miércoles, 14 de junio de 2017

“Tuyo para la Revolución”, a un nuevo aniversario del nacimiento de Ernesto

Resultado de imagen para Ernesto Che GuevaraGabriel "Saracho" Carbajales
La Red 21
14/06/2013.

Aquel jueves 14 de junio de 1928 en el que nacía a las tres y cinco de la madrugada Ernesto Guevara de la Serna, era una fecha ya bastante distante del 22 de noviembre de 1916 en el que moría, a los 40 años –víctima de una sobredósis de morfina terapéutica–, el escritor socialista norteamericano Jack London, nacido en San Francisco, California, el 12 de enero de 1876.
Para el Ché, aun en los duros e inciertos ensayos de pequeño ejército revolucionario imaginado en la abigarrada espesura boliviana de la segunda mitad de los ´60, su lectura preferida y casi que permanente en la clandestinidad alerta de la selva, más todavía que los escritos filosófico-políticos a los que acudía intermitentemente con profunda mirada crítica, era la de los relatos breves de aquel californiano –marino, aventurero, mil oficios, autodidacta- que solía despedirse de sus amigos socialistas en sus cartas con un “Jack London, Tuyo para la Revolución”.

Tal vez atraído por la “nacionalidad” de London, que era la misma que la de los antepasados de su abuela materna, Ana Lynch; o simplemente porque lo descubrió en su infancia o preadolecencia en los cuentos de denuncia del maltrato a los niños y a los animales domados para el circo, el Che tuvo en este “Tuyo para la Revolución” una de sus primeras referencias en la formación de un carácter hondamente humanitario, rebelde, irreverente e inflexiblemente insurrecto hacia una sociedad que por esa época de su vida ya mostraba unas purulencias asqueantes y prefiguraba el trágico período de ascenso del nacionalsocialismo/fascismo y la devastadora segunda guerra interimperialista/capitalista del siglo XX con 55 millones de muertes.
Por cierto que este vínculo fino y estrecho entre el finado Jack London y el Guerrillero de América, daría para hilvanar muy interesantes reflexiones acerca del protagonismo de la literatura social en el desarrollo de los pueblos desde la más tierna infancia, hoy hostigada y alienada por una parafernalia consumista digitalizada e idiotizante, que asusta, realmente, y que hay que combatir con furia irrefrenable, incluso para que las necesarias y posibles revoluciones impulsadas y realizadas a pesar de la alienación masiva, no sean traicionadas o desnaturalizadas con el empacho edulcorado de las “mieles del poder”.
Pero mi capacidad y mi corazón, hoy, a las tres y media de la mañana de este 14 de junio del 2013, a la misma hora en que el Che pegaba sus primeros gritos que el tiempo convertiría en gritos de Revolución y Socialismo sin concesiones; a la misma hora en que Ernesto cumple sus imberbes 85 junios de lucha interminable y ejemplarizante, el combustible sesentón y el arrebato antojadizo de los jovatos, me inducen únicamente a transcribir, por amor al Che y también a Jack London, y con la esperanza de que llegue a ojos mucho más jóvenes que los de Ernesto, este lindísimo texto del californiano “Tuyo para la Revolución”, casi que como regalo en este día que vale la pena celebrar con el fervor y el orgullo castigado pero no derrotado de los que aquel domingo 8 de octubre de 1967, lloramos al Ché y quisimos convertir el duelo americano en compromiso de no dejar que la senda trazada fuera cubierta por yuyos inservibles y sólo piedras quietas e invadida por cruceras y luces malas, nomás.
Ahí va, Ché (es larguito, pero muy jugoso):

”Yo he nacido en la clase obrera” (Whay life to me), artículo de Jack London publicado en marzo de 1906***
Traducido del francés. Tomado del blog argentino Bandera roja:

