lunes, 23 de julio de 2018

La rebelión de Detroit. Primera Parte: Levantamiento de los oprimidos

 Barry Grey 
Para World Socialist Web Site
Publicado el 15 de agosto de 2017
El domingo 23 de julio [de 2017]marcó cincuenta años desde comienzo del “motín” de Detroit de 1967 —la más grande y sangrienta de una ola de rebeliones urbanas que ocurrieron en Estados Unidos en la década de 1960. Según datos oficiales tan sólo en 1967 ocurrieron levantamientos sociales en ciento cincuenta ciudades estadounidenses. La clase de poder y el artilugio del Estado reprimieron esos brotes de saña y resistencia de los sectores más oprimidos de la clase obrera movilizando a la Guardia Nacional y a las gendarmerías estatales como fuerzas de ocupación en Los Ángeles, Chicago, Cleveland, Newark, Minneapolis y otras ciudades.
Contra Detroit, en ese entonces el principal centro de producción de automóviles de Estados Unidos y el mundo, el gobierno de Lyndon Johnson envió al ejército —cuatro mil setecientos soldados de las divisiones aéreas 82 y 101— para respaldar cinco días de represión en masa por la guardia nacional y las policías municipal y estatal.
Publicamos aquí una serie en tres partes que apareció por primera vez en julio 1987 intitulada “A veinte años de la rebelión de Detroit” (Twenty years since the Detroit rebellion). Los artículos aparecieron en el Bulletin, que entonces era el nombre del periódico de la Liga Obrera, la organización antecesora al Partido Socialista por la Igualdad estadounidense.
Desde la publicación original de esta serie ha madurado y se ha profundizado una verdadera metamorfosis política y socioeconómica. Continua, y se acelera el proceso de deindustrialización; crecen la pobreza y la desocupación; aumenta la desigualdad social. Esa transformación ya estaba en marcha en 1987. Nada existe en la actualidad de las tan elogiadas promesas de Lyndon Johnson de eliminar la pobreza; promesas complementadas por los líderes de las empresas y del gobierno que, entre escombros humeantes y con las tropas en las calles, creaban un “New Detroit” (nuevo Detroit).
Tropas de la Guardia Nacional en las calles de Detroit durante la rebelión [Biblioteca Walter P. Reuther]

