viernes, 4 de agosto de 2017

Reportaje a Miguel Ramondetti del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo: “Todos sabían lo que pasaba, que no vengan con el cuento”

 Luis Bruschtein
(24 de mayo de 1999)
El Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo alcanzó a reunir a más de 500 curas de parroquias populares en la Argentina de los años ‘70. Muchos de ellos fueron asesinados, desaparecidos, presos o exiliados. Ramondetti era cura obrero en Goya. Cuando regresó  del exilio no quiso integrarse al ministerio religioso, “después de   lo que había pasado ante la pasividad de la Iglesia”.
 Miguel Ramondetti tiene 76 años y vive en una casita de Villa Bosch. Trabajó de obrero la mayor parte de su vida, en la construcción como albañil, y fue metalúrgico y electricista. Dice que el cuerpo ya no le da y entonces se gana la vida con una computadora haciendo publicaciones. Fue cura obrero, uno de los fundadores y secretario general del Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo, que protagonizó una de las gestas más comprometidas de los años ‘70 y muchos de esos curas fueron asesinados, desaparecidos o presos. “Nosotros estábamos con el Jesucristo profeta, el que luchaba con la gente, insultaba al gobernador romano y enfrentaba al imperialismo de la época”, afirma con vehemencia. Estuvo preso, fue reprimido y estuvo exiliado en Nicaragua. “Al regresar no quise presentarme a filas, no volví al ministerio después de todo lo que había pasado en Argentina ante la pasividad de la Iglesia”, explica.
–Yo siempre digo que no hubo una voluntad de fundar algo. El Movimiento de Sacerdotes  Tercer Mundo no se creó, nació. Surgió de una serie de situaciones previas. Parto de la posguerra en Europa y del ámbito específico donde se generó el Movimiento, que es la Iglesia. Por ejemplo, en Francia y Alemania y un poco en Bélgica había surgido el movimiento de los curas obreros. Estaban los sacerdotes que habían sido llevados por los nazis a campos de concentración. Al volver eran otras personas por lo que habían visto y vivido. Pensemos en un sacerdote tradicional, dentro de una estructura muy cerrada, verticalista y autoritaria que de pronto se encuentra inmerso solo en un ámbito brutal como eran los campos de concentración. Al volver llevaron esa experiencia a sus lugares de origen y comenzó todo un movimiento. Estaba el Concilio Vaticano II y había algunas experiencias previas en las cuales participé en Buenos Aires. Algunos sacerdotes habíamos estado en Europa, yo estuve cinco años estudiando teología en Roma y había tenido contacto con sacerdotes con las mismas inquietudes. Al principio fue un deseo de renovación interna, pero a algunos nos llevó rápidamente a tomar contacto con una realidad popular, sobre todo con una realidad obrera.
—¿Dónde fueron esas experiencias?
–Cuando terminé mis estudios en 1952, volví al país y me destinaron a una parroquia en la Capital, Todos los Santos. Allí ya estaba funcionando esta idea, había dos sacerdotes con los que habíamos convivido en Roma y yo me integré con ellos. Después fui tomando más opciones de tipo social, no tan a la interna de la Iglesia. Ya tenía la idea de los curas obreros franceses. Se creó un centro dependiente de esa parroquia, pero que funcionaba en Paternal, del otro lado del Warnes. Ahí empecé a trabajar.
–¿Trabajaba como obrero?
–Bueno, no te daban permiso y sin permiso no se puede hacer nada. Pero bueno, le buscábamos la vuelta. Trabajaba en lo social nada más. Empecé a ayudar a la gente del barrio y allí aprendí el oficio de albañil porque los ayudaba a hacer sus casitas. El primer día que llegué de uniforme, con sotana, me miraban y no podían creerlo. Me saqué la sotana, la colgué de un alambre, se creó una relación y empecé a ayudarlos con la mezcla. Se creó una mutual de ayuda a la construcción de viviendas y yo trabajaba de eso. Todavía no me daban permiso para trabajar en una fábrica, que era lo que yo quería.
–¿Pero entonces no pudo entrar a una fábrica?
