martes, 25 de julio de 2017

Perón y la montaña: una aproximación sensible

Pablo Cingolani
(Plumas Hispanoamericanas)
“Lo que pasa es que los presidentesno suelen ser montañesesni los montañeses presidentes.Yo reúno ambas condicionesy una explica la otra”.
Juan Perón
a los miembros de la expedición francesaque coronó el cerro Fitz Roy (1954)
“La gran derrota, en todo, es olvidar”.Celine: Viaje al fin de la noche
A Ricardo Labanca, in memoriam,y con él, a todos los compañeros.

Perón fue el protagonista central de la historia argentina del siglo XX. Su influencia no sólo fue continental, sino de proyecciones mundiales y, a la vez, si bien falleció el 1º de julio de 1974, sigue irradiando sus ideas en pleno siglo XXI.

Militar de carrera, tres veces elegido presidente de la Argentina por la vía de los votos -el primero en la historia electo por sufragio universal-, Perón fue el artífice de la formación de un movimiento político-cultural multitudinario que expresó una síntesis sensitiva y concreta de los anhelos de las mayorías populares, de los más pobres y más desprotegidos de la sociedad, y para quienes como gobernante volvió realidad efectiva derechos y beneficios sociales que nunca pudieron ser igualados en su impacto transformador.

Esa tarea de reparación histórica fue llamada por el mismo Perón como “justicia social” y su cumplimiento también estuvo asociado a la mítica figura de su segunda esposa, Evita, Eva Perón, también protagonista crucial, hasta su prematura muerte en 1952, de una década de realizaciones que cambiaron para siempre a la República Argentina.

Perón fue también un pensador incisivo y original y un escritor de vasta producción. En su obra, se revelan tanto su rol de ideólogo militar (fue profesor de la Escuela Superior de Guerra) como su faceta más conocida de conductor y estratega político, aunque en conjunto tiene rasgos que la singularizan: está atravesada por un profundo humanismo, un genuino patriotismo, un arraigo a lo nacional y un visionario encuadre latinoamericanista.

Aunque hasta hoy Perón sigue suscitando adhesiones sinceras y también rechazos y controversias, lo que está más allá de cualquier discusión fue su decisiva centralidad política y el incomparable amor que supo ganarse de parte de los más humildes, de todo un pueblo.

Mucho se ha escrito sobre su innegable capacidad de liderazgo, sobre su visión estratégica y revolucionaria de los problemas argentinos y de las soluciones de fondo que aportó como acción o como legado; páginas y más páginas se han leído sobre su carisma, su don de gentes y su impactante capacidad oratoria.

Sin embargo, aún hoy, sigue existiendo poca luz sobre algunos facetas de la personalidad avasallante de Perón, facetas que tal vez fueron opacadas por su rol político descollante pero que, bien miradas, son claves para entender, precisamente, ese rol en el devenir histórico de un hombre, su raíz y la forja de un destino que fue, a la vez, la raíz y la forja de un destino para millones de seres humanos. El Perón “montañés” –como el mismo se calificaba- es, tal vez, la más olvidada de esas facetas poco conocidas de la vida y el pensamiento de Juan Perón.

La relación que Perón forjó con la montaña es una relación matricial, nutriente, vital y verdaderamente reveladora de los detonantes que explican o pueden intentar explicar la magnitud de las tareas emprendidas por Perón en su vida pública, los motivos que explican o pueden intentar explicar su voluntad, su tenacidad -puesta a prueba dramáticamente a partir de su sangriento derrocamiento en 1955-, y pueden terminar de descubrir el lado más decididamente humano, el lado más descarnado, el más despojado de cualquier contaminación interesada, de alguien que tuvo el valor de enfrentarse a todos los poderes en aras de lograr concretar un objetivo supremo, una cima: la causa más justa de todas, la causa de los pueblos.

* * *

¿Porqué el Perón montañés no es un hecho arraigado en el imaginario que rodea a un líder excepcional? Es una cuestión paradojal. Tal y como se anota en el epígrafe de este texto, cuando Perón le afirma a los franceses que encararon el Fitz Roy (valga decirlo: con su apoyo total para la aproximación a esa montaña emblemática), que la combinación entre el ser “montañés” y el ser “presidente” sólo se entiende fusionando ambas condiciones ya que “una explica la otra”, fiel a su estilo de patear el tablero, Perón está diciendo una verdad inédita e irrepetible en los anales de la historia y la mentalidad argentina.


