miércoles, 26 de julio de 2017

La muerte de Evita

Revista Primera Plana
Numero 281
Publicado el 14 de mayo de 1968

Desde la noche del 4 de junio de 1952, en que se desplomò sobre la cama, Evita no volviò a salir de su habitaciòn hasta el 26 de julio. Pero esta vez su cuerpo estaba ya sin vida, consumido, transparente, listo para ser colocado en un ataùd. El momento señalado como el de su muerte, "las 20.25", se identificarìa a partir de entonces como "la hora en que Eva Peròn entrò en la inmortalidad". 
EL DUELO


Veinticinco dìas antes, en la tarde del 1 de julio, Evita habìa pronunciado su ùltima arenga. Con un hilo de voz que apenas pudo registrar el grabador, instruyò a los legisladores peronistas para que "se mantengan fieles a la causa del Lìder y no abandonen la lucha en ningùn instante". La grabaciòn fue escuchada poco despuès en el Senado (hubo que amplificar considerablemente el sonido), donde se aprobaba por unanimidad un proyecto destinado a erigirle un monumento gigantesco en la esquina de Avenida de Mayo y 9 de julio. Esa fue practicamente su despedida, y al concluir, la Senadora Castiñeira calificò a Evita como "una mujer que reùne en sì lo mejor de Catalina la Grande, Isabel la Catòlica y Juana de Arco, con todas sus virtudes multiplicadas". El Senador Angulo, a su vez, le asignò simbolicamente el cargo que ella había ambicionado: "Excelentìsima Señora Vicepresidenta...", dijo con énfasis. A esa misma hora, en la sede de la Asociaciòn del Fùtbol Argentino, se resolvìa suspender una fecha ìntegra del campeonato profesional "para que los equipos viajen al interior a recaudar fondos para la construcciòn del monumento a Evita". Por su parte, la CGT disponìa un paro general "en repudio por las maniobras de una editorial norteamericana que se niega a editar en inglès La razòn de mi vida". Esta ùltima medida coincidìa con un proyecto legislativo por el que se iba a imponer el libro de Eva Peròn como "texto de lectura en los colegios". Armando Mèndez San Martìn, el Ministro de Educaciòn acababa de prohibir algunos libros de la Editorial Estrada, en particular los manuales escolares de enseñanza primaria, "por la ocultaciòn maliciosa de los hechos que configuran la fisonomìa nacional, polìtica y econòmica de la Nueva Argentina".

El 11 de julio, los diarios anunciaron que los mèdicos de cabecera de Evita le habìan indicado reposo absoluto. Peròn, que esa mañana felicitò a los reservistas que participaron en el desfile militar del dìa 9, promulgò un Decreto por el que se creaba una comisiòn encargada de administrar las obras para levantar el monumento a Evita. Los radicales recordaban ese dìa a Hipòlito Yrigoyen en el centenerio de su nacimiento y aprovechaban para cuchichear junto a su bòveda sobre la salud de Evita. "Han llamado a un especialista extranjero para que la embalsame", fue la noticia que corriò por esos dìas. Lo suficiente como para pensar que ya estaba sin vida, y aunque ella seguìa respirando, la informaciòn no estaba desacertada.

El doctor Pedro Ara, mèdico español, habìa sido contratado para embalsamar su cuerpo con la condiciòn de que conservara intactos los rasgos de la fisonomìa, sin peligro de deterioros. Ara, a quien se le fijaron 100.000 pesos de honorarios, hizo instalar dos enormes tinajas en uno de los baños de la residencia presidencial, para sumergir el cuerpo en lìquidos especiales, apenas Evita dejara de existir. "Hay que prever todo para que el trabajo salga bien. No me gusta improvisar, porque estas cosas son muy delicadas", dijo esa vez.

El rumor sobre la muerte de Evita se acrecentaba debido a las escuetas informaciones periodìsticas. "Despuès de la consulta realizada en la tarde de hoy - dijo el segundo comunicado -, los mèdicos que asisten a la señora Eva Peròn informaron que el estado de la enferma no ha experimentado modificaciòn alguna". Este anuncio, difundido el 11 de julio, se repitiò cuatro dìas seguidos con escasas modificaciones: "El estado de la señora es estacionario"; "Se advierten pocos cambios en la salud de Eva Peròn": No era descabellado entonces, suponer que estuviera muerta.

