sábado, 3 de junio de 2017

Muhammad Ali: hoy el cielo es un cuadrilátero


Dos notas publicadas en póstumo homenaje  de uno de los pocos que pudieron transformar a una salvajada en obra de arte, y fundamentalmente a un gran defensor de los derechos de las comunidades afroaméricanas y musulmanoaméricanas, quien resigno su titulo de campeón del mundo de boxeo por su negativa a hacer propaganda por la Guerra de Vietnam (el nunca hubiera sido enviado al frente de combate) y tan simbolo de los derechos sociales de estas comunidades como Malcom X y Martin Luther King
FIDEL, Muhammad Ali, fidel Castro, 2001, (c) First Run Features


Hoy el cielo es un cuadrilátero

Leandro Albani


Se nos fue Muhammad Alí, uno de los boxeadores más reconocidos del mundo pero además un referente del pueblo afrodescendiente no sólo de Estados Unidos. Irreverente y solidario con los de abajo, Ali deja una estela de dolor con su partida hacia nuevos combates.

Creo que el boxeo me gusta porque lo leí en los cuentos de Julio Cortázar, Roberto Arlt, Abelardo Castillo y por ese boxeador derrotado pero siempre de pie que Osvaldo Soriano construyó en su novela Cuarteles de invierno.

Cuando puedo veo boxeo, aunque no soy muy disciplinado a la hora de seguir el día a día de los deportes. Tan es así que no tengo ni idea quién es el número cinco de Independiente, el club que mi abuelo Emilio me regaló para toda la vida.

En el boxeo -más allá de disfrutar la peleas de Nicolino Loche que se rastrean por internet y que me dejan pasmado por su rapidez de cintura y su defensa siempre abajo-, presto atención a la historia de los púgiles. Historias duras, de derrotas permanentes, de crueldades y vicios destructivos. La lista de boxeadores argentinos que llegaron a la cumbre de la gloria y en apenas un segundo cayeron en el abismo es extensa: Carlos Monzón, Ubi Sacco, César “La Bestia” Romero y tantos otros.

Conocí la historia de Muhammad Ali leyendo los discursos y hurgando en la historia de Malcolm X, ese revolucionario integral y radical que dio Estados Unidos. La relación de ambos se cimentó cuando Ali ingresó a la Nación del Islam, organización con un profundo desarrollo en Norteamérica y que, en un principio, se convirtió en refugio de la comunidad negra segregada y reprimida.

Las fotos de Muhammad Ali y Malcolm X son muchas. Sonríen, conversan, se hacen chistes. La relación entre ellos fue sincera y de hermandad. Pero cuando Malcolm X rompió con la Nación del Islam y con su líder Elijah Muhammad (un personaje controvertido y que no deseaba que la radicalización de sus seguidores se le fuera de las manos), ese vínculo se resquebró. Desde ese momento, Ali no escatimó palabras para golpear a su antiguo compinche. La historia de Malcolm X ya estaba echada: su camino político, la toma de consciencia urgente hacia posiciones de izquierda y la puesta en práctica de las autodefensas armadas para contrarrestar la represión policial marcarían los últimos meses de Red, como le decía de pequeño.

Alguien podrá decir que Muhammad Ali fue parte del espectáculo patético del negocio del boxeo. O que fue una simple pieza más en el engranaje que deja al descubierto las peores perversiones del capitalismo, porque el boxeo es eso, un espejo en el cual se reflejan las más crudas bajezas en que un sistema inhumano expone a las personas.

Pero Ali fue mucho más. El grandote y prepotente, nacido en la profunda Louisville en enero de 1942, también vivió el proceso de radicalización en Estados Unidos en la década de 1960. Su negativa a combatir en Vietnam, sus críticas al poder de los hombres blancos y su irreverencia constante lo transformaron en alguien molesto para el sistema. Por eso, pienso en Alí como una anomalía del sistema o, para decirlo en criollo, como “el hecho maldito” dentro del show bussines. Pero esa anomalía en que se convirtió Ali no es una hecho aislado, sino que es una de las puntas del iceberg que contiene la sostenida lucha del pueblo afrodescendiente de Estados Unidos.

“¿Por qué me piden ponerme un uniforme e ir a 10.000 millas de casa y arrojar bombas y tirar balas a gente de piel oscura mientras los negros de Louisville son tratados como perros y se les niegan los derechos humanos más simples? No voy a ir a 10.000 millas de aquí y dar la cara para ayudar a asesinar y quemar a otra pobre nación simplemente para continuar la dominación de los esclavistas blancos”, declaró con respecto a la invasión estadounidense en Vietnam.

