domingo, 6 de agosto de 2017

El 6 de agosto de 1971, moría Germán Rozenmacher

Marcelo Crespo
(Revista Sudestada) 

El 6 de agosto de 1971, moría Germán Rozenmacher. Uno de los narradores y dramaturgos que en los años sesenta contribuyó a definir una época; también fue un periodista excepcional. Aquí nuestro recuerdo.

Germán Rozenmacher estaba muerto.

Certero; neto, el cable de agencia no dejaba lugar a dudas. El redactor quedó estupefacto. Miró la máquina de escribir. Titubeó. Levantó el cigarrillo del cenicero que flanqueaba a su máquina de escribir, porque allí, en el diario, casi todos fumaban. Al menos todos los que lo rodeaban. Aspiró fuerte y saboreó el humo. Buscó la mirada de los otros. Dolidos, tanto como él. Impactados. "No puede ser", repetían.

Era. Germán Rozenmacher había muerto. Eso decía el cable. Decía, también, que junto a él había muerto Juan Pablo, su hijo mayor. Esa mañana hacía un frío intenso en Mar del Plata; ciudad en la que como cronista había recalado muchas veces, y hasta había sido escenario de algunos de sus cuentos. Por el frío encendió las hornallas de la cocina del pequeño departamento que ocupaba; pero no abrió una ventana. Un ridículo escape de gas le arrebató la vida, en la mañana del 6 de agosto de 1971. A los 35 años, mientras preparaba unas notas en Mar del Plata.

"Tomáte el día, si querés", escuchó Roberto Cossa que le decía su jefe. Él, nuevamente, clavó sus ojos en la máquina. Las teclas se le desdibujaron. Una lágrima, tal vez, intentaba jugarle una mala pasada; dijo que no, enseguida dijo que no, que se quedaba; y se sentó a escribir.

La nota se publicó al día siguiente, en la contratapa del diario La Opinión. Así Roberto "Tito" Cossa se despidió de su amigo Germán Rozenmacher.

Lloraron, también, sus compañeros de Siete Días. "Muchos lloramos por un gran amigo, y por lo que esa pérdida significaba para la literatura argentina. Germán era ya reconocido como el autor más talentoso de su generación", recordó Jorge Lafforgue.

Germán Rozenmacher, para 1971, había escrito dos libros de cuentos, Cabecita negra y Los ojos del tigre; tres obras de teatro, Réquiem para un viernes a la noche, Caballero de Indias y El avión negro -en colaboración con Roberto Cossa, Ricardo Halac y Ricardo Talesnik- y adaptado otra, El lazarillo de Tormes. Era un escritor respetado, y un periodista excepcional.

Había nacido en el Hospital Rivadavia. En 1936. Y se crió en un conventillo. Su padre había sido cantor de sinagoga, al igual que su abuelo. Él había decidido emprender otro camino, cuando a los dieciocho años se enamoró de una máquina de escribir.

Germán Rozenmacher en todo lo que escribió puso de manifiesto sus propios conflictos existenciales. Lo que se evidencia en Réquiem para un viernes a la noche, obra que estrenó en 1964.

"Lo que en otros escritores judíos está mediado por la poesía o por la ironía, en Germán es crudamente trágico. Rozenmacher literalmente se abrasa al escribir. Casi nada atenúa en Rozenmacher el conflicto entre el padre ortodoxo y rígido y el hijo cuestionador", sostiene Álvaro Abós.

1962. Germán Rozenmacher tiene 26 años, y ya ha cocinado su primer libro de cuentos. Cabecita negra. En el verano de ese año recorrió las librerías, junto a Amelia Figueiredo, su mujer, de quien se había enamorado en la Facultad de Letras de la Universidad de Buenos Aires, ofreciendo el libro del sello Anuario, lo que encubría una edición de autor; agotó 2000 ejemplares. Aunó éxitos de críticas y ventas.