La reivindicación de lo “montañés” rompe el paradigma y la imagen de un país que se había organizado de manera cruel y parasitaria en torno a la llanura y el puerto de salida de esa llanura, una de las más fértiles del mundo, negando al resto de sus realidades geo-históricas, esas realidades que constituían, a la vez, núcleos de origen y de irradiación de lo que con el tiempo se empezó a asumir como “lo argentino”.

Nos referimos a lo “andino” y a lo “patagónico”. La forja del Perón político está allí. Está anclada a una vida familiar y una vida militar que tuvo en la Patagonia primero y en el corazón de la Cordillera de los Andes después, sus centros de gravitación. La auto conciencia de Perón sobre este hecho es definitoria.

Sobre el influjo patagónico en su vida, Perón mismo lo explicó así:

“(…) creo que toda la familia recibió de la Patagonia una lección de carácter. Yo doy gracias a Dios por eso: he comprendido que esos cinco años en los que se formó mi subconsciente ejercieron una influencia favorable sobre el resto de mi vida”.

Pero no fue sólo el medio geográfico el que influyó en el pequeño Perón. El contacto con los trabajadores rurales de un área remota de la Patagonia de los primeros años del siglo XX también fue decisivo. Cuenta Perón que en una estancia llamada Chankaike, donde vivía con su familia,

“el capataz era un escocés marinero y la mayoría de los peones tenía origen chileno. Pero eran gente también de primera, porque de uno y otro lado de la cordillera, los hombres son los mismos. Cuando era chico –recuerda un hombre memorioso que ya frisaba los 75 años de edad- mi ambición era ser como ellos: hombres extraordinarios en lucha continua con la naturaleza”.

Esa naturaleza era despiadada pero nunca un obstáculo para el Perón niño:

“En invierno el termómetro llegaba a los veintiocho grados bajo cero: la lucha con la naturaleza era el pan nuestro de cada día, pero a esa edad todas las aventuras nos parecían pocas. Así crecimos, en libertad absoluta…”.

Como diría el propio Perón: quien quiera oír, que oiga.

* * *

Verdad y consecuencia: hete aquí, digo, los hilos invisibles con los cuales se teje, con paciencia y con ardor, la historia.

No es posible explicar el ímpetu libertario de un Mariano Moreno sin su paso por la Universidad de Charcas y su conocimiento directo de la salvaje explotación de los indígenas en las minas de Potosí.

No es posible entender la audacia táctica y la clarividencia estratégica de un San Martín sin comprender que -tras su fragua militar en la España invadida por las tropas napoleónicas-, durante su jefatura del Ejército del Norte –tras las derrotas aplastantes que sufrió ese mismo ejército, conducido por Belgrano, en Vilcapujio y Ayohuma, en el corazón altoperuano-, el decide organizar y ejecutar su hazaña militar más memorable de todas: el cruce de la Cordillera de los Andes para invadir el Chile español.

En esa lógica desencadenante, tampoco es posible entenderlo a Perón, entender a ese Perón revolucionario, ese Perón constructor de esa patria con la cual soñó el mismísimo San Martín, sin su experiencia vital forjada en las soledades patagónicas y en la relación entrañable que anudó con esa misma Cordillera de los Andes.

Con referencia a ésta última y a la inspiración siempre presente de un San Martín, genio militar y liberador de pueblos, el propio Perón anotó:

“…he estudiado profundamente la vida ejemplar del General San Martín y así fue que en los Andes mi primera preocupación fue recorrer día a día y jornada por jornada, su memorable campaña del paso por esa cordillera, no igualada en los fastos de la historia del mundo. En cada lugar donde él pernoctó estuve, y recorrí sus campos de batalla y reconstruí “in mente” momento a momento cada una de las acciones en que él intervino”.

Este abordaje a la gesta militar sanmartiniana se enhebró con el afán de Perón en torno al estudio sistemático de la historia y el pensamiento de San Martín. En realidad, podemos decir que San Martín fue la gran pasión histórica de Perón, completada a su vez con la gesta similar que encabezó Simón Bolívar desde el norte de Sudamérica: la visión histórica de Perón era integral, era totalizadora, era estratégica. Era continental.

