jueves, 22 de junio de 2017

Salvar al soldado Iván

Mike Davis*
The Guardian
Publicado el 11 de junio de 2004

La batalla decisiva para la liberación de Europa comenzó hace este mes 60 años, cuando un ejército guerrillero salió de los bosques y cenagales de Bielorrusia para lanzar un audaz ataque por sorpresa sobre la poderosa retaguardia de Wehrmacht.
Las brigadas partisanas, incluyendo a muchos combatientes judíos y huidos de los campos de concentración colocaron 40.000 cargas de demolición. Destruyeron líneas férreas vitales que comunicaban el Grupo de Ejércitos del Centro alemán con sus bases de Polonia y Prusia Oriental.

Tres días más tarde, el 22 de junio de 1944, en el tercer aniversario de la invasión hitleriana de la Unión Soviética, el mariscal Zhukov dio la orden de iniciar el ataque principal sobre las líneas alemanas. 26.000 cañones pesados pulverizaron las posiciones avanzadas alemanas. Los silbidos de los cohetes Katyusha se vieron seguidos del rugir de 4.000 tanques y los gritos de guerra (en más de 40 idiomas) de 1,6 millones de soldados soviéticos. Así comenzó la Operación Bagration, un ataque a lo largo de un frente de 500 millas. 

Este "gran terremoto militar", como lo llamó el historiador John Erickson, se detuvo finalmente en las afueras de Varsovia mientras Hitler enviaba a toda prisa reservas de élite desde Europa Occidental para contener la marea roja del Este. Como resultado, las tropas norteamericanas y británicas que luchaban en Normandía no tendrían que enfrentarse a las divisiones Panzer mejor equipadas. 

Pero ¿qué norteamericano ha oído hablar de la Operación Bagration? Junio de 1944 significa Omaha Beach, no el cruce del río Dvina. Pero la ofensiva soviética de verano fue varias veces mayor que la Operación Overlord (la invasión de Normandía), tanto en la escala de las fuerzas comprometidas como en el coste directo para los alemanes. 

Para finales de verano, el Ejército Rojo había llegado a las puertas de Varsovia, así como a los pasos de los Cárpatos que abren la entrada a Europa Central. Los tanques soviéticos habían atrapado al Grupo de Ejércitos del Centro entre tenazas de acero y lo habían destruido. Los alemanes perderían más de 300.000 hombres sólo en Bielorrusia. Otro ejército alemán había sido rodeado y sería aniquilado a lo largo de la costa báltica. El camino a Berlín quedaba abierto. 

Gracias, Iván. No supone menospreciar a los valientes que murieron en el desierto norteafricano o en los fríos bosques en torno a Bastogne recordar que el 70% de la Wehrmacht está enterrada, no en los campos franceses sino en las estepas rusas. En la lucha contra el nazismo murieron aproximadamente 40 "Ivanes" por cada "soldado Ryan". Los historiadores especializados creen hoy que perecieron hasta 27 millones de soldados y ciudadanos soviéticos en la II Guerra Mundial.

Pero el soldado soviético corriente – el mecánico de tractores de Samara, el actor de Oriel, el minero del Donetsk, o la chica de instituto de Leningrado – resultan invisibles en la actual celebración y mitologización de la "más grande generación".

Es como si el "nuevo siglo norteamericano" no pudiera nacer completo sin exorcizar el papel soviético fundamental en la histórica victoria contra el fascismo del último siglo. En realidad, la mayoría de los norteamericanos están escandalosamente en la inopia respecto al peso relativo de los combates y muertes en la II Guera Mundial. E incluso la minoría que comprende algo de la enormidad del sacrificio soviético tiende a visualizarlo en términos de toscos estereotipos del Ejército Rojo: una horda de bárbaros impulsada por un salvaje y primtivo nacionalismo ruso de venganza. Sólo GI Joe [el soldado norteamericano] y Tommy [el británico] aparecen luchando de verdad por los civilizados ideales de la libertad y la democracia.

Resulta, por tanto, aún más importante recordar que – pese a Stalin, la NKVD y la matanza de una generación de líderes bolcheviques- el Ejército Rojo conservaba poderosos elementos de fraternidad revolucionaria. A sus ojos, y a los de los esclavos que liberó de Hitler, fue el mayor ejército de liberación de la historia. Además, el Ejército Rojo de 1944 era todavía un ejército soviético. Entre los generales que dirigieron el avance sobre el Dvina había un judío (Chernyakovskii), un armenio (Bagramyan), y un polaco (Rokossovskii). Por contraposición a las fuerzas norteamericanas y británicas, con sus divisiones de clase y su segregación racial, el mando era en el Ejército Rojo una escalera de oportunidad abierta, aunque despiadada. 

Todo el que dude del impulso revolucionario y la humanidad del soldado de a pie del Ejército Rojo debería consultar las extraordinarias memorias de Primo Levi (La tregua) y K.S. Karol (Entre dos mundos). Ambos odiaban el estalinismo, pero estimaban al soldado soviético corriente y veían en él, en ella, las semillas de la renovación socialista.

Así que tras la reciente humillación de la memoria del día D por parte de George Bush pidiendo apoyo a sus crímenes de guerra en Irak y Afganistán, he decidido celebrar mi propia conmemoración particular. 

Me acordaré en primer lugar de mi tío Bill, viajante de Columbus, por difícil que resulte imaginar a un alma tan gentil como soldado raso adolescente a toda máquina en Normandía. Y en segundo lugar, - como estoy seguro que mi tío Bill habría deseado – recordaré a su camarada Iván.

El Iván que cruzó las puertas de Auschwitz con su tanque y se abrió paso combatiendo hasta el bunker de Hitler. El Iván cuya tenacidad y coraje venció a la Wehrmacht, pese a los mortíferos errores y crímenes de Stalin en tiempo de guerra. Dos héroes corrientes: Bill e Iván. Es obsceno celebrar al primero sin conmemorar además al segundo. 

*Mike Davis, actualmente profesor del Departamento de Pensamiento Creativo en la Universidad de California, Riverside.