viernes, 6 de abril de 2018

Saint-Exupéry fue abatido por un piloto alemán

Por Montse Morata
para ABC (España)
Publicado el 3 de septiembre de 2017

«Si soy derribado no lo lamentaré. La termitera futura me espanta y odio su virtud de robots. Yo estaba hecho para ser jardinero». Fueron las últimas palabras que el escritor y aviador francés Antoine de Saint-Exupéry dejó en una nota, sobre su escritorio, antes de emprender su último vuelo.
No se equivocó. Fue abatido por el alemán Horst Rippert, piloto de la Luftwaffe durante la Segunda Guerra Mundial. Una teoría que en los últimos años había sido descartada y que ahora confirman las pruebas definitivas que los principales investigadores en la desaparición del autor llevan tiempo reuniendo. Los resultados, que todavía no se han dado a conocer, serán revelados en el libro que esperan publicar a finales de año en Francia los cuatro autores de este estudio: el submarinista y explorador profesional Luc Vanrell, que fue el descubridor de los restos del avión de Saint-Exupéry; el alemán fundador de la Asociación de Búsqueda de Aviones Perdidos Durante la Guerra, Lino von Gartzen; el piloto e investigador aeronáutico Bruno Faurite; así como el sobrino y ahijado del escritor, François d’Agay.

El libro, que resuelve un misterio de más de siete décadas, recoge fotos inéditas, testimonios y otros detalles que confirman que la confesión que en 2008 realizó el piloto alemán era cierta. Una teoría que se había descartado al no encontrar agujeros de bala ni signos de fuego en los restos del avión de Saint-Exupéry que en 2004 se recuperaron del mar, lo que dejaba abiertas todas las hipótesis. «Aquel día había otros aviones norteamericanos en la zona, por eso la confusión», a la que también contribuyó el hecho de que los disparos impactasen no en las alas, como había asegurado Rippert, sino en la cola, como ahora se ha descubierto. Una conclusión a la que no ha sido fácil llegar, ya que «el avión de Saint-Exupéry se fragmentó en cuatro partes, bien al estrellarse contra el mar o tocar el fondo marino», como nos adelantó Bruno Faurite, que por caprichos del destino nació en el castillo donde el autor de «El Principito» pasó su infancia.

Reconocimiento

El pecio fue localizado por Luc Vanrell a una profundidad de 87 metros junto a la isla de Riou, a la altura de la cala de Sormiou, cerca de Marsella. Entre los restos, que actualmente se conservan en el Museo del Aire y del Espacio de Le Bouget, cerca de París, se encontró parte del fuselaje, el tren de aterrizaje y más de dos docenas de fragmentos dispersos que, por la forma retorcida y doblada del metal, hacían suponer que el avión había caído en picado, a gran velocidad, estrellándose violentamente contra el mar. Pero el hallazgo no resolvía el misterio del accidente. «No se sabe por qué ocurrió y probablemente no lo sabremos jamás», aseguraba entonces el conservador jefe de patrimonio del Departamento de Investigaciones Arqueológicas Submarinas (DRASSM) francés, Patrick Granjean.

La confesión de Horst Rippert se confirma y pone fin a un misterio de siete décadas

Saint-Exupéry seguía escribiendo con su muerte como lo había hecho con su vida, a la que encontraba sentido desde el cumplimiento de un deber que transcendiese a su dicha individual. Aunque trataron de desmovilizarlo, pensaba que su acción habría perdido parte de su significado de no haber combatido hasta el final y había aceptado que desaparecería en misión de guerra. Como si se tratase de una de sus historias, acabó abatido por quien, también desde el cumplimiento de su propio deber, no sabía que terminaría derribando a su propio héroe.

«En nuestra juventud todos lo habíamos leído, adorábamos sus libros. Su obra despertó la vocación de volar en muchos de nosotros. Yo amaba al personaje. Si lo hubiera sabido jamás habría disparado. Nunca sobre él», admitía a sus 88 años Horst Rippert tras confesar, durante las investigaciones realizadas por Luc Vanrell y Lino von Gartzen, que él había abatido a Saint-Exupéry. Un secreto que había guardado durante 64 años pensando que su revelación habría sido una catástrofe en su vida, más aun cuando, después de la guerra, se encargó de dirigir el servicio de deportes de la ZDF, la segunda cadena de la televisión alemana, llegando a participar en la organización de los Juegos Olímpicos de Múnich. Rippert, que murió cinco años después de aquella confesión, también ofreció detalles que han permitido reconstruir de un modo aproximado el último vuelo del escritor.