“En buena hora descubrí el entusiasmo, la ambición, los ideales; y el satisfacerlos llegó a ser el problema de mi vida de niño. Las condiciones en que me crié eran primitivas, duras y frustrantes. Carecía de mirada sobre el exterior, solamente era capaz de ver lo que tenía delante. Mi lugar en la sociedad era en todos los sentidos de baja escala. En este nivel, la vida no ofrecía nada que no fuera sórdido y miserable, tanto para la carne como para el espíritu; ya que tanto la carne como el espíritu se encontraban parejamente hambrientos y torturados.
Por encima de mí se elevaba el colosal edificio de la sociedad, ya mis ojos el único medio de escapar, era ascender. Es por lo tanto en este edificio en el que resolví en buena hora hacerlo. En los pisos superiores, los hombres llevaban trajes negros y camisas almidonadas, las mujeres ropas magníficas. Había también buenas cosas para comer, y con profusión. Esto en lo que se refiere a la carne. También existían cosas del espíritu. Aunque era lejos de donde yo estaba, yo sabía que reinaba la generosidad del espíritu, el pensamiento limpio y noble, una viva intelectualidad. Sabía todo eso porque leía las novelas de la “Seaside Library” en las que, con la excepción de los bribones y los aventureros, todos los hombres y todas las mujeres no tenían más que bellos pensamientos, hablaban un bello lenguaje, y desarrollaban acciones magnificas. Así es, yo admitía como una cosa evidente que por encima mio, todo era bello, noble, amable, que abundaba todo lo que daba respetabilidad y dignidad a la vida, todo lo que hace que la vida merezca ser vivida, todo lo que remunera vuestros trabajos y consuela vuestras desdichas.
Pero esta ascensión no es particularmente fácil para aquel que pertenece a la clase obrera -en especial para aquel que además tiene como obstáculo sus ideales y sus ilusiones. Yo vivía en California en un rancho y me puse enérgicamente a buscar el sitio donde apoyarme para escalar. En buen momento también me enteré sobre la tasa de interés del dinero y torturaba mi cerebro de niño en tratar de comprender las virtudes y las excelencias de esta soberbia invención del hombre, el interés compuesto. Después, pude informarme del nivel corriente de los salarios para los trabajadores de todas las edades, y del coste de la vida. Partiendo de estas informaciones, llegué a la conclusión que si me ponía a trabajar y a economizar hasta la edad de treinta años, podría entonces dejar de trabajar y ponerme a participar en buena medida en las delicias y en las bienaventuranzas que se me ofrecían en un escalón más alto de la sociedad. Naturalmente, me encontraba firmemente decidido a no casarme, al tiempo que olvidaba completamente contemplar ese terrible escollo generador de desastres para la clase laboriosa: la enfermedad.
Pero la vitalidad que poseía me exigía mucho más que una existencia mezquina de economía sórdida, de parsimonia. Aunque a la edad de diez años me convertí en vendedor de diarios en la calle, y me encontré con una nueva manera de mirar las cosas que se encontraban encima de mí. Estaba siempre rodeado de un ambiente sórdido y miserable, y por encima de mí se encontraba siempre el mismo paraíso atendiendo mi escalada; pero la escala y la posibilidad de acceso no eran iguales para todos. El paso siguiente era la escala de los negocios. ¿Para qué guardar el dinero e invertir mis economías en fondos del Estado, cuando, comprando dos diarios por cinco céntimos, yo podía, en un golpe de mano, venderlos por diez céntimos y doblar de esta manera mi capital? La escala de los negocios era la escala que me convenía, y ya me veía convertido en un príncipe del comercio, calvo y con éxito.


¡Tanto peor para estas visiones del porvenir! A la edad de dieciséis años merecía ya el título de “príncipe”. Pero me lo habían concedido un “gang” de borrachos y de ladrones que me llamaban “El Príncipe de los Ladrones de Ostras”. Fue en este instante cuando subí mi primer escalón en la escala de los negocios. Era un capitalista. Poseía un barco y un material completo para ladrones de ostras, y comencé a explotar a mis semejantes. También poseía un grupo de hombres a mis órdenes. En mi calidad de capitán y de propietario poseía las dos terceras partes del botín dando a la tripulación un tercio, aunque esta tripulación había trabajado exactamente y tan duramente como yo, y habían arriesgado igualmente su vida y su libertad.

