domingo, 16 de julio de 2017

Tomas Eloy Martinez; un antiperonista de novela

Claudio Diaz

- ... un Borges -ese 'cadáver vivo de sus fríos versos' , que dijera Lope de Vega - hinchado todos los días por la prensa imperialista. Y que ni siquiera merecería ser citado, si no fuese porque es la entalladura poética de ese colonialismo literario afeminado y sin tierra al que hacemos referencia. Poeta del Imperio Británico, condecorado por Isabel II de Inglaterra, ha declarado: -Si cumpliese con mi deber de argentino debería haber matado a Perón. El desmán seria para reírse si no fuese, como lo hemos expresado, porque detrás de estas palabras pierrotescas se mueven las miasmas oscuras del coloniaje.

Juan Jose Hernandez Arregui


En asuntos de antiperonismo feroz nadie llega tan lejos como Tomás Eloy Martínez.

Le da pie la infame década del menemismo, aunque en verdad el periodista devenido en novelista no enfoca su mirada inquisidora hacia el festival de desnacionalización, corrupción y congelamiento de la doctrina peronista que produce el gobierno de aquel entre 1989 y 1999.


Lo que aplica, más bien, es un furibundo discurso en el que predominan los viejos clishés acuñados en torno a la aparición del fenómeno político llamado Juan Domingo Perón y los ejes de su pensamiento y acción, que lo llevaron a ser protagonista de la revolución más importante que produjo la Argentina. No lo dice de la manera que lo vamos a escribir nosotros (aunque sí dice cosas peores, ya se verá...) pero su mensaje podría leerse como: -Menem hizo lo que hizo porque nació de un fruto podrido y venenoso llamado Perón. 


Acaso cebado por la estúpida teoría globalizadora que anticipaba El fin de la Historia, propugnada a comienzos de los ’90 por el japonés-norteamericano Francis Fukuyama, nuestro Martínez debe haber pensado que Menem y su círculo de traidores eran los sepultureros definitivos del peronismo, los jinetes del apocalipsis que venían a ponerle la lápida a sus postulados. 


Ayudado por un entorno en el que sobresalía la tremenda orfandad doctrinaria, con poquísimos críticos a la vista, podía entonces escribir sin escrúpulos sobre el movimiento, “matarlo” dialécticamente hablando.


A partir de ese momento escupiría hiel en cada frase utilizada para describir al peronismo y, sobre todo, a su creador. 



Al punto de acusarlo de casi todos los males sufridos por la Argentina durante el último medio siglo, ¡¡¡hasta del terrorismo de Estado de Videla y Martínez de Hoz!!! 



Es entendible: el profesor de la Universidad de Maryland evitaba tener contradicciones con sus patrones, porque acerca de las razones que motivaron el criminal golpe del 24 de marzo de 1976, jamás citaría la intervención del establishment mundial encabezado por los Estados Unidos  para descuartizar a la Argentina y devolverla al estado colonial que le tocaba cumplir dentro del mapamundi confeccionado por el poder mundialista. 



La teoría de la dependencia y el papel desempeñado por el imperialismo para apuntalar y sostener la dominación colonial no tienen lugar en la cosmovisión política del escritor. 



Resulta bastante ingrato, y a la vez nada sano para el espíritu de quienes tratamos de apoyarnos en las patas de la honestidad intelectual, recorrer la que será una histórica muestra sobre antiperonismo con la guía de Tomás Eloy Martínez. 



Aunque peor es “tragarse” las 362 páginas de El Sueño Argentino, libro que publicó en 1999 para reproducir un centenar de artículos suyos escritos para diferentes diarios de América, que se toman como disparadores de nuestras réplicas a sus afirmaciones.
     
El “hábito” del exilio al que marcharon nuestras figuras históricas, desde Rosas hasta Perón, pasando por Alberdi y Sarmiento, es el tema que ocupa a Martínez en las primeras páginas de su ensayo, en las que entremezcla algunas consideraciones sobre historia norteamericana y un recuerdo del prócer cubano José Martí.

El capítulo se llama Una civilización para la barbarie, ocupa 14 páginas, desde la 21 hasta la 35, y en un párrafo que refiere a las consecuencias del autoritarismo en nuestro continente empieza a fijar posición transpolando en el tiempo sucesos históricos diferentes y hasta antagónicos, buscando que el resultado de su alquimia antiperonista parezca natural. Copiamos... 


-... el general Ramón Camps, jefe de policía de la provincia de Buenos Aires entre 1977 y 1979, se describió a sí mismo como un enviado de Dios al atribuirse la responsabilidad por el exterminio de tres mil prisioneros. Medio siglo antes, Perón había dictaminado: ‘someter al enemigo a nuestra voluntad es el fin político’. Someter, imponer, han sido los verbos básicos de la Argentina.
Camps, un asesino confeso que se vanagloriaba de haber decidido la muerte de 3.000 prisioneros políticos, y... Perón.


Unidos en el tiempo.


Y en las ideas.


¿Cómo se entiende esta concordancia que fija entre dos protagonistas de procesos históricos totalmente enfrentados, de propiedades “físicas” tan opuestas como el agua y el aceite, que aplica para equiparar la figura de Perón, con todos los desaciertos que quieran atribuírsele, pero creador de un movimiento político multitudinario, que llegó varias veces al poder a través de mecanismos democráticos, con la de un asesino confeso como Camps, que cumplió el papel de sicario de una dictadura atroz?


¿Será que la sagacidad del escritor estuvo en que “descubrió” que ambos coincidían en un grado militar, el de generales?


Pero, además, ¿a cuento de qué los hace aparecer así, de sopetón, como quien no quiere la cosa? Sólo un espíritu malintencionado podría justificar semejante brulote. Indigno, por otra parte, de quien enseña periodismo y goza de reputación en los ámbitos académicos.


