lunes, 31 de julio de 2017

Asesinato de Rodolfo Ortega Peña. Crimen con severos interrogantes

Diario Noticias, viernes 2 de agosto de 1974, pág. 13.
Los asesinos actuaron en una zona densa de gente, con absoluta frialdad y pericia. La noticia con la identidad del muerto llegó en 10 minutos al Parlamento. Un testimonio muy significativo.
Los hechos que condujeron a la muerte del doctor Rodolfo Ortega Peña, comenzaron en la noche del miércoles cuando el diputado nacional recibió una llamada telefónica en el Congreso, mediante la cual alguien que se identificó como un periodista, de El Cronista Comercial le manifestó su intención de efectuarle un reportaje, preguntándole hasta qué hora permanecería en el edificio del Congreso. Ortega le respondió que iba a estar allí hasta las 21.30.
No obstante, se hicieron las 21.30 sin que se presentara el presunto periodista. Posteriormente, amigos del diputado asesinado consultaron a El Cronista Comercialdonde se les aseguró que ningún integrante de la redacción había pedido un reportaje a Ortega Peña.
A la hora indicada, Ortega abandonó el Congreso y acompañado de su esposa, Elena Villagra de Ortega Peña, se dirigió caminando por Callao hasta avenida Santa Fe. Luego de cenar en un restaurante de la zona, abordaron un taxímetro en la intersección de Santa Fe y Río Bamba. Era un Siam Di Tella, patente C371.002, guiado por Santos Vilella; el coche que en definitiva, conduciría a Ortega Peña al lugar de su trágica muerte.
Según el informe oficinal, eran exactamente las 22.25, cuando el taxímetro, luego de transitar por avenida Santa Fe y tomar por Carlos Pellegrini, se detuvo en el cruce de esta calle con Arenales esperando que el semáforo diera paso.
Apenas cruzó Arenales, el coche se detuvo casi sobre la senda peatonal y en doble fila, ya que sobre el cordón estaba estacionado un Citroen y un Fiat 600 rojo.
Los asesinos
Ortega y su esposa descendieron del taxi y en momentos en que el diputado estaba pagando el importe del viaje al conductor, avanzó a gran velocidad un Ford Fairlane, verde oscuro.
Según declararon testigos que se encontraban esperando colectivos en las esquinas de Carlos Pellegrini y Arenales, el Ford Fairlane frenó bruscamente y descendieron tres hombres de mediana edad, armados de ametralladoras.
Entonces, con absoluta frialdad y precisión, uno de los hombres se adelantó y poniendo rodilla en tierra comenzó a disparar contra la pareja.
El primer impacto lo recibió la esposa de Ortega, Elena Villagra. El balazo le atravesó de lado a lado el labio superior, sin dañarle milagrosamente ningún diente. Según declaró posteriormente Elena Villagra, le pareció que le había estallado algo similar a una bolsa de agua en la boca y profirió un grito.
Ortega Peña se volvió de inmediato preguntando “¿Qué pasa flaca?”. Fueron éstas las últimas palabras que pronunció, ya que casi al mismo tiempo recibió una verdadera andanada de balas que lo derribó.
El doctor Ortega Peña cayó hacia delante y quedó tendido entre las ruedas delantera derecha del taxi y la trasera izquierda del Citroen estacionado al costado. Al caer golpeó pesadamente contra el paragolpes trasero del Citroen, arrancándolo.
Todo se desarrolló en contados segundos. La ráfaga de balas continuó ininterrumpidamente hasta que el matador –que escondía su rostro enfundado en una media de mujer– vació la carga de su arma. Había no menos de 24 cápsulas servidas en el lugar. El cadáver de Ortega Peña presentaba ocho impactos en la cabeza, uno en la muñeca y otro en el antebrazo –hecho probablemente al intentar cubrirse con el brazo en un gesto en un gesto instintivo- , y el resto en distintas partes del cuerpo.
El taxista estaba presumiblemente con la cabeza agachada, contando el dinero del vuelto, cuando advirtió que su coche era perforado por una lluvia de balas, y uno de los pasajeros caía bañado en sangre, mientras la mujer se alejaba corriendo por la vereda, gritando con desesperación: “¡Mataron a mi marido…!”
Elena Villagra, con la cara ensangrentada, fue auxiliada en los primeros momentos por un médico que vive en las cercanías.
Dos coches taponando
Un conductor que transitaba por la zona en momentos de producirse los hechos, refirió que al escuchar los disparos se dirigió rápidamente al lugar de donde partían. No obstante no pudo llegar, ya que en el cruce de Santa Fe y Carlos Pellegrini –a una cuadra de donde cayó Ortega Peña el paso estaba obstruido por dos automóviles atravesados, en tanto que varios hombres de civil se encargaban de desviar el tránsito.