En esa toma de conciencia de una historia común de lucha contra el colonialismo español por la independencia política, Perón, a su vez visualizó correctamente el rol de la Cordillera de los Andes, tanto como el eje geográfico articulador del espacio sudamericano y, a su vez, como el espinazo a quebrar en la lucha por la liberación del suelo americano. La hazaña sanmartiniana y bolivariana fue, precisamente, esa: sorprender a los españoles con una guerra de movimientos que, hoy por hoy, resultaría impensable.

Los Libertadores, a diferencia de otros estrategas militares, comprendieron que la guerra en un continente signado por la presencia de la cordillera más larga y abrupta del planeta, una cadena inverosímil de nevados de más seis mil metros de altura, se resolvería rompiendo sus eslabones más débiles y, en un movimiento envolvente de pinzas que se terminaron de articular en Guayaquil, en ese mítico encuentro entre los dos ases de la lid continental, daría fin en las alturas de esa misma cordillera, donde el poder español se atrincheró para resistir.

Daría fin en Ayacucho, donde un ejército continental, multinacional y pluricultural, terminaría de enterrar a un poder despótico y decadente que había colonizado América por más de trescientos años.

La fascinación de Perón con la guerra en las montañas, siguiendo sus trabajos de investigación de San Martín y su diseño de la guerra continental, se explica, en la perspectiva histórica, por el apego riguroso de Perón a las enseñanzas de esa misma historia –lo que fue bueno, puede ser bueno dos veces- y, en lo personal, por esa identificación sensible que Perón sintió desde niño con ese medio geográfico que ahuyenta a los débiles de convicción, que despoja al ser humano de todos sus atributos y los pone a prueba, que se constituye en la forja o la tumba de todas las ilusiones: la montaña.

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La montaña no es sólo la presencia de la montaña –esa presencia sublime y siempre inspiradora-, la montaña es también la experiencia de la montaña, la experiencia física de los rigores montañeses, ese enfrentar a conciencia a la hostilidad, ese enfrentamiento que con corazón abierto a la sensibilidad, se vuelve escuela de humanidad. La esencia del montañismo es esa. No el espíritu competitivo –esa mezquindad que domina al planeta- trasladado a la montaña.

