jueves, 1 de junio de 2017

Tres ideas de Clausewitz que invitan actualmente a la reflexión

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José Luis Calvo Albero*
Grupo de Estudios en Seguridad Internacional (GESI) 


Clausewitz es una incógnita en muchos aspectos. No sabemos con certeza cuál era su pensamiento en el momento en el que le sorprendió la muerte, que era también, a los 51 años, el momento de su plena madurez intelectual.  En lo que queda de su obra podemos deducir con razonable seguridad que Clausewitz escribía con la intención de romper totalmente la línea seguida por los escritores militares del siglo XVIII. Al contrario que Jomini, para quien Napoleón había sido en realidad la culminación del pensamiento estratégico del siglo anterior, Clausewitz quiso reflejar en su obra que lo que él había presenciado era algo totalmente nuevo.
Cuando Clausewitz escribió los apuntes que serían después recopilados en De la Guerra, se habían iniciado muchas cosas, y él fue también un iniciador. Las revoluciones en las colonias de Norteamérica y en Francia daban entrada a un modelo político totalmente diferente. La Primera Revolución Industrial se había consolidado ya en Gran Bretaña, y se iniciaba en el resto de Europa, y el Romanticismo, con su elogio de la pasión, sustituía al racionalismo que había presidido el siglo anterior. Clausewitz fue testigo de todos estos cambios, e intento dejar por escrito su visión de cómo estaban afectando al fenómeno de la guerra.
La idea más importante del pensador prusiano es su defensa de la naturaleza política de la guerra. También ha sido la idea más contestada y controvertida, y pese a que tenemos la convicción de que en un régimen democrático este problema se ha superado, no ha sido así en absoluto, como se pudo comprobar en la crisis abierta en 2009 entre el general McChrystal y el presidente Obama a propósito de la estrategia a aplicar en Afganistán. No debemos confundir la subordinación de las fuerzas armadas al poder político con la supremacía de la dirección política sobre la estrategia militar. Por la mente de McChrystal y de su entonces superior, el general Petraeus, no pasó en ningún momento la idea de la insubordinación al presidente, aunque las formas de McChrystal estuviesen lejos de ser las apropiadas, Pero ambos generales, especialmente McChrystal, maniobraron para imponer criterios militares sobre consideraciones políticas.
La diferente naturaleza de la dirección política respecto a la militar queda muchas veces en evidencia cuando un militar profesional alcanza el poder político. Cuando De Gaulle se convirtió en presidente de la V República en 1959 se esperaba que hiciese un esfuerzo suplementario para aplastar la rebelión en Argelia. Sin embargo, tomó la decisión de abandonar el territorio, pese a que sobre el terreno la guerra estaba casi ganada, y pese a que la decisión provocó varios intentos de golpe de estado y de asesinato sobre su persona. Sencillamente comprendió que, a largo plazo, Argelia era insostenible, y Francia no debía agotarse en un conflicto interminable con un objetivo imposible. Este tipo de razonamiento choca frontalmente con el pensamiento militar, que tiende a focalizarse en el problema inmediato de conseguir la victoria, y se resiste a dar por perdido un conflicto en el que se han perdido muchas vidas y mucho prestigio. Pero, como Clausewitz nos recuerda, el rasgo principal de los militares es la voluntad para doblegar al enemigo, no la fría razón que decide cuando vale la pena luchar y cuando no. Ese es el terreno del político. Y así como Petraeus y McChrystal veían indispensable que las tropas de Estados Unidos llegasen a prevalecer claramente sobre el terreno en Irak y Afganistán, Obama pensaba hasta qué punto valía la pena empeñarse en escenarios secundarios en mitad de una crisis económica, con un país agotado, y con las verdaderas amenazas a largo plazo (China y Rusia) consolidando su posición enfrentada a la de Estados Unidos.
La supremacía de la dirección política no implica que el político no haga caso en absoluto a sus jefes militares. Al contrario, debe escuchar su asesoramiento, aunque éste será un elemento más a tener en cuenta en su decisión. Si es cierto que el asesoramiento militar adquiere más importancia cuando el político decide que no hay más camino que la guerra. Y también que la dirección de la guerra no implica la dirección personal de las operaciones militares, algo que, una vez recibida la directiva política, es normalmente prerrogativa de los jefes militares.