Pero si aquella igualación sorprende por lo burda y grosera que resulta, obsérvese esta notableresolución investigativa para descubrir por qué se instaló en la Argentina una dictadura tan criminal:     



-En 1976, las élites dictaminaron que el gobierno democráticode Isabel Perón era inepto (lo que no se puede discutir, peroera tan inepto como democrático) y que los subversivos (...)debían ser erradicados del cuerpo social, exterminados. Talcomo había enseñado Perón, el Estado debía oponer a losviolentos una violencia mayor. Así se instauró el terrorismo,es decir la barbarie, como doctrina oficial.

Entonces, Videla y sus escuadrones de la muerte; Martínez de Hoz y sus tecnócratas liberales que aprendieron en la Escuela de Chicago cómo entregar una nación; no son los autores de la masacre y el saqueo.


En la esclarecida explicación de Martínez, la maldita escuela fue inaugurada con Perón, “terrorista de Estado” si los hay, arquitecto de los campos de concentración y las cuevas financieras que vaciaron el país. Insiste con su teoría... 


-Saber de veras, saber en serio, fue algo también confinado
a la marginalidad durante la dictadura. En 1976, la Argenti-
na fue –como Perón había querido 30 años antes- una na-
ción en armas, un conjunto de voluntades civiles alineadas
férreamente bajo el mando del líder militar de turno.

Aunque recién empezamos a transitar su camino, al ciudadano tucumano “neoyorquizado” que fatiga los parques del Central Park ya se le ven los pelos debajo de la camisa. Hay más... 


-Así como en 1976 el vicario castrense decidió que la guerra del Estado contra los sospechosos de subversión era una guerra santa y que tanto los campos de concentración como los tormentos inquisitoriales eran justos, así también el sector dominante de la comunidad (incluyendo el peronismo tradicional) estableció que la hora del olvido y de la convivencia en paz  había llegado. Que los cómplices del terror de ayer no tenían por qué desocupar hoy las tribunas en la televisión, las columnas de los diarios o las cátedras universitarias (...).

Entonces -nos quiere decir el novelista- la revisión del pasado no se hace por culpa del peronismo, que aparece así como cómplice de la dictadura. En la historia argentina de los últimos 60 años, la gran mayoría de los muertos y los presos pertenecen a este movimiento.


Pero Martínez no puede con su genio: el “peronismo tradicional” es el que le da cuerda a la hora del olvido.


¿El radicalismo? Nunca.


Aunque le haya hecho una transfusión de sangre a la dictadura con el préstamo de 177 intendentes y de dirigentes como Eduardo Angeloz, Antonio Tróccoli y el mismo Ricardo Balbín, estos dos últimos asistentes en diciembre de 1980 a la cena política organizada por la dictadura en la histórica confitería El Molino.


El Partido Comunista, menos que menos. Además no queda bien, es anacrónico sostener que en ese tiempo los stalinistas porteños miraron para otro lado -por expreso pedido de Moscú, que negociaba trigo y otras cosas con Videla y Martínez de Hoz- cuando la Junta Militar hundía el sable en el cuerpo social argentino. Bastante tiene el peronismo con la defección de su clase dirigente, que quiso ocultar la doctrina aunque no lo consiguió, para achacarle encima el apoyo a la dictadura.


Es una malicia que no tiene precedentes en el mundo de los analistas, al menos los que son serios y responsables.



El golpe de nocaut con el que pretende ensuciar la obra del peronismo, esta vez sin apelaciones directas sino a modo de metáfora, llega en otro párrafo del texto que venimos diseccionando...


-Poco a poco, la Argentina va levantando una cabeza más digna que la de hace medio siglo. En vez de clamar por líderes, el nuevo país clama por dirigentes. En vez de exigir autoritarismo y mano dura, se exige democracia. Debajo de las heridas de la barbarie parece al fin despuntar la civilización. No una civilización impuesta por algún padre tutelar, sino una civilización que va siendo construida por todos, lentamente, y que por eso mismo es imperfecta y un poco bárbara.

La referencia a Perón es clarísima: mano durabarbariepadre tutelar son alusiones más que claras.


La civilización humana y democrática es la que bendice el Dios del liberalismo. Sigue así... 


-la clase media argentina vivió una ilusión de riqueza durante elperonismo, gracias a la mano de obra barata que afluía hacia laciudad y que ahora se ve enfrentada a su genuina pobreza.
Es inconcebible.


La piedra fundacional que coloca el peronismo para llevar a la Argentina, por primera vez y de manera real, a la modernidad (esto es: proceso industrializador y reconocimiento inédito a los trabajadores, a la mujer y a las organizaciones intermedias para acceder a la participación en las decisiones nacionales) es reducida por este verdadero embustero de los medios a una nimiedad. Bienestar y dignidad, vacaciones y vivienda, hijos a la Universidad... ¿Eso es obra de mano barata?


Con impudicia, Martínez nos ofrece un manifiesto que a esta altura ni los propios comandos liberales del ’55 sostienen.




Todo se desarrolla en el capítulo titulado La Argentina de Borges y Perón, páginas 57 a 78 del libro que venimos comentando... 

  
“La historia del último medio siglo en la Argentina es, en el fondo, la historia del duelo a muerte entre Borges y Juan Perón. No sólo fue un duelo abierto, casi físico, entre el escritor que se negaba a nombrar a su enemigo y el dictador que desdeñaba a Borges llamándolo ‘ese pobre viejito ciego’ (...). ‘El peronismo es una cuestión que ya debía estar enterrada’, le dijo Borges a V. S. Naipaul una tarde de 1972. ‘Si los periódicos guardaran silencio y se olvidaran del monstruo, hoy no habría peronismo’, agregó”.


La primera observación que queremos hacer no tiene que ver con el calificativo de dictador que usa para descalificar a Perón.


A esta altura es un término inofensivo viniendo de quien viene.


Sí nos interesa, en cambio, analizar la forma como construye su relato.


Dado que presenta a los lectores a dos figuras controvertidas, necesita acompañarlas de opiniones propias para intentar influir en la opinión que habrán de formarse los que se metan a leer su historia.