No llegué a trepar más alto de esa escala única en el mundo de los negocios. Una noche efectué un “raid” sobre los pescadores chinos. Las cuerdas y las redes costaban bastantes dólares y céntimos. Se trataba de un robo, lo reconozco, pero este era precisamente el espíritu del capitalismo. El capitalismo se ampara en las posesiones de sus semejantes por medio de una rebaja, de un abuso de confianza, o bien comprando los senadores y los jueces delante de la Corte Suprema. Solamente que yo no respetaba las formas. Esta era la única diferencia. Me servía de un revólver.
Pero esa noche, mi tripulación estaba compuesta por esos hombres ineficaces contra los cuales el capitalismo está acostumbrado a maldecir porque, en verdad, aumentan las despensas y disminuyen los dividendos. Mi tripulación tenía los dos defectos. En cuanto a su ausencia de cuidado, era tal que llegó a meter fuego a la gran vela que fue completamente destruida. No hubo el menor dividendo en esta noche, y los pescadores chinos se enriquecieron con los cordeles y las redes que nosotros no habíamos cogido. Me encontré entonces en una mala situación ya que era absolutamente incapaz de pagar los sesenta y cinco dólares que eran necesarios para comprar una vela nueva. Dejé mi barco anclado y partí a bordo de un navío pirata de la bahía para llevar a cabo un «raid» sobre Sacramento. Durante este viaje, otro “gang” de piratas de la bahía llevó a cabo un ataque sobre mi barco. Se adueñaron de todo, incluso de las anclas; y a continuación, cuando recuperé el casco, llevado a la deriva, lo vendí por veinte dólares. Había resbalado del único escalón que había logrado alcanzar, y no he tratado desde entonces nunca más de ensayar ningún ascenso en el mundo de los negocios.


A partir de este momento he sido explotado sin piedad por otros capitalistas. Tenía mis músculos, ellos tiraban del dinero mientras yo no conseguía para mí más que medios de existencia muy mediocres. Fui marinero delante del mástil, descargador, mano de obra. Trabajé en una manufactura de conservas, en las fábricas, en las lavanderías; también corté el césped, limpié tapices, lavé vitrinas. Jamás obtuve por ello el producto integro de mi esfuerzo. Miraba a la hija del propietario de la manufactura de conservas en su coche, y sabía que eso se debía en parte a mis músculos que contribuían en hacer avanzar este coche y sus ruedas de caucho. Miraba la hija del dueño de la fábrica que iba a la universidad, y sabía que mis músculos contribuían, en parte, a pagar el vino que él bebía y las distracciones que tenía.

Pero esto no me inspiraba ningún rencor. Todo formaba parte de un juego. Ellos formaban la gente fuerte. Muy bien, yo también era fuerte. Me abriría camino para encontrar una plaza entre ellos y para conseguir dinero de los músculos de los demás hombres. El trabajo no me daba miedo. Incluso adoraba el trabajo penoso. Me sumergiría y trabajaría más duramente que nunca, y no tardaría en llegar a ser uno de los pilares de la sociedad. En ese momento preciso, como por un golpe de suerte encontré un encargado que coincidía con mi estado de ánimo, deseaba trabajar, y llegaba todavía más lejos del mero de cumplir con mi trabajo. Creía además que iba a aprender un oficio. En realidad lo que había hecho era reemplazar a dos hombres. Creía también que estaba a. punto de convertirme en un electricista; de hecho, yo le hacía ganar cincuenta dólares por mes. Los dos hombres que había desplazado recibían cada uno cuarenta dólares por mes; hacía el trabajo de los dos por treinta dólares mensuales. El encargado casi me mató trabajando. A un hombre le pueden gustar las ostras, pero demasiadas ostras le puede quitar ese gusto particular. Igual ocurrió conmigo. Tanto trabajo me hastiaba. Llegué a no querer oír hablar más de trabajo. Dejé entonces el mío. Me convertí en un vagabundo y mendigaba de puerta en puerta el medio para continuar mi camino, recorriendo todos los Estados Unidos, sudar sangre y agua en los tugurios y en las prisiones.
Yo había nacido entre la clase laboriosa y a la edad de 18 años, me encontraba por debajo de mi punto de partida. Me encontraba en los sótanos de la sociedad, en los profundos subterráneos de la miseria de los que no resulta ni agradable ni conveniente hablar. Estaba en la fosa, en el abismo de la fosa de desahogo humano, en los mataderos y los desagües de nuestra civilización. Todo esto formaba parte del edificio de la sociedad que la propia sociedad había escogido ignorar. La falta de plaza me obliga aquí a ignorarlo también, pero diré solamente que lo que he visto me ha causado un miedo terrible.
Tenía miedo a pensar. Veía al desnudo los elementos simples de esta civilización complicada que me había tocado vivir. La vida era para mí una cuestión de comida y de cobijo. Con el fin de obtener comida y abrigo, el hombre vende cosas. El mercader vende zapatos, los politiqueros venden su virilidad, el representante del pueblo con, naturalmente, las excepciones de rigor, vende la confianza que logra inspirar; al mismo tiempo, casi todos venden igualmente su honor. De la misma manera, las mujeres, sea en la calle, sea por los vínculos sagrados del matrimonio, tienen tendencia a vender su cuerpo. Todas estas cosas son mercancías, todo el mundo compra y vende. La única mercancía que el trabajo tiene para vender son sus músculos.
El trabajador sólo tiene músculos a la hora de vender.
No obstante, hay una diferencia, una diferencia vital. Los zapatos, la confianza, el honor, tienen sus medios para renovarse. Cuentan con “stocks” imperecederos. Por el contrario, los músculos no se renuevan. En la medida en que el comerciante vende sus zapatos, renueva su “stock”. Pero no existen medios para renovar el “stock” de fuerza muscular del trabajador. Mientras más lo vende, menos le queda. Es su única mercancía y cada día su “stock” disminuye. Al final, si la muerte no le llega antes, al trabajador no le queda nada para vender y debe cerrar su tienda. Si le fallan los músculos no le queda más que descender a los sótanos de la sociedad para morir miserablemente.
Aprendí a continuación que el cerebro era también otra mercancía. El cerebro es diferente a los músculos. Uno que venda su cerebro se encuentra todavía en su primera juventud cuando no tiene más que cincuenta o sesenta años, y sus salarios alcanzan entonces las tasas más elevadas. Pero un trabajador se encuentra agotado o roto a los cuarenta o cincuenta años. He estado en los sótanos de la sociedad, y no me gusta ese lugar para vivir. Las cañerías de las aguas y de las letrinas no son saludables, y el aire no es bueno para respirar. Si yo no puedo vivir en el piso en el que se entra en la sociedad, puedo en todo caso mirar de hacerlo en el granero. Es verdad, en éste el régimen de comida es poco abundante, pero al menos el aire es puro. Aunque yo había decidido no vender mis músculos y llegar a ser un buen vendedor del cerebro.
Desde entonces comencé una persecución frenética por el saber. Volví a California para abrir los libros. De esta manera intenté equiparme para llegar a ser un cerebro a un buen precio, y era inevitable que me metiera a investigador sociológico. En este terreno encontré, expresado de una manera científica y en una cierta categoría de libros, los conceptos ideológicos simples que ya había descubierto en cierta medida por mi mismo. Ya antes de mi nacimiento, otros espíritus más desarrollados que el mío, habían expresado todo lo que yo pensaba y se habían adelantado a su tiempo. Fue entonces cuando descubrí que era socialista.

