martes, 19 de diciembre de 2017

La increíble trama del primer golpe de la guerrilla urbana en Argentina

Por Ricardo Ragendorfer
para Tiempo Argentino
Publicado el 1 de diciembre de 2013

La policía atribuyó el hecho a la banda del "Nene" Miloro. Este fue limpiado sin miramientos. Después cayeron los verdaderos autores, quienes incursionaban en la lucha armada. Fue el explosivo anticipo de los tiempos por venir.

El asalto al Policlínico Bancario, perpetrado el 29 de agosto de 1963, nació como un episodio policial de gran impacto. Sin embargo, el velo que ocultaba su verdadera naturaleza empezó a descorrerse a principios de diciembre –hace exactamente medio siglo– en virtud de una circunstancia lejana y fortuita: el hallazgo en París de billetes robados en aquella ocasión, luego de que el dueño de un cabaret los cambiara en un banco por moneda francesa. Ello condujo en Buenos Aires hacia los autores del hecho, pese a que la pesquisa ya lo había dado por resuelto meses antes a raíz de un sangriento error. Desde entonces, lo ocurrido durante esa mañana de invierno en el barrio de Caballito pasaría a la historia como el primer golpe de la guerrilla urbana en Argentina. Un thriller del mundo real, cuyos actores –hampones, activistas políticos y un comisario célebre, junto con otros policías que más tarde integrarían el núcleo duro de la Triple A (ver recuadro)– anticipan el eco explosivo de los tiempos por venir. 

LA ÚLTIMA AMBULANCIA. Aquel jueves, el comisario Evaristo Meneses roncaba. Hasta que un timbrazo se le coló en el sueño. Aún adormilado, se encaminó hacia la puerta. Tras ella estaba el inspector Marcial Pecoraro. Lucía nervioso, y resumió lo del asalto al Policlínico atropellando las palabras. Al mediodía, el legendario jefe de Robos y Hurtos llegó al escenario del hecho. Y asimiló con indiferencia los datos empíricos de lo sucedido: dos empleados muertos, varios heridos y un botín de 14 millones de pesos (100 mil dólares). A continuación, indagó a testigos, recorrió el lugar y empezó a sacar sus propias conclusiones.

Todo se había desencadenado a las 10:33, cuando una ambulancia Rambler con la sirena prendida llegó a toda velocidad al portón del Policlínico, frente a la Plaza Irlanda. "Traemos un paciente", informó el que manejaba. El guardia asomó la cabeza y vio sobre la camilla a un hombre pálido e inconsciente. Entonces, asentó la hora en un cuaderno. El vehículo, ya sin sirena, avanzó hasta un estacionamiento situado frente a los consultorios externos. También apareció una camioneta IKA que, tras desviarse hacia la izquierda, se detuvo a metros de la tesorería. Traía el dinero destinado al pago del personal.

Uno de sus ocupantes se bajó para abrir la parte trasera. Ahí había un agente de la Federal con tres sacas repletas de billetes. Lo acompañaba un cajero del banco. El policía descendió, extendiendo las bolsas hacia dos empleados del Policlínico. En ese instante estalló el infierno.

Primero se oyó un grito, seguido por el tableteo de una ametralladora: la ráfaga barrió a los dos empleados; ambos murieron de inmediato. El cajero fue herido en una pierna. Y el sargento cayó con un brazo destrozado. Fue cuando irrumpió una silueta para arrebatar el botín.

Mientras tanto, sobre la entrada, el guardia había escuchado los disparos. Y abandonó la garita para ver lo que pasaba. Pero una pistola se le incrustó en la garganta; la sostenía un hombre que había estado escondido entre los árboles. Recién dejó de apuntarle al ser levantado por la ambulancia, que ahora salía con el acelerador clavado a fondo. Un Valiant, que aguardaba en la esquina, también arrancó.

