sábado, 8 de julio de 2017

Osvaldo Magnasco. El estadista desconocido



Osvaldo Magnasco
Irazusta, Julio, El tránsito del siglo XIX al XX, Memorial de la Patria, tomo XIX, Ed. La Bastilla, Bs. As., 1977. 

Jurisconsulto, legislador, docente, ministro de Educación. Ese era Osvaldo Magnasco, quien falleció el 4 de mayo de 1920 en Buenos Aires y había nacido en Gualeguaychú el 4 de julio de 1864. Los dos fragmentos que compartimos a continuación pertenecen, el primero a Julio Irazusta y el segundo a Julio Abelardo Ramos. Por sus valores como historiadores, y por lo disimil de sus posturas políticas nos parecen doblemente valiosas
Era hijo de inmigrantes italianos de Liguria, su padre — Benito Magnasco — había sido un importante capitán naval del Río de la Plata, y había mediado entre el presidente Sarmiento y José Hernández, aliado de la rebelión jordanista.

Estudió en el Colegio Nacional de Concepción del Uruguay y se doctoró en Jurisprudencia en la Universidad de Buenos Aires en 1887. Polemizó a través de la prensa con Cesare Lombroso, que pretendía determinar físicamente la conformación psíquica de las personas inclinadas naturalmente a cometer delitos.

En 1890 fue elegido Diputado Nacional por el Partido Autonomista Nacional de su provincia de origen. Apoyó la presidencia de Miguel Juárez Celman, pero se incorporó sin problemas al régimen político dirigido por su sucesor, Carlos Pellegrini. Dirigió durante pocos meses la repartición encargada de controlar los ferrocarriles de capital extranjero y administrar los nacionales.

Fue el primer diputado nacional que se pronunció abiertamente en contra de la administración privada de los ferrocarriles y la forma en que aplicaban sus tarifas. Descubrió, por ejemplo, que las tarifas para el mismo viaje eran absolutamente diferentes para distintas cargas, o para el viaje hecho en distintas direcciones. En un debate parlamentario de 1891 defendió sus posturas y atacó la evasión sistemática de la devolución de los aportes estatales a que estaban obligados por ley. Fue el mentor del Reglamento General de los Ferrocarriles, del 24 de noviembre de 1891, que de todas formas no logró controlar eficazmente la poderosa influencia de los ferrocarriles.

Enfrentó firmemente la política nacional en materia de intervenciones federales a las provincias, orientadas exclusivamente a fortalecer en las provincias la posición del gobierno central y su partido.

Al llegar por segunda vez a la presidencia el general Roca, lo nombró su Ministro de Justicia e Instrucción Pública; posiblemente, su nombramiento fue iniciativa del ministro de Obras Públicas, Emilio Civit. Su principal preocupación era modernizar el sistema de educación pública, especialmente la secundaria y técnica. Consideraba la educación secundaria que se impartía como carente de vinculación con la realidad social y económica del país, reservado solamente para las elites. Se esforzó en crear escuelas secundarias técnicas, tanto industriales como agropecuarias.

Propuso una ley de educación técnica y secundaria; pero afectaba demasiados intereses creados, ya que pretendía reemplazar varias escuelas normales — dedicadas a formar maestros — en escuelas técnicas. Su principal rival en la Cámara de Diputados fue Alejandro Carbó, entrerriano como Magnasco, y tanto o más elocuente y vehemente que éste; egresado, además, de la Escuela de Paraná, centro importantísimo de la enseñanza "normal". Éste se apoyó en el principio del igualitarismo para rechazar diferentes tipos de escuelas; además, rechazaba que la educación secundaria pasara a ser controlada por las provincias, como proponía Magnasco. El proyecto fue rechazado.

Como el ministro insistiera en desarrollar su proyecto sin sancionar la ley, el diario "La Nación" lanzó una campaña contra el proyecto, atacando en todas formas la idea, y reclamando la renuncia de Magnasco. A pesar de eso, Magnasco se presentó en el Congreso, y logró la aprobación tácita del mismo para seguir adelante sin pasar por el Congreso. Pero la prensa dirigió una campaña en su contra, que incluyó manifestaciones callejeras con gritos en contra del ministro. Y "La Nación" acusó a Magnasco de no saldar sus deudas comerciales, como medio de debilitarlo en la opinión pública. Incluso se lo acusó de haber pagado con fondos públicos sus gastos propios en muebles personales.