El capitalismo estadounidense —con la ayuda de una sarta de intendentes afroamericanos, y consejos municipales con mayoría afroamericana— convirtió a la antigua Motor City en una catástrofe social de enormes recortes de salarios para trabajadores de la industria automotriz, la quiebra municipal más grande de la historia de Estados Unidos y el saqueo, por las grandes empresas, de las pensiones y beneficios de salud de los trabajadores.
La pauperización de los trabajadores de Detroit que describen estos artículos se magnificó en las décadas que siguieron; basta mencionar algunos datos:
  • La tasa oficial de la pobreza de Detroit en 1967 era del dieciséis por ciento. En la actualidad es alrededor del cuarenta y ocho por ciento. La cifra para los blancos en 1967 era 12,4 por ciento, el veinte por ciento para los afroamericanos. Las cifras correspondientes en el 2014 son 39,7 y cuarenta y un por ciento. Hace un año una investigación del taller de ideas Brookings dejo en claro que la zona metropolitana de Detroit tiene la concentración de pobreza más alta entre las veinticinco ciudades más pobladas del este país.
  • Cuando detonaba la rebelión de Detroit, la tasa de desempleo era 6,2 por ciento, comparado con el 9,1 por ciento en la primavera de 2016.
  • En 1967 Detroit tenía un millón y medio de habitantes. En 1987, un tercio de ellos se había mudado. Hoy en día sólo quedan seiscientos setenta y tres mil habitantes.
  • Han colapsado los empleos industriales y automotrices. Entre 1967 y 1982, la ciudad perdió la mitad de sus empleos industriales. El setenta por ciento de los empleos automotrices en el Estado de Michigan desaparecen comenzando en 1989. En Detroit colapsa el número de empleos industriales entre 1950 y el 2011 —de doscientos noventa y seis mil a veintisiete mil. En 1960 existían treinta y cinco plantas automotrices en Detroit y sus alrededores con ciento diez mil obreros. Ahora sólo quedan catorce plantas, con menos de treinta mil trabajadores.
Las corrientes políticas que nacieron hace cincuenta años de los tormentosos acontecimientos de Detroit han evolucionado a la par con las transformaciones socioeconómicas que les dieron vida. Como explican los artículos que siguen, importantes sectores de la clase de poder respondieron a la ola de levantamientos que ocurrió entre 1963 y 1968 (que culminó con la rebelión de Detroit) cambiando la estrategia de lucha de clases; un símbolo de ese cambio fue la creación del New Detroit Committee en medio de la rebelión. Ese comité congrega las élites, industrial, financiera y comercial, la burocracia sindical y líderes religiosos y políticos afroamericanos, incluyendo a partidarios de Black Power. La primera reunión del comité New Detroit ocurre el mismo día que el presidente Johnson anuncia la creación de la “Comisión nacional de consulta sobre desordenes civiles”, dirigida por Otto Kerner, el gobernador del Estado de Illinois.
Financiada por la Fundación Ford, el comité New Detroit implementa medidas para crear y fomentar una capa privilegiada de afroamericanos, en parte mediante sobornos, reclutando entre ellos administradores municipales y defensores del sistema capitalista en contra de las masas obreras y juveniles. Con la elección de Carl Stokes como alcalde de Cleveland, afroamericanos miembros del Partido Demócrata comienzan a instalarse en las intendencias municipales de las principales ciudades de Estados Unidos. Entre estos se encontraría en 1974 en Detroit, Coleman Young, un ex organizador del sindicato automotriz UAW y antiguo partidario del Partido Comunista.
Creando el andamiaje ideológico de ese proyecto político, aparece en marzo 1968 el informe de la comisión Kerner. Según ese informe, el fundamento de los levantamientos urbanos es el racismo de los blancos. Predica que la división esencial de la sociedad estadounidense es entre razas, y no entre clases sociales. El Partido Demócrata adopta ese planteo del liberalismo, de ofuscar la fundamental naturaleza de clases del sistema capitalista; y por tanto desviar la atención del mismo y enfocar atención en la cuestión de identidad racial, sexual, y de género; alentando programas de acción afirmativa diseñadas para crear privilegios para una muy pequeña parte de los afroamericanos y de las otras minorías.
Desde los 1970, el eje político central de Partido Demócrata ha sido la política de identidad; cosa que le da a éste un tinte supuestamente de izquierda que va mano con mano con el su repudio, ligado con su rápido giro hacia la derecha, de las limitadas reformas sociales del New Deal y de la Great Society. Por eso mismo, más y más se ancla el Partido Demócrata en sectores privilegiados de la clase media alta; cuyo apetito por una mayor tajada de los ingresos y de la riqueza del diez por ciento más alto está coordinado con la política de la raza y de género.
En verdad, relativo a todo Estados Unidos, el aumento de desigualdad social es más extremo en la población afroamericana. La posición social de la masa de trabajadores negros se ha ido en pique en los últimos cincuenta años. Al mismo tiempo, la clase media alta afroamericana, el número de familias con ingresos anuales superiores a los cien mil dólares, se ha quintuplicado. Desde que se publicó en 1960 la obra de E. Franklin Frazier, The Black Bourgeoisie, la cantidad de millonarios negros se ha multiplicado mil cuatrocientas veces.
Le sigue el corte al Partido Demócrata casi toda colectividad de grupos de clase media de seudoizquierda. Éstos, en contraste con su radicalismo de izquierda de la época de las manifestaciones antibélicas de los 1960, rápidamente se encarrilan a la derecha. Disimula con la política de identidad su orientación proguerra y proimperialista. Cuanto más se ensancha la zanja entre la élite financiera y la masa obrera, más crece la obsesión de la seudoizquierda con cuestiones de raza y género. Es incapaz de disimular su repudio orgánico a la evolución de la conciencia de clase de los obreros, o al deseo de unidad de todos los trabajadores, haciendo caso omiso a las líneas raciales, sexuales y nacionales.
Este fenómeno desemboca en el gobierno de Obama, con sus medidas reaccionaria de guerra y sus medidas de austeridad que le fertilizaron el campo a Donald Trump, quien es la encarnación de la podredumbre y criminalidad del capitalismo, y de su oligarquía financiera dirigente.
No sorprende, por eso, que tanto profesores liberales como grupos de seudoizquierda toman ventaja del cincuentavo aniversario de la rebelión de Detroit, para presentar el acontecimiento desde un punto de vista completamente racial. Intelectual e históricamente, ese enfoque es superficial y fraudulento; es congruente con un proyecto político que rechaza las cuestiones de clase que estuvieron detrás de los levantamientos urbanos de los 1960; su propósito es encarrilar la actual saña de la clase obrera a ese callejón sin salida que es el Partido Demócrata.
La rebelión de Detroit fue una expresión explosiva de la crisis del sistema capitalista estadounidense y mundial; que socava el gran auge económico de posguerra y el sistema de relaciones políticas y económicas, controlado por Estados Unidos, que hizo posible la reestabilización del imperialismo mundial luego de la Segunda Guerra Mundial. El motín ocurre mismo tiempo que el golpe militar griego, un año antes de la huelga general de mayo y junio en Francia y a pocos años del desmoronamiento del sistema monetario de Bretton Woods, en 1971.
Para Estados Unidos, fue parte de una tormentosa década, con asesinatos de un presidente y de otros notorios personajes políticos, la detonación de las manifestaciones contra la guerra de Vietnam, y el crecimiento de la militancia laboral contra los ataques a empleos y salarios. Juntos, todos esos elementos de la crisis representan la quiebra del consenso liberal del New Deal, bajo la carga de las contradicciones internas y externas del capitalismo estadounidense.
Los artículos que siguen argumentan que si bien la opresión racial fue un importante factor en los acontecimientos de Detroit en julio 1967; no fue un “motín racial” lo que ocurrió. Fue un levantamiento connatural de los sectores más oprimidos de la clase obrera, un repudio a todo el sistema económico y político.