Según refirió el testigo, le llamó poderosamente la atención este hecho, ya que desde que escuchó disparos hasta que llegó al mencionado cruce, no mediaron más de treinta segundos.
Una posible explicación para esta extraña circunstancia podría ser que muy cerca de allí se encuentra ubicado el local de la Comisaría 15, en Suipacha, entre Santa Fe y Arenales. No obstante, treinta segundos parece un lapso demasiado exiguo para que los efectivos de la comisaría llegaran al lugar.
Otros testigos coincidieron en destacar la sorprendente frialdad y coordinación de movimientos con que actuaron los asesinos; así como la precisión con que fueron dirigidos los disparos. En ese sentido se indicó la similitud –por las características del operativo homicida- , de este hecho con el asesinato del Padre Carlos Mugica.
El primero en confirmar que la víctima era el doctor Ortega Peña, fue el jefe del II Cuerpo de Vigilancia Metropolitana, comisario inspector González, que llegó al lugar poco antes de las 23. Sobre la medianoche se hizo presente el Jefe de la Policía Federal, comisario general Alberto Villar.
La reconstrucción del hecho se efectuó en horas de la madrugada, estableciéndose que actuó también un segundo coche como apoyo de los matadores. El juez interviniente en la causa es el doctor Alberto Chiodi.
La noticia de la muerte de Ortega Peña circuló con una llamativa celeridad. Según consigna el matutino La Nación “eran exactamente las 23.35 cuando en el Senado comenzó a circular la información de la muerte del diputado”, es decir, apenas diez minutos después de consumado el crimen.
En el congreso no
El Presidente de la Cámara de Diputados, Raúl Lastiri, y el presidente del bloque del FREJULI, Ferdinando Pedrini, ofrecieron el edificio del Congreso para el velatorio de Ortega Peña. No obstante, familiares y amigos del muerto se negaron a ello. La propia viuda de Ortega Peña, Elena Villagra, dispuso que el velatorio se realizara en la sede de la Federación Gráfica Bonaerense.
En la capilla ardiente se registró un incesante desfile de dirigentes del campo popular
Duelo e indignación en los rostros y los comentarios. Entereza de la compañera. Allende, Merchensky y Odena invitados a retirarse. Una corona provocadora: “sus compañeros de D.I.P.A.”
Hoy a las 10 partirá hacia la Chacarita el cortejo de Rodolfo Ortega Peña. Sus restos son velados en la sede del gremio gráfico, Paseo Colón 731.
Desde la mañana de ayer, el féretro fue ubicado en una sala del primer piso del sindicato. El sencillo ataúd estaba cubierto por una bandera de la guerra, con un crespón negro. Detrás, sobre una tela extendida, inscripta con pintura roja, la leyenda: “La sangre derramada no será negociada”.
Los saludos eran recibidos por su esposa, la mayor parte de representantes de nucleamientos políticos. La viuda, que demostraba entereza, llevaba una venda sobre su mejilla derecha que le cubría el labio superior.
Hasta caer la noche, habían estado en el recinto dirigentes de todos los bloques parlamentarios, el bloque de la APR con todos sus integrantes y Leonardo Bettanín y Miguel Ángel Zavala Rodríguez diputados miembros de la Juventud Peronista. También fue Hipólito Solari Irigoyen, senador integrante del Movimiento de Renovación y Cambio de la UCR.
A su turno, fueron invitados a retirarse Isidro Odena y Marcos Merchensky, del MID y José Antonio Allende, presidente provisional del Senado. Además, estuvieron Manuel Gaggero, director del clausurado diario El Mundo, el director de NoticiasMiguel Bonasso, y el subdirector, Norberto Habegger. Concurrió asimismo Jorge Di Pascuale. Eduardo Duhalde y Reimundo Ongaro acompañaron por horas a la viuda de Ortega Peña.
Las coronas de flores o laureles llevaban más inscripciones. “Mariana y Ramiro” “Eduardo Duhalde y señora – La sangre derramada no será negociada”; “Carlos María y Marcelo Duhalde” – la sangre no será negociada”; “Colaboradores del Bloque de Base”, “Alberto Villagra y familia”; “Federación Argentina de Trabajadores de las Artes Gráficas”; “Cámara de Diputados”; “Militancia”, “Fuerzas Armadas Peronistas”; “Peronismo de Base”; “Sus compañeros abogados”; “De Frente”; “Montoneros”; “Juventud Radical – Junta Coordinadora”; “Federación Gráfica Bonaerense”; “Agrupación Lealtad y Soberanía adherida al PB”; “Sindicato Único Empleados del Tabaco”; “Centro Estudiantes de Odontología”; “Alianza Popular Revolucionaria”; “Agrupación Docente 29 de mayo- facultad de Derecho”; “Personal del diario El Mundo”; “Vanguardia Comunista”; “Hasta la victoria – movimiento obrero de Bagley”; “Congreso de la Nación”; “Presidente provisional del Senado”; “Agrupación Telefónica Avanzada”, “Fal 22 de agosto”; “Nuevo Hombre”; “Sindicato de Farmacia”; “JTP y agrupación punzó de Gas del Estado”; “Leonardo Bettinín y Miguel A. Zavala Rodríguez”; “Sindicato Personal de Gas de Estado”; “Decano de Derecho y profesores”; “Frejuli de Diputados”; “Familia Beltrán”; “Partido Revolucionario de los Trabajadores”; “Lista Verde de los gráficos” y una de la organización ilegal.