Un acercamiento político entre el presidente Roca y Mitre, a quien Magnasco había atacado en la prensa, lo obligó a renunciar como ministro en junio de 1901.

Desde entonces abandonó la política y enseñó derecho en la Universidad de Buenos Aires. Dedicó una parte importante de su tiempo a construir una fastuosa quinta en la localidad de Temperley, cercana a la capital, donde falleció en mayo de 1920.

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Jorge Abelardo Ramos. Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, Ed. Plus Ultra, Tomo I, Buenos Aires, 1965.


[Durante la segunda presidencia de Julio Argentino Roca] En su gabinete figura el doctor Osvaldo Magnasco, orador de palabra mordiente, un parlamentario excepcional en una época de cultores del verbo.

Era hijo de un marino mercante de origen italiano radicado en Entre rios; si el padre, como cumplía a un garibaldino, era mitrista, el hijo, ya argentino, educado en el colegio de Concepción del Uruguay por cuyas aulas habian pasado roca, Andrade, Fray Mocho y tantos otros,  seria roquista. Una gran sombra vela la posteridad de Magnasco; hay que explicar este silencio y terminar con él.

Magnasco habitase vinculado desde muy joven (nació en 1864) al Partido Autonomista Nacional, como casi todos los provincianos pobres. Bajó a Buenos Aires con su postura no exenta de  cierta grandilocuencia, bien plantado y seguro de su valía, dispuesto a ocupar su lugar en la altiva ciudad porteña. Integró el círculo político del juarismo en auge, pero no se encadenó a la adulación organizada y ciega. Si participó del banquete de los "incondicionales", en vísperas del 90, siempre actuó con plena independencia en la Cámara, donde adquirió fama de un hombre que supo conservar el sentido del interés nacional en el torbellino áureo del 90. sabía bien su latín y nadie pudo asombrarse de su versación jurista y humanista; pero concentro la atención general cuando formuló un certero ataque a las tropelías del capital ferroviario británico, considerado en esos momentos la varita mágica del progreso argentino.

En un trabajo sobre Magnasco, Julio Irazusta transcribe algunos fragmentos pronunciados por Magnasco en la Cámara de Diputados con respecto al tema antes aludido. Miembro de la Comisión Investigadora de los Ferrocarriles Garantidos, este "incondicional" diría sobre el capital británico palabras que no han perdido actualidad:
 ¿Han cumplido las compañías privadas los nobles propósitos que presidieron estas concesiones de ferrocarril, tan prodigiosas en estos últimos años?

El espíritu civilizador, que animó las disposiciones legislativas, ¿ha sido satisfecho por las empresas? ¿Han servido como los elementos de un progreso legítimamente esperado, o por el contrario, han sido obstáculos, obstáculos serios, para el desarrollo de nuestra producción, para la vida de nuestras industrias y para el desenvolvimiento del  comercio? Mejor sería, señor, que no contestase tales preguntas, porque aquí están los representantes de todas las provincias argentinas, que experimentalmente han podido verificar, con los propios ojos, el cúmulo de pérdidas, de reclamos, de dificultades y de abusos producidos por esto que en nuestra candorosa experiencia creíamos factores seguros de bienestar general...

Ahí están las provincias de Cuyo, victimas de tarifas restrictivas, de fletes imposibles, de imposiciones insolentes, de irritantes exacciones, porque el monto de esos fletes es mucho mayor que el valor de sus vinos, de sus pastos y de su carnes. Ahí están Jujuy y Mendoza, sobre todo la primera, empeñadas desde hace 12 años en la tentativa de la explotación  de una de sus fuentes más ricas de producción: sus petróleos naturales. Pero no bien llegas a oídos de la empresa la exportación de una pequeña partida a Buenos Aires o a cualquier otro punto, inmediatamente se alza la tarifa, y se alza como un espectro, y se alza tanto, que el desfallecimiento tiene que invadir el corazón del industrial más emprendedor y más fuerte. Ahí están Tucumán, Salta y Santiago, especialmente Tucumán lidiando por sus azúcares, por sus alcoholes y por sus tabacos, con  una vitalidad que, a no haber sido extraordinaria, habríamos tenido que lamentar la muerte de las mejores industrias de la República, porque habrían sucumbido bajo la mano de hierro de estos israelitas de nuevo cuño...
Magnasco agregaba a este discurso memorable e inédito que el  Ferrocarril del Este Argentino costó menos de la suma que percibió la compañía inglesa en concepto de garantía; que un ferrocarril mantenía en Londres un directorio con un presupuesto anual de  124.000 pesos oro, mientras que el directorio local sólo costaba 27.000 pesos oro al año; que las diferencias de remuneración entre los empleados ingleses y argentinos eran enormes: un jefe de almacenes extranjeros ganaba 505 pesos oro, y su segundo, que era el que trabajaba, solo 20 pesos oro. Añadía que la política ferroviaria británica saboteaba la producción argentina  en todos sus rumbos: azúcar, cereales, ganado del interior y petróleo.   En esa época se ensayó el empleo de petróleo argentino en las locomotoras y dio excelentes resultados y rendimientos; pero las empresas británicas, dice Magnasco, interesadas en la importación de carbón, sabotearon el petróleo argentino. "Una de ellas consumía leña y revendía el carbón importado con exenciones impositivas"

