domingo, 13 de agosto de 2017

Martinez de Hoz. El socio del silencio

Octubre de 2004 

“Fuertemente custodiado por dos personas de civil y un policía uniformado, Martinez de Hoz atinó a decir ‘que momento´, cuando el público reunido en la intersección de Lavalle y Diagonal Norte comenzó a proferirle improperios e insultos de grueso calibre.

´Delincuente... cuando vas a devolver lo que te robaste´, fueron algunos de los duros reclamos que se escucharon. ´Ladrón... ladrón´, ´Atorrante´ exclamaron los exaltados allí reunidos”
(La Voz. 24 de febrero de 1983) Es conocido, juzgado y criticado el rol perverso llevado a cabo por las Fuerzas


Armadas argentinas durante la última dictadura militar que asoló nuestra Patria entre 1976 y 1983. Pero poco y nada se dice y se conoce de los mentores ideológicos y ejecutores del programa económico de entrega que se llevó adelante en dicho período. En tanto hay militares detenidos por graves violaciones a los derechos humanos más elementales, no hay ni un sólo civil de aquellos encarcelado. Hablo de Cristian Zimmermann, Guillermo Walter Klein, Alberto Grimoldi, Alejandro Estrada, Adolfo Diz y Alejandro Fabián Reynal entre otros. Todos ellos, dirigidos y apañados por José Alfredo Martínez de Hoz, (Joe, Hood Robin, El Orejón) verdadero cerebro del plan oligárquico e imperialista que tenía como último fin la destrucción del patrimonio nacional.

Entonces, no resisto a la tentación de volver a mi época de escuela primaria, pero ahora como maestro, lo tomo de una “orejita” al alumno Martínez de Hoz, lo hago pasar al frente y lo obligo a que me cuente su vida..........

DIME CON QUIEN ANDAS Y TE DIRE QUIEN ERES...” Viejo refrán español que le cabe de perillas a Martínez de Hoz. Todo comenzó en España, en Castilla La Vieja, allá por el siglo XVIII, cuando dos naturales del lugar; Mateo Martínez y Antonia de Hoz unieron sus vidas. Sus dos hijos, José y María Antonia dieron inicio al uso del apellido compuesto tal como hoy se lo conoce. José fue el que se vino para estas tierras y acumuló ganancias en función de algo que manejaba muy bien: el comercio. Tuvo también tiempo para ser regidor, alcalde, diputado de policía, alférez real y defensor de pobres, un título al cual, “nuestro” Martínez de Hoz, hubiese renegado con gusto.

Asímismo, en carácter de “vecino importante” estuvo presente en el Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810 defendiendo las posiciones del Virrey y la corona de España. ¿Por qué? Muy sencillo: Este José Martínez de Hoz, como Tomás de Anchorena y Francisco Antonio de Beláustegui actuaban de intermediarios de los monopolistas de Cádiz y también se beneficiaban con el contrabando de mercaderías inglesas. Y debieron enfrentar los intentos patrióticos de Belgrano y Castelli al respecto.

El personaje familiar que sigue, es Narciso de Alonso Martínez, beneficiario de la herencia de José y sobrino de éste. Narciso, tatarabuelo de nuestro personaje, mutó en almacenero próspero y para 1845 sus existencias andaban por el medio millón de pesos, lo que le permitió incursionar en otras actividades lucrativas tales como hacendado y accionista del Banco Nación.

Al morir, en 1848 les dejó a sus once hijos, en herencia, alrededor de 6 millones de pesos entre efectivo, acciones y propiedades.

Pasemos al bisabuelo, el estanciero José Toribio Martínez de Hoz: que fue fundador del exclusivo Club del Progreso, senador y presidente del Banco Provincia En su casa, se fundó la Sociedad Rural, el 10 de julio de 1866 y fue el primer presidente de la misma. Accionista de los ferrocarriles, de la compañía de gas y de la Bolsa de Comercio, al fallecer dejó una fortuna de 13 millones de pesos.

Su abuelo Miguel Alfredo del Corazón de Jesús Martínez de Hoz, fue ganadero (e integrante del directorio de la Sociedad Rural), presidente del Jockey Club y director del Banco Nación. Crió vacunos Shorthorn y caballos de carrera. Construyó un castillo donde gustaba ser servido por lacayos de librea.