–Pasaron varios años, hasta que presionando y presionando conseguí una media autorización y ahí me fui. Estuve trabajando un año y medio en una fábrica metalúrgica donde hacían las primeras multiprocesadoras, pero me echaron por revoltoso. En realidad me echaron porque me afilié al sindicato cuando nadie estaba afiliado. Por suerte, después que me echaron los muchachos se avivaron y se afiliaron.
–¿Y cómo surgió la idea o el impulso inicial para fundar el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo? 
–Se iba armando así la cosa: Yo estaba en Paternal, pero me quería ir a trabajar al interior. Estábamos a fines del ‘67. Había un compañero del grupo donde nos reuníamos en Buenos Aires que había sido nombrado obispo de Goya. Un grupo de curas queríamos trasladarnos allí, hablé con él y lo fui a ver. En la conversación, en su despacho de la curia, me dijo: “Ah mirá, acá me llegó esto, a vos te puede interesar” y me tiró un folleto. Decía: “Proclama de 18 obispos del Tercer Mundo”. Eran obispos que se habían reunido en Roma a partir del Concilio. Entre los latinoamericanos estaba Helder Camara, que era quien lideraba eso. Lo hojeé y me entusiasmé a lo loco, porque me pareció una cosa de avanzada y desde un ángulo que nos ayudaba mucho porque eran obispos, no eran curas sueltos, loquitos, como nos consideraban a nosotros, y hablaban con un lenguaje distinto, con una posición diferente, sobre la situación de los pobres en el mundo. Por primera vez, que yo sepa, en un documento eclesiástico de esa envergadura aparecía una especie de opción por el socialismo.
–¿Convocaron a una reunión?
–Ni eso, simplemente decidimos difundir el documento y pedir adhesiones. Ahí empezó a nacer, sin grandes esfuerzos. Hicimos una lista entre tres o cuatro curas y lo mandamos. Nos sorprendió cuando empezamos a recibir una cantidad impresionante de adhesiones, nos llovían cartas, casi todos respondían. Y había un denominador común: subrayaban la necesidad de hacer una reunión. Entonces desde Buenos Aires organizamos el primer encuentro en Córdoba. El envío de la carta fue en noviembre del ‘67. A principios del ‘68 empezaron estas reuniones.
–¿Era heterogénea la composición?
–Curas obreros éramos pocos, dos o tres, pero muchos estaban en parroquias en zonas populares, humildes. Era heterogéneo, pero nos unía una misma idea de renovación de la Iglesia.
–¿Usted estuvo preso en Goya?
–Pero por pocas horas, un día. Dos veces, una con Onganía y otra con Lanusse. Pero lo de Goya no tenía que ver con el Movimiento. Yo fui secretario general del Movimiento durante casi todo el tiempo. A nivel nacional me visualizaban de todos lados, tanto los obispos, como la policía y el Ejército, pero lo de Goya más bien fue por cuestiones locales. Yo trabajaba en un barrio pobre con muchos problemas, se inundaba frecuentemente. Habíamos creado una comisión vecinal. Goya era una ciudad chica, muy tradicional y de pronto le armamos una manifestación por las calles de asfalto. Ese día fue glorioso. El comisario se estaba afeitando en una peluquería y nos vio pasar por el espejo. Salió furioso, llamó a las tropas, nos metieron adentro, nos tuvieron toda la noche. Después vinieron abogados para sacarnos. Otra vez vinieron a mi casa. Vino el comisario con cinco policías, me allanaron la casa. Empezaron a sacar libros, cosas. Un policía encontró una Biblia que tenía como título El libro de la Alianza y creyó que había encontrado material subversivo. Me tuvieron hasta la madrugada y a la medianoche comenzaron a interrogarme. Otra vez nos metieron presos como a cincuenta curas en Rosario porque habíamos manifestado a favor de los presos políticos. También surgió la idea de mandar una carta a la reunión que se iba a celebrar en Medellín. Pensamos que los obispos iban a cerrar la cosa condenando a los movimientos populares. Entonces hicimos una carta que en síntesis decía que no se podía condenar la violencia de los oprimidos sin atacar la violencia de los opresores. Conseguimos más de 500 firmas de curas argentinos y más de 400 de sacerdotes latinoamericanos. Eso llegó a Medellín y tuvo mucho efecto. Incluso algunos documentos tomaron ideas de esa carta.