Con Borges no tiene problemas, porque consigue de cualquier archivo sus tajantes y recordadas definiciones sobre su enemigo político (“el peronismo que debería estar enterrado”, “el monstruo) que los diarios de época se encargaron, precisamente, de difundir década a década. 


Pero Perón, más allá de las decisiones que su gobierno haya tomado contra el escritor, nunca habló sobre Borges como persona sino en su calidad de cuentista.


Aquí, precisamente, viene el aporte de Martínez, porque él lo hace hablar al reproducir una supuesta declaración que no aparece en ningún medio como para darle validez “documental”.


Por supuesto, en términos peyorativos y humillantes hacia el escritor, para lograr la carga de bronca que efectivamente la gente podría tener al encontrarse con esa definición de pobre viejito ciego”.


Hasta parece extemporánea la supuesta frase de Perón.


El general era apenas cuatro años mayor que el escritor.


Y que se sepa, Perón nunca se hizo el joven y tampoco trató despectivamente a otros por su edad.


Pero sigue la pelea Borges-Perón, con el arbitraje de Martínez...      


-En la Argentina siempre hay un culpable para los males infinitos que aquejan a la nación: el culpable, para Borges, era Perón. Para Perón, en cambio, los culpables fueron muchos, e iban mudando de rostro según el humor del momento. En 1945 el culpable era Spruille Braden, embajador delos Estados Unidos en Buenos Aires. Después atribuyó la culpa de las catástrofes a los ‘oligarcas’, a los disidentes, a los universitarios y también a Borges, cuya madre y hermana fueron encerradas por la policía del régimen en una cárcel para prostitutas (...)

Dejamos a consideración del lector la opinión acerca de quiénes son los culpables de la decadencia argentina: si Perón o Braden y sus amigos “oligarcas”; así, entre comillas, porque Martínez no quiere hacerse cargo del calificativo y se lo adjudica al general; a ver si no tiene problemas y aquéllos le hacen juicio por calumnias e injurias.


El respeto y la sumisión que demuestra ante esa pandilla de parásitos son demostrativos de su pensamiento antinacional...   


-La decadencia argentina es uno de los más extravagantesenigmas de este siglo. Nadie entiende qué pudo pasarle aun país que en 1928 era la sexta potencia económica delmundo y que de pronto, en seis décadas, quedó sepultadocerca del quincuagésimo lugar (...). ¿Hay una culpa? Elpresidente Carlos Menem, discípulo de Perón, cree quehay una gran culpa: la memoria, el rencor (...).

La teoría liberal del gran país que forjaron Mitre, Sarmiento y los porteños ilustrados: algunos miles de ciudadanos que vivían con modales de franceses e ingleses en 20 kilómetros a la redonda del puerto de Buenos Aires, mientras en los restantes 2,7 millones de territorio nacional unos cuantos criollos oscuros, brutos, ignorantes e indisciplinados no tenían derecho a casi nada, expulsados de su propia tierra para dejarle lugar a los inmigrantes blancos, anglosajones en lo posible, que deseaban los patricios liberales.


Esa era la Argentina potencia de 1928 que rescata, a fines del siglo XX, Tomás Eloy.


Si hubiera dicho que la “potencia” era Buenos Aires no hubiera estado del todo mal.


Pero confunde la ciudad con la nación entera.


Y eso que nació en un pedazo de la Argentina, a 1.300 kilómetros del puerto que consagraron los unitarios, que conoce en carne propia la marginación y el ostracismo a la que la condenaron sus próceres favoritos.


“La Argentina tardó 20 años en caer, y lleva ya 40 sin poder levantarse. En 1946, cuando Perón llegó al poder, pasó una mañana entera caminando entre lingotes de oro, en los pasillos de la Casa de Moneda, sin que le alcanzara la mirada para abarcarlos a todos, porque los lingotes seguían entrando infatigablemente por una boca de mármol que copiaba la cabeza de una vaca. En 1948, el país aún tenía más teléfonos que Japón e Italia y más automóviles que Francia. Casi enseguida comenzó el declive. ‘Perón dilapidó esas riquezas’,dice el ex presidente Alfonsín. ‘Las distribuyó con demagogia y ordenó mal las prioridades de inversión. Así desaprovechó la mayor oportunidad que tuvimos de lanzarnos a un proceso definitivo de desarrollo”.

Ni el propio Alsogaray se hubiera animado a realizar una descripción como la que anima al novelista.


¿Vale la pena, a esta altura, insistir con eso de los lingotes de oro que pateaba el general?


Después de medio siglo, ¿todavía no está enterado Martínez que ese oro se convirtió en flota mercante, aviones, gasoductos, acerías, trenes, hospitales, escuelas, viviendas, diques, desarrollo tecnológico, créditos para la industrialización del país?


Si Martínez y su familia necesitaran reconstruir su casa, ¿no venderían el oro de las alhajas, anillos, pulseras y relojes para acumular un capital que les permitiese salir a la superficie y conseguir aire para respirar mejor y rehacer su vida? Arriesgamos una respuesta: no.


Con los antecedentes que trae, Martínez aguardaría un período más liberal de su vida y entregaría la casa, con joyas y todo. 


Incluso daría el perro y los gatos.

Como hizo Menem, el “discípulo” de Perón.   


Pero además miente.


O da por sentado hechos que no comprobó, como los referidos a las estadísticas sobre la cantidad de teléfonos que había en las casas de japoneses e italianos, o los coches que manejaban los franceses.


Respecto del primer punto, en 1953 una estadística indica que la Administración de Teléfonos del Estado contaba con 924.976 abonados distribuidos en 830 centrales.

Comparadas con las 643 existentes en 1946 representaban un incremento de 187 en sólo 7 años.


Eso significaba una expansión del 30% y revelaba un gigantesco esfuerzo hacia la integración del país.


