sábado, 15 de julio de 2017

Roberto Ortiz, agente del capital extranjero

Javier Scheines*

La version edulcorada de la historia oficial, que responde a los intereses de la clase dominante que se consolida en el poder tras la batalla de Pavon 1861, sostiene que Roberto Ortiz era un demócrata
El jueves 22 de septiembre de 2011 asistí en el Ministerio de Planificación de la Nación a una charla-debate organizada por la Juventud de Obras Públicas -JOP- sobre la temática de Soberanía Territorial e Inversión Pública, a cargo de la Dra. Florencia Gómez Galizzi y del Lic. Lucas Moscato. La misma se realizó en el salón Manuel Belgrano, ubicado en el quinto piso.

A la entrada de dicho salón, observé un busto del Libertador José de San Martín y al ingresar no advertí -por el apuro- lo que se escondía detrás del mismo. Fue a la salida de la charla que mis ojos se encontraron con una pared tallada que homenajeaba al ex presidente Roberto Ortiz, elegido mediante el fraude en 1938. Siendo que la conducción del Estado está en manos de un gobierno nacional y popular que ha planteado una lucha cultural como nunca antes en nuestra historia, se vuelve necesario volcar algunas reflexiones sobre este homenaje realizado en 1939 por sus propios Ministros de Hacienda y de Obras Públicas -Groppo y Alvarado, respectivamente-, y que ha quedado petrificado en las paredes ministeriales, como símbolo de otras petrificaciones que es necesario hacer estallar para avanzar decidida y definitivamente en el camino de la liberación nacional y la justicia social.

La Presidenta Cristina Fernández de Kirchner ha señalado que para poder subir los cuadros de los Patriotas Latinoamericanos, hubo primero que bajar el de los genocidas. Del mismo modo, hay que empezar a bajar las otras estatuas que aún persisten en las plazas, en los letreros de las calles, en los manuales escolares… y en los pasillos ministeriales. Pero no se trata de bajarlos y dejar las paredes peladas, sino homenajear a aquellos patriotas que los denunciaron en vida y sufrieron el silencio y la marginación. Y hacerlo no por un estéril "amor al pasado" ni tampoco por un equivocado culto a los héroes, sino porque esos patriotas son la síntesis de fuerzas populares que han logrado interpretar los anhelos de las masas y, de ese modo, son presencias activas en las luchas actuales por la liberación.

La versión edulcorada de la historia oficial, que responde a los intereses de la clase dominante que se consolida en el poder tras la batalla de Pavón (1861), sostiene que Roberto Ortiz era un demócrata que si bien fue elegido mediante el fraude, fue uno de sus mayores combatientes desde el gobierno. Fundamenta esta tesis en la circunstancia de que interviniera la Provincia de Catamarca y que desplazara del gobierno de la Provincia de Buenos Aires a Manuel Fresco, a la vez que suplica lástima para este hombre que padece de una diabetes que lo conduce a la ceguera. ¿Pero quién es verdaderamente Roberto Marcelino Ortiz? ¿Cuáles son sus antecedentes, cuál es su política como presidente y qué representa su accionar?

Tras el desplazamiento del gobierno en 1932 de los hombres del nacionalismo reaccionario -muy amigos de los yanquis, por otra parte- a manos de los viejos liberales antinacionales, la oligarquía terrateniente aliada al imperio británico se dispone a prolongar la vida de un moribundo modelo agroexportador que había entrado en crisis terminal en 1929. Este es el nudo de la llamada Década Infame, denominada de esta manera por el fraude "patriótico" que aniquiló la soberanía popular, el hambre y la desocupación con que el pueblo pagó el peso de la crisis, la corrupción en las más altas esferas del Estado -ya no el guante blanco de antaño sino el bochorno desembozado- y la entrega de la soberanía nacional con el Estatuto Legal del Coloniaje, como llamó FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina) al conjunto de medidas que reestructuraron el poder del imperialismo británico en la Argentina y de las cuales el Pacto Roca-Runciman es el ejemplo más claro.