El 15 de julio, el Congreso aprobò el proyecto de Mèndez San Martìn y La razòn de mi vida fue convertido en texto escolar. Al dìa siguiente llagaba a Buenos Aires un nuevo Embajador norteamericano, Albert Nufer, quien desestimò toda responsabilidad de la Casa Blanca en la negativa a editar ese libro. El 18, los Diputados y Senadores resolvieron conceder a Evita autorizaciòn para usar el Gran Collar de la Orden del Libertador, una soberbia joya de 4.584 piezas, de las cuales 3.821 eran de oro y platino, y el resto, 763, piedras preciosas (diamantes, rubìes y esmeraldas). Pero este pesado collar confeccionado por la empresa Ghiso no podìa ser lucido por Evita, quien esa misma tarde entrò en coma. Su muerte se esperaba de un momento a otro, y entonces la Subsecretarìa de Informaciones lanzò un comunicado, en las primeras horas de la noche, donde se anunciaba que "el estado de salud de la señora ha declinado sensiblemente". Sin embargo, a las pocas horas, Evita abriò los ojos y tratò de incorporarse en la cama. Estaba sorprendida. - ¿Què pasa Juan? ¿Què son esos tubos? - preguntò. - Nada - terciò habilmente el doctor Ricardo Finocchietto - no se asuste. Son tubos para que la anestesia que le dimos surta mejor efecto. Tuvimos que actuar sobre ese nervio que le produce tantos dolores... Evita sospechò que le estaban mintiendo, que allì dentro habìa oxìgeno para sus pulmones agotados. Apold, que habìa presenciado la escena, dictò un nuevo comunicado de prensa que minutos despuès propalaron las radios: "La señora ha experimentado una ligera reacciòn". La lluvia copiosa y frìa que enjuagaba las calles de Buenos Aires el dìa 20, no logrò impedir que millares de personas, en su mayorìa mujeres, acudieran a la Plaza de la Repùblica para asistir a la misa que la CGT ofreciò "por la salud de Evita". De rodillas, frente a un gigantesco altar levantado al piè del Obelisco, todos soportaron el chaparròn estoicamente,mientras el sacerdote Virgilio Filippo oficiaba la misa. Rato despuès, el cura confesor de Evita, Hernán Benitez, se adelantaba a la multitud para decirle: "Os saludo con palabras que estàn en todos los labios. ¡ Viva Peròn ! ¡ Viva Evita !" Y en un breve sermòn anticipò la inminencia de la muerte : "El sufrimiento, compañeros, es el precio de todo lo sublime y de todo lo perdurable. Nos faltaban màrtires, nos faltaban hèroes, quienes con sacrificio propio fabricaron y aseguraron la felicidad ajena. Ahora, compañeros, ya tenemos nuestro màrtir, ya tenemos nuestros màrtires, porque Dios, al elegir a Eva Peròn, nos ha elegido a nosotros para màrtires, desde que su dolor es nuestro dolor".

Tres dìas despuès, Evita recibiò un telegrama desde Helsinki que no pudo leer porque ya estaba agonizando. Era el que le enviaba la representaciòn argentina a los Juegos Olìmpicos, dedicàndole el triunfo de los remeros Tranquilo Capozzo y Eduardo Guerrero, medallas de oro de una delegaciòn de 125 atletas y 20 chicos de la Fundaciòn. 

A principios de julio, Raùl Alejandro Apold ( Subsecretarìa de Prensa y Difusiòn ) hizo imprimir una ediciòn especial de los diarios para que Evita se informara por su cuenta de que estaba mejorando. El mecanismo surtiò efecto, se reemplazaba una noticia cualquiera por un boletìn mèdico fraguado, y se imprimìan pocos ejemplares, cinco o seis, para ella ùnicamente. Despuès se colocaba la informaciòn verdadera y se hacìa la tirada regular de cada diario. Evita viviò sus ùltimos quince dìas asistida por un equipo mèdico que no se separaba de ella. Lo componìan tres cirujanos, Ricardo Finocchietto, Jorge Taiana y Abel Nèstor Canònico; un cardiòlogo, Alberto Taquini; un ginecòlogo, Jorge Albertelli; y un radiòlogo, Joaquìn Carrascosa. Una semana antes de su muerte llegaron a Buenos Aires dos canceròlogos alemanes, quienes confirmaron a Peròn que el caso estaba concluìdo. El cancer de matriz ya se habìa extendido hasta los intestinos y sus ramificaciones eran interminables. En esa ùltima semana, entre el lunes 21 y el sàbado 26, tres mujeres permanecieron junto a ella todo el tiempo: la señora Irma Cabrera de Ferrari y dos enfermeras de la Fundaciòn, las hermanas Rita y Marìa Eugenia Alvarez. En esos dìas, Evita decidiò obsequiarles a los doctores Taquini, Finocchietto y Taiana relojes pulsera de oro, con su firma, en reconocimiento por sus atenciones.

El sàbado 26, envuelto en un cielo grisàceo y hùmedo, fue el ùltimo dìa de Evita. Cuando aparecieron las sextas ediciones de diarios no hubo nuevas noticias sobre la salud de Evita. Todos pensaban rescatar la noche con los programas radiales anunciados. El radioteatro Lux, que Radio El Mundo anunciaba para las 22, y la orquesta de Barry Moral, que Radio Splendid presentarìa a las 21, se preparaban para disputarle la audiencia a Radio Belgrano, donde Eva Flores y Lalo Harbìn copaban casi dos horas de transmisiòn. Los propietarios de los pocos aparatos de televisiòn que habìa en el paìs invitaron a sus vecinos y amigos a ver nuevamente una vieja pelìcula de Luis Sandrini: Secuestro sensacional. Algunos, màs ambiciosos, resolvieron pasar la noche en las boites de Olivos, y otros en los cabarets del centro, donde cines y teatros habìan agotado ya sus localidades.