Así llegamos al padre, que como “Joe” portaba el mismo nombre de pila: José Alfredo. No se apartó del negocio familiar: crió caballos y vacas y llegó también a ser presidente de la Sociedad Rural.

Nuestro personaje, nació el 13 de agosto de 1925 con el nombre y apellido completo de José Alfredo Antonio Martínez de Hoz. Se recibió de abogado con medalla de oro y además obtuvo el mejor promedio de la graduación.

Su primer cargo público vino de la mano de la Revolución “Libertadora” (Fusiladora) de Rojas y Aramburu, en 1956, al ser designado ministro de Economía, Finanzas y Obras Públicas en la provincia de Salta. Dos años más tarde fue nombrado presidente de la Junta Nacional de Granos. Y durante el interregno del escribano Guido, presidente de facto impuesto por los militares, entre 1962-63, se desempeñó como ministro de Economía durante seis meses.

LA “GESTION MARTINEZ DE HOZ”. Ni bien se instaló en el poder, la dictadura militar de Videla en marzo de 1976, puso al frente de la conducción económica de nuestra Nación, a conspicuos representantes de la escuela neoliberal y de los grupos concentrados de poder económico. Martínez de Hoz, como ministro de Economía, pivoteó su gestión sobre dos premisas fundamentales: la subsidiaridad del Estado y la apertura económica.

A través de la primera, fijó que la actividad productiva correspondía al ámbito de los negocios particulares, siendo allí el Estado una malformación congénita que debía desaparecer.

Con la segunda quitaba todo tipo de protección a la industria nacional, liberaba importaciones y obligaba a competir en desventaja al productor nativo con los colosos foráneos.

Como parte de su plan dispuso la prescindibilidad de los empleados públicos, la suspensión del Estatuto del Docente, aumentó las tarifas ferroviarias y derogó toda norma sobre precios máximos. También desdobló el aguinaldo, bajó los aranceles aduaneros, generalizó el IVA, suprimió el impuesto a la herencia (casualmente Martinez de Hoz recibió una herencia de su padre por esos días) y redujo el impuesto a las ganancias (que se cobra a los ricos). Además, con la reforma financiera que introdujo, el dinero ya no sirvió para producir trabajo sino directamente para especular. Fue la época de la “plata dulce” y “el déme dos” de una clase media argentina idiotizada, que como dice el profesor de Historia de la UBA, Manuel Fernández López, “hacía posible el sueño argentino de vivir sin trabajar”. Lógicamente esta diabólica estrategia destrozó e hizo colapsar a la industria nacional. Nada daba más ganancia que poner el dinero a plazo fijo e interés. Se malvendieron empresas con más de medio siglo de antigüedad para incorporar su capital a las mesas de dinero.

Si uno se toma el trabajo de buscar la revista oficialista “Somos” del 30-12-77 encontrará un sustancioso reportaje que cubre cinco páginas, para quien considera “el protagonista del año”: Martínez de Hoz. La extensa nota se presenta con un título premonitorio: “Todavía hay argentinos que no nos creen”. Debe referirse a los miles de encarcelados, torturados, exiliados y secuestrados-desaparecidos que hasta dieron su vida enfrentando la entrega nacional que él llevaba adelante: sobre todo, me refiero, a dirigentes gremiales, delegados de fábrica y militantes sindicales de base.

Para esa misma época, otra revista para boludos, “Gente”, le hace una entrevista de dos horas. En el curso de la misma defiende a rajatabla su proyecto y se anima a decir que “A través de ésta política que proponemos y que estamos implementando, entendemos que el país y su gente, alcanzarán un estandar de vida y un desarrollo como nunca se logró”. Más espejitos de colores para la “gente paqueta” y “gente como uno” que propiciaba la revista de editorial Atlántida, socia del “Proceso Militar”. Los resultados están a la vista. Ya para 1980, luego de cuatro años de gestión económica ininterrumpida de “Joe y sus Chicago Boys” muchísimas fábricas cerraban o se iban de nuestro territorio nacional dejando un tendal de desocupados y damnificados. Ese fue el principio del fin.


Por otro lado, Martínez de Hoz obligó a las empresas del Estado (aún solventes) a tomar créditos en el exterior, a endeudarse compulsivamente.