Para esa fecha, Buenos Aires poseía 656.000 aparatos y el 99% del servicio era automático.


El teléfono dejaba de ser un privilegio. Servía  áreas rurales, zonas periféricas, barrios alejados, ciudades y pueblos con baja densidad de población.


En sólo 7 años, la relación de una línea telefónica por cada 30 habitantes pasó a ser de una por cada 16.


En términos de densidad telefónica significó pasar de 3,84 líneas cada 100 habitantes a 8,84.


A mediados de 1955, Teléfonos del Estado había llegado a ocupar el 7º lugar entre las administraciones telefónicas estatales del mundo, y era la primera de Latinoamérica. 


Precedía a 25 países de Europa y América, sólo superada por Australia, Francia, Inglaterra, Japón, Suecia y Rusia. (1)

Agregamos un dato: el 13 de enero de 1956 se creó, en reemplazo de la compaña estatal tan vapuleada por Martínez, la Empresa Nacional de Telecomunicaciones, la famosa ENTel. permaneció en manos del Estado hasta su liquidación en tiempos de Menem.


Pero nótese cómo se inicia el desmantelamiento y la visión antisocial en la que cae al pasar a manos del liberalismo económico que comanda el país. 


Se anuncia, ese mismo 1956, el Plan Quinquenal de 500.000 líneas, que se redujo en realidad a un escaso 30% de cumplimiento: el Estado Liberal coloca 17.000 aparatos en 1956, 16.000 en 1957, 33.000 en 1958, 28.000 en 1959 y 50.000 en 1960.

Así y todo, muchas veces los números no dicen nada. Ahora mismo, en la Argentina de fin de siglo que siguió las pautas económicas y sociales de la “sexta potencia de 1928”, millones de personas tienen teléfono celular, la segunda marca en América después de Estados Unidos


¿Y...?


De los 37 millones de habitantes, más de 15 son pobres de toda pobreza y a veces no consiguen siquiera un plato de comida para subsistir.


Además hay que insistir con el análisis de la distribución, la porción de torta que le toca a cada argentino.

Dando por sentado que los datos de Martínez son reales y comprobables, más allá de que en su texto no remite a ninguna fuente estadística, no tenía mucho sentido disponer de más líneas telefónicas que en algunos países de Europa si, seguramente, estarían instalados en unas pocas manzanas de Buenos Aires, porque dudamos de que los hubiera en Jujuy, Corrientes, Catamarca o Río Negro.


Volviendo a la “época de oro” pre-peronista, lo meritorio del gobierno de 1946 fue que precisamente usó los fondos que se habían acumulado en el tesoro para construir un país nuevo en el que cupieran todos.


Y la Argentina no ingresó en la decadencia (como sostenía Alfonsín y apoyaba Martínez) porque se dilapidaron los billetes.


En el período 46-55 se cometieron, ciertamente, errores que desembocaron en el golpe de setiembre.


Pero la causa fundamental, con la posterior declinación de la Nación, hay que buscarla en los sectores minoritarios que tenían que acabar de cualquier manera con el gobierno peronista porque les había cortado el chorro de divisas que estaban acostumbrados a llevarse.


¿Es tan corto de vista Martínez para no ver esto?


¿O es su antiperonismo cerrado el que le impide reconocer el carácter claramente redistribucionista y reinvindicatorio hacia las masas trabajadoras y sometidas?


Porque insiste con sentencias de señora gorda de Barrio Norte...   


-Perón soñaba con la grandeza, pero la pequeñez ya estabapaseándose por las calles. En 1951 el número de automóviles,que una década atrás había sido de 27.8 por cada mil habitantes, se redujo aquel año a 18.1. No había trigo en los silos y se comía un pan gris, de ceniza (...).

No hay forma, otra vez, de saber si los datos porcentuales que ofrece el escritor son fidedignos.


Pero volvemos a darle la derecha, porque lo que nos interesa es remarcar otra cuestión: había más coches que en Francia -dijo antes- y bastante menos que a comienzos del 40, dice después.


Se olvidó de un pequeño detalle: todos esos automóviles no se producían en el país sino que eran importados.


Y, por su precio, únicamente los estratos más pudientes de la sociedad podían adquirirlos.


Y hay más: en 1953, con la creación de las Industrias Kaiser Argentina (la famosa IKA), el país pudo montar la primera fábrica nacional de coches.


En ese momento, sólo había 13 países en el mundo que producían sus propios automóviles. Así como la preocupación del escriba eran los pocos vehículos que tenía el porteño para movilizarse, así también sufría por el pan negro que tenía que comer la clase acomodada.


No importa que antes de Perón hubiera pan blanco y crocante, aunque millones no pudieran saborearlo porque no tenían con qué pagarlo.


Y tampoco se le pide que recordara, nada más que por honor a la verdad, que en 1952 faltaba trigo porque el país había sufrido la que se consideró como la sequía más grande de su historia hasta ese momento.


Al pan, pan; y a Tomás Eloy Martínez...    


-El salario real de los obreros industriales cayó 20 % en menos de tres años. Evita, la esposa de Perón, murió en ese momento inoportuno de un cáncer de útero. Sin nadie que se ocupara de dádivas a los pobres, la imagen de  Perón se disolvió como una mariposa de verano. Se hubiera desvanecido para siempre si un golpe militar, al que Borges llamó Revolución Libertadora, no lo hubiera apartado providencialmente del poder (...). Condenado al exilio, a la resistencia, a la muerte civil, Perón se convirtió en un mártir (...).

O sea: Evita fue una desconsiderada porque se vino a morir justo cuando al gobierno se le venía la noche y los obreros perdían poder adquisitivo.


Evita, por lo demás, era una tipa común y silvestre que repartía propinas a los marginales.

Finalmente, Perón sobrevivió en la memoria histórica del país no por su obra de gobierno sino porque los militares, todos unos chambones, crearon un mito.