Algo hacìa presentir, sin embargo, que tantos proyectos quedarìan sin efecto. Eran los nuevos boletines mèdicos que Radio del Estado comenzò a difundir a partir de las 19. "El estado de la señora Eva Peròn ha declinado sensiblemente", dijo el primero de esos anuncios. El segundo dejò entrever el desenlace: "La señora està muy grave". Y el tercero fue concluyente: "La ilustre enferma ha perdido el conocimiento". Eran las 20. En ese momento, Evita se estaba muriendo. Finocchietto le sostenìa la mandìbula para evitar que se tragara la lengua; Taquini le tomaba el pulso y los otros ( Peròn, Nicolini, Càmpora, Aloè, Renzi, Apold; los familiares directos de Evita: Elisa, Blanca, Erminda y Juan Duarte, con su cuñado Osvaldo Bertolini ) esperaban, alrededor de la cama, que diera el ùltimo respiro.

A las 20.23, Evita dejò de respirar. Finocchietto le soltò la mandìbula y mirò a Peròn, como explicàndole que la muerte habìa llegado, mientras Taquini retiraba su mano de la de ella y susurraba hacia atràs: "Ya no hay pulso..." Al escucharlo, Juan Ramòn Duarte diò media vuelta y saliò de la habitaciòn tomàndose la cabeza. "¡ Se muriò mi hermana ! ¡ No hay Dios...! ¡No hay Dios...!" Detràs suyo salieron Blanca y Elisa Duarte, lloriqueando: "¡ No digas eso, Juancito !"

Peròn se quedò inmòvil, al lado de Nicolini. Càmpora y Aloè intentaron decir algo, pero no se atrevieron. Apold, en cambio, fue el primero que mirò su reloj. Ya eran las 20 y 24. Saliò al pasillo e instruyò a uno de sus colaboradores para que se fuera preparando la noticia: "Haga un comunicado de prensa diciendo que a las 20 y 25, la señora Eva Peròn entrò en la inmortalidad. Urgente, a todas las radios y agencias noticiosas. Ojo, eh... a las 20 y 25".

Los dos minutos de diferencia no variaban en absoluto la importancia del suceso y brindaban, en cambio, una hora màs exacta para recordar. El comunicado de la Subsecretarìa de Informaciones tardò menos de una hora en ser divulgado por las radios. Eran las 21.10 de la noche cuando la noticia sacudiò a Buenos Aires. A partir de ese instante, el sàbado 26 de julio se apagò repentinamente. Los bares y confiterìas empezaron a bajar sus persianas; los cines y teatros suspendieron sus funciones; las boites clausuraron sus puertas, los cabarets sus espectàculos y los clubes sus bailes. De pronto, la ciudad quedò en penumbras y en silencio, con nùcleos aislados de gente que no sabìa exactamente què hacer ni dònde ir.

En Avenida Alvear, frente a la residencia presidencial, el grupo de hombres y mujeres que esperaba desde temprano las noticias acerca de Evita, se fue ensanchando cada vez màs, a medida que todos se enteraban de que habìa muerto. Las mujeres comenzaron a arrodillarse en la calle y a rezar el rosario. Los hombres desplegaban las pàginas de los vespertinos, que en sus ediciones extras relataban el proceso final de la enfermedad, y utilizaban, por fin, las extensas notas guardadas desde hacìa por lo menos un mes. A todos ellos se sumaron no pocos de los frustrados noctàmbulos, a quienes los cines, teatros y confiterìas habìan dejado imprevistamente en la calle.

Sumergido en ese murmullo incesante, donde se comentaban detalles de la enfermedad y se conjeturaba si habìa muerto efectivamente esa noche, o si ya estaba embalsamada, un personaje singular se filtraba por entre la multitud agolpada frente a la residencia. Era Chuenga, el popular vendedor de caramelos que solìa trepar por las tribunas futbolìsticas, quien al presumir que al dìa siguiente serìan suspendidos los partidos de primera divisiòn, decidiò ofrecer allì su mercaderìa, en voz baja y embutido en un abrigado sweater negro.

Dentro de la residencia, junto al cadàver, Peròn discutìa con la madre de Evita sobre el lugar donde habrìa de levantarse la capilla ardiente y cuàl serìa el destino definitivo de sus restos. Una disputa nada sencilla de resolver.

Texto cortesía de Carlos Vitola Palermo de Rosario, Santa Fe, República Argentina, transcrito por èl de la revista Primera Plana editada por Jacobo Timerman en su nùmero 281 del 14 de mayo de 1968.