Los socialistas eran revolucionarios, en la medida en que luchaban para transformar la sociedad tal como existe actualmente, y con otros materiales, construir una nueva sociedad. Yo también era socialista revolucionario. Me había adherido a los grupos de obreros revolucionarios e intelectuales, y tomé contacto por primera vez con la vida intelectual. Encontré inteligencias penetrantes y brillantes espíritus; ya que había entrado en relación con miembros de la clase obrera que, aunque tenían las manos callosas, poseían un cerebro sólido y alerta. Se trataba también de predicadores que habían colgado sus hábitos y que tenían una concepción demasiado amplia del cristianismo como para formar parte de ninguna congregación de adoradores de Mammon; de profesores víctimas del avasallamiento de la Universidad por parte de la clase dirigente y habían sido expulsados de ella porque pensaban demasiado en extender sus conocimientos ensayando su aplicación al servicio de la humanidad.

También encontré entre ellos una fe calurosa en el idealismo humano y radiante, el dulzor del altruismo, del renunciamiento y del martirio, en suma: todo lo que hay de espléndido y estimulante en el espíritu. Entre ellos la vida era limpia, noble y en movimiento. La vida se rehabilitaba, llegaba a ser maravillosa y gloriosa; me encontraba muy feliz de estar entre los vivos. Estaba en contacto con grandes almas que ponían su carne y su espíritu por encima del dinero, y que sentían el débil grito lastimero del niño del suburbio que moría de hambre como algo que tenía mucha más importancia que todos los ambiciosos problemas de la expansión comercial y de la supremacía mundial. Alrededor de mí, no existían más cuestiones que la de los nobles objetivos a lograr, que las de los esfuerzos valerosos, y mis días y mis noches eran fuego y rocío, soles y estrellas rutilantes, objetos que brillaban radiantes sin cesar ante mis ojos que contemplaban el Santo Grial, el Grial de Cristo, una humanidad calurosa que después de tanto tiempo de sufrimientos y malos tratos, convenía socorrer y salvar.
Y yo, pobre loco, tomaba todo eso como un simple anticipo de las delicias que encontraría más allá, por encima de mí, en el porvenir. Había perdido todas las viejas ilusiones de la época en que leía las novelas de la “Seaside Library” en un rancho de California. Todavía debería de perder muchas más ideas de las que todavía conservé.
Como vendedor de ideas conseguí éxito. La sociedad me abrió entonces sus puertas, todas ellas grandes. Entré directamente en el piso del salón, y mis desilusiones hicieron un progreso rápido. Comí con los señores de la alta sociedad, con las esposas y las hijas de esos señores. Las mujeres estaban magníficamente vestidas, lo reconozco; pero fui ingenuamente sorprendido al encontrarme que eran de la misma arcilla que todas las demás mujeres que había conocido en la baja escala, en los sótanos. «La mujer del coronel y Judy O’Grady eran hermanas bajo sus pieles y sus vestidos».
No era tanto eso como su materialismo lo que más me chocaba. Ciertamente, esas magníficas mujeres, ricamente vestidas cotorreaban sobre pequeños ideales y sobre pequeños problemas morales; pero al margen de sus habladurías, la nota dominante de su vida era materialista, ¡en el orden sentimental eran tremendamente egoístas! Participan en toda suerte de hermosas pequeñas obras de caridad que luego hacen saber a todo el mundo, al tiempo que lo que comen y la magnífica ropa que llevan, están pagadas por dividendos manchados por la sangre vertida por la mano de obra infantil, fruto del trabajo a destajo, e incluso de la prostitución. Sin embargo, cuando yo anunciaba estos últimos hechos, creyendo en mi inocencia que estas hermanas de Judy O’ Grady irían con sus cederías y sus joyas ensuciadas de sangre a conocer la verdad sobre el terreno, por el contrario, se enervaban, se irritaban, y me leían las tesis sobre la ausencia de espíritu económico, el alcoholismo y la depravación que se encuentran en el origen de todas las desdichas de los sótanos de la sociedad. Y cuando yo respondía que no veía muy bien como la ausencia de espíritu de comercio, la intemperancia y la depravación de un niño de seis años y medio muerto de hambre le hacen trabajar todas las noches durante doce horas en una hilandería de algodón de los Estados del sur; estas hermanas de Judy O’Grady atacaron entonces mi vida privada y me han tratado de “agitador” como si esto, de alguna manera, pusiera fin a todas las discusiones.