-Nadie sabe qué es el peronismo. Y porque nadie sabe qué es, el peronismo expresa el país a la perfección. Cuando un peronismo cae por corrupción, por fracaso o por mero desgaste, otro peronismo se levanta y dice: ‘aquello era una impostura. Esto que viene ahora es el verdadero peronismo’ (...). Es como un imposible Mesías o, para decirlo en el lenguaje popular, como un burro que corre eternamente tras la inalcanzable zanahoria”.
Es al revés.


Casi todos saben qué es el peronismo.


Los trabajadores, los humildes, lo conocen y siguen confiando en su doctrina porque les demostró sueficacia.


Y los ricos y famosos también lo conocen bien.


Es comprensible que Martínez, que parece querer ubicarse en el medio, no entienda mucho.


Le pasa a los intelectuales que se conocen todos los análisis habidos y por haber, pero que cuando tienen que tomar el pulso a los pueblos no saben encontrarle la vena.


Ahora, ¿al peronismo nunca lo echaron a patadas?


Es decir... ¿cae por corrupción o por desgaste? 


Por favor, un memorex para el escritor. 



-Mudar de piel a tiempo es lo que ha salvado al peronismo dela extinción. La ‘doctrina’ siempre consistió en tres simples apo-tegmas –a Perón le encantaba la palabra apotegma-: justicia so-cial, soberanía política e independencia económica.
Entonces, la doctrina es apenas un slogan publicitario.


A él le suena de esa manera porque no tiene noción del valor que tienen las palabras soberanía, patria, justicia o liberación en un territorio sometido y colonizado culturalmente.




Hay más... 


Los teóricos norteamericanos que durante décadas se quemaron las pestañas descifrando las escrituras  del Conductor y de Evita, con la ilusión –vana- de vislumbrar en ellas un sistema lógico de pensamiento (...), abandonaron hace ya tiempo la tarea y emitieron un  dictamen desconsolador: el peronismo es algo que se siente y no algo que  se piensa”.

La fina ironía acerca de las “escrituras” remite al típico intelectual que cree saberlo todo y destila impotencia frente a la estatura de un hombre pensante como Perón.


El mediocre de Martínez debe haber fatigado muchas bibliotecas pero no aprendió demasiado.


El peronismo es algo que se siente, por supuesto, pero que, además, se piensa.


Nuestro profesor de Maryland desdeña lo primero, es decir, la sensibilidad de millones de personas que instalan al peronismo en su corazón porque vino a redimirlos, a darles un lugar en la historia.


Es un opinólogo cojo de pensamiento, que cree que en la vida de los pueblos todo es materia y lo único valedero es lo que dictan la razón, el dogma, los postulados de las ideologías.


No reflexiona que la realización del hombre llegará por la vía de alguna doctrina o idea política (“la materia”)  pero también por el espíritu que esté impregnado en ella, cada una con sus leyes y módulos propios.


¿Cómo traducirlo? La lámpara ilumina mejor una habitación pero no el espíritu.


Internet comunica pero no desarrolla afectos.


Y el petróleo podrá mover máquinas y motores, pero el acercamiento entre los hombres se logra a través de otras cosas. 


Con el peronismo es común escuchar eso de que prevalece la cuestión casi religiosa y “no pensante” del sentimiento, antes que la lógica y el razonamiento.


Cosa que no es cierta porque, insistimos, es un cuerpo armónico donde la materia y el espíritu ocupan dos mitades iguales.


Así y todo, para Martínez y otros intelectuales como él, vale aquel pensamiento chino que dice que “enciende más esperanzas el perfume de una flor que una tonelada de filosofía alemana”.


Es verdad, la flor viva está en condiciones de decirnos más sobre el universo que la metafísica construida a base de razonamientos como los de Martínez, que a pesar de las meticulosas construcciones a los que los somete quedan marchitos apenas salen a la luz.


De todos modos, si sigue sin entender qué es el peronismo, le contestamos de manera simple: un movimiento nacional, que él desconoce porque es un analfabeto de la historia argentina.


Por más togas y cocardas que le pongan los repartidores de prestigio, desde Estados Unidos hasta la Argentina. 


-La tercera posición, ahora se sabe, significaba algo muy simple: no estar de pie ni acostado sino de cualquier otra manera. Sentado a veces, a la espera; o con las rodillas gachas, en actitud de súplica.
Debe saber de posiciones para explicarlas con tanta claridad.


Y las debe haber practicado en su kamasutra intelectual, teniendo en cuenta sus dos décadas de vida en Estados Unidos.


Pero no queremos pecar de groseros.


Seguro que la tercera posición habrá sido muy simple de entender.


Por eso lo supieron de movida, en el ’45, los policías mundiales que vigilaban el mundo, no otros que los Estados Unidos y la Unión Soviética.


Martínez se hubiera hecho un favor a sí mismo (para aprender algo “nuevo”, decimos) si repasaba los diarios de época y buscaba los arrumacos y “piquitos” que se daban los amigovios para impedir la llegada del peronismo al gobierno.


Esa incestuosa convivencia sí que sabía de posiciones amatorias: 10 años después nacía la diabólica criatura que habían procreado para desalojar al pueblo de la casa. Ahí, la Argentina pasó de la tercera posición al fondo de la tabla.


Dictador, maestro de Camps y Videla, inculto, demagogo... ¿qué más podía agregarle Martínez a su fabulosa radiografía sobre Perón y su movimiento? 


Faltaba el toque final, el que otorga categoría internacional de monstruo, enemigo de la humanidad.


El descrédito total ante la historia, la difamación de siempre: Perón era nazi. Y la prueba de ello es ésta que sigue, una verdadera perlita...