–¿No tenían problemas con la jerarquía eclesiástica?
–Yo creo que todo esto nació en buen ambiente, nació fuerte. Todo lo del Concilio, toda la renovación que había dentro de la Iglesia y las condiciones externas. Cinco o diez años antes nos hubieran cortado la cabeza. Hubo presiones y ese tipo de cosas. La más fuerte fue una declaración de la Comisión del Episcopado, con el cardenal Antonio Caggiano a la cabeza. Hicieron un comunicado de condena al estilo tradicional. Les respondimos con un libro como de ciento y pico de páginas con argumentos teológicos, citas de la Biblia y de filósofos.
—Cuando un cura tenía un problema de represión, ¿se solidarizaban con él?
–Se han dado cosas muy divertidas. Si había un conflicto interno de la Iglesia o a uno lo llevaban preso o lo que fuere, ahí íbamos todos, huelga de hambre o nos sentábamos en la catedral. Hubo un conflicto en Corrientes y otro en Rosario. El obispo echó a todos los curas en un momento determinado y ahí fuimos para solidarizarnos. Pero tratábamos de que no nos adormeciera la interna de la Iglesia, nosotros no surgimos para cuidar la situación de los curas, nos hizo surgir la realidad sociopolítica.
—¿Y cómo empezó el desgaste?
–Hay diferentes interpretaciones. Algunos piensan que fueron las discusiones sobre cuestiones de la Iglesia, como el celibato. Alguno se había casado y discutimos si podía seguir en el Movimiento. Unos pensábamos que sí, otros que no. Yo pienso que lo fundamental fueron los temas que tenían que ver con la realidad externa. Analizando la situación social del país y puestos plantear soluciones en grandes líneas, atacábamos al sistema, como se decía en el lenguaje de la época, y proponíamos como alternativa un socialismo “a definir”, no planteábamos el socialismo de los países del Este ni mucho menos, ni nombrábamos al marxismo, aunque algunos pensábamos que iba por allí. Habíamos quedado en eso. Cuando el país comienza a movilizarse por la vuelta de Perón, en los años ‘70, ‘71, ‘72, ‘73, empieza la gran interna. Con la vuelta de Perón hubo un recalentamiento interno que era una cosa positiva porque respondía a nuestro contacto con la realidad, no a cuestiones personales, subjetivas o de poder, sino a un requerimiento exterior, era el país que estaba en esa lucha del Perón vuelve. No éramos curas encerrados en nuestros templos con nuestras viejitas alrededor. Eran curas que vivían en barrios humildes, que estaban en contacto con la gente. En Buenos Aires, el Movimiento Villero surgió de todo eso. Había un contacto muy fuerte con la realidad social, que necesariamente, a poco andar, lleva a la realidad política. 
–Debería ser muy difícil mantener la discusión política dentro del encuadre religioso que tenían como sacerdotes...
–Sí, pero soluciones para lo social dentro de lo social no existen. Entonces se trataba de incursionar en lo político desde nuestro ángulo. Nunca se nos ocurrió perder esa condición, armar un partido ni nada por el estilo. Reflexionábamos desde nuestro punto de vista y desde lo religioso. Nos preguntábamos ¿qué significaba ser cristiano en Argentina? ¿Qué se nos exigía a nosotros como cristianos, como sacerdotes? Eramos sinceros, y respondía a una exigencia de nuestro ser como curas. Igual se armó una gran interna. La mayoría estaba por el peronismo y una minoría seguimos planteando la opción original. Eso nos llevó a un enfrentamiento serio. La cohesión del principio se fue como resquebrajando. Yo pienso que esa grieta interna sola no explicaría la desaparición del Movimiento. Pero justo cuando estábamos debilitados comenzó una terrible represión, primero con la Triple A que asesinó a Mugica y después los militares. Y nosotros estábamos muy expuestos, no teníamos experiencia de clandestinidad. Aparte de las organizaciones armadas que tenían esa experiencia, nosotros trabajábamos en la superficie, firmábamos lo que decíamos, hablábamos con los periodistas. Cuando empezó la avalancha de Videla y compañía, nos agarró así, era irse o morir. Muchos murieron, fueron desaparecidos o presos y otros pudimos salir.