La montaña y la experiencia de la montaña –como el desierto o la experiencia del desierto- son una cantera inagotable para la búsqueda de fortaleza espiritual, de un blindaje ético de la personalidad, del hallazgo de un andamiaje terapéutico, psíquico y poético para encarar la vida y descubrir nuevos ámbitos de la realidad donde proyectarla.
Es así porque la montaña es un eficaz entorno de revelaciones: uno puede o debería imaginarse la genética y la psicología de un San Martín (o a Bolívar con sus llaneros de pies descalzos cruzando el paso de Pisba) puesta a prueba, afiebrándose (muchos soldados morían en el intento, la travesía acarreaba dolor, se volvía calvario por momentos), desbordándose de misticismo frente a esa estética extrema y siempre arrebatadora, inundándose de fervor por el porvenir, por los planes de liberación continental, por esa esperanza general, masiva, compartida pero que ellos veían reflejada en el brillo de las nieves de las eternas montañas.
Desde allí, desde ese temblor constitutivo de las patrias, desde esas hazañas inigualadas e inigualables porque el paso del tiempo –la tecnología y su ausencia de gracia- las petrificó en la gloria, no es difícil o es menos arduo –por más próximo- sentir a ese Perón siguiendo los pasos del Libertador en las cordilleras, sentir ese impulso de peregrino de reencontrarse en el santuario imponente de la naturaleza y de la historia con la memoria viva y el genio creador de ese San Martín, guerrero inmortal, audaz entre los audaces, e incitarse y prometerse y jurarse no ceder, no cejar, no rendirse hasta ver realizado el sueño sanmartiniano.
Digo que el “Perón montañés” es la fragua de todos los demás Perón, de todos los Perones, si se me permite ese plural, ese abigarramiento.
Digo que ese Perón de la llanura -nacido en Lobos, histórica avanzada “argentina” en la pampa, pampa: la palabra quechua que aún hoy sigue  nombrando a una provincia argentina y sigue nombrando también a toda la llanura. Nótese el influjo andino, aunque no lo asumamos. Y con el recuerdo siempre presente de su “primer amigo”, el Chino Magallanes, el paisano domador de caballos de su pueblo natal-, no hubiera sido Perón, no hubiera sido el Perón que conoció la historia, sin el acoplaje corporal, mental y existencial que le brindó la montaña.
Perón termina de descubrirse y habitarse como Perón con las revelaciones que la montaña le procura.
Como militar, al influjo protector y la inspiración de San Martín y las experiencias vividas en Europa al calor del inicio de la Segunda Guerra Mundial –y recordando seguramente como “el general invierno” terminó de vencer a Napoleón en Rusia-, Perón escribe. Escribe sobre la guerra en las montañas.
Como ser humano, como persona, Perón se prueba a sí mismo, se vuelve a probar en los Andes. Ya no como el niño que, como todo niño, deseaba aventuras. Si como ese hombre, “casi viejo” en sus propias palabras, que buscaba esa bisagra entre su ser/nacer argentino de la pampa –el argentino, dramáticamente, a secas- y ese ren(h)acer/se argentino “andino” –como propuso especializar a las tropas y los comandos militares de montaña- que empezó a sentir, desde su humus infantil patagónico, como el combustible vital que necesitaba para seguir adelante, para seguir concibiendo su proyecto nacional, para seguir soñando, fortaleciendo y luego plasmar esa realidad efectiva que, como dice la marcha que se inspiró en su hacer, “le debemos a Perón”.
Ese Perón, insisto, no hubiera sido nunca real, nunca hubiera sido posible, sin la experiencia andina de ese mismo Perón.
Como a San Martín, guaraní de Yapeyú, el destino “que se elige”, como diría el también inmortal e invencible Sixto Palavecino, lo condujo a ese lugar del orbe que construyó el primer estado benefactor de la historia: el Tawantinsuyu de los Incas.
Y las huellas y los rastros de ese San Martín, lo inspiraron en el arte militar pero hay algo más, algo decididamente personal, algo comprometidamente humano: Perón en los Andes, decíamos, se prueba. Y se puso prueba de verdad.
No encuentro la cita, tampoco importa. La anoto así: en Mendoza, la misma Mendoza de San Martín, como director del Centro de Instrucción de Montaña del ejército argentino, Perón deja una huella imborrable en sus camaradas, en sus subordinados.
Era el primero en levantarse, cada día. Calentaba la comida (“la polenta” –harina de maíz) para todos. Los alimentaba y les daba fuerzas, de las dos. Las fuerzas físicas y las fuerzas morales porque Perón les hablaba, los alentaba, les compartía su sueño. Un tipo maduro, casi cincuentón, se ponía la mochila al hombro y encabezaba las marchas de instrucción. Era uno más y era, a la vez, Perón, ese Perón que se iba labrando en la montaña, junto a la piedra, no junto a esa piedra negra sobre una piedra blanca, tal vez un jueves, en París, donde el poeta quería morirse, sino sobre esa otra piedra sobre la cual un Nazareno, otro peregrino pero de los desiertos, prometió construir un reino bondadoso y sensible, un proyecto que nos humanizó –frente a otro poder despótico y decadente- hace ya más de dos mil años.
Perón y las piedras. Cuentan los franceses en su libro ya citado:
“La fraternidad montañesa es realmente admirable y quizás única. Ella se extiende por encima de todas las fronteras y de todos los convencionalismos. El General. Perón nos presenta esta mañana un ejemplo vívido y nos da una lección admirable.