Las divisas obtenidas las atrapaba el Banco Central y se las vendía a operadores privados, quienes a su vez, rapídamente las depositaban en el exterior. Se incrementó así, adrede, un fabuloso endeudamiento de las empresas estatales, lo que sumó una deuda pública externa impresionante que aumentó de 7.500 millones de dólares a cerca de 40 mil millones durante
la dictadura militar 1976-83. Los únicos beneficiados de esta entrega planificada fueron las grandes empresas monopólicas, los bancos y el capital extranjero.

Por ejemplo, propició convenios con la Standart Oil en perjuicio de YPF; reactualizó otros con la ITT para desfavorecer a Entel y congeló el plan de expansión de Somisa en beneficio de Acindar, empresa de la cual –otra casualidad- era presidente. Aún más: en junio de 1977 revocó un decreto que había firmado el gobierno peronista, por el cual se prohibía a las corporaciones automotrices –Chrysler, Ford, General Motors- repatriar sus ganancias. A partir de ahí, entonces, éstas tenían las manos libres para llevarse cuantas remesas de dinero quisieran sin verse obligadas a reinvertir un solo peso en nuestro país.

Milton Friedman, Premio Nobel de Economía y gurú de todos estos “chupasangre”, afirmó muy suelto de cuerpo en una entrevista concedida al mismo medio oficialista que citaba antes, allá por octubre de 1976, que: “Yo haría lo mismo que está haciendo Martínez de Hoz”.

LA VOZ DEL AMO. Una vez instalado el golpe militar de 1976, el banquero millonario norteamericano David Rockefeller, estuvo por nuestro país de inspección y negocios en dos oportunidades; 1979 y 1980. Al regresar a su país, la primera vez, declaró sin tapujos su admiración por el entonces ministro de Economía, Martínez de Hoz. Lo admiraba “como ser humano, como economista y como persona dedicada plenamente a su labor pública”.

En su segunda visita, Rockefeller, fue más directo. Agasajado por Martínez de Hoz con un asado en el Yacht Club San Isidro, dijo sobre él y su gestión que: “en los Estados Unidos se asigna una importancia trascendente a los objetivos logrados por la gestión del ministro Martínez de Hoz”.

Ya antes, en junio del ´76 a tres meses del golpe, el ministro de los monopolios, había tenido su reconocimiento en las entrañas del sistema capitalista. Contaba Martínez de Hoz que “El interés que generó mi exposición fue tal que la sala se llenó. Al concluir mi mensaje recibí un
aplauso inusualmente sostenido, prácticamente una ovación, que los funcionarios del B.I.D. no recuerdan en toda la historia de la institución”.

¡Que diferencia con Perón! que cuando el embajador norteamericano Spruille Braden le ofreció en 1945 no atacarlo públicamente si le brindaba “beneficios económicos reales” a su país imperial, le respondió que no, que el iba a ser el presidente de los argentinos e iba a gobernar defendiendo los intereses de la Nación Argentina y que por otro lado no tenía ningún interés en ser apreciado en los círculos económicos y financieros extranjeros a riesgo de ser considerado por sus conciudadanos como un hijo de puta....

ANTIPERONISTA FURIOSO. Cuenta el abogado Laurence Levine con oficinas en Wall Street que “Hubo un encuentro entre el embajador de los EE.UU. en Buenos Aires, Mr. Hill y Martinez de Hoz. Hill le dijo que a partir del nuevo gobierno se esperaba que su equipo económico pudiera encontrar la manera de incorporar a los ´peronistas´, que todavía representaban tanto de la riqueza argentina. Hill me contó después que, en ese momento, Martínez de Hoz empalideció. Se levantó rígidamente con sus manos detrás de su espalda, y le dijo: ´Señor embajador, cuando yo termine mi tarea, la palabra peronista ya no existirá´”.

LAS CUENTAS CON LA JUSTICIA. Un indulto firmado por Menem lo desvinculó a tiempo de un raro caso de secuestro extorsivo de los empresarios Miguel y Federico Gutheim. Ocurrió que estos hermanos y Martínez de Hoz habían fijado sus ojos sobre el mismo negocio; lo que no recordaron aquellos, fue que “El Orejón” como solía llamar el pueblo al ministro de Economía, detentaba todo el poder y la amistad de los generales. Los Gutheim fueron privados de su libertad, puestos a disposición del Poder Ejecutivo y obligados a firmar una serie de papeles y transacciones a riesgo de perder su vida. Debieron ceder un cupo de exportación de algodón por 12 millones de dólares a favor de varias transnacionales, entre ellas Dreyfus.