Conviene describir brevemente las cláusulas públicas y secretas del Pacto Roca-Runciman (1933), porque muchas de los acontecimientos que se relatan a posterior se relacionan con este claudicante tratado. Tras la crisis mundial, Gran Bretaña firma el tratado de Ottawa (1932) con el objetivo de brindar un trato preferencial a sus colonias formales. Esto implicó la amenaza de dejar sin compradores de carnes a los terratenientes argentinos, amenaza que no tenía el menor sustento real dada la cantidad de vacunos de nuestro país y los de Australia y Nueva Zelanda. Pero la oligarquía nativa, con tal de no perder sus mercados, lo cede absolutamente todo: se otorga a los frigoríficos angloyanquis el control del 85% de las exportaciones de carne, reservándose la Argentina sólo el 15% pero para frigoríficos que no persigan fines de lucro. Al mismo tiempo se permite la libre importación de carbón y de otras manufacturas inglesas a nuestro país, y "el trato benévolo" a las inversiones británicas. Por último, se pacta un empréstito de desbloqueo por 13 millones de libras esterlinas, pero del cual Argentina recibirá sólo 3,5 millones (el 17%), pues el resto (el 73%) se destina a compensar utilidades de las empresas inglesas radicadas en la Argentina, que por escasez de divisas no pudieron ser remitidas. A estas cláusulas públicas y que de por sí representan una ofensa para nuestra soberanía, se le suman los acuerdos secretos que implican el otorgamiento de palancas fundamentales de nuestra economía a su Graciosa Majestad: la creación de un Banco Central Mixto que pone en mano de los financistas ingleses el control de nuestra moneda, y el nacimiento de la Coordinación de Transportes de la Ciudad de Buenos Aires que subordina las comunicaciones internas al interés del ferrocarril británico.

La imposibilidad de reelección del General Agustín Justo (1932-1938), lo obliga a buscar un sucesor que le devolviese el poder a los seis años. Pero Justo lo sabe por experiencia propia: no es él quién elige los presidentes en la República Argentina. Tampoco es el pueblo cuya voluntad resulta burlada sucesivamente. Es el capital británico.

Transcurre 1937 y en la noche del 12 de junio se realiza un banquete en la Cámara de Comercio Británica. Al tomar la palabra William Mac Callum, presidente de la institución, levanta la candidatura de Roberto Ortiz como próximo presidente: "La Argentina se encuentra en vísperas de elegir a los hombres que han de regir sus destinos en el nuevo período presidencial y el nombre de nuestro huésped de honor, el doctor Roberto Ortiz, ha sido pronunciado repetida y favorablemente con tal motivo". La sumisa respuesta del candidato sólo es comparable con los dichos de Guillermo Leguizamón y del vicepresidente Julio A. Roca (h) con motivo del Pacto Roca-Runciman. Sostiene Ortiz que "la Argentina tiene, con vuestra patria, enlaces financieros y obligaciones tan importantes como muchas de las obligaciones que existen entre las metrópolis y diversas partes del imperio".

Roberto Ortiz es un hombre ligado a los intereses agropecuarios -que en la Argentina es como decir a la oligarquía terrateniente- y al capital extranjero -que en aquellos tiempos es como decir capital británico-. Su familia posee 8000 hectáreas de campos en Ayacucho y Lamadrid que ante el fallecimiento de su padre pasan a engrosar las propiedades de la sociedad "Roberto Ortiz y Cia", integrada por él, su hermana y su madre.

Admirador de Churchill y amante de Francia, fumador de habanos y habitué del Jockey Club, recibió y trató con deferencia al príncipe de Gales en la estancia de Concepción Unzué de Casares en oportunidad de su visita. Su carrera profesional no deja dudas acerca de su vinculación con los británicos. Señala Félix Luna -insospechado de antiimperialismo y por el contrario panegirista de Ortiz- que se desempeñó como asesor legal del Ferrocarril Pacífico, y que allí "… tenía vinculación de tipo personal con la gente del Ferrocarril, sobre todo con el doctor Videla, un hombre muy bien, presidente del Pacífico […] Pero no sólo con el Pacífico, sino con todos los ferrocarriles […] Fue muy amigo de Guillermo Leguizamón, presidente del Ferrocarril del Oeste […] se hicieron amigos siendo Roberto abogado-pinche del ferrocarril". Además, fue presidente de Mattaldi y abogado jefe o asesor de la Unión Telefónica cuando la empresa pertenecía a los ingleses. Señala Luna que "hasta el momento de ser elegido candidato a presidente de la Nación o poco antes, Ortiz era titular de las empresas cerveceras del grupo Bemberg", de allí que a nadie extrañara ver a algunos de los Bemberg en las oficinas de Ortiz y que fueran muy frecuentes sus charlas y consultas una vez proclamado candidato.