Los comentarios destacan el "Gato dorado"; él prefería "Raíces": una novela corta, ambientada en un pueblo de frontera, cuyo argumento se centra en la historia de unos judíos bolicheros, inmigrantes desarraigados que sólo piensan en acumular dinero, y su hijo, decidido a romper con el universo de valores de sus padres.

El libro no pasó desapercibido. Para nadie. Menos aún, para uno de los hombres que marcaría la industria editorial argentina de los años sesenta: Jorge Álvarez. Hace más de cuarenta años, Álvarez fundaba su editorial. Hace más de cuarenta años, Cabecita negra era relanzado por la Editorial Jorge Álvarez.

Germán Rozenmacher, al igual que otros escritores, en ese momento, adhirió al peronismo; pero siempre desde un costado crítico. Dice Abós: "Sobre Rozenmacher las demandas eran intensas, porque no era indiferente lo que hiciera o escribiera. De allí las asperezas que lo golpearon. Por judío, incomodaba a algunos peronistas que sospechaban al sionista. Por peronista, incomodaba a ciertos judíos. Por defender a los palestinos fue tachado de traidor. Por peronista, defraudaba a la izquierda y era insoportable para la derecha. Por revolucionario, para los amantes del orden".

Germán Rozenmacher buscó siempre una mirada independiente. Por eso cuando la escena teatral de los años sesenta se polarizó, siempre que pudo hizo sentir su voz. Realismo. Vanguardismo. Esas fueron las dos vertientes sobre las que se sentaron todas las disputas estéticas teatrales de los años sesenta en argentina. Germán Rozenmacher decía, apuntando a la crítica: "Crearon una conciencia artificial sobre el fenómeno, y en realidad no había ningún camino, ninguna escuela, ni nada; había un tanteo, simplemente, y no una bifurcación de rumbo en dos direcciones, como se empeñaban en establecer los gacetilleros".

La primera vertiente, que había recibido el influjo de La muerte de un viajante, de Arthur Miller, era el boom teatral del momento. El Instituto Di Tella fue la égida de los segundos.

El Di Tella, reducto de la denominada vanguardia, no fue ajeno a Germán Rozenmacher; aunque su teatro era realista, y sus compañeros no iban por allí, a él le interesaba conocer todo lo que acontecía en la escena. "¿Quién hará la síntesis?", se preguntaba por esos días Germán Rozenmacher, objetando el enfrentamiento. "Lo que yo busco es expresar la verdad", manifestaba casi con desesperación. Por eso, tal vez, no aceptó la dicotomía tan en boga durante la década.

Esa mirada del autor, la rememoró ante este cronista, allá por el 2001, la escritora y dramaturga Griselda Gambaro. El comentario surgió tangencialmente. Casi como de pasada; pero pinta un momento. Donde la pasión se entreveraba con las búsquedas y las miradas estéticas. "Lo encontré precisamente en las oficinas del Di Tella, estaba adentro, y hablé y uno siente cuando no hay desconfianza en el otro. Yo siempre recuerdo esa charla, que ni siquiera sé si hablamos de teatro. Pero siempre recuerdo la cordialidad de Germán".

En 1962, tras una convocatoria del director teatral Augusto Fernández, varios escritores se habían reunido para leer sus obras en un departamento de la calle Sánchez de Bustamante. Ni bien comenzó a leer Rozenmacher empezaron a relojearse; descolocados. Con la boca comenzó a ejecutar la música que quería para su obra. "Recuerdo que él empezó haciendo con la voz la trompeta, como sentía la música. No estábamos habituados a eso. ¿Qué es esto? ¿Cómo empieza? Lee, lee... se termina la obra. Quedamos todos impactados. Elogios", recordó Tito Cossa.

Esa noche se encontraban reunidos, además de Cossa, Emilio Jáuregui y Ricardo Halac, que escucharon atentos Réquiem para un viernes a la noche, que se estrenaría en 1964, en el teatro IFT, y estaría tres temporadas en cartel.

(La nota completa en la edición gráfica de Sudestada Nº51-Agosto 2006)