Otra de las ideas clave de Clausewitz, es la fricción. El fenómeno que hace que “ningún plan resista el contacto con el enemigo”. Esta es una frase original de Moltke. La fricción es una combinación del azar, las dificultades inherentes a gestionar una gran organización en situaciones extremas, la tendencia al error de personas sometidas a un enorme estrés, la meteorología y las dificultades del terreno y, sobre todo, la acción del enemigo, una entidad inteligente y agresiva que reacciona ante cualquiera de nuestras acciones. La fricción hace imposible que se pueda aplicar a la resolución de las operaciones militares un método totalmente científico.
Pero ello tampoco significa que no se puedan utilizar procedimientos científicos en absoluto. Moltke, por ejemplo, pensaba que en la preparación de la guerra, hasta que se inician las hostilidades, la influencia de la fricción es muy limitada, y se puede realizar un planeamiento extremadamente detallado sin gran riesgo de fracaso. Esto nos llevará a una situación inicial mejor que la del enemigo, con más tropas, mejor equipadas y mejor situadas que las enemigas cuando se inicien los combates. Una ventaja que puede llegar a ser decisiva, haciendo realidad la famosa máxima de Sun tzu que aludía a que las guerras hay que ganarlas antes de que se inicien las hostilidades. Procedimientos científicos como el uso de simulaciones matemáticas e informáticas son también enormemente útiles, siempre que se utilicen como elementos de apoyo, y no como sustitutivos de la decisión. La fricción impide que el jefe militar pueda disponer de una receta infalible para el éxito y obliga a que sus decisiones, aunque apoyadas por un planeamiento científico, signifiquen siempre la asunción de un riesgo y un ejercicio de responsabilidad, iniciativa e intuición.
Otra idea destacable de Clausewitz es su famosa “trinidad”. Esta es una de las ideas del prusiano que, aun siendo todavía válida en su planteamiento general, podría necesitar una revisión en sus detalles. Con la idea de la trinidad, lo que Clausewitz nos transmitía es que la guerra es un fenómeno político y social, y no exclusivamente militar. Como él había podido comprobar en los campos de batalla de las guerras de Revolución y el Imperio, las guerras las hacen las sociedades, y los ejércitos son simplemente su expresión armada. A un conflicto armado deben contribuir pues todos los elementos de una sociedad que Clausewitz identificaba cómo tres: los dirigentes políticos que aportan la racionalidad en la dirección del conflicto, los militares que ejercen la voluntad necesaria para imponerse al adversario y la población, que proporciona el apoyo emotivo y pasional que ayuda a realizar el esfuerzo supremo propio de una guerra. Esta idea, después amplificada hasta la irracionalidad, llevó a Europa al concepto de guerra total, y a su dramática aplicación en ambas guerras mundiales.
Hoy en día, en las complejas sociedades de la era de la información, habría que preguntarse, si los tres elementos señalados por Clausewitz para su trinidad son todavía tres, o deben ser ampliados. Los medios de comunicación, que tradicionalmente se han llamado el cuarto poder, quizás podrían hacerse un hueco en la trinidad, aunque es cierto que su acción principal se ejerce sobre uno de los componentes originales como es la población. La globalización también ha roto sensiblemente la estanqueidad del Estado que Clausewitz conoció, y hacen que el político deba tener en cuenta muchas otras cosas, aparte de sus fuerzas armadas y de la actitud de su población, antes de empeñarse en un conflicto armado. En cualquier caso la necesidad de un análisis global de los todos los actores que intervienen en un conflicto, antes de diseñar la estrategia para implicarnos en él, es el legado más práctico que nos queda de la trinidad de Clausewitz.
*José Luis Calvo Albero es Coronel (DEM) del Ejército de Tierra, destinado en el Estado Mayor de la Unión Europea, y profesor del Máster en Estudios Estratégicos y Seguridad Internacional de la Universidad de Granada.