A veinte años de la rebelión de Detroit

El jueves 23 de julio marcó el XX aniversario de la detonación de una de las más grandes explosiones urbanas en la historia —la rebelión de Detroit 1967. Durante seis días, la ciudad se convirtió en un campo armado. En el apogeo de la represión, cuatro mil quinientos soldados federales, ocho mil de la Guardia Nacional, tres cientos sesenta policías del Estado y cuatro mil cuatrocientos policías municipales integraban la fuerza de ocupación y de ataque contra los sectores más oprimidos de la clase obrera y juventud de Detroit.
Foto de prensa de algunos de los detenidos en el levantamiento

Tanques y vehículos acorazados retumbaban por las calles de los barrios de Detroit y, casi por al azar, saturaban a edificios y residencias con metralla. Policías y elementos de la Guardia Nacional disparaban contra viviendas, supuestamente respondiendo a rumores de francotiradores. Luego comisiones locales y federales admitirían que la gran mayoría de esos rumores fueron falsos. En su mayor parte, la policía y los soldados de la guardia disparaban al sonido de otros disparos indiscriminados de la policía y la guardia.
Las tropas se adueñaron de parques y lugares de recreo para establecer sus campamentos. Los poblaron con carpas, donde merendaban los represores antes de partir a las barricadas o en busca de esos supuestos francotiradores.
El saldo de noventa y dos horas de luchas, saqueos, incendios, toques de queda y ocupaciones militar fue la detención de 7.231 individuos; en su mayoría los arrestados fueron afroamericanos, la mayoría de ellos acorralados en masa en los guetos negros del centro norte, noroeste, y este de Detroit.
Se los trató brutalmente e inhumanamente. Miles fueron hacinados en cárceles en el húmedo calor de julio, sin los servicios sanitarios más básicos. Cientos fueron encarcelados en garajes municipales. Algunos estuvieron encerrados por dos días en autobuses municipales. Otros fueron enviados a la isla Belle Isle en el Río Detroit y hacinados en balnearios.
Una enormidad de obreros y jóvenes fueron golpeados por la policía que los humillaba a la vez con insultos racistas. Casi todos los detenidos durante la rebelión más tarde fueron puestos en libertad sin ser acusados de nada.
El levantamiento dejó un saldo de cuarenta y tres muertos y 1.189 heridos. Hubo seiscientos ochenta y dos incendios, que dejaron a manzanas enteras en escombros. Quedaron destrozados cuatrocientos doce edificios. Fueron saqueados mil setecientos negocios. Los incendios y saqueos costaron cincuenta millones de dólares (trescientos sesenta y siete millones en los precios actuales).
Más de mil familias quedaron sin techo; un mes después de la rebelión, trescientas ochenta y ocho familias todavía estaban en la calle. En la semana del levantamiento de Detroit, detonaron rebeliones en otras ciudades del Estado de Michigan: Kalamazoo, Pontiac, Flint, Grand Rapids, Muskegon, Saginaw y Mt. Clemens y también en la ciudad de Toledo, del vecino estado de Ohio.