Mi trato personal con los señores no fue mucho mejor. En un principio esperaba encontrarme hombre limpios, vivos, con ideales propios, nobles… Sin embargo me encontré entre gente que ocupaban puestos elevados: predicadores, politiqueros, hombres de negocio, profesores, periodistas. He comido y bebido con ellos. Cierto es que he encontrado algunos que eran limpios, y nobles, pero, salvo algunos que formaban una rara excepción, no estaban vivos. Creo que podría contar estas excepciones con los dedos de mis dos manos. Se trataba simplemente de muertos sin enterrar. Entre la gente que he encontrado quizás deba de hacer una mención especial de los profesores, esos hombres que realizan ese ideal de la Universidad decadente, “la búsqueda sin pasión de una inteligencia sin pasión”.
También he conocido hombres que invocaban el nombre del Príncipe de la Paz en sus diatribas contra la guerra, y que ponían los fusiles en manos de los detectives privados para que se sirvieran de ellos contra los huelguistas de sus propias fábricas.
He conocido hombres conmovidos de indignación delante de la brutalidad de los combates de boxeo que participaban en la falsificación de alimentos que matan cada año más niños que el propio Herodes el sangriento.
He hablado en los hoteles, en los clubs, en las casas particulares, en los compartimentos de los trenes, sobre puentes de los paquebotes con capitanes de la industria y me he podido sorprender del escaso camino que habían recorrido en el reino del intelecto. Por contra, he descubierto que su inteligencia, en lo que se refiere a los negocios, era enormemente desarrollada.
Igualmente descubrí que su moralidad, cuando se trataba de negocios, era nula.
Ese “gentleman” delicado, con el físico aristocrático, era un director que hacía de “hombre de paja”, era un juguete entre las manos de las empresas que robaban secretamente a las viudas y a los niños. Ese señor, que coleccionaba bellas ediciones y que era un mecenas literario, sufría el chantaje de un patrón mofletudo que fruncía unas tupidas cejas y se dedicaba a la política municipal. Ese hombre publica un diario insertando publicidad sobre especialidades farmacéuticas, y no osa imprimir la verdad sobre esos productos por miedo a perder sus clientes. Me ha tratado de bribón demagogo porque yo le había dicho que su economía política databa de la antigüedad y su biología de Plinio.
Ese senador es el juguete, el esclavo, del jefe de una importante agrupación política sin ninguna educación, una marioneta en su mano. Ese gobernador y ese juez de la Corte Suprema se encuentran en el mismo caso. Los tres viajaban en un tren con billetes de transporte gratuitos. Ese hombre, que habla con sobriedad y seriedad de las bellezas del idealismo y de la bondad de Dios, apenas acababa de traicionar a sus camaradas en la reciente conclusión de un negocio. Ese hombre, pilar de la Iglesia e importante sostén de misiones extranjeras, hacía trabajar durante diez horas por día a unas señoritas en unos almacenes por un salario de hambre, y de hecho animaba la prostitución. Ese hombre que subvencionaba cátedras de la Universidad, perjura delante de los tribunales por una cuestión de dinero. Y ese magnate de los ferrocarriles ha traicionado su palabra de “gentleman” y de cristiano acordando una rebaja a un capitán de industria que se había comprometido con otro capitán de industria con el que estaba empeñado en una lucha a muerte.
Es igual por todas partes, crimen y traición, traición y crimen -entre hombres que están vivos, pero que no son ni limpios ni nobles, entre hombres que lo son pero que no están vivos. Empero, existe actualmente una gran masa, la de los desesperados; que no es noble ni está viva, pero sí simplemente limpia. Ella no peca activamente, ni deliberadamente. Aunque sí lo hace por su pasividad e ignorancia aceptando la inmoralidad general, aprovechándose a su manera. Si fuera noble y viva, no sería ignorante, y se negaría a tomar su parte en los beneficios de la traición y el crimen.
Me di cuenta de que no me gustaba tampoco, vivir en el piso de la alta sociedad. Intelectualmente yo era un inoportuno. Moral y espiritualmente, era un inconformista. Prefería a mis intelectuales y mis idealistas, mis predicadores que habían colgado los hábitos, mis profesores despedidos, y los trabajadores con el espíritu claro, poseedores de una conciencia de clase. Me acordaba de mis días de sol y de mis noches de luminosas estrellas, donde la vida era una maravilla salvaje y dulce, un paraíso espiritual de aventura altruista y novelesco-moral. Y he visto delante de mí, siempre brillante y esplendoroso, el Santo Grial.

