miércoles, 12 de julio de 2017

11 de marzo de 1973, el día en que votamos todos


8 de la mañana del 11 de marzo de 1973. Desde la noche anterior, entre mates y bizcochitos estamos en la Unidad Básica organizando a los compañeros que van a votar para elegir nuevo presidente. La consigna es que vayan todos a depositar su voto, para evitar la trampa de la segunda vuelta, el llamado “ballotage”, orquestado desde el poder para frenar el avance de las masas peronistas. 
Esta elección era nada menos, que el epílogo de una larga batalla de resistencia, en que la generación de nuestros Viejos primero y nosotros después, peleamos por el retorno incondicional de Perón a la Argentina. Dieciocho años de sacrificios y luchas, donde fuimos desenmascarando una a una todas las maniobras del régimen. 

Como no pudieron acallarnos ni con la barbarie de los fusilamientos de Rojas y Aramburu; luego trataron de “integrarnos” con el maquiavélico Frondizi. Después vino el turno de Guido e Illia –muy democráticos por fuera, muy gorilas por dentro- y luego cuando todas las farsas se desmoronaban rápidamente, demostrando que el verdadero poder detrás del trono era el de los militares, estos se vieron obligados a dar la cara y gobernar sin intermediarios. 

Onganía, Levingston y Lanusse, votados por nadie, recibieron el repudio generalizado y creciente de toda la población que los combatió como pudo, en todos los rincones del país, hasta conformar un gran Argentinazo que obligó a estos uniformados oligarcas, hijos del Pentágono, a llamar a elecciones como el mal menor, es decir, a arriesgarse a que su enemigo histórico, el Peronismo, les ganara una elección presidencial y gobernara por tercera vez nuestro país. 

El 11 de marzo de 1973, votamos todos y fue un gran triunfo popular. El “Tío” Cámpora ganó las elecciones por más del 50% de los votos y Perón allanó su regreso definitivo a la Argentina. 

Y cuando digo que votamos todos, también hago referencia a queridos “cumpas” que quedaron en el camino antes de esas votaciones, pero que seguían y siguen estando en nuestro corazón, y desde allí, desde el corazón quiero hoy rendirles este homenaje. Porque todos ellos, sin excepción, encarnaron con sus acciones y se despojaron de lo más preciado que tenían, sus vidas, para hacer realidad el deseo de todo un pueblo, que bien podía resumirse en esas dos palabras mágicas que todo lo podían y que eran: ¡PERON VUELVE!. 

Hago referencia al heroico general Juan José Valle, fusilado a traición; nuestro hermano Felipe Vallese, que detenta el triste privilegio de ser el primer detenido-desaparecido; el “loco” Ricardo “Dulce de Leche” Ibarra muerto en un accidente automovilístico y del que el diario “La Nación” confirmó que “tenía pendientes varios pedidos de captura por pertenecer a organizaciones ilegales adictas al tirano prófugo”.

Santiago Pampillón, estudiante y obrero mecánico de Ika-Renault, asesinado por el Onganiato; el “Bebe” Cooke, abatido por lo único que lo podía abatir: un cáncer. Gerardo María Ferrari, el ex seminarista muerto en un enfrentamiento con la policía, que lo acusa de ser un peligroso pistolero y malviviente, lo que motiva la defensa pública de su persona por sus amigos sacerdotes y la Coordinadora de Movimientos y Comunidades de la Iglesia de Rosario. 

 Emilio Mariano Jáuregui, asesinado a mansalva durante una manifestación de repudio a la visita del magnate yanqui Rockefeller al país. Raquel Liliana Gelín, “Estelista”, la primera compañera mujer, caída en combate en un tiroteo con la policía provincial, allá por 1970 en Córdoba. Emilio Maza, combatiente de La Calera, acompañado en su entierro por más de 10.000 personas, pese al estado de sitio imperante. El Negro Sabino Navarro, correntino, integrante de la Juventud Obrera Católica y delegado del sindicato de Mecánicos, que, aún rodeado en las sierras de Córdoba por miles de efectivos no se entrega con vida, y la dictadura militar, cuando encuentra su cuerpo, manda cortar sus manos para poderlo identificar. 

Como no recordar a los pibes Belloni y Frondizi. Manuel Belloni, fundador de la Juventud Peronista de San Fernando y masacrado en Rincón de Milberg, Tigre, junto a su amigo Diego Ruy Frondizi en un enfrentamiento trucho; el “paragua” Carlos Olmedo, quizá uno de los teóricos más importantes que tuvieron las FAR y que muere al tratar de secuestrar a un alto ejecutivo de la Fiat, empresa que había dejado a miles de trabajadores en la calle. 

El “Dani” Balbuena, militante en La Plata de las Fuerzas Armadas Peronistas, que solía decir a sus interlocutores: “No tomé en mis manos la violencia por la violencia misma, antes de armarme de un fusil me armé de una verdad y después me puse a servirla”. Jorge Juan Escribano, montonero, que les escribía a sus padres desde la clandestinidad para decirles que: “a los que viven en las Villas no les damos de comer con exclamar ´Pobre gente´. La solidaridad, la verdadera solidaridad con el que sufre, se da tratando de poner el hombro a su lado, y los ideales tienen validez cuando los hacemos valer, aunque nos cueste la vida”. 