La ambulancia fue encontrada pocos minutos después, abandonada a pocas cuadras, con su legítimo usuario bajo los efectos de algún narcótico y atado sobre la camilla. No lejos apareció el Valiant. Meneses supervisó en persona la recolección de huellas. Minutos después, obtuvo la numeración de los billetes robados. En su cerebro ya palpitaba una corazonada. 

LA MUERTE DEL ARCÁNGEL. El comisario no advirtió ningún tinte político. En parte, porque en esos días se carecía de antecedentes sobre hechos con ese móvil. Además, todos los testigos oculares coincidían en un punto: el autor de los disparos había sido "un muchacho rubio". Meneses no dudó: el hombre de la ametralladora no podía ser otro que Félix Arcángel Miloro (a) "El Nene", un pistolero de "la pesada" que había comandado varios asaltos de envergadura. Tal hipótesis se vio robustecida por los dichos de Miguel "El Loco" Prieto, un informante del subcomisario Juan Ramón Morales, quien –junto con el subinspector Rodolfo Almirón y los suboficiales Jorge Riveros, Aldo Daumas y Edwin Farquarsohn– integraba la mesa chica de Meneses. A partir de ese día, "El Nene" se convirtió en el hombre más buscado de la Argentina.

"El Nene" era hijo de un obrero anarquista, tenía 27 años y había dado sus primeros pasos en el delito con el famoso Jorge Villarino. Luego formó su propia banda, junto a Salustiano Franco (a) "Salunga". En una ocasión ambos se le escurrieron a Meneses de las manos, tras un espectacular tiroteo que se prolongó de Barracas a Balvanera.

Tras el asalto al Policlínico, los hombres de Robos y Hurtos efectuaron una serie de procedimientos en Capital y el Gran Buenos Aires, pero sin ningún resultado. Lo cierto es que Miloro parecía tragado por la tierra. Hasta que un soplón batió un aguantadero en la provincia de Córdoba. El 10 de septiembre, unos 150 efectivos de la Federal rodearon una casa del barrio Sobremonte. Allí estaba Miloro con Franco y José Santorelli. Los acompañaba Ana Garbo, una amiga del trío. La voz aguardentosa de Meneses vociferó: "¡Entregate, Nene! ¡Estás rodeado!" La respuesta fue una lluvia de balas. Los disparos policiales convirtieron esa casa en algo parecido a un queso gruyere. Sin embargo, la resistencia duró hasta el amanecer y recién cesó cuando los pistoleros cayeron abatidos. La mujer fue más afortunada: una ráfaga sólo le arrancó la pierna izquierda. 

Ese día, el jefe de la Federal, Carlos Muzio, brindó una conferencia de prensa para anunciar que el asalto al Policlínico había sido "totalmente esclarecido". A su lado, Meneses estaba exultante. Detrás de su corpulenta figura, el quinteto formado por Morales, Almirón Sena, Riveros, Daumas y Farquarsohn soportaba los lamparazos de las cámaras con miradas algo inquietantes.   

LA ELECCIÓN DE LAS ARMAS. A fines de 1963 se empezó a sospechar que Miloro no había tenido que ver con ese golpe, cuando la policía francesa localizó en París un puñado de billetes cuya numeración coincidía con el dinero robado. Eso llevó a los investigadores hacia los hermanos Gustavo y Lorenzo Posse, quienes habían viajado a Francia para cambiar allí parte del botín en dólares. Ellos pertenecían a una familia tradicional y simpatizaban con el Movimiento Nacionalista Revolucionario Tacuara (MNRT). Ambos fueron detenidos al regresar a Buenos Aires. Y no escatimaron información. Así fue como se llegó a un joven militante del MNRT llamado Luis Nell. En el momento de su arresto, los policías constataron con sumo azoro su increíble parecido con Miloro. Entonces comprendieron que "El Nene" había sido la tercera víctima fatal del asalto al Policlínico.