-Sucedió un sábado de marzo en 1970. El general y yo habíamos dedicado la mañana a repasar su historia de amor con Evita... No sé cómo la conversación se desvió a las calamidades de la Segunda Guerra y desembocó en el juicio de Nuremberg (...). ‘Entre 1945 y 1949’, me dijo Perón, ‘les abrí los brazos a los pobres muchachos que escapaban de un país derrotado y humillado como Alemania. Los recibí por un sentido de humanidad y porque varios de ellos eran técnicos y científicos de primera (...). Alemania había invertido millones de marcos en capacitarlos. A nosotros sólo nos costaban un pasaje de avión y el pasaporte que les daban nuestros cónsules’ (...). Le pregunté, ¿qué hubiera hecho con ellos, general? Si usted hubiera estado en Nuremberg, ¿qué hubiera hecho? (...). El general solía tener ráfagas de sentimientos contradictorios cada vez que hablábamos de los hombres fuertes. Pero esa mañana de 1970, sin López Rega ni Isabel rondando por la cocina, bajó la guardia y elogió a todos: a Hindenburg, a Napoleón, a Mussolini. Había llenado la Argentina de nazis y no se avergonzaba de su hazaña. Exhibía orgulloso una panoplia de amistades a las que llamaba heroicas: Skorzeny (el aviador que había liberado a Mussolini de su prisión en el Monte Sasso), Kurt Tank, Eichmann, Roschman (conocido como ‘El Verdugo de Riga’) y un extraño veterinario al que identificaba como Helmut Gregor y que, según supe luego, era Josef Mengele, el siniestro médico del campo de Auschwitz (...). Ví que nosotros éramos, de algún modo, el Nuremberg de 1945, con un pasado sin resolver. Un pasado peronista, me dije entonces: tal como el general quería.

             
No vale la pena considerar las pruebas que arroja para demostrar el nazismo de Perón.

Para colmo, justo en la mañana de aquella tremenda confesión del general no estaban ni López Rega ni Isabel para tenerlos como testigos.


¿Grabó las declaraciones el profesional Martínez?


Parecen historias confiadas por un mucamo anónimo, como el de Gambini... 

Pero como a estos tipos hay que mirarlos bien, porque con la excusa del secreto profesional pueden hablar y escribir de todo, nos surge una duda: si Perón le dijo lo que dijo en 1970, ¿por qué entonces no lo publicó en la revista Panorama, para la que entonces trabajaba?


¿No le habían parecido interesantes tamañas confesiones del general como para pasarlas por alto?


¿Lo habrán censurado y por eso las ocultó tanto tiempo?

   
Insistimos en marcar que estas son las técnicas de ciertos hombres de prensa, porque en el mismo artículo de marras, el que reproduce en su libro, refiere el “horario de tortura” al que había sido “sometido” por Perón cuando lo citó para la entrevista que tanto quería...

Tremendo: las 8 de la mañana: “El general le imponía a sus visitantes esas horas de tormento, escribe.


Claro, todo lo que emanaba de Peron era dañino.


Pero sin duda que aquellos  madrugones le vinieron de maravillas, porque ésa y otras tantas reuniones matinales que mantuvo con el general le sirvieron, años después, como base para escribir la novela que le permitió vender cientos de miles de libros y engrosar su cuenta bancaria.



Pero lo entendemos.


En 1999 no era conveniente mostrarse complacido y expectante por conocer a Perón e incluso tratarlo mano a mano, así que venía muy bien pegar con eso de las horas de tormento.


Más todavía: era poco importante charlar con el hombre que cambió la historia de la Argentina y“sólo hice la entrevista porque me lo pidió mi jefe”dirá contradiciéndose ya que, poco antes, confesaba que desde 1966 “cada vez que viajaba a Madrid lo llamaba para ver cómo estaba”.


No, Perón no le interesaba.


Además, ¿quién había sido, qué importancia tenía...?


En 1998, entrevistado por Jorge Halperín, ratificaría ese desinterés.


“En ese momento me llamaron de Primera Plana y me dijeron que, como Arturo Illia acababa de ser derrocado, yo debía conseguir la palabra de Perón para una edición especial”. (2)



¿Qué le pareció? le pregunta el periodista aguardando que su entrevistado denotara el entusiasmo y hasta la sorpresa por la posibilidad de hacerle una nota a un líder político que, más allá de las coincidencias o diferencias, era sin lugar a dudas el más importante de las últimas décadas.


Pero Tomás Eloy, que en aquel 1966 recién empezaba a surgir y a transitar por la galería de la fama mediática, responde casi con desgano: 


-Bueno, era un político en el ocaso. Y además parecía
                                                            condenado a no regresar. (3) 
¡Qué visión la suya! 


Pero no se quedó en eso solamente, ya que aprovechó la pregunta de Halperín para descargar toda su artillería...

-Entonces ví todos los matices de la condición humana en la política: falsedades, hipocresía, ficciones, invenciones, buenos y malos deseos, obsecuencias y esoterismo. Primero, Perón se pronunció a favor del golpe y, 15 días después, en contra (...). Esa zona oscura de la política me fascinó narrativamente. (4)

No hay constancia alguna (queremos decir: declaración pública que realmente pueda ser constatada) de que Perón haya apoyado el golpe del ’66.


Es el recurso que utiliza: me lo dijo a mí...”, o “yo lo escuché”.  Total, el declarante ya no está para ratificarlo o negarlo.


El periodista que da clases en universidades americanas, posicionado como referente del arte profesional de informar, recurre a ese tipo de procedimientos, no muy puros, cuando quiere cumplir su propósito de echar un manto de sospecha sobre una figura que no le complace.


Si no es con el propio Perón, a quien le hace decir cosas después de muerto, toma como punto de referencia las confesiones que le hace López Rega.


¿No es una maravilla? 

“Lo que yo relato –se refiere a la novela- me fue contado por  el propio López Rega caminando desde la oficina que él tenía en la Gran Vía de Madrid, hasta el Palacio de Oriente”.

Extraordinario...


Le da crédito a tan siniestro personaje como si fuera una fuente de información confiable.


Y si con eso no le basta, recurre al archivo de la CIA, como hará en 1985 con La novela de Perón y con un artículo publicado en la revista El Periodistaediciones 48 y 49, bajo el título “Perón y los nazis. Cómo el Estado argentino organizó la migración masiva de criminales”.    