El hielo del protocolo queda roto enseguida. Le hacemos partícipe de nuestros proyectos, de nuestras esperanzas y también de nuestras preocupaciones y dificultades, sin reserva y con total franqueza.
Él, por su parte, nos habla de los Andes que tanto conoce, de aventuras y correrías en esas grandes montañas que estamos impacientes por ver. Nos muestra una piedra que, artísticamente montada como pisapapeles, decora su escritorio. “Es una piedra recogida en la cumbre del Aconcagua” (…)”.
Puesto a investigar un tema que me intrigaba desde hace décadas –la relación entre Perón y las montañas, sabía lo que se podía saber pero no conocía los detalles, hasta que me puse a indagar-, esta referencia bibliográfica sobre Perón y una piedra de la cumbre del Aconcagua puesta por el mismo en su escritorio de presidente de la República Argentina, no sólo me conmueve, no sólo me resulta entrañable, no sólo la celebro como un hallazgo para la tarea siempre permanente de seguir construyendo la imagen de un Perón inmortal y necesariamente siempre presente en la memoria de los argentinos, sino que el dato me halaga, me estremece y me compromete en mi triple condición compartida con el mismísimo Perón: la de montañistas, la de coleccionistas de piedras y la de amantes de esa Argentina andina que tanta falta les hace a nuestros compatriotas que naufragan en un mar de incertidumbres y de desasosiego por carecer, por no sentir, por no atreverse o por qué no los dejan sentir esa “andinidad” constitutiva y forjadora de lo que es ser argentino, de lo que constituyó y forjó al mejor de los argentinos del siglo XX, al mismísimo Perón.
Esa piedra peronista, de Perón; esa piedra de la cumbre del Aconcagua –la montaña tutelar de las Américas-, esa piedra que Perón, con orgullo, les mostró a los franceses que, con su apoyo, se animaban al Fitz Roy, digo: es el símbolo de esa misma América, esa América irredenta, esa América rebelde en busca de eso mismo: la redención, la felicidad de su pueblo, la auto determinación, la/s patria/s libre/s, justa/s y soberana/s por las cuales se forjó Perón a sí mismo en medio de esas montañas, en comunión con esas piedras.
Digo: ¿dónde andará esa piedra? ¿Dónde andará la piedra que Perón lucía en su escritorio? ¿Dónde andará la piedra de la cumbre del Aconcagua que acompañaba a Perón? Evita ya había partido hacia la inmortalidad. Me lo imagino a Perón, encontrando en la aspereza y el silencio de esa piedra, todas las palabras que hubiese querido seguir escuchando de Evita. Me lo imagino a Perón sufriendo, llorando en secreto,  frente a esa piedra. Me lo imagino a Perón sintiendo el calor, el calor de Evita, frente a esa piedra. Me lo imagino a Perón sabiendo que esa piedra era él, era el mismo: era su niñez, era su saber, era su memoria, eran todas las montañas que amó, eran sus recuerdos, era su presente y era el porvenir: era la Patria Grande que quisieron San Martín y Bolívar. Era, simplemente, una piedra. Era, eternamente, una piedra.
* * *
Como amante de la montaña, de esas mismas montañas, como agradecido receptor de todo lo que la montaña brinda, te enseña, te tatúa, sé que a Perón le sucedió lo mismo. De ahí, este escrito.
En ese ambiente envolvente, majestuoso y terrible, en esas soledades donde no hay a donde escaparse si no es adentro de uno mismo o al amparo de la cuerda o la mirada o la voz de aliento de un compañero, Perón, debió culminar de diseñar sus sueños de una patria justa, libre y soberana.
La voluntad de realización también la encontró Perón entre los pliegues de esos antiguos volcanes, ese magma sin freno que alzó los montes, fertilizó llanuras, abrió el cauce de los ríos, dibujó el rostro del planeta.
Vista en profundidad y despojados de cualquier otra intención, la montaña es, en suma, el altar supremo de la voluntad humana.
Es allí donde nos desnudamos frente al destino y desanudamos todos los lazos que nos atan a lo superficial, a lo banal, a lo intrascendente. La montaña es estratégica. La experiencia de la montaña, fundadora.
No puede entenderse a ese Perón colosal, conductor de pueblos y constructor de patria/s, sin su aprendizaje vital en medio de esos colosos de piedra, de esas colosales cordilleras, que son la esencia, son la columna vertebral de nuestra América.
Quedará para los historiadores, seguir desentrañando este ovillo, esta historia, esta historia de Perón dentro del horizonte Perón, siempre fértil, siempre forjador.
De lo que jamás vamos a renegar es de la hipótesis que ha conducido todo este texto.
El Perón que conocimos y admiramos es el espejo y la hechura de ese Perón montañés, un Perón andino/”andinizado”: continuador consciente y decidido de San Martín,  doctrinario de los cerros y de la guerra entre las nieves, coleccionista de piedras, amante apasionado y hasta el final –de eso, estoy seguro- de las montañas, benditas montañas, sagradas montañas.
*Pablo CingolaniNació en Argentina en 1963. Vive en Bolivia desde 1987. Estudió historia. Es escritor y periodista. Su obra publicada incluye libros como Toromonas, Amazonia Blues, Aislados y Nación Culebra, una mística de la Amazonia.


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