De este género de "incondicionales" del juarismo poco han dicho el cipayaje mitrista y los radicales habladores de todas la épocas, usufructuarios históricos del 90. Pero esto no es todo.  Cuandose debatía en la Cámara, en 1892, durante el gobierno del Dr. Luis Sáenz Peña, circunstancialmente dominado por los mitristas, entre ellos Quintana, una intervención a Santiago del Estero, se escuchó la voz de Magnasco:
Porque lo que se está perfilando y me temo mucho que suceda, es que los hombres arrastrados, señor presidente, por corrientes históricas conocidas, me temo —Dios quiera que me equivoque— levanten de nuevo aquella vieja tendencia de otros tiempos, que tantos dolores nos cuestan: del gobierno de Buenos Aires sobre el gobierno de las 14 provincias… El Poder Ejecutivo, el gabinete, no es solamente un ejecutivo y un gabinete reclutado en Buenos Aires, casi exclusivamente en Buenos Aires, sino un ejecutivo y un gabinete de barrio”
 ¡Un ex “incondicional”, un adversario del capital británico, y para colmo, un enemigo del mitrismo localista! ¡Cuánto puede aprenderse de la significación histórica del roquismo a la luz del destino corrido por uno de sus voceros más notables! Magnasco ha sido borrado de la nomenclatura política del país en mérito a dichos antecedentes. Precisamente porque la burguesía comercial porteña, con su gran vocero “La Nación”, ha hecho un matrimonio morganático con los ganaderos bonaerenses, fusionando así definitivamentelos elementos de la oligarquía, es que Magnasco, como tantos otros,es un desconocido para las nuevas generaciones argentinas. Sería injusto atribuir a ese hecho un designio puramente personal: el mitrismo ha sido glorificado como una necesidad de clase, y sus adversarios no asimilados a la oligarquía fueron reducidos a la obscuridad.

Pero faltaría a la personalidad de Magnasco un rasgo esencial para comprenderla en su totalidad: su proyecto de reforma de la enseñanza, que fue al mismo tiempo la razón de su eclipse político. Entramos aquí a la consideración de uno de los fenómenos más reveladores del roquismo en el cuadro de la historia argentina: el primer intento de transformar desde la raíz el sistema universalista, verbal y enciclopédico de nuestra enseñanza, pertenece a Magnasco, mi­nistro de Instrucción Pública de Roca.

El audaz proyecto le costó su carrera. El ministro Magnasco propuso en su reforma educacional sustituir el “Colegio Nacional”, ese semillero de bachilleres que aprenden Historia Universal en Jujuy como en Buenos Aires, Química y Física en Junín como en Chilecito, y Filosofía en Berisso como en Trelew, por una organiza­ción descentralizada de colegios secundarios que reflejara en sus programas las características geoeconómicas de su ciudad o provin­cia, reduciendo la enseñanza humanista a lo necesario. Magnasco concebía la enseñanza secundaria como la palanca para construir un país moderno, y como el medio de modificar las condiciones atra­sadas de cada región argentina, proporcionándoles los técnicos requeridos. En el fondo de esta reforma radical, se encontraba la antítesis del universalismo abstracto que desvincula actualmente estudiante de su tierra, su historia y su tiempo, y que conforma la masa del estudiantado cipayo.

Era un proyecto revolucionario de la burguesía intelectual pro­vinciana en una hora irrepetible. El insigne latinista suprimió la enseñanza del latín, con el apoyo de Lugones, y así como los clericales lo acusaron de anticlerical por esa medida, los mitristas combatieron su proyecto de ley en nombre del verbalismo clásico de loscolegios Nacionales, fundados por Mitre de acuerdo a su política europeizante, que complacían su inclinación natural.