Esta cercanía de Ortiz respecto de las compañías ferroviarias merece una aclaración, dada la centralidad del tema en nuestra condición de país semicolonial. Raúl Scalabrini Ortiz, "el descubridor de la realidad nacional" como lo llamara Arturo Jauretche, investigó rigurosamente la cuestión de los ferrocarriles a lo largo la década del 30. Numerosos son los trabajos en los que da cuenta de la centralidad del tema, destacándose sobre todo el libro Historia de los ferrocarriles argentinos. Las conclusiones allí alcanzadas, son resumidas en un capítulo de Política Británica en el Río de la Plata, en periódicos, folletos y conferencias. Juzgaba Scalabrini que los ferrocarriles constituían la llave fundamental de una nación, y que podían cumplir un papel nacional (alentador del progreso) o colonial (perjudicial para el progreso local y armónico entre las regiones): "El instrumento más poderoso de la hegemonía inglesa entre nosotros es el ferrocarril. El arma del ferrocarril es la tarifa. Las tarifas juegan un papel preponderante en la vida de un pueblo. Con ellas se pueden impedir industrias, crear zonas de privilegio, fomentar regiones, estimular cultivos especiales y hasta destruir ciudades florecientes. Es un arma artera, silenciosa, y, con frecuencia, indiscernible hasta por el mismo que es víctima de ella".

Luego de describir que el poder del ferrocarril era semejante y hasta superior al del Estado, dado que sus ingresos casi igualaban a los del Tesoro Público con el agregado de que se ejercían sin contralor alguno, Scalabrini concluía de manera categórica: "El ferrocarril, con excepción de las vías del Estado, está tan fuera del alcance argentino como si estuviera en la India. El ferrocarril no es argentino nada más que para maniatar, paralizar, sofocar y explotar los productos naturales, es decir, que solo es argentino como factor primordial del anti-progreso, que es la esencia del ferrocarril colonial". Respecto del trazado en abanico de la red ferroviaria impulsada desde los tiempos de la dictadura de Mitre (1862-1868), Scalabrini describe esa imagen graficando que "… si se mira el mapa de la República, la vasta extensión aparece como parcelada bajo una intrincada red de líneas férreas que forman una malla muy semejante a una tela de araña. Esa impresión visual es una representación muy exacta de la verdad. La República Argentina es una inmensa mosca que está atrapada e inmovilizada en las redes de la dominación ferroviaria inglesa".

Para estas empresas trabajaba Roberto Marcelino Ortiz, cuyo interés en mantener a la Argentina en una situación de subordinación y dependencia económica es indiscutible. Dada su vinculación y compromiso con las compañías ferroviarias británicas, Jauretche no dudaría en llamarlo "cipayo", es decir, un hombre al servicio del imperialismo.

Pero la connivencia de Ortiz con las empresas británicas no terminaba en el "horario de oficina". Su carrera política había comenzado una década tras, bajo el gobierno de Alvear (1922-1928), en el cual se desempeñó como concejal, diputado, administrador de impuestos internos y Ministro de Obras Públicas. Ocupando este cargo, cuenta Luis A. Barberis que "los sindicatos ferroviarios iban a consultarlo […] Cualquier cosa que pedían, iban a verlo y decían ‘venimos a ver al patrón’". Del radicalismo antipersonalista pasará a desempeñarse en el gobierno fraudulento de Agustín Justo como Ministro de Hacienda. En todos estos casos, el hecho de ocupar cargos públicos importantes no lo llevó a abandonar sus numerosos asesoramientos a las empresas extranjeras, en una clara manifestación de que se encontraba "a ambos lados del mostrador", como representante de los ferrocarriles británicos y como funcionario del gobierno argentino.