A media tarde, llegó una corona con una inscripción “Ministerio de Defensa”, que aunque fue ubicada junto a las demás, a poco fue tirada en la calzada, bajo la lluvia.
A las 19.45 llegó una corona cuya inscripción decía: “Sus compañeros de D.I.P.A”. Aludiendo a la División de Investigaciones Policiales Antidemocráticas disuelta durante el gobierno de Héctor J. Cámpora. Los presentes calificaron el hecho de “provocación”.
Eduardo Duhalde declaró a la prensa que “esta muerte es una muerte clara. Se sabe de dónde viene. La lucha consecuente de Ortega. No ha muerto simplemente un diputado, sino un militante del peronismo revolucionario que tenía una vieja y consecuente lucha al servicio  de la clase obrera y el pueblo. No nos cabe la menor duda que son precisamente los enemigos de esa patria socialista por la que luchó Ortega quienes lo asesinaron. No interesa demasiado la mano que empuñó el arma, sino de dónde proviene la orden de matar. Ortega fue fiel al mandato recibido el 11 de marzo y al ocupar su banca, de que la sangre derramada no será negociada.
Operación “noche y niebla”
No ha muerto simplemente el diputado, sino un militante del peronismo revolucionario que tenía una vieja y consecuente lucha al servicio de la clase obrera peronista y del pueblo. No nos cabe duda de que son precisamente los enemigos del pueblo por el que luchaba Ortega, quienes lo asesinaron. No interesa demasiado la mano que empuñó el arma, sino de dónde provino la orden de matar”, manifestó ayer en la Federación Gráfica Bonaerense, durante el velorio del militante peronista Rodolfo Ortega Peña, su compañero de lucha Eduardo Duhalde.
Frente al alevoso crimen de Rodolfo Ortega Peña -ejecutado con la misma fría precisión con que se llevaron a cabo las masacres del 16 de junio de 1955 en Plaza Mayo, del 22 de agosto de 1972 en Trelew y del 20 de junio de 1973 en Ezeiza- no existen muchas direcciones para seguir, si es que, en realidad, se quiere descubrir lo importante: de dónde provino la orden de matar.
Sin lugar a dudas, el origen se encuentra en los intereses de la oligarquía y el imperialismo, y sus aliados enquistados en el Movimiento Peronista, los enemigos naturales del proyecto político del pueblo peronista, construido a partir de lo aprendido junto al general Perón y a Evita, a través de una experiencia de 30 años de lucha.
No hace mucho, uno de los voceros más conspicuos de esos intereses solicitaba en idioma extranjero la eliminación lisa y llana de los militantes populares. Se trataba de un editorial del diarioArgentinisches Tageblat, que se edita en Buenos Aires en lengua alemana y cuyo director y propietario es Roberto Alemann, ministro de Economía de Arturo Frondizi y ex embajador de nuestro país en los Estados Unidos.
En relación con la supuesta “guerra sucia” que desarrollaba el gobierno del general Perón –a quién, hasta el 25 de mayo de 1973, la publicación denostó con las injurias más típicas del gorilismo “libertador” del 55– con las fuerzas populares, la nota sostenía que “se llega a la conclusión de que el Gobierno podría acelerar y facilitar ampliamente su victoria actuando contra la cumbre visible (de las organizaciones populares)de ser posible al amparo de la noche y la niebla (tal como los SS alemanes eliminaban a sus enemigos) y calladamente, sin echar las campanas al vuelo. Si Firmenich, Quieto, Ortega Peña entre otros, desaparecieran de la superficie de la tierra, ello sería un golpe fortísimo para los terroristas. Las guerrillas tendrían que buscarse nuevos líderes y sería mucho más difícil encontrar gente para cubrir estos puestos, si todo aquel que actuase pública y políticamente como dirigente de la izquierda armada supiese que automáticamente firmaba su propia sentencia de muerte. Si Perón se dejase aconsejar por sus vecinos, éstos seguramente le darían el consejo de obrar así. Pero, evidentemente, Perón ve las cosas de otro modo”.
Todo parece indicar que los consejos que los amigos estadounidenses de Alemann a través de Pinochet, Geisel, Banzer o Bordaberry, muerto el general Perón, encuentran oídos mejor dispuestos entre los traidores del Movimiento Peronista. El cadáver del militante Rodolfo Ortega Peña es un claro testimonio.