Meneses, que ya había pasado a retiro, se enteró de su equivocación leyendo el diario. El accionar policial se lanzó entonces a la búsqueda de un tal José Luis Baxter (a) "Joe". Era el fundador del MNRT y había organizado ese golpe. Jamás darían con él, pero siete compañeros suyos fueron a parar tras las rejas.

El MNRT era una escisión progresista del grupo de ultraderecha Tacuara. En 1962, Baxter se había rebelado contra su jefatura nacional, encabezada por Alberto Ezcurra, para fundar su propia fracción. Esta renunciaba a la línea doctrinaria inspirada en el falangismo español y a la prédica antisemita, a la vez que rescataba a la clase trabajadora como eje político, recogiendo incluso algunas enseñanzas del leninismo. 

Pero, con la ruptura, el grupo quedó huérfano de financiamiento y protección policial. Sus militantes, entonces, salieron a robar comercios y desarmar vigilantes. Hasta que se decidió lo del Policlínico. 

En 1964, Baxter huyó del país. Estuvo en Cuba, Egipto y hasta como observador en la guerra de Vietnam. Regresó clandestinamente dos años después, ya vinculado con la guerrilla tupamara. Y terminó en el ERP. Una evolución política parecida experimentó Nell, que terminó siendo un cuadro de Montoneros. 

Ambos murieron en 1973, curiosamente, no por la violencia política: Baxter en un avión de Air France que se desplomó cerca del aeropuerto de Orly, y Nell –quien había quedado paralítico por un balazo durante la masacre de Ezeiza– fue llevado por dos amigos a un viejo puente de San Isidro; allí le entregaron una pistola y se suicidó. 

Por entonces, Morales y Almirón ya se habían convertido en los jefes operativos de la Triple A. Entre 1973 y 1975, esa organización de ultraderecha asesinó a unas 1500 personas.  Evaristo Meneses, por su parte, murió senil en el Hospital Churruca a fines de 1992.

Meneses y la patota de la Triple A

Hay un episodio que lo pinta al comisario Evaristo Meneses por entero: su tenso entredicho con el Mono Paz, un ladrón de bancos detenido en 1962 por la patota de Robos y Hurtos. El tipo, en sus años mozos, había sido boxeador. Meneses también. Ambos llegaron a enfrentarse sobre el cuadrilátero. Ahora se volvían a encontrar. Y las palabras del pistolero fueron: “¿Sabe lo que pasa, jefe? Con chapa y matraca cualquiera es guapo”. Por respuesta, Meneses se volteó hacia un subordinado, y le dijo: “Despachalo. Dajalo ir”, no sin antes preguntarle al Mono si aún paraba en los mismos lugares. Dos días después lo fue a buscar para enfrentarlo sin armas ni credencial. A la hora, regresó con él. Los dos estaban magullados por igual; la diferencia era que Meneses sujetaba al otro por la nuca. Y así lo arrojó a un calabozo.

Por su parte, el subcomisario Juan Ramón Morales y Rodolfo Almirón Sena fueron precursores de un estilo policial aún hoy en boga, basado una compleja trama de pactos con el crimen organizado. Su especialidad era la prevención del delito; en otras palabras, esclarecían asaltos antes de que se cometieran. Y con una táctica infalible: primero recibían el dato de un posible hecho; luego se emboscaban para masacrar a los ladrones. Al respecto, cabe destacar que Morales y los suyos también fueron pioneros en el uso de soplones con fines de exterminio.

Algunos de ellos, incluso, integraron de manera oficiosa el elenco estable de la brigada, y con autorización para asaltar contrabandistas. El grupo fue exonerado de la Policía Federal en 1965, aunque sin consecuencias judiciales por sus delitos, y en ello hubo motivo atendible: todos los testigos estaban bajo tierra. El 11 de octubre de 1973, un decreto presidencial los reincorporó a la fuerza. Alternarían entonces la custodia de José López Rega con sus tareas en la Triple A. Ambos murieron bajo arresto domiciliario en 2007, antes de ser juzgado por delitos de lesa humanidad. 

Fuente: infonews.com

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