Sí, volví a la clase obrera, en la que nací y a la que pertenezco. Ya no me preocupé más por ascender. El importante edificio de la sociedad que se levanta por encima de mi cabeza no oculta para mí nada deleitoso. Es la fundación de este edificio lo que de verdad me interesa. Aquí me contento con trabajar con la palanca en las manos, codo con codo con los intelectuales, los idealistas, los trabajadores con conciencia de clase, y con ellos organizar una acción sólida para sacudir todo el edificio.

Luego, un día, cuando hayamos podido trabajar, con muchas manos y muchas palancas, lo transformaremos, al mismo tiempo que cambiaremos a todos esos vivos podridos ya todos esos muertos sin sepultura. Entonces, limpiaremos el sótano y construiremos en su lugar una nueva habitación para la humanidad, en la cual no habrá ningún piso de salón: todas las piezas serán claras y ventiladas, y el aire que respiraremos será limpio, noble y humano.
Estas son mis perspectivas. Aspiro al nacimiento de una nueva época donde el hombre realizará el mayor progreso, un progreso más elevado que el de su vientre, y en el que el aura para animarlos para nuevas acciones será mucho más estimulante que la actual derivada de su estómago. Guardo intacta mi confianza en la nobleza y excelencia de la especie humana. Creo que la delicadeza espiritual y el altruismo triunfarán sobre la glotonería grosera que reina hoy en día. En último lugar quiero hacer constar mi confianza hacia la clase obrera. Como ha dicho un francés: “En la escalera del tiempo resuenan sin cesar el ruido de los zuecos que suben, y de los zapatos barnizados que descienden”.
 *** “Whay life to me”; artículo publicado en marzo de 1906 en el “Cosmopolitan Magazine”. Publicado en forma de folleto por el «The Intercollegiate Socialist Society, Princenton, New Jersey. Fue también incluido en el volumen Revolution And Other Essays, New York, The Macmillan Co., marzo, 1910. Publicado por Francis Lacassin en su recopilación de escritos socialistas de London, «Yours for the Revolution Ed. 10/18, Paris, 1977.
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