miércoles, 26 de julio de 2017

Nadie sino el pueblo me llama Evita

Lucas Morello
Evita, no  fue solo una mujer, sino el nombre que el pueblo escogió para identificar su camino de lucha, resistencia y transformación

Hay quien dice que un pueblo empieza a ser libre cuando es capaz de ponerse sus propios nombres más allá de los que les ponen desde arriba. Y ni hablar cuando más allá de los nombres se empiezan a crear apellidos, Evita capitana, Evita de los Pobres, Santa Evita, Evita Montonera.
Pero Evita no fue ni capitana, ni montonera, y mucho menos santa (si es que eso realmente existe). Evita fue el nombre de un pueblo que no alcanzo a tener apellido. Si existieran leyes en la historia esta debería ser una fundamental: que la memoria de la dignidad de un pueblo es imborrable, pero no por eso inmutable.

Hay veces en que la historia es capaz de transformar en adjetivo los sustantivos, el andar de toda la historia de un pueblo, hizo eso y más con Evita. Evita puede tener mil explicaciones para ser ésa referente popular que la historia de los barrios argentinos no olvidará. Esa Evita de la Fundación, la Evita que le escupió a los oligarcas, la que se codeó con los politiqueros mientras abrazaba a los sindicalistas, la que irrumpió en la institucionalidad para darle a la mujer un nuevo lugar en la política (mas allá del voto). Las páginas de su vida política son grandilocuentes en un momento en que la Argentina se vio patas arriba, o mejor dicho en que los de arriba estuvieron un poco más abajo y los de abajo mucho más arriba.

Pero Evita antes que política, antes que benefactora, antes que ideología, es identidad. Suele pasar en las páginas de la historia en que la simbiosis entre líderes y pueblo se vuelve tal que no valen cálculos dialecticos para explicarlos. Evita fue pueblo, fue esecacho de poder que se coló en las filas del proyecto de un General, esecacho de poder que venía desde los mismos rincones de los que habían dado nacimiento aquel 17 de octubre a uno de los movimiento político más importante de la historia argentina.

Evita fue parte de esa inmigración no deseada por la clase media y alta porteña; esos cabecitas negras que en aluvión salieron de la provincia para invadir la capital, como quien quería “Hacer la Buenos Aires” después de los que vinieron a “Hacer la América”. Guacha, hija ilegítima de sangre como de la historia oficial, traída al mundo en un tolderío por una matrona mapuche, negra y soñadora. Los reportes del transcurso de sus días dirán que Evita quería ser actriz, aunque hoy mirando su vida hasta el último aliento, podemos decir que Evita quería ser digna. Viajar a Buenos Aires desde los Toldos fue más que buscar refugio en una pensión y en alguna compañía teatral, fue buscar su libertad, independencia y su dignidad. Fue la misma búsqueda de un presente y un futuro que movilizó a miles de jóvenes de las diferentes provincias a los grandes centros urbanos.

Evita fue en la historia popular argentina un adjetivo de identidad. Evita fue grito de presencia de toda una clase que se abrió paso en la historia a fuerza de codazos y patadas. Fue la identidad para los que en los últimos años del peronismo veían a un Perón cada vez más cerca de la conciliación y de los empresarios, fue la identidad y la dignidad de los que a través de su Fundación se fueron por primera vez de vacaciones, tuvieron bicicleta o festejaron las fiestas. Fue la identidad de los resistentes que guardaron en su memoria esa entrega de armas que no fue. Fue la izquierda que se abrió paso más allá de actitudes pendulares y señales confusas por parte de un General en el exilio. Fue la comandante moral de toda una juventud que veía imposible no poder cambiar el mundo. Evita fue capaz de sintetizarse cada vez mas como el nombre de una clase trabajadora que tenía en su espalda años de experiencia, acumulación y lucha.

Cuando a ésa historia se la quiso desaparecer, cuando después del 55’ los verdugos quisieron dar su golpe final en 1976, los apellidos libertarios de Eva se fueron borrando. A Evita se le puso un traje, se la coloco junto a burócratas y neoliberales y se le llamo De Perón, como si pudiera haber sido de un solo hombre lo que fue de tantos y de tantas. Y aunque en folclóricos actos se le siguió soltando el pelo, se la cite aguerrida y combativa, ya no es tan fácil decir que “la que está en esa foto no es nuestra Evita, nuestra Evita es esta de sonrisa y pelo al viento”

La identidad, el sentir y la dignidad de un pueblo puede tener mil justificaciones que necesitan ser buscadas pero jamás pueden ser olvidadas o menospreciadas y menos por los que pretendan una sociedad diferente en nombre de ese mismo pueblo. Hoy cuesta ver esa foto en cada local, comedor o centro cultural como expresión de resistencia, porque paradójicamente no es la foto la que expresa esa resistencia, esa rebeldía, sino el lugar o espacio en donde está pegada, esos rincones que no olvidan a la Evita que fue pero buscan con aún más empeño al pueblo que será. Detrás de la Evita que fue pueblo, que fue mujer, que fue líder, que fue rebelde, que fue pasión, que fue peronista, que fue entrega, detrás de ella está la Evita que no alcanzó a tener apellido. Hoy ese nombre nos deja la incógnita de la Evita que será. Quizás ya no se llame Evita o quizás tenga un apellido tan importante que nos haga olvidar su nombre, pero de que será, será.