Todo esto ocurría en 1901 y la oposición porteña y mitrista a las medidas renovadoras del joven ministro propendían a transformar el debate en un escándalo que reuniría nuevamente en un bloque a los masones mitristas, a parte del roquismo liberal y a los clericales más fanáticos. Ante el anuncio de Magnasco de que ninguna extorsión lo haría renunciar, el diario “La Nación” publicó una denuncia según la cual Magnasco se habría hecho fabricar en la cárcel y con fondos oficiales, algunos muebles de uso personal. ¡El noble general Mitre no alteró nunca su estilo político! El traductor del Dante cumplía el 26 de junio de ese año 80 años, y la máquina de prestigio ya estaba montada. Se preparaba un fastuoso jubileo, con la participación de esa camarilla inamovible de viejos campa­nudos que surten desde entonces nuestras academias y magistratu­ras. En tales circunstancias, el ministro Magnasco, desbaratando con dos frases aclaratorias la mezquina intriga urdida entre “La Nación” y el director de la cárcel, funcionario incompetente en vísperas de ser removido, lanzó en la Cámara estas palabras dirigidas al austero Mitre: “Quizás haya llegado a oídos del señor general mi desafecto por la ceremonia de su deificación. Quizás, señor, yo profeso principios republicanos, por lo menos trato de ajustar a ellos mi conducta. Puede que haya también llegado a sus oídos la frase acaso festiva —que me debía disculpar y que puedo repetir porque no ha­blo en nombre del poder Ejecutivo: Después de la ceremonia ten­dremos que llamarlo como a los emperadores romanos: Divus Aurelius, Divi Fratres Antonii, Divus Bartolus”.

Según el diario “La Prensa”, Mitre, que era senador, dijo: “Magnasco está muerto”. A su vez, “La Nación” defendió, al turbio director de la cárcel. Y en el debate parlamentario, púdose “observar” la descomposición mortal del roquismo, que ya empezaba a perder su nacionalismo para quedarle tan sólo su liberalismo; cuando los roquistas fueron sólo liberales, se hicieron conservadores, sobre todo los ganaderos y la gente de pro. La resistencia a la Ley Magnasco, pues, no fue sólo de los mitristas; también partió de numerosos par­lamentarios roquistas, puramente anticlericales e influidos por los debates de Francia, quienes pensaban que de prevalecer la ley propiciada por Magnasco, los colegios nacionales subsistentes, con su humanismo abstracto, quedarían en manos de los curas. Por lo cualmasones, mitristas y clericales— adversarios estos últimos de la ex­pansión de la enseñanza técnica— se unieron (como en el 80, y el 90) contra Magnasco.

El general Roca demostró en la emergencia que su época había concluido. No sostuvo a Magnasco el soldado lúcido del 80, y lo dejó caer, cediendo a la campaña difamatoria de “La Nación”, que todavía se daba el lujo de voltear ministros, ya que no podía nom­brarlos. Roca estaba acabado, como lo diría su antiguo amigo Pellegrini, él mismo envejecido y desengañado ante las poderosas fuerzas económicas y sociales de una oligarquía que se consolidaba rápida­mente. La desaparición del joven Magnasco de la vida pública fue total, y ése fue el epitafio de Roca. El ex Ministro se recluyó en su casa, tradujo a los clásicos y cuando murió en el más completo aislamiento, el diario “La Nación”, que es habitualmente un verda­dero fascículo necrológico, fue sobrio por una vez, y sólo dijo: “Ha fallecido esta mañana en Buenos Aires el Dr. Osvaldo Magnasco”.Desde entonces, y han pasado sesenta años, Magnasco fue un per­sonaje inexistente, porque Mitre tenía razón al afirmar en el Senado: “Magnasco ha muerto”;ya había demostrado su pericia como sepul­turero al lapidar a Rosas, al Chacho y a los caudillos populares. Comenzaba la edad glacial de nuestro pasado; Magnasco fue su primera víctima. ¡Cuántos siguieron después!: Ernesto Quesada, David Peña, Juan Bautista Alberdi, Manuel Ugarte y, como era de esperar, el propio Roca, ahogado en la mortaja de bronce que fundió, irónicamente, la oligarquía victoriosa.