—¿Usted pudo salir del país? 
–Estuve dos años y medio en Francia, un año en México y en 1980 fui a Nicaragua, donde estuve cinco años. Después del golpe aguanté tres meses en Goya hasta junio. Habían intentado secuestrar al presidente de la comisión vecinal. Los compañeros me dijeron ‘te vas o morís’. Esa noche dormí en el rancho de un vecino por seguridad. Pero fueron a la casa del presidente. En Buenos Aires estuve casi un año y medio, medio clandestino, viviendo en el sur, trabajaba de albañil, pero cada día era más difícil.
–¿Y la Iglesia no lo ayudó?
–No es que no haya tenido apoyo, apoyo tuve, lo que pasa es que también era una cuestión de opción política y de opción personal. Yo no podía comprometer a gente que no se hubiese comprometido también conmigo en mi propia opción. Hubo curas que me ayudaron, pero ¿con qué derecho iba a pedirles ayuda? Dormí en parroquias de amigos míos en días difíciles, pero yo pensaba: “¿descubren esto y se llevan a este amigo mío?”. Pobre tipo, que era más bueno que el pan aunque nunca se había metido en nada porque no le interesaba la política, pero se jugaba porque era mi amigo. Yo no tenía derecho a exigirle ese nivel de riesgo. El que me ayudó realmente fue monseñor Jorge Novak, porque yo había quedado descolgado de Goya, había perdido contacto con la gente y con mi obispo. Con un seudónimo había conseguido trabajo de albañil en un caserón grande y me dejaban dormir en la obra. Antes paraba en el sur y tenía que cruzar todos los días el puente de Avellaneda y siempre había milicos parados ahí que pedían documentos, había pinzas. Novak era uno de los pocos obispos que comprendía la situación y se jugaba. Por medio de él conseguí que la Nunciatura me renovara el pasaporte para salir del país.
–¿En el tiempo que estuvo exiliado seguía en la Iglesia? 
–Sí, a Nicaragua fui con el único obispo que estaba más o menos enganchado con el Frente Sandinista. Después el obispo medio se enfermó y quedó a un lado. Estaba en Estelí y trabajaba como en Goya, vivía en un barrio, trabajaba de albañil, de electricista, trabajé en la municipalidad y en el mantenimiento de una escuela. Ahí me hice amigo de Fernando Cardenal.
–¿Sigue siendo cura en la actualidad?
–Sí y no. Lo que sucedió es que no me presenté a filas, como dicen los milicos. Estuve en el ministerio hasta que volví en el ‘85. Ahí me planteé todo lo que había pasado, me hice esta composición de lugar: sobre cien obispos argentinos en la época del Proceso, a uno lo asesinaron, que era Angelelli, quedan tres o cuatro que relativamente entendieron la situación y salieron al frente. Creo que al obispo de San Nicolás, Ponce de León, también lo mataron aunque lo hicieron aparecer como accidente, como intentaron hacer con Angelelli. Estaban Hessayne, De Nevares y Novak, ¿dónde estaban los demás? Yo me preguntaba ¿quién puede frenar esto?, y siempre me respondía que la única que podía era la Iglesia Católica si hubiera querido comprometer realmente a la Iglesia internacional, al Vaticano. Todos sabían lo que estaba pasando, que no vengan con el cuento. Si hubieran hecho lo que correspondía no hubieran muerto Angelelli y muchos miles más. Soy muy duro porque me parece que no sirve buscar explicaciones a lo que no la tiene, quizá sea un poco drástico.
–¿Hay curas jóvenes interesados en conocer la experiencia del Movimiento?