Ola Nacional de Protesta Social

La explosión social de Detroit fue la más grande de todas, pero no fue excepcional. Entre 1963 y 1968 hubo motines en casi todas las ciudades estadounidenses. Las de la región Sur del país estuvieron mayormente ligadas a la lucha contra la estructura legal tipo apartheid, conocida como Jim Crow. En la región Norte hubo levantamientos connaturales de los sectores más oprimidos de la clase obrera.
24 de julio, 1967: el presidente Lyndon B. Johnson (sentado, al frente) discute como responder a la rebelión de Detroit con (atrás, de derecha a izquierda) Marvin Johnson asesor de la Casa Blanca, J. Edgar Hoover, director del FBI , Robert McNamara, ministro de defensa, general Harold Keith Johnson del ejército, Joseph Califano, ministro de Salud, Educación y Bienestar, y Stanley Rogers, secretario del ejército.

Si bien ocurrieron los motines en los guetos negros de las ciudades del Norte, nunca fueron “motines raciales”. Nunca fueron caracterizadas por la violencia entre negros y blancos, como había ocurrido en Detroit en 1943. El objetivo de estas explosiones fue los brutales niveles de explotación capitalista y de pobreza al igual que la generalizada discriminación racial que agravaban todas esas condiciones para los negros y otros sectores minoritarios de la clase trabajadora.
La mayoría de los motines comienzan en los barrios más pobres —donde existen las más dilapidadas viviendas, la desocupación más alta, las peores condiciones sanitarias. Los detonan, en la mayoría de los casos, la misma policía. La policía —los matones a sueldos de la ley y el orden capitalista— trataba a las comunidades de los guetos como ejército de ocupación. Bien merecía el odio de clase de sus víctimas con sus abiertos racismo y brutalidad.
Los oprimidos dirigían su saña contra la policía y el sistema de explotación que ésta defendía, no contra los blancos en general.
En 1963, año en que la batalla de derechos civiles en Birmingham, Alabama entre jóvenes afroamericanos y los defensores de la supremacía blanca capta la atención del país, ocurren motines de corta duración en las metrópolis de Chicago y Filadelfia, en el Norte.
En 1964, motines ocurren en Cleveland; la ciudad de Nueva York; Rochester, Estado de Nueva York; Jersey City, Elizabeth, Patterson, Estado de Nueva Jersey; y nuevamente en Chicago y Filadelfia. En Rochester, la Guardia Nacional interviene para reprimir la sublevación.
En 1965 la primera de las grandes explosiones sociales ocurre en el gueto de Watts, en Los Ángeles. El gobierno envía a la Guardia Nacional. Ésta y la policía se amotinan contra la población. Mueren treinta y cuatro; los heridos son cientos y detienen a casi cuatro mil. Los daños materiales ascienden a treinta y cinco millones de dólares.
Un año después, según el gobierno, ocurren cuarenta y tres “desordenes”, los más graves en Chicago y Cleveland. En ambas situaciones, el gobierno envía a la Guardia Nacional para reprimir el levantamiento y los saqueos. Esa ola de disturbios llega al máximo en el verano de 1967. Ocurren, según el gobierno, cincuenta y nueve motines. En junio de ese año al mismo tiempo hay levantamientos en Tampa, Cincinnati y Atlanta.
A mediados de julio ocurre una rebelión de cinco días en Newark, brutalmente reprimida por la Guardia Nacional y la policía del Estado de Nueva Jersey. Mueren veintitrés ocurren daños materiales estimados en diez millones de dólares.
El 23 de julio de 1967, el día en que la ola de rebeliones llega a Detroit, la edición dominical del diario Detroit News informa sobre la batalla entre los marinos americanos y las tropas de Vietnam del Norte en la región de Khe Sanh, y de la expansión de motines de Minneapolis —ocupada por la Guardia Nacional— a la vecina ciudad de Saint Paul.