Poco antes de las nueve de la mañana del 31 de julio de 1944Antoine de Saint-Exupéry, a bordo de un Lockheed Lightning P-38, despegó de la base aérea de Borgo-Poretta, al sur de Bastia, para realizar una misión de reconocimiento fotográfico dirigida a preparar el desembarco de los aliados en La Provenza. Aquella operación debía conducirlo a fotografiar las defensas alemanas en la zona de Grenoble, Annecy y Chalon-sur-Saône, en la región de Saboya y el alto valle del Ródano. Los radares de la estación americana Colgate, en Córcega, pudieron seguirlo hasta que cruzó la costa francesa en dirección a Hyères, desviándose de la ruta prevista, posiblemente para completar una misión de reconocimiento fotográfico anterior sobre Marsella que tuvo que abandonar tras incendiarse el motor derecho de su avión. Su rastro fue detectado después por los radares alemanes de los alrededores de Lyon, que alertaron de la presencia de un aparato no identificado que volaba a gran altura, aunque haciendo altibajos, entre Annecy y Grenoble.

Desvio a la infancia

Ahora ha podido confirmarse que volvió a desviarse de la ruta prevista para sobrevolar el castillo de Saint-Maurice-de-Rémens, el escenario en el que pasó una infancia de cuentoque siempre añoró y sobre el que el disparador automático de su cámara tomó las últimas imágenes. Era algo que ya había hecho en su anterior misión, de la que tuvo que regresar a baja altura por la avería de un motor que lo puso a tiro de los alemanes el día que estaba cumpliendo 44 años. Después se dirigió hacia el sur y a la altura de Drauguignan los radares alemanes lo perdieron de su alcance. Ante las alertas que se extendieron por de la zona, Horst Rippert despegó de la base de Aix-les-Milles con el objetivo de reconocer y atacar cualquier actividad aérea enemiga sobre el litoral. A bordo de un Masserchmidt ME-109, el piloto consiguió localizar un aparato que volaba de Tolón a Marsella a poca velocidad, de un modo pendular, dibujando curvas, y por debajo de la altitud de seguridad, lo que sorprendió al alemán.
Ahora sabemos que aquella mañana el escritor acudió a su cita con la serpiente
Saint-Exupéry volaba por debajo de él, a unos 2.000 metros, cuando lo normal en un Lightning es que fuese a 10.000, lo que permitía que estos característicos aparatos norteamericanos fuesen inalcanzables para los cazas nazis. Rippert no encontró dificultad para seguirlo. «Muchacho, si no te largas te acribillo», pensó, tras lo que picó en su dirección y disparó. Le dio, pudo ver cómo el zinc del aparato se convertía en una vela y caía en picado al agua sin que nadie saltara. Días después, cuando se enteró de la desaparición del escritor, se dio cuenta de lo ocurrido, aunque, atormentado, esperó, y todavía seguía esperando, que en aquel avión que derribó no fuera el autor al que tanto admiraba.

No fue un suicidio

En los días posteriores algunos testigos aseguraron haber visto caer un avión en la zona y hasta la Bahía de Carqueiranne llegó un cadáver que llevaba ropa de oficial e insignias francesas, pero fue enterrado poco después en esta ciudad sin que llegase a ser identificado. Así que tuvo que pasar más de medio siglo para que apareciese un vestigio cierto del destino final del aviador. Fue en 1998, cuando un pescador de la costa de Marsella llamado Jean Claude Bianco encontró entre sus redes una esclava plateada con el nombre del aviador y su esposa. Aquel hallazgo fortuito era la prueba de la muerte de Saint-Exupéry, hasta entonces desaparecido, lo que abría nuevos interrogantes, como recuerda François d’Agay, que pudo ver por primera vez aquella pulsera de su tío, al que conoció siempre rodeado de papeles, dibujando y escribiendo. «En ese momento sentí pena», aunque ahora se alegra de que aquella pulsera llevara hasta el avión de su padrino, que ahora ha permitido conocer al fin su destino acabando con todas las falsas hipótesis con las que se había especulado, desde un combate aéreo a un accidente, bien por avería o por su delicado estado de salud, e, incluso, el suicidio.