–No estoy muy relacionado, pero tengo entendido de que sí, hay un movimiento católico de base que mueve mucha gente y se interesa por esas experiencias. La existencia del Movimiento estuvo muy ligada a una situación económica, social, cultural, política y la situación ha cambiado. Pero hay sacerdotes que se reúnen y discuten. En alguna reunión de los sobrevivientes de aquello se planteó la cuestión de retomar, pero yo siempre me opuse porque la historia no se repite, tenemos que estar con la actualidad.
–Un cura no puede ignorar la realidad porque está todo el tiempo en contacto con ella...
–Hay que ver cómo se concibe lo ideológico dentro de lo religioso. Cómo se concibe el mensaje religioso. Hay dos concepciones históricas, por lo menos en el mundo judeo-cristiano, que es el que conozco más. Una ve a Dios directamente involucrado en la historia humana. Y otra ve a Dios fuera de la historia. La primera es la corriente profética, que tiene que ver con los antiguos profetas, que generalmente no morían en la cama como nuestros generales. No luchaban por defender el templo sino por la situación concreta, socioeconómica, de la gente. La otra vertiente, que creo que también es legítima, no lo discuto, es la vertiente sacerdotal, o sea más preocupada por lo que tiene que ver para adentro de la Iglesia. Hay curas que pueden vivir cien años en una villa sin descubrir que esa villa no es la voluntad de Dios. Para los que estábamos en la primera corriente, Jesucristo es el profeta. No era el sacerdote del templo que iba a celebrar los ritos, sino que estaba con la gente, luchaba con la gente, insultaba al gobernador romano, estaba contra el imperialismo de esa época, se peleaba con las autoridades que explotaban a la gente. Con ese estábamos nosotros.

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Por qué Ramondetti ?

Un cura coherente y protagonista privilegiado

Por L. B.

Los curas y los maestros tienen un trabajo difícil. No hay lugar, por apartado y pobre que sea, que no cuente con su parroquia o su escuela. Los maestros y los curas tienen una vivencia más directa de la realidad socioeconómica que los políticos o los economistas. Por ese motivo, y porque además se supone que su trabajo es apoyar a la gente con la que conviven, ellos perciben más que ningún otro sector los fenómenos más profundos que se comienzan a producir en la sociedad. 
Durante los años ‘70, las ideas de compromiso y transformación social atravesaron todos los estamentos de la sociedad y la Iglesia Católica no fue la excepción, sobre todo entre aquellos curas que estaban en parroquias humildes. Y de ellos surgió el Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo.
Fue un fenómeno extraño porque no se dio así en otros países donde esas corrientes estaban más contenidas por las jerarquías eclesiásticas. La Iglesia Católica en Argentina, como institución, ha sido tradicionalmente una de las más conservadoras y derechistas, muy lejana de las posiciones que tuvo la Iglesia en países como Brasil o Chile, sin ir más lejos. Con la excepción, por supuesto, de obispos como Enrique Angelelli, Miguel Hessayne, Jaime de Nevares o Jorge Novak.
Pese a esa cerrazón (o debido a ella), no pudo evitar que la realidad se colara con fuerza entre sus filas y adquiriera una envergadura como la que tuvo el movimiento de los curas tercermundistas.
De las agrupaciones y movimientos de esos años, probablemente esos curas fueron, como grupo, los que mantuvieron mayor coherencia en su compromiso con el pueblo luego de los años de fuego. Cambió la realidad, cambiaron las propuestas y el lenguaje político pero, esencialmente, los sobrevivientes de esa experiencia, sigan en la Iglesia o no, se mantuvieron fieles en ese compromiso. Los que están vivos y todavía son curas siguen ejerciendo su ministerio en villas y barrios humildes. Los que dejaron de ser curas o simplemente se alejaron del ministerio, como Ramondetti, mantienen una fe indestructible y viven como lo hicieron siempre.
Ramondetti fue secretario general del Movimiento y, por lo tanto, un protagonista privilegiado de esa historia que tiene tantos ecos en la actualidad.