lunes, 31 de julio de 2017

Rodolfo David Ortega Peña

Marco Roselli y Maximiliano Molocznik
Los malditos Volumen II Pag. 330
Ediciones Madres de Plaza de Mayo

Abogado, historiador, periodista y militante político, Rodolfo David Ortega Peña es una de las más altas expresiones de la vinculación entre actividad intelectual y compromiso político en la década del ’70.
Nació el 10 de setiembre de 1936. Cursó estudios de Derecho, recibiéndose de abogado en 1955.

En sus comienzos, fue militante de la Federación Juvenil Comunista vinculándose luego a través de la revista partidaria “Mar Dulce” con quién sería luego su “maestro”: Juan José Hernández Arregui quién lo deslumbró con sus ideas sobre todo aquella de que “…la enseñanza de la historia encubre los intereses de la clase vencedora expuestos como valores eternos de la nación”. Invitación más que sugerente para el replanteo de ideas de un joven historiador asfixiado seguramente por la ausencia de debate interno en el Partido Comunista en torno a la cuestión nacional. Esta relación lo llevó a abandonarlo y a militar en el ancho campo del nacionalismo cultural.
Fue un abogado valiente que defendió a todos los presos políticos (fueron o no de su tradición política). Fue también diputado de la juventud peronista con su bloque unipersonal de Base (con el pueblo como protagonista), en 1973, intentando siempre una praxis política peronista antiburguesa. En apenas cuatro meses de mandato, caminó todo el país y estuvo con los obreros en lucha de Villa Constitución apoyando cada reivindicación que se manifestara. Desde diversas publicaciones, tales como “Mundo Nacionalista” y “La Patria Fuerte” procuró mantener vivo el espíritu del peronismo victorioso y socialista de marzo del ’73 que llevó al justicialismo al poder luego de dieciocho años de proscripción. En su trabajo periodístico más logrado, siendo editor de la revista “Militancia” (que contaba con el apoyo económico del PRT), reivindicaba un peronismo diferenciado, vale decir, cuestionador, antiburocrático, revolucionario, sin prejuicios ni oportunismos. Terminó su trayectoria política integrado al FAS (Frente Antiimperialista por el Socialismo), liderado también por el PRT.
Asimismo, realizó una importante labor historiográfica, de tipo revisionista, publicando doce obras. Entre ellas, en colaboración con E. L Duhalde, pueden citarse: “Felipe Vallese, proceso al sistema”, Unión Obrera Metalúrgica, Buenos Aires, 1965; “El asesinato de Dorrego”, A. Peña Lillo Editor, Buenos Aires, 1965; “Alberdi, el mitrismo y la guerra de la Triple Alianza”, A. Peña Lillo Editor, Buenos Aires, 1965; “Felipe Varela contra el Imperio Británico” Editorial Sudestada, Buenos Aires, 1965; “Baring Brothers y la historia política argentina”, A. Peña Lillo Editor, Buenos Aires, 1968; “Facundo y la montonera”, Editorial Plus Ultra, Buenos Aires, 1968.
Puede incorporársele, sin dudar al linaje del revisionismo histórico de izquierda, ya que todas sus obras están orientada hacia la función política y pedagógica de la historia, marca de estilo del revisionismo. Su objetivo fue intentar construir una genealogía de caudillos federales enfrentados a los próceres del unitarismo liberal, portuario y mitrista. Analizando el que creemos que es su mejor libro “Felipe Varela contra el Imperio Británico” podemos visualizar estos objetivos que comparte con quien fue su colaborador en la mayoría de sus trabajos: su compañero Eduardo Luis Duhalde.
Veamos como justifica la necesidad de incluir a Varela en el procerato: “En la República Argentina, fue jefe y abanderado de la unidad continental, frente a la agresión imperialista, el caudillo catamarqueño Felipe Varela. Rescatado de la miserable calificación que la historia oficial le ha arrojado, Varela surge como encarnación heroica de las luchas de las clases oprimidas, en un continente que se negaba a ser definitivamente balcanizado, luego de la tentativa parcialmente lograda, de la diplomacia de Canning”. Atacando de lleno a los figurones de las academias, los acusa de vestirse con un ropaje cientificista a la hora de defender su ideología pero que no dudan en utilizar terminología nada académica (“salteadores”, “hordas salvajes”, “chusmas enardecidas”) cuando se trata de criticar a aquellos personajes que, como los caudillos federales del interior, cuestionan la visión oficial de la historia creada por la “oligarquía portuaria” (según sus propias palabras). Hacen, los autores, en este mismo libro una verdadera profesión de fe sobre la importancia del trabajo académico, aunque cuestionan los encuadres ideológicos y los estilos de los “científicos”: “Por esas razones, el estilo de este libro es duro y combativo. Responde, en sus justos términos a esa falaz actitud académica. Pero a diferencia de esta, defiende las tesis nacionales en forma documentada (…) Lo expuesto, no debe interpretarse como un signo de una mal encubierta pedantería intelectual. Los autores saben perfectamente de las limitaciones de su obra. Ella es solo una invitación, a los estudiosos con conciencia nacional, para que la continúen, llevándola a sus máximas posibilidades. “En revisiones posteriores de su obra completa se han encontrado algunos errores como el forzamiento de algunos hechos históricos en su libro “Facundo y la Montonera” (1968) donde le atribuye a Inglaterra la capacidad de generar “capital financiero anticipado” cosa que, según la historiografía económica clásica, no hubiera sido posible en 1820 dada las condiciones del desarrollo capitalista inglés y sí, tal vez, el concepto hubiese podido ser válido para 1870 o 1880 frente al imperialismo y a otra fase del desarrollo capitalista.
Un día antes de ser asesinado había presentado en la cámara de diputados de la nación un pedido de informes acerca de la muerte de seis militantes del ERP, asesinados por la Policía luego de su detención. Como tantos otros compañeros que ejercieron el pensamiento crítico y adoptaron una posición clara que incluyó un compromiso con el cambio revolucionario, ético, social y moral de la Argentina fue acribillado por las bandas fascistas de la Triple A (que se adjudicaron el hecho en un comunicado público que hicieron circular al día siguiente de su asesinato) que operaban impunemente durante el gobierno constitucional de Isabel Perón, el 31 de julio de 1974 en la esquina de Arenales y Carlos Pellegrini. Se llevaron a uno de los hombres más lúcidos y comprometidos en la lucha revolucionaria de la década del 70.
Su gran amigo y compañero Eduardo Luis Duhalde sostuvo: “Su discurso vital y político estaba alejado de toda visión maximalista, asentado en las concretas necesidades y aspiraciones populares, renunció a todo pacto o acuerdo con represores, patronales explotadoras o burócratas claudicantes, sacó su banca a la calle y fue el receptor, apoyo y compañero de la vida social, de las luchas y los conflictos del pueblo trabajador, fue ejemplo ético y moral, que resistirá las cortinas del silencio y el impiadoso paso del tiempo”.