Esta teoría era la que más peso había cobrado en los últimos años por descarte de todas las demás y también por la tristeza que el escritor manifestaba en aquella época. Aunque los testimonios de quienes lo conocieron, así como su elevado sentido de la responsabilidad permitían cuestionar la idea de una muerte voluntaria en la que su ahijado nunca creyó. «Ni hablar del suicido. Él seguía estando muy vivo, amaba la vida». Era un incendio dispuesto a escribir con su propio cuerpo. Hasta las últimas consecuencias.

Resuelto el misterio de su desaparición, Saint-Exupéry nos deja todavía algunas incógnitas sobre su última misión. ¿Por qué volaba tan bajo y de un modo pendular un piloto con más de 6.500 horas de vuelo?

Lo que ahora sí sabemos es que aquella mañana el escritor, como su célebre personaje, acudió a su cita con la serpiente. Cuando llegó hasta ella «no hubo nada más que un relámpago amarillo cerca de su tobillo». Su cuerpo, demasiado pesado para llevarlo hasta su famoso asteroide, nunca fue encontrado. «Parecerá que he muerto y no será verdad», le decía el pequeño príncipe al piloto antes de desaparecer.

Fuente: abc.es

«Si hubiera sabido que era Saint-Exupéry, yo no habría derribado su avión»
Por Juan Pedro QuiñoneroPublicado el 16 de marzo de 2008
Sesenta y tres años después, el veterano de la Luftwaffe que abatió el avión de Saint-Exupéry, el autor de El Principito, uno de los libros más legendarios de todos los tiempos, precipitando uno de los grandes misterios de las literaturas de nuestro tiempo, habla por vez primera: «Había leído y admirado sus libros. Nadie como él había escrito del heroísmo del aviador. De haber sabido que él pilotaba aquel Lightning P-38 no hubiese disparado. Ese recuerdo me ha perseguido toda la vida...»Horst Rippert tenía veinticinco años aquel año. Había nacido en el seno de una familia de emigrantes rusos de vago origen judío. Y esa ascendencia le costó sufrir una cierta marginación, hasta que sus superiores descubrieron su talento y gran arte como piloto, ganándose a pulso su puesto en la Luftwaffe, como piloto de los legendarios Messerschmitt del arma aérea del III Reich.Aquel verano del 44, Rippert, sus colegas y superiores supieron muy pronto que uno de ellos había derribado el avión de un héroe de leyenda, noticia bien difundida por las emisoras de radio militares, primero, y civiles, poco más tarde, para convertirse en un acontecimiento internacional.La misteriosa muerte de Saint-Exupéry pronto quedó eclipsada por el Desembarco, el fin de la guerra, los juicios de Nuremberg y un insondable misterio. Durante muchos años, solo se supo que el Lightning P-38 de Saint-Exupéry había desaparecido, pero nadie podía esclarecer con precisión su misterioso fin, ¿derribado? ¿por quien? ¿víctima de un accidente? ¿dónde, cómo, por qué razones...? El comentario lacónico de las primeras informaciones fue durante muchos años la única información precisa. El 31 de julio de 1944, Satin Exupéry despegó de Córcega, a una hora muy temprana de la mañana, para cumplir una solitaria misión de reconocimiento, al este de Lyon, en la frontera suiza, muy cerca del macizo de Gliers, donde una banda de republicanos y libertarios españoles participó en una legendaria batalla perdida con heroísmo. Un oficial pondría fin al historial militar de Saint-Exupéry con esta frase: «Piloto que nunca regresó. Presumidamente muerto».Un pescador descubre el aviónPasaron los años. Hasta que, finalmente, en 1998, un pescador de Provenza, Jean-Luc Bianco, descubrió no lejos de Marsella, en el fondo de mar, un brazalete que Consuelo, su esposa, había regalado a Saint-Exupéry. La historia volvió a ponerse en marcha. Todo parecía indicar que, finalmente, el avión del autor de El Principito y media docena de grandes novelas sobre la épica de la aviación no había desaparecido accidentalmente en los Alpes.Dos años más tarde, un buceador profesional, Luc Vanrell, hizo el descubrimiento decisivo, a la altura de la isla de