Norberto Galasso señala que el desempeño de este siniestro personaje fue analizado minuciosamente por Enrique Díaz Araujo en su libro La conspiración del 43. Dejemos hablar a este autor: "En 1936, al crearse la Coordinación de Transportes, el Consejo Deliberante designa una comisión para investigar a la empresa tranviaria Anglo-Argentina. El intendente veta esa comisión y en su lugar designa otra, integrada por Manuel F. Castello y Roberto Marcelino Ortiz, asesores de empresas británicas que naturalmente se expiden aconsejando la Coordinación urbana". Recordemos la relación entre la Coordinación de Transportes y la necesidad de reestructuración del monopolio ferroviario británico, de cuyas empresas era asesor Ortiz.

Volvamos a Díaz Araujo. Poco después, "el Poder Ejecutivo designa una comisión honoraria para estudiar la situación de las empresas ferroviarias. La integran Roberto M. Ortiz, abogado del FC Oeste; Ramón Videla, del FC Pacífico; Luis Colombo, vinculado a Leng Roberts [empresa de seguros británica]; Juan Mignaquy, ligado a Shell; el doctor Adolfo Bioy y Pablo Nogués, por los FC del Estado. Salvo Nogués, el resto informa por llevar los proyectos en curso".

"El 8 de mayo de 1936, el Poder Ejecutivo crea una comisión sobre petróleo. La preside el propio General Justo, y la integran Roberto M. Ortiz, Eduardo Bullrich, Horacio Morixe y Luis Rojas, todos enemigos de YPF". También se escribirá su nombre en uno de los mayores escándalos de corrupción de la historia argentina. En el informe Rodríguez Conde, emitido por la Comisión Investigadora de la renovación de las concesiones a la empresa eléctrica CADE, Díaz Araujo señala que "aparece Roberto Ortiz interviniendo en 1937 para facilitar el traslado de SOFINA a Buenos Aires, como dueña de CADE". Díaz Araujo sostiene, además, que el ingeniero Herlitzka, alto directivo de la CADE, "declaró haberle entregado dinero a tres presidentes de la Argentina: Justo, Alvear y Ortiz".

No podía faltar su connivencia con el capital extranjero en un tema que atraviesa toda nuestra historia como es la deuda externa, arma utilizada para la expoliación y el drenaje de riquezas, la imposición de políticas antipopulares y escenario para los festivales de corrupción. Siendo la década del 30 un momento político propicio para implementar una estrategia de desendeudamiento dada la crisis mundial en su comienzo y el inicio de la Segundo Guerra Mundial en su final, Raúl Prebisch recordará que Ortiz, siendo ministro, ordenó que cesasen las repatriaciones de deuda externa. Lo mismo ocurrirá siendo él presidente: el Banco Central abandona esa práctica de desendeudamiento y, en cambio, al ser reemplazado por Castillo en 1940 primero y definitivamente en 1942, se vuelve a la práctica de los rescates.

Luego de denunciar el intento por "dulcificar su imagen", mostrándolo como un hombre honesto y partidario de democratizar nuestra cultura política, admirador de Inglaterra, Francia y Estados Unidos, Galasso sostiene que "… no parece correcto ocultar –bajo la figura de un hombre consumido por la enfermedad- su condición de político al servicio del Imperio, desde el más alto sitial del la República".

Somos concientes que la dificultad para avanzar en el terreno de la batalla de ideas, es proporcional a su carácter estratégico en la lucha por la liberación nacional. Nos llena de orgullo patriótico que luego de tres años de trabajo, en octubre de 2010, en las instalaciones del mismo ministerio, se haya reemplazado la estatua de George Canning -primer ministro británico que afirmó "Hispanoamérica es libre y si nosotros sentamos rectamente nuestros negocios ella será nuestra" y lo llevó a la práctica- por una de Raúl Scalabrini Ortiz, destinando la del pirata inglés al museo de la deuda externa en la Universidad (Nacional) de Buenos Aires.

Por los argumentos vertidos, creemos conveniente continuar y profundizar este ejemplo y hacer saber, del modo que se considere pertinente, quién fue y qué representa este hombre llamado Roberto M. Ortiz, para que las nuevas generaciones de funcionarios y de trabajadores del Estado no confundan nunca más de qué lado del mostrador hay que pararse, puesto que la ubicación estratégica del homenaje a este cipayo -atrás de San Martín y en la pared de ingreso del Salón Manuel Belgrano- puede dar lugar a peligrosas y claudicantes confusiones.
 
*Corriente Política E. S. Discépolo