Tampoco escatimó palabras para describir el mundo por el cual caminaba a diario: “El boxeo es un grupo numeroso de hombres blancos viendo cómo se pegan dos hombres negros”.

Y mucho menos se guardó palabras sobre sus contrincantes en el cuadrilátero: “He visto boxear a George Foreman contra su sombra. La sombra ganó” o “Joe Frazier es tan feo que cuando llora, las lágrimas corren a refugiarse en su nuca”.

El mismo hombre que decía ser “tan rápido que la noche pasada apagué la luz de la lámpara y ya estaba en la cama antes de que se desvaneciera”, también lanzaba denuncias que siguen vigente: “La palabra Islam significa paz. La palabra musulmán significa ‘aquel que se somete a Dios’. Pero la prensa nos hace ver como extremistas”.

Con 74 años, Muhammad Ali dejó el mundo de los mortales y en el lugar que haya elegido para transitar su nueva vida, ese niño inmenso que afirmaba poder “encerrar en la cárcel a los truenos”, seguramente estará flotando como una mariposa y picando como una abeja.

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Se fue el más grande de todos
 Daniel Guiñazú
El hombre nacido como Cassius Marcellus Clay, y rebautizado cuando se convirtió en musulmán, fue enorme también por su lucha por los derechos humanos y sociales de la raza negra. Sus duelos con George Foreman y Joe Frazier fueron memorables.
La noticia se esperaba para cualquier momento y desde hace años. Se sabía que era un prisionero de lujo en la cárcel, que el mal de Parkinson había construido en su propio cuerpo desde los tiempos finales de su carrera, y que actos tan naturales como el hablar y el respirar le significaban una proeza. Se había ido a vivir a Phoenix (Arizona) en la inteligencia que el clima seco abriría sus pulmones exhaustos. Pero el esfuerzo fue en vano. Cuesta pensarlo, cuesta admitirlo y cuesta aún más escribirlo. Pero ayer a los 74 años, murió el Más Grande, Muhammad Alí. Uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos. Acaso, el más grande de todos los deportistas de la historia. Un ícono del siglo 20.

Alí (nacido Cassius Marcellus Clay el 17 de enero de 1942 en Louisville, Kentucky y rebautizado luego con su nuevo nombre en 1964, cuando se convirtió en musulmán tras ganarle la corona a Sonny Liston en Miami) fue grande por lo que hizo sobre los cuadriláteros: ganó tres veces el título mundial de los pesados (1964-1967, 1974-1978 y 1978-1979) cuando este valía lo que pesaba. Y sostuvo batallas trepidantes ante Oscar Bonavena, Joe Frazier, Ken Norton, George Foreman, Earnie Shavers y Larry Holmes en las que debió atravesar sus talentos y sus propias fuerzas para poder soportarlas. Y que aún hoy, los aficionados de todo el planeta recuerdan con asombro y emoción.

Porque Alí fue un ídolo a escala mundial, tal vez el primero de todos. Hijo de su tiempo, supo explotar el amplio desarrollo tecnológico que los medios experimentaron en los ‘60. Y sus frases, sus dichos, sus polémicas, sus pensamientos más profundos, sus ocurrencias, sus grandezas y sus miserias rebotaron con fuerza en las cuatro paredes del planeta. Alí fue un ciudadano del mundo. Y a ese mundo que se había hecho más cercano le habló como nadie antes y como pocos, muy pocos, después.

Alí también trascendió al boxeo. Usó el deporte como una plataforma para expresar su pensamiento, y difundir su compromiso con causas justas. Y eso lo hizo aún más grande e importante para millones de personas en todo el mundo, que acaso no se interesaban por el pugilismo, pero si por la potencia de sus palabras y sus ideas. Alí fue ante todo un político, plenamente consciente del lugar que ocupaba en el mundo, que le puso el cuerpo a la lucha por los derechos humanos y sociales de la raza negra y de los musulmanes. Y que no tuvo empacho en pararse al lado de líderes como Malcom X y Martin Luther King, o en salir a la calle para luchar codo a codo con millones de compatriotas contra la guerra de Vietnam, en los tiempos en que era el número uno del boxeo del mundo. Lejos.

Fue tan visceral Alí en su militancia en contra de la guerra y a favor de la paz, que no dudó en entregar el título de los pesados que le había ganado el 25 de febrero de 1964 a Sonny Liston por abandono en el 7° round, en Miami. Lo había retenido siete veces y cuando parecía haber agotado la nómina de sus rivales, en abril de 1967, adujo objeciones de conciencia y desoyó una orden de reclutamiento del Ejército estadounidense para ir a Vietnam. El contraataque del establishment fue fulminante: la Justicia le canceló la licencia y la Asociación Mundial de Boxeo (por entonces, el máximo ente rector de la actividad) lo despojó de su corona. Demoraría más de tres años en volver a pelear y más de siete en volver a ser campeón.