El auge económico de posguerra

Los levantamientos de un gueto tras otro por todo Estados Unidos coinciden con el punto máximo de auge económico de posguerra, cuando el capitalismo yanqui reinaba supremo económicamente, políticamente y militarmente.
El presidente Johnson proclama “guerra a la pobreza”, pretendiendo demostrar que el capitalismo yanqui barrería con el desempleo, la crisis de la vivienda, la malnutrición y discriminación racial.
La ideología y las medidas principales de la clase del poder fueron reformistas liberales, la continuación y expansión de las medidas del New Deal de los 1930. El gobierno de Johnson ejemplificaba esa política mejor que anteriores gobiernos. Se trataba de acorralar la lucha de clases interna con mínimas reformas sociales, en combinación la brutalidad de las fuerzas armadas y represión política en el exterior, para continuar con la superexplotación de las víctimas del imperialismo yanqui.
La dominación de los mercados mundiales por el capitalismo de Estados Unidos, mezclada con su saqueo de los pueblos semicoloniales de América Latina, África y Asia, creaba suficientes recursos para pagar por las medidas de relativamente baja desocupación, reformas sociales y aumentos de niveles de vida, que frenaban la lucha de clases dentro de ese país.
En 1965, Johnson envía a los marinos americanos a la República Dominicana para deshacerse de una burguesía de izquierda que no se hincaba suficientemente a las exigencias de Wall Street y para aplastar un movimiento popular que apoyaba al gobierno.
Para 1967 Johnson había enviado a más de cuatrocientos mil soldados estadounidenses a la guerra de Vietnam. Ocurrían enormes bombardeos y la destrucción a mansalva de comunidades vietnamesas. Combinaba medidas bélicas en el exterior con la relativa abundancia dentro del país. Los principales culpables eran los guerreros del liberalismo y anticomunismo, el mismo Johnson, Hubert Humphrey y Robert Kennedy.
A mediados de los 1960, Estados Unidos todavía era el centro industrial del mundo. Producía, por ejemplo, casi el sesenta por ciento de los automóviles del planeta.
Para hacerse una idea de la continuación del deterioro de condiciones sociales en los centros urbanos desde entonces, sólo basta comparar las tasas de desempleo en Detroit. En el tiempo de la rebelión de 1967, la tasa de desempleo era del 6,2 por ciento y once por ciento para los afroamericanos. Hoy es del 11,4 por ciento para todos y veintiún por ciento para los afroamericanos. En 1967, el 8,5 por ciento de los ciudadanos de Detroit necesitaban de asistencia del gobierno; en la actualidad, el 34 por ciento necesita de ese tipo de asistencia.
El principal factor de ese declive económico y social es la caída de la industria del automóvil y la consiguiente desaparición de gran parte de la industria de Detroit. Entre 1969 y 1986, el número de habitantes de Detroit con empleos se reduce por la mitad, de seiscientos cincuenta mil en 1966 a trescientos veintiséis mil. La cantidad de empleos industriales en Detroit cae de seiscientos veinticuatro mil en 1966 a cuatrocientos noventa y cuatro mil en 1984, veintiún por ciento. Declinó aun más desde entonces.
Hace veinte años a un trabajador con poco entrenamiento le era posible conseguir un empleo decente en una fábrica de automóvil. Luego de la rebelión, por ejemplo, la empresa Ford estableció una oficina de empleo en el gueto y reclutó a cuatro mil seiscientos trabajadores. Hace poco, el encargado de empleos de Ford, en una entrevista para el diario Detroit Free Press, declaro que “en verdad no tenemos empleos de entrada” en el sudeste de Michigan.