¿Siempre actuó así Tomás Eloy Martínez?


¿La desconsideración en el trato hacia Perón fue “original”, de cuna, o se insertó en su pensamiento con el paso del tiempo?


Más bien parece que ocurrió lo último. La  entrevista que hiciera para Primera Plana había sido registrada por él mismo en aquellos viejos grabadores tipo Geloso.


Al cabo de unos años, promediando la década del ’80, la cinta fue desgrabada y empezó a circular  a través de casetes que podían conseguirse en distintos puestos de venta de Buenos Aires.


Al escucharla, uno no puede menos que sorprenderse cuando advierte que Tomás Eloy trata a Perón de manera condescendiente.


En al menos tres ocasiones, antes de lanzar su pregunta, la antecede con la expresión Mi general...”, o: “Dígame, mi General ...”.


Es decir que aquel Martínez de los ’60 y ’70 se sentía un cabo de la causa peronista. A esto podríamos acotar que algunos años después ya actuaba como todo un capitán, que al escribir el libro La masacre de Trelew no dejaba ninguna duda acerca de su posición política: 

-Trelew fue, en aquellos días, una Sociedad Nueva creada por un Hombre Nuevo (...). Comencé a escribir el libro el 26 de mayo, entusiasmado por el espectáculo de una revolución que parece al abrigo de todo desgaste. Las cárceles estaban vacías de presos políticos, las puertas de la Casa de Gobierno permanecían abiertas para el pueblo y los vivas a Perón no cesaban en el trabajo ni en la intimidad de los dormitorios (...). Desde los tiempos de Caseros, pero sobre todo después de 1955, el Poder Militar se había convertido en el brazo armado de las oligarquías argentinas, en el defensor del coloniaje y en el más eficaz vaciador de las empresas nacionales. Su argumento supremo fue siempre la masacre (...). Nunca ocultó los rastros de esas depredaciones, porque había conseguido ser impune hasta en los libros de historia: el propio Poder Militar se encargaba de escribirlos, cuando no disponía de amanuenses diligentes que le barrían las cloacas para que él pudiera volver a ensuciarlas. La primera intención de este libro es desafiar esa impunidad... En un país donde los mártires son réprobos y los réprobos viven sin castigo, la memoria del pueblo siempre será más larga que las astucias del Represor. Y si las páginas de este libro no contribuyen a derrotar a la pesadilla, por lo menos ayudarán a pelear contra ella”. (5)
El analista que hace gala de este pensamiento revolucionario, años después archiva la teoría de la dependencia y dice que el peronismo siempre necesitó echarle la culpa a la oligarquía y el imperialismo para explicar la destrucción de la nación.


Martínez tiene que repasar la lección o es un canalla que deberá rendirle cuentas a su conciencia y a la memoria nacional.


A fin del siglo pasado dice que no puede vivir en la Argentina por el desencanto que le produce su decadencia, porque “ya nunca seremos lo que éramos”.


No especifica a que período se refiere, pero suena al anterior a 1945, cuando era un adolescente.


Y al fin enumera una serie de episodios que le hacen mal, como “la tradición autoritaria, el peronismo, la siniestra Triple A y la brutal dictadura que le siguió, el exilio, el fascismo y el antisemitismo, el olvido”.


Sin embargo, no le da vergüenza vivir en el país que tiró la bomba atómica, invade y asesina pueblos y les roba sus riquezas.


El aire de Argentina es irrespirable, pero en Estados Unidos hay un micro clima maravilloso, de libertad, que seguramente debe tener mucho de real, claro que a costa de mantener preso al resto del mundo, incluido sus propios habitantes.


Pero lo comprendemos: nada más desaconsejable que morder la mano del amo que le pone el bocadillo en la boca, como los cabareteros que le colocan a las odaliscas un billete entre medio de sus senos para que les baile la danza que más les gusta.


El hombre ha hecho plata, una buena diferencia en verdad, vendiendo sus novelas sobre Perón y Evita.


Y con dos ventajas: por un lado se ahorra de pagarle los derechos de autor al dictador y a la aventurera que le dieron el guión.


Por el otro, escribe sentado en el regazo de las multis culturales interesadas en vender historia.


-En 1983, el Wilson Center le concedió a Tomás Eloy Martínez una beca para escribir La novela de Perón, informa el propio editor de sus libros.


O sea: es un trabajo encargado, lo que puede servir para sacar conclusiones acerca de cómo y por qué lo escribió. Al referirse a su obra, el diario Página 12 comentó que por dicho trabajo la Universidad John Kennedy le otorgó el único doctorado Honoris Causa de 1993”, y precisa que la Fundación Guggenheim también reconoció monetariamente sus esfuerzos intelectuales.       


Su libro ensambla perfectamente con la necesidad de destruir la historia.


Perón es un falluto que engaña a todos (empezando por el pueblo y los trabajadores), odioso y empaquetador, y que tiene todo controlado aunque se vuelve un viejo cargoso e inútil: el 20 de junio de 1973, cuando regresa al país, le pide en el avión a López Rega que lo ayude “a mear”(página 200 de La novela de Perón).

Ignorándose de qué archivo o testigo obtiene las informaciones, también lo hace pasar como un “ente” sin sentimientos, incapaz de querer: -Sólo después del sexto año de matrimonio, Potota, su esposa, pudo agradecerle una señal de cariño, y fue obra de la casualidad (pág. 255).


Pero para otras apreciaciones, el revolucionario y progresista escriba no duda en recurrir -como fuente informativa- nada menos que a la CIA.


Se ocupa de descifrar un cable del espionaje norteamericano para “probar” que Perón, una vez enferma Evita, era tan malvado que dejó de entrar a su dormitorio porque temía que el cáncer fuera contagioso”.

Moraleja: el pueblo argentino es estúpido e ignorante por haber elegido a Perón y seguirlo.