Carlitos Capuano Martínez, el flaco estudiante de arquitectura, que dejó la vida en Barracas para salvar a otros dos compañeros de una ratonera policial; los 16 masacrados en Trelew entre los que se contaban la profesora de matemáticas María Angélica Sabelli, Susana Graciela Lesgart de Yofre maestra rural y Mariano Pujadas, estudiante de agronomía, todos ellos peronistas revolucionarios. 

Tampoco quiero olvidarme de Angel “Tacuarita” Brandazza, secuestrado, torturado y muerto por efectivos del Segundo Cuerpo de Ejército en Rosario. Y la lista, esta trágica lista puede seguir largamente. 

 Por eso digo que ese día votamos todos, los que dejaron la vida y también los que ayudaron a mantener bien en alto las banderas peronistas: aquellos anónimos que tuvieron la valentía de acusar con nombre y apellido a los profanadores del cadáver de nuestra querida e inolvidable compañera Evita; por otro lado, los compañeros Rodolfo Walsh y Salvador Ferla que documentaron los fusilamientos de 1956 en inolvidables libros; también los miles y miles de militantes sindicales que recuperaron uno a uno los sindicatos intervenidos por la Fusiladora y por su lealtad a la causa popular llenaron las cárceles de todo el país. 

Es un deber así mismo recordar a los compañeros que ocuparon el Frigorífico Lisandro de la Torre para evitar su entrega y privatización en enero de 1959 al grito de ¡Patria Si, Colonia no! Entre ellos estaban, vale la pena recordar: Sebastián Borro, Avelino Fernández, Gustavo Rearte, Jorge Di Pascuale y mi querido amigo Cachito El Kadri. Y como se siguió resistiendo a la entrega del país, el gobernante de turno impuesto desde el Norte –Frondizi- instrumentó el Plan Conintes que nuevamente atiborró las prisiones de patriotas. Y también en ese mismo año aparece la primera guerrilla peronista, en el medio rural, los Uturuncos, y quizá los compañeros más antiguos que hoy nos acompañan se acordarán de las estrofas de esa zamba que el pueblo argentino esperanzado cantaba todos los días, como una letanía, en los ingenios azucareros y tabacaleros del norte de nuestro país: “El jefe uturunco viene por los valles de Tafí; la Patria lo espera y tiene, un corazón y un fusil”. 

Sigamos haciendo memoria. Los programas revolucionarios de La Falda y Huerta Grande y esa epopeya popular que fue el 18 de marzo de 1962 cuando el compañero Andrés Framini, -otro querido amigo que ya no está- fue ungido gobernador de Buenos Aires por el voto popular. Parece aún hoy escucharse el eco de aquel grito de guerra: ¡Framini, Anglada, Perón en la Rosada! 

Y si vamos adelante en el tiempo, en el gobierno radical de Illia, debería recordarse a aquellos muchachos peronistas llenos de ideales que asqueados de unas FF.AA. monitoreadas desde Washington, y luego de unas elecciones fraudulentas donde el nuevo presidente fue elegido con sólo el 23% de los votos y el peronismo proscripto, recuperaron el sable de San Martín porque “La juventud argentina se ve forzada a realizar un acto heroico (…) aquella espada, la purísima espada del Padre de la Patria, aquel sable repujado por la gloria, aquella síntesis viril y generosa por la Patria, por milagro de la fe, volverá a ser el santo y seña de la liberación nacional. Desde hoy aquella espada que un día el Libertador, en plena lucidez legara al brigadier general Juan Manuel de Rosas, por la satisfacción con que viera la defensa de su patria frente a las agresiones del imperialismo, dejó su reposo en el Museo Histórico Nacional para brillar de nuevo en magno combate por la reconquista de la argentinidad. Desde hoy el sable de San Lorenzo y Maipú, quedará custodiado por la juventud argentina, representada por la Juventud Peronista…”. 

Y un año más tarde, ya en 1964, el Plan de Lucha de la CGT; una experiencia fundamental de lucha de la clase trabajadora, a punto tal que 3.913.000 trabajadores ocupan 11.000 establecimientos industriales. El 75,4% del total de los asalariados, según el censo de población de 1960, responde al Plan de Lucha, que reclamaba entre otras cosas el regreso de Perón a su patria. 

En fin todas estas luchas entroncan con las de mi generación, con el ejemplo revolucionario de todos esos compañeros que nombré anteriormente, al principio de este recordatorio. Por eso reafirmo una vez más, para terminar, que ese día, el 11 de marzo de 1973, votamos todos, los que dejaron la vida y los que seguimos aún hoy en estos momentos críticos y difíciles, adelante, seguros y solidificados en nuestros principios para hacer en un futuro más bien próximo, la Patria de todos: Justa, Libre y Soberana, como la soñaron Perón, Evita y todos nuestros mártires, un mandato histórico que inexorablemente será cumplido. Lic. Roberto Baschetti Cena de la Agrupación Oesterheld 11 de marzo de 2002 

*Roberto Baschetti (Buenos Aires, 16 de junio de 1950), militante peronista, sociólogo, investigador, historiador y escritor,1​ ​ con gran parte de su trayectoria ligada a la Biblioteca Nacional Wikipedia

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