jueves, 16 de noviembre de 2017

José Saramago: "El poder abusa de las palabras"

Por Susana Reinoso
para La Nación
Publicado el 15 de noviembre de 2004

Ganador del Premio Nobel, el escritor portugués dice que nunca se ha mentido tanto como ahora.
"Hay que saber si es la televisión la que da una mala lección a la sociedad o es la sociedad la que lleva a la televisión a hablar mal". Foto: Alejandra Bratín
"Hay que saber si es la televisión la que da una mala lección a la sociedad o es la sociedad la que lleva a la televisión a hablar mal" Alejandra Bratín
 Con su habitual calidez en el trato y buen humor a pesar del retraso de cuatro horas en el vuelo a Buenos Aires, el premio Nobel de Literatura José Saramago dice a LA NACION: "El poder abusa de las palabras. Y la que más se usa y de la que se abusa es «democracia». La característica de la lengua del poder es la mentira en sus múltiples modalidades. Desde la más descarada hasta la más sutil, incluida la omisión. En los últimos años se ha mentido como en ninguna otra época".

Dice mucho más: "Hay algo fundamental en relación con la lengua y es que se enseña mal desde la escuela y la familia. Hubo un tiempo en que todos eran analfabetos, que no podían escribir, pero hablaban bien. En mi opinión, hay que seguir leyendo a los clásicos y recuperar la lectura en voz alta".

Nacido en Azinhaga, una aldea de Portugal, hace 82 años, en el seno de una familia de labradores y artesanos, el narrador portugués pasará su cumpleaños en Buenos Aires, mañana. Su notable fortaleza le permite disimular el agotamiento del viaje a la Argentina, en compañía de su esposa española Pilar del Río, para el homenaje que se le rendirá a Ernesto Sabato en el III Congreso Internacional de la Lengua Española, que comenzará pasado mañana en Rosario. Presentará mañana en el Teatro Cervantes su última novela, "Ensayo sobre la lucidez" (Alfaguara). Para 2005, Saramago prepara una obra que se titulará "Las intermitencias de la muerte". En marzo se estrenará en Milán una ópera sobre Don Juan, con libreto suyo.

-Con todo respeto, ¿en qué lengua habla cuando está con su esposa española en su casa de Lanzarote?

-(Sonríe.) En mi casa de Lanzarote, en mi casa de Lisboa, en la de Madrid, en un parque en Roma o en Berlín, a condición de que yo esté con mi mujer, entre nosotros el idioma es el castellano.

-Caetano Veloso dice, como Pessoa, que su patria es la lengua portuguesa y Nélida Piñón se confiesa enamorada del portugués. ¿Cuál es su relación con su idioma?

-Yo no estoy enamorado de la lengua portuguesa que es la que he hablado y en la que he escrito toda mi vida. No estoy de acuerdo con que el portugués es mi patria. Quien cita la frase de Pessoa convendría que leyera todo el párrafo ("El libro del desasosiego", Emecé). Por ejemplo, ¿por qué un argentino diría: "Mi patria es la lengua española"? ¿Se lo imagina? Con todo el respeto por Caetano y Nélida, no le veo sentido a eso.

-¿Encuentra usted en la genealogía del portugués huellas que lo conectan con las lenguas ibéricas?

-Claro. Aunque no haya un puente con el vasco, sí con todas las demás porque son lenguas neolatinas con un origen común. Como si fueran primos de una misma familia.

-Es usted un intelectual crítico con los medios. ¿Qué opinión le merece el lenguaje que se habla en la TV?

-Primero hay que saber si es la televisión la que da una mala lección a la sociedad o es la sociedad la que lleva a la televisión a hablar mal. Sabemos que se habla mal en cualquier lugar, a pesar de que muchísima gente sigue leyendo. Pero hoy existe una especie de desprecio por esa cosa tan sencilla que antes era hablar con propiedad. Cuando yo era obrero, siempre tenía las herramientas limpias y en buen estado. No conozco una herramienta más rica y capaz que la lengua. Y esto no significa que hay que ser elegante en la dicción. Hablar bien es una señal de pensar bien. Cuando usas el cerebro para reflexionar sobre una idea tienes las palabras que necesitas, porque pensamos con palabras. Si las palabras son de buena calidad, eso ayudará al pensamiento. Si el vocabulario se reduce y la mala palabra expulsa a la buena, la lengua se irá volviendo onomatopéyica y todos, los medios y nosotros, pensaremos onomatopéyicamente. Hasta en la escuela se habla mal. Es el mundo del revés, porque hoy hablar bien es ridículo.

-En 1986, en "Las maletas del viajero", usted decía que el poder abusa de la palabra con impunidad. ¿Lo piensa hoy?

-Sí, y cada vez más. Esas crónicas fueron escritas en los años 60, hace más de 30 años. Por un lado, me alegra no haber cambiado de pensamiento, pero por el otro, es un poco triste. El poder abusa de las palabras. Y una de las palabras que más se usa y de la que más se abusa es "democracia". Nos dicen que es real, pero no hay una democracia real.

-¿Cuáles son las características de la lengua del poder?

-Tiene una sola, y es la mentira en sus múltiples modalidades. Desde la descarada hasta la sutil, incluida la omisión. Había un político portugués que decía que la política es el arte de no decir la verdad.

-¿Le asigna esa condición al discurso de George Bush?

-Escribí un artículo titulado "George Bush o la edad de la mentira". En los últimos años se ha mentido como en ninguna otra época. Pero más que Bush, me preocupa el pueblo norteamericano, que, informado de lo que ocurre en el mundo y de la responsabilidad de su país, vota a Bush.

-¿Cómo reconoce el ciudadano que el lenguaje con que el poder expresa supuestamente la realidad, como ha escrito usted, no es el suyo?

-A lo largo del día nos bombardean con una lengua que actúa como una cosmética, que es falsa y se aplica sobre una sola cara de la realidad. La única posibilidad del ciudadano es hacer un esfuerzo por combatir ese lenguaje y convertirlo en la preocupación de cada uno. Tenemos que darnos cuenta de que se hace un uso pervertido de las palabras y los conceptos. Hay que limpiar el lenguaje y revisar los conceptos. Y a la hora en que éstos se conviertan en hechos, hay que observar si se corresponden con lo que prometían. Borges lo explicó muy bien en "Pierre Menard, autor del Quijote". Aunque Menard produzca palabra por palabra la obra de Cervantes, éstas no significarán lo mismo. Por ejemplo, "justicia" no significaba lo mismo en la época de Cervantes que en la actual. Respetar las palabras es una tarea de quien trabaja con ellas. El lenguaje más puro no puede excluir las jergas, porque son parte del cuerpo del idioma.

-¿Podría atribuírsele a la literatura un poder demiúrgico?

-Está ocurriendo desde Homero, pero el mundo necesita algo más para cambiar. Con la palabra "¡Hágase!" se creó el Universo. Sería bueno, si fuera cierto. Se necesitarán muchas palabras, gestos y acciones para cambiar. La palabra está ahí, para ayudar a cambiar.

-¿Hablamos pobremente?

-Eso ocurre en todo el mundo. Hay una pérdida de las humanidades en beneficio de la información y el conocimiento técnico que ha llevado a un abandono, a una indiferencia de la comunicación oral y a un empobrecimiento del vocabulario que se utiliza. Si uno pierde las palabras que designan los sentimientos y las emociones; si uno se olvida de la palabra "amor", a lo mejor llegará el día en que no sabrá qué significa.

Fuente: lanacion.com.ar