Para entender el objetivo que persiguen estas novelas históricas,  ciertamente falaces y tramposas, que el sistema les hace consumir a las capas medias, se recomienda el excelente libro de Norberto Galasso titulado Verdades y mentiras acerca de Perón y Eva Perón, del que extraemos algunos párrafos muy enriquecedores.


Al referirse a Santa Evita, escrito en 1995, Galasso replica los sofismas de Tomas Eloy con contundencia: 


*-Tomás Eloy Martínez exalta a Evita para colocarse en una posición aparentemente popular o izquierdista, desde la cual descargar los mayores mandobles contra Perón. Intenta, así, convencer al lector de que sus críticas –no sólo al conductor del movimiento nacional sino al peronismo, los trabajadores, etc-  carecen de ‘gorilismo’ alguno y que, en cambio, se trata de un juicio ponderado, tan equilibrado, que admite la importancia de Evita. Avanzada esta maniobra luego la completa utilizando a la misma Eva para descalificar a Perón... 
* -...en el terreno estrictamente político, Eva –integrante del peronismo y vertical a su jefe- no merece la exaltación de Martínez. Por el contrario, era tan ‘reformista’ y ‘conservadora’ como él. Evita era infinitamente más fanática y apasionada que Perón, pero no menos conservadora, sostiene. Para robustecer este juicio que descalifica política- mente a ambos recurre nada menos que a Ezequiel Martínez Estrada, y transcribe: ‘Todo lo que le faltaba a Perón, o lo que él poseía en grado rudimentario para  llevar a cabo la conquista del país de arriba abajo, lo consumó ella o se lo hizo consumar a él. En ese sentido, también  era una ambiciosa irresponsable. En realidad él era la mujer  y ella, el hombre. . 
* De este modo, estos científicos sociales reducen 40 años de  vida política argentina a la ambición de dos irresponsables -ella, ‘machona’;  él, ‘maricón’- que lograron conquistar el país siendo ambos extremadamente conservadores. Quedan sin explicar, solamente, bombardeos, fusilamientos, concentraciones  multitudinarias, proscripción, veneración popular, odio oligárquico y algunas pocas cosas más que carecen de significación para la filosofía de la historia practicada por ambos autores...”. 
* -...¡Pobre pueblo argentino! Tanta sangre derramada, tanta lucha, tantas esperanzas y sufrimientos depositados en un par de ‘trepadores’ y ‘ambiciosos’ que nadie explica por qué razón siendo ambos extremadamente conservadores, no intentaron alcanzar sus proyectos poniéndose al servicio de la clase dominante. Pero lo más asombroso de este cuadro histórico, que Martínez dirá que es ficción pero que deja en el lector la memoria de sucesos, interpretaciones y valores ‘auténticos’, estriba en que esos dos aventureros o cómplices no se amaban sino que, además, rivalizaban entre sí. Martínez señala, entonces, los celos de Perón originados en el apoyo popular suscitado por Evita, que lo relegaba a un segundo plano: ‘Los descamisados afluían sobre Buenos Aires para verla a ella, no a él’. Establecida la rivalidad, el autor pasa a utilizar a Eva para denigrar a Perón, desentendiéndose de tantas declaraciones y discursos de Evita que avalan su veneración por Perón. Imagina, entonces, una conversación entre ambos, concluido ese acto multitudinario donde la CGT la candidatea para vicepresidente: 

‘Evita: Sos un hijo de puta. El peor de todos. Yo no quería esa candidatura. Por mí te la podías meter en el culo. Pero llegué hasta aquí y fue porque vos quisiste. Me trajiste al baile, ¿no?, ahora, bailo. Mañana, a primera hora, hablo por radio y acepto. Nadie me va a parar. Por un instante hubo silencio. Sentí las respiraciones agitadas de los dos y tuve miedo de que también se oyera la mía. Entonces, él habló. Separó las sílabas, una por una, y las dejó caer: 


-Estás muriéndote de cáncer y eso no tiene remedio.
Nunca voy a olvidar el llanto volcánico que se remontó en la oscuridad en la que yo me ocultaba. Era un llanto de llamas verdaderas, de pánico, de soledad, de amor perdido.
Evita gritó: ¡Mierda, mierda!.. 


*-“...Martínez excede aquí los límites que un creador literario debe imponerse cuando los protagonistas de sus novelas son personajes históricos. La novela histórica, al humanizar a los protagonistas del pasado, los acerca al lector, pero sus defectos o virtudes deben fundamentarse en datos ciertos, no en odios personales. Seguramente, el diario La Nación provocaría un escándalo si en una biografía de Mitre éste apareciese pinchándole un ojo a un adolescente, pues, si bien Don Bartolo fue responsable de la muerte de miles de gauchos en el interior, la fantasía del novelista no puede adjudicarle un horror de ese tipo que, aunque sea ficción, impacta al lector y se graba en su memoria, mezclando realidad y fantasía. Del mismo modo, la crueldad extrema con que se pinta a Perón en esta escena, excede lo tolerable en un novelista e ingresa lisa y llanamente en el ‘calumnia, que algo queda’, usado por políticos o intelectuales al servicio del odio antinacional.
Con las refutaciones de Galasso está todo dicho respecto de Tomás Eloy Martínez. 


De nuestra parte sólo agregaríamos tres caracterizaciones: falsificador, oportunista y fariseo para los negocios. 



Eso nos parece este antiperonista de novela. 



CD/ 2/2/10


Notas. 


1. Raúl Arri, Vito Di Leo, Luis Donikián y Roberto Varone. Teléfonos: de la política nacional al saqueo privatista. Edición de los autores, Bs Aires, 1989.
2. Entrevista a Tomás Eloy Martínez en Clarín, edición del 3 de mayo de 1998.
3. Idem punto 2.
4. Idem puntos 2 y 3.
5. Tomás Eloy Martínez. La masacre de Trelew. Granica Editor, Bs As, 1973.