Contradicciones históricas

Las contradicciones históricas del capitalismo estadounidense ya lo golpeaban durante la cima de su poder, en el segundo lustro de la década de 1960. La presión del proletariado americano, la enorme lucha por los derechos civiles, las rebeliones urbanas, el batallar del movimiento obrero en defensa de sus conquistas, la ola revolucionaria en el exterior (representada poderosamente por la revolución de Vietnam) ayudaban todos a resquebrajar al imperialismo yanqui.
El enorme gasto en la guerra de Vietnam y en los programas sociales que frenaban la lucha de clases dentro del país, minaban el valor del dólar y el sistema monetario internacional, establecido a finales de la Segunda Guerra Mundial, que se basaba en la convertibilidad oro dólar.
La explosión de rebeliones urbanas demostró la incapacidad del capitalismo de Estados Unidos, aun en su apogeo, de resolver las cuestiones básicas de desempleo, pobreza y desigualdad racial.
Las dos décadas desde entonces son prueba más que suficiente de que el capitalismo estadounidense no es capaz de cumplir con las promesas hechas a fines de las rebeliones urbanas.

Revolución mundial

Los levantamientos develaron la debilidad histórica del imperialismo estadounidense. Fueron un poderosísimo golpe contra el imperialismo de Estados Unidos y fortalecieron la lucha heroica obreros y campesinos vietnameses.
La clase de poder estadounidense encaraba el dilema de tener que luchar una guerra en dos frentes: o bien combatir simultáneamente contra las masas de Vietnam y contra la clase obrera americana, o bien financiar grandes mejoras en los niveles de vida de los sectores más pobres del proletariado americano. No lograría ninguno de los dos objetivos. Al final sufrió una derrota histórica en Vietnam.
Es significativo, por ejemplo, que lo que detonó la rebelión de Detroit fue una fiesta nocturna de bienvenida para dos soldados llegados de Vietnam, en un bar informal.
Hay que notar, además, que ni Johnson ni Cyrus Vance, su encargado para resolver la rebelión, deseaban enviar al ejército para reprimir la rebelión. Cuando lo hacen, limitan la presencia de esas tropas al lado este de la ciudad, lejos de la zona más violente, al norte del centro de Detroit.
El general Throckmorton les ordena a sus soldados a no cargar sus armas. Sólo uno de los cuarenta y tres muertos fue víctima de disparos del ejército. Bien sabe el gobierno federal que no podía depositar su confianza en el ejército para disparar a mansalva a obreros y jóvenes de Detroit. Para eso utiliza a la policía y a la Guarda Nacional.
Por su parte los vietnameses estaban conscientes del significado político y militar para su lucha de los levantamientos de los guetos. Toman en cuento la creciente crisis del gobierno de Johnson, que develaban las rebeliones urbanas, para lanzar la ofensiva Tet en enero de 1968 en las ciudades principales del sur de Vietnam, demostrando el total fracaso de la intervención yanqui. Pocas semanas luego de la ofensiva Tet, el presidente Johnson decide no volver a ser candidato en las elecciones de 1968.

Responde la clase de poder

Los levantamientos afectaron fuertemente a la clase de poder estadounidense. Ésta respondió de tres maneras:
Primero, ahoga en sangre a las rebeliones mediante el uso intenso y carnicero de las fuerzas represivas del Estado. En secreto hace planes pare imponer represión militar y un gobierno policial en caso de futuras amenazas al sistema capitalista.
Segundo, inicia un proyecto que depende de la instalación de sirvientes leales y confiables de la clase media afroamericana, en puestos políticos y administrativos, particularmente a nivel municipal, para crear la ilusión de “progreso”, tanto mejor para explotar con más efectividad a la clase obrera.
Esa estrategia estuvo ligada al reclutamiento de un gran número de negros en las policías municipales; cosa que requirió utilizar a los partidarios del nacionalismo negro y a sus aliados estalinistas y revisionistas para alentar el separatismo e ilusiones en salidas reformistas. En varios casos, dirigentes de grandes empresas entregaron grandes sumas de dinero a los supuestamente más feroces separatistas negros para asegurar su participación en la restauración del orden en las ciudades afectadas por los levantamientos.