Riou, a unos 80 metros de profundidad, donde fue posible encontrar, rescatar e identificar su Lightning P-38. Las piezas del puzzle cobraban su forma definitiva. Quedaban y quedan en el aire no pocos misterios. ¿Quién derribó el avión del autor de El Principito?En verdad, Luc Vanrell ocultó parte de sus descubrimientos en el fondo del mar. El marino reveló los restos del avión de Saint-Exupéry. Pero calló que también había descubierto los restos del motor de un Messerschmitt de la Luftwaffe. Comenzaba otra investigación cuyos primeros frutos se dan a conocer ocho años más tarde.Luc Vanrell se asoció con un alemán, Lino von Gartzen, especialista en la historia de la Luftwaffe, que, durante varios años, consiguió localizar a más de un centenar de veteranos de grupos de caza alemanes. Cinco de entre ellos pudieron estar en lugar apropiado, en el momento oportuno. Todos ellos supieron, muy pronto, a primeros de agosto del 44, que un piloto alemán había derribado el avión de Saint-Exupéry. Pero ninguno de ellos quería hablar.Los restos del motor del Messerchmitt de la Luftwaffe encontrados en las cercanías de los restos del Lightning P-38 pilotado por Saint-Exupéry permitieron identificar a un piloto difunto, vástago de una estirpe prusiana, el príncipe von Bentheim. Esa pista condujo a otros pilotos. Uno de ellos avanzó la pista final: «Llamen a Horst Rippert... él sabe mucho de esa historia...»Durante muchos años, los espectadores de la Zweite Deutsche Fersehen (ZDF, segunda cadena de la tv alemana) admiraban los comentarios deportivos de Horst Rippert, cronista famoso, viejo zorro de la Luftwaffe reconvertido en el periodismo deportivo, hijo de una familia de emigrantes rusos de vago origen judío, hermano de un cantante célebre con el pseudónimo de Ivan Rebroff, fallecido recientemente.«Soy yo quien lo derribó»Cuando Luc Vanrell y Lino von Gartzen localizan a Horst Rippert, en una banal guía telefónica, el veterano de la Luftwaffe los cortó de manera expeditiva: «No sigan hablando. Pueden venir a verme. Soy yo quien derribó el avión de Saint-Exupéry...».Meticulosos, prudentes, pero muy astutos, Vanrell y von Gartzen se guardaron la historia. Y escribieron un libro para contar toda la historia. Que solo dan a conocer en el momento que interesa a todas las partes. Recién muerto Ivan Rebroff, en Grecia, tras largos años de exilio, su hermano, Horst Rippert, jubilado con 88 años, pero muy lúcido y no menos astuto, reclama la herencia del gran cantante, evaluada en decenas si no centenas de millones de euros.Con 63 años de retraso, Rippert habla, por vez primera, muy prolijamente: «Yo cumplía una misión a unos 2.000 metros de altura, no lejos de Toulon. Y descubrí un Lightning que volaba muy bajo. Los Lightning solían volar a unos 10.000 metros de altura. Y yo lo tenía a mi alcance, 8.000 metros más bajo. Volaba de extraña manera. Para mi se trataba de un blanco fácil. Y el piloto del Lightning no parecía enterarse. Y yo me dije: «Tío, si no te enteras te caes, ya». Y me tiré sobre él, sin contemplaciones. Disparé sobre las alas. No ví saltar al piloto cuando el avión se precipitó en el mar. Misión cumplida. Un rival menos».Rippert subraya que desconocía la identidad del avión que acababa de derribar. Identidad que descubriría pocos días más tarde. Sesenta y tres años después, recuerda: «Me quedé horrorizado. De niño, de adolescente, toda mi vida giró en torno a los héroes de las novelas de Karl May y de Saint-Exupéry. Nadie como Saint Exupéry. había escrito sobre los pioneros y la épica de la gran historia de la aviación. Él no solo era, para mi, de joven, un gran escritor, el autor de El Principito. Era, además, el autor de grandes libros, que he continuado admirado. ¡Qué catástrofe! ¡Yo mismo había derribado el avión de uno de mis héroes..! Un desastre. Pero, aquel día, yo no sabía contra quien disparaba. Tiré contra un avió enemigo. Eso es todo».
Fuente: abc.es

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