beattie, la trayectoria de Argentina y Estados Unidos comenzó a divergir tanto política como económicamente. La causa, en su opinión, fue que los líderes argentinos erraron sistemáticamente en su diagnóstico de la situación y aplicaron políticas desacertadas. En la década siguiente, mientras que Estados Unidos optó por Roosevelt y su New Deal, Argentina eligió la dictadura y el nacionalismo económico. A partir de entonces nuestro país entró en un período de declinación secular que nunca logró revertir.
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Beattie cita una serie de estadísticas interesantes. En 1950 el ingreso per cápita de la Argentina era el doble que el de España y el triple que el de Japón. Veinticinco años más tarde, el ingreso per cápita de España superaba al de Argentina y el de Japón era tres veces mayor. "La ilusión de que Argentina todavía era un país del primer mundo debió desintegrarse en los años setenta, cuando la suba del precio del petróleo y la dislocación económica pusieron en aprietos incluso a gobiernos sólidos," escribió.

Pero nuevamente la Argentina se puso a contramano del mundo con una dictadura militar. Los ochenta fueron una década perdida caracterizada por el estancamiento y la hiperinflación. En los noventa, el mundo volvió a experimentar una nueva ola de globalización como la de fines del siglo XIX. "Como en aquella era dorada, Estados Unidos y Argentina lideraron el cambio. Y como en aquel entonces, EE.UU. pudo capear la tormenta mientras que la Argentina, habiendo prometido su heroico resurgimiento, volvió a sucumbir a un error fatal." Según Beattie, la convertibilidad era incompatible con un gasto público en constante expansión. Esta receta requería un endeudamiento creciente que inevitablemente llevaría a una crisis financiera.

Contrapunto con EE.UU.

Durante dos siglos la trayectoria de ambos países pudo haber sido inversa y de hecho, según Beattie, aún podría serlo. Durante los noventa, Estados Unidos también cayó en la tentación del endeudamiento. La crisis subprime se originó porque los bancos prestaron dinero a individuos con poca capacidad de repago, a quienes Beattie describe como "los argentinos del mercado inmobiliario norteamericano". Su conclusión: si EE.UU. no reconoce y corrige sus errores, como lo hizo durante la Gran Depresión, su estatus de superpotencia corre peligro. "Su crecimiento -concluye- no estaba predestinado y tampoco lo está su preeminencia de ahora en más."

Aunque interesante, y seguramente revelador para los lectores habituales del Financial Times , el análisis comparativo de Beattie es bastante simplista y denota cierto desconocimiento de la historia de nuestro país. Contrariamente a lo que sostiene en el libro y en el artículo publicado en mayo, las diferencias entre Argentina y Estados Unidos a mediados del siglo XIX eran profundas y no desaparecieron con el paso del tiempo sino que se acentuaron. Quien tuvo oportunidad de observarlas en su origen fue el general Carlos de Alvear, embajador argentino en Estados Unidos de 1838 a 1852.

A diferencia de la Argentina, en su primer siglo de vida independiente Estados Unidos expandió constantemente su territorio. El gran salto se produjo en 1803 cuando Jefferson le compró a Napoleón la Luisiana por 15 millones de dólares. Pero a partir de 1845, Estados Unidos se volvió a embarcar en otra gran expansión territorial, en gran medida motivada por las necesidades políticas y económicas del sistema esclavista, y fue justificada con una reinterpretación de la doctrina Monroe ("América para los americanos") y la idea del Destino Manifiesto ("la Providencia nos ha dado el mandato de conquistar todo el continente"). Los medios para conseguirla fueron la anexión de Texas (1845), la incorporación de Oregon (1846) y la guerra con México (1846-1848).

En 1852, Alvear se preguntaba: "Los Estados Unidos formaron 13 estados cuando declararon su independencia, hoy tienen 31 estados. ¿Si hubiesen tenido la necedad de dividirse en naciones serían lo que son?" Obviamente, no. "Todas las repúblicas de América han tenido el buen sentido de conservar los límites que heredaron de la España, y si México ha perdido parte de su territorio, lo ha hecho debido a que fue vencido en una guerra extranjera, y a pesar de las revoluciones por las que ha pasado aquella república y de su inmensa extensión, allí nadie tuvo el propósito de separación y desmembración. Entre nosotros ha sido todo lo contrario," observaba Alvear. En efecto, del territorio heredado del Virreinato del Río de la Plata, entre 1810 y 1830 se desmembraron Paraguay, Bolivia y Uruguay. Esta tendencia secesionista recién se frenó a partir de 1878, cuando se incorporó la Patagonia al territorio nacional.

En opinión de Alvear, el fenomenal desarrollo de Estados Unidos durante sus primeros ochenta años de vida se asentaba sobre ciertos pilares: la existencia de instituciones, el carácter emprendedor y la cultura cívica del pueblo norteamericano, la expansión territorial y el crecimiento de su población. Respecto a este último punto, Alvear señalaba que la inmigración europea "es la que ha hecho y hace en una gran parte la prosperidad siempre creciente de este país [Estados Unidos] y como la inmigración promete aumentar cada vez más en los años venideros, el poder, fuerza y riqueza de este país seguirán progresando? y en pocos años más, será el más poderoso."

Aunque crítico de la política exterior de Estados Unidos, Alvear estaba convencido de que nuestro país debía emular ciertos aspectos del modelo norteamericano: promulgar una constitución con un sistema de gobierno republicano y federal, promover la inmigración europea y recuperar la Patagonia. La implementación de estas ideas, a partir de 1853, convirtió a la Argentina en una pujante potencia económica en sólo tres décadas. Pero a diferencia de Estados Unidos, nuestro país no utilizó la fuerza militar ni la intriga para expandir su territorio o su influencia como lo hicieron los norteamericanos en Hawai, Cuba, Filipinas, Panamá y varios países de Centro América entre 1850 y principios del siglo XX. (La guerra de la Triple Alianza tuvo otras causas). Es decir, el cromosoma "imperialista" (necesario para ser una superpotencia militar) no estaba suficientemente desarrollado en el ADN argentino (o estaba mucho menos desarrollado que en el ADN norteamericano).

La comparación que propone Beattie es una advertencia válida para los norteamericanos. Sin embargo, afirmar que a mediados del siglo XIX Argentina estaba en la misma situación que Estados Unidos y que hoy podría ser la principal superpotencia del planeta es un recurso efectista. Hubo semejanzas entre ambos países, pero desde su origen las diferencias eran demasiado profundas. Aun si nuestro país hubiera permanecido en la senda en la que lo puso la generación del ochenta, hoy se parecería más a Canadá o a Australia que a Estados Unidos. Pero Beattie nos recuerda dos cosas importantes. Primero, que la enorme oportunidad perdida por nuestro país durante la segunda mitad del siglo veinte fue consecuencia de los graves errores que cometieron nuestros líderes. Segundo, que el futuro está en nuestras manos (o nuestros votos).

*El autor es economista e historiador. Su próximo libro es La Era de la Burbuja: De cómo Estados Unidos llegó a la Crisis de 2007-2009.