Tanqueta de la Guardia Nacional durante la rebelión de Detroit [Biblioteca Walter P. Reuther]

Tercero, inicia una campaña que destina una gran cantidad de dineros para crear empleos, viviendas, educación pública y universitaria y otras reformas sociales para mejorar las condiciones del sector más pobre de la clase obrera.
Esa triple estrategia aparece en el Informe Kerner de la “Comisión nacional de consulta sobre desordenes civiles” (nombrado por Otto Kerner, gobernador del estado de Illinois, quien encabezó la comisión). El presidente Johnson había inaugurado la comisión el 27 de julio de 1967, durante el levantamiento de Detroit.
El Informe Kerner se publica el primero de marzo de 1968, cinco meses antes de los esperado, para frenar una posible nueva ola de rebeliones urbanas durante ese verano. A pesar de que el asesinato de Martin Luther King detonó nuevos levantamientos, ninguno de ellos llegó al nivel de Detroit, Newark o Watts.
Dice el informe: “Nuestro país evoluciona hacia dos sociedades, una negra, la otra blanca —separadas y desiguales”. Rechaza acusaciones de que los motines habían resultado de planes subversivos de comunistas o de militantes negros. Culpa a la pobreza y al racismo de los blancos.
Declara que las dos alternativas eran, por un lado, un amplio programa de reformas políticas y sociales, pagadas por el gobierno federal y financiadas por mayores impuestos, o por el otro lado un estado de represión permanente: “Continuar en el presente curso significa la continua polarización de la comunidad estadounidenses y, como consecuencia final, la destrucción de principios democráticos”.
El documento defiende, sin embargo, la represión de parte del Estado para derrotar las revueltas sociales: “La comunidad no puede tolerar —no tolerará— coerción y el dominio de las muchedumbres”.
El informe de la comisión también le sugiera al gobierno federal crear dos millones de empleos en tres años, quinientos cincuenta mil en 1968. Sugiere un extenso programa de entrenamiento laboral. Sugiere agresivas medidas para acabar son la segregación de facto en las escuelas, ambiciosos subsidios federales para la educación y más ayuda para los pobres y los jóvenes minoritarios que quisieran ir a la universidad.
El informe sugiere aumentos en subsidios de previsión social y mayor elegibilidad, estándares nacionales y subsidios federales del 90 por ciento. Sugiere un programa de emergencia financiado por el gobierno para construir y renovar seiscientas mil viviendas durante el primer año.
La mayoría de esas sugerencias reformistas nunca se cumplieron. Casi todas de las que sí fueron implementadas han sido desarmadas en la última década. La mejora en las condiciones sociales y económicas de trabajadores afroamericanos en el primer lustro de los 1970 ha dado marcha atrás. Las condiciones son peor que nunca, con la diferencia que el colapso de los niveles de vida de trabajadores minoritarios en la actualidad va acompañado con una caída general de los niveles de vida de toda la clase obrera.
A pocos meses de los levantamientos, y contemporáneo con la sublevación en Detroit, se inicia la segunda parte del proyecto capitalista. Los dirigentes industriales y financieros de Estados Unidos comienzan a adular y acomodar a políticos y administradores negros. Empezando con gente como Gibson en Newark y Coleman Young en Detroit, en poco tiempo encargarían a miembros negros del Partido Demócrata de una municipalidad tras otra —Hatcher en la ciudad de Gary, Estado de Indiana; Young en Atlanta, Georgia; Bradley, en Los Ángeles, California; Washington en Chicago, Illinois, Goode en Filadelfia, Pensilvania.
Fundamentalmente, la clase de poder acuerda compartir parte de sus riquezas con una minoritaria capa de negros de clase media, que se ha enriquecido a costillas de la clase obrera, negra y blanca. En cada uno de esos casos, han manejado un declive inusitado de la industria y de empleos, junto con el crecimiento de los sin techo, la pobreza y el hambre; mientras que ellos y sus compinches se beneficiaban del crecimiento explosivo del consumo, financiado por la burbuja de deuda del capitalismo estadounidense.
En lo que toca a la metamorfosis del Estado —la policía, el ejército, los tribunales, etcétera— hace poco salió a la luz que el plan marcial del Coronel Oliver North de 1984 que se basaba en un plan secreto de 1970 por el jefe de la Guarda Nacional del Estado de California, bajo su gobernador Ronald Reagan. Ese plan de 1970 contemplaba el acorralamiento de “al menos veintiún millones de negroes ” estadounidenses en “centros de detención o campos de transportación” en anticipación a un “levantamiento de militantes negros”
Con todo ese balbuceo liberal luego de la rebelión de Detroit, la principal medida del congreso estadounidenses después del levantamiento fue destinar cien millones de dólares para que los departamentos de policía del país comprasen tanques, tanquetas, y chalecos antibalas.

Fuente: WSWS

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