De la segunda acusación en su contra también lo sobreseyó definitivamente la Corte Suprema menemista luego de siete años de proceso judicial, cuando ayudó a levantarle la prisión preventiva en su contra. Es que dejando toda ética de lado, Martínez de Hoz, “estatizó” la compañía Italo Argentina de Electricidad; una estatización bastante “sui generis” si se tiene en cuenta que compró la empresa energética en un precio sobrevaluado que alcanzó los 300 millones de dólares. Martínez de Hoz –otra casualidad y van...- había ostentado hasta pocas horas antes de asumir como ministro de la dictadura, el cargo de vicepresidente de la Italo. Tan evidente fue la maniobra que el fiscal de la investigación acusó al sospechoso de montar “un ardid, para consumar un despojo al país, un ejemplo de la mayor corrupción que ha soportado la República”.

Tuvo un tercer encuentro con la Justicia que luego también quedó en la nada.

Fue cuando en diciembre de 1985 el Juez Federal Néstor Biondi le decretó la prisión preventiva una vez más, por considerarlo “prima facie” autor responsable del delito de subversión económica culposa en relación con la causa N° 9.561 por la cual se investiga el vaciamiento de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF).

Todas estas maniobras no deben sorprender al lector. Poco antes de asumir el ministerio en el fatídico 1976, Martínez de Hoz, directa o indirectamente representaba los intereses económicos y comerciales de empresas de primera línea relacionadas con el acero, las finanzas, los seguros, las comunicaciones, la construcción y la aeronavegación: hablo de la antes citada Acindar, Rosafin, Buenos Aires Seguros, The Western Telegraph Co., Columbus Argentina y Pan American, respectivamente. Además era presidente del Centro Azucarero Regional del Norte Argentino que nucleaba a los empresarios patronales más feudales y despiadados.

(Recordar el caso de Ingenio Ledesma en 1976 cuando los patrones oligarcas y el ejército se llevaron de noche y luego de cortar la luz de todo el pueblo a más de mil sospechosos de luchar contra las injusticias que se cometían a diario). Además, como abogado defendió los intereses de dos empresas que litigaban contra el Estado al momento de su entronización como ministro: Siemens y Esso.

LOBBISTA EMPERNIDO. Desde 1993 es presidente de Química Estrella la compañía algodonera de los hermanos Rohm. Debe recordarse que uno de ellos, José Rohm, fue uno de los banqueros preferidos de Carlos Menem.

Además Martínez de Hoz, es fundador del Consejo Argentino Empresario (CEA) un organismo que agrupa a los 30 empresarios más poderosos del país y que tuvo llegada al ex presidente De la Rúa, asesorándolo, por ejemplo, en un proyecto sobre coparticipación de impuestos con las provincias. Desconozco la suerte de dicho proyecto, pero sé como terminó de la Rúa por hacerles caso.

Para 1996, Martínez de Hoz volvió a ser noticia. En el diario rosarino “La Capital” del 17 de marzo, afirmó muy suelto de cuerpo que se sentía “reivindicado” por la política económica llevada adelante por el gobierno de Menem e impulsada por el ministro Domingo Cavallo. La acción de estos dos “cipayos” la consideró como una manera de que “la Argentina se encaminaba a retomar las ideas centrales de su programa: reforma del Estado, apertura y modernización de la economía y estabilidad”. Concluyó sus declaraciones con una confesión: “Sin ninguna falsa modestia, creo que de alguna manera contribuimos a preparar el terreno y a que se produjera el cambio de mentalidad”.

CAZADOR FURTIVO. Solía ir de cacería por el Africa con su amigo, el genocida general Albano Harguindeguy, ministro del Interior de la última dictadura militar. Según sus vecinos del exclusivo edificio Kavanagh, en el tercer piso, donde vive, Martinez de Hoz, entre una colección de pipas, aún guarda las armas y las fieras que mató, embalsamadas como trofeos. ¿Habrá algún lugar especial, privilegiado en la pared, dónde cuelgue esa clase obrera argentina que él ultimó premeditadamente?