Cuando volvió en 1970 ya no era el mismo. Aunque seguía portando todos los golpes y una técnica tan depurada que a veces parecía rozar el arte sobre el ring, sus piernas y sus brazos perdieron aquella célebre rapidez. Ya no “volaba como una mariposa y picaba como un abeja” como decía que lo hacía en los tiempos más gloriosos de su carrera. Tuvo que pelear más plantado. Y aprender a sufrir. Su capacidad para absorber el castigo y la fatiga resultó notable, casi sobrehumana. Acaso le haya costado la vida misma.

Después de noquear a Jerry Quarry y a Ringo Bonavena en 1970, Alí trató de recuperar lo que le pertenecía: el título de los pesados, en propiedad de Joe Frazier, el oponente más perfecto que pudo haber tenido. El 8 de marzo de 1971, el choque de los invictos en el Madison de Nueva York paralizó el mundo. Frank Sinatra desde el borde del ring sacó las fotos para la revista Time, y Norman Mailer se hizo cargo del comentario. Alí cayó en el 15° y último round y las tarjetas lo dieron ganador a Frazier que, dos años después, fue barrido en menos de cinco minutos por el bestial George Foreman en Kingston (Jamaica).

A Foreman, Alí lo enfrentó el 30 de octubre de 1974 en Kinshasa (Zaire), en una pelea de fábula montada por Don King y pagada por Mobutu Sese Seko, el sanguinario dictador de ese país, que tuvo que liberar a todos los presos políticos que torturaba en las mazmorras del estadio Nacional, como condición para que Alí firmara el contrato. Millones de estadounidenses se sentaron delante de las pantallas de televisión para ver como Foreman despanzurraba al otrora gran campeón. Pero después de un capo lavoro psicológico que demolió a Foreman en la previa, y un gran trabajo estratégico y de desgaste sobre el ring, Alí ganó por nocaut en el 8° asalto y se abrió paso rumbo a la leyenda.

El 24 de marzo de 1975, su combate con el mediocre Chuck Wepner en Cleveland (Ohio) motivó a un oscuro actor italoestadounidense llamado Sylvester Stallone a escribir un guión que lo hizo rico y famoso: Rocky. Y el 1° de octubre de ese año, Alí viajó hasta Manila para defender su corona ante su archirrival Frazier. La pelea, en medio del calor agobiante y húmedo del Coliseo Araneta de la capital filipina, fue (y seguirá siendo), la más dramática de todos los tiempos. Ganó Alí sólo porque al comienzo del 15° y último round, Frazier decidió abandonar 20 segundos antes de que él lo hiciera en una guerra a finish que él mismo definió como “lo más parecido a la muerte”.

Su médico de cabecera, el cubano Ferdie Pacheco, le recomendó que se retirara, que esa pelea lo había llevado más allá de sí mismo y que seguir era riesgoso para su vida y su salud. Pero Alí no le hizo caso. Y acaso sus victorias ante Ken Norton (1976) y Ernie Shavers (1977) en Nueva York hayan sido las pinceladas finales de su genio. El 15 de febrero de 1978, su derrota ante el ex campeón olímpico Leon Spinks en Las Vegas llenó al mundo de estupor y sospechas de que en realidad, había ganado una fortuna apostando en su contra. Pero el 15 de septiembre en Nueva Orleans, todo volvió a la normalidad: Alí ganó por puntos en 15 vueltas y se convirtió en el primero que se alzaba tres veces con el título que por entonces valía más que todos. Hacía rato que era un mito.

Gordo, pesado, falto de reflejos y atestado de medicamentos, el 2 de octubre de 1980 intentó en Las Vegas el milagro de la cuarta consagración frente a Larry Holmes, un ex sparring suyo que lo había sucedido como campeón. Holmes le dio una paliza inmisericorde, lo hizo abandonar en el comienzo del 11° round pero rehusó a saludarlo tras la victoria: no quiso que su ídolo lo viera llorando de dolor por haberlo vencido. Un año más tarde y cuando los síntomas primarios del mal de Parkinson eran cada vez más visibles, Alí hizo su última pelea en Nassau (Bahamas): Trevor Berbick le ganó por puntos en 10 asaltos y con casi 40 años, anunció un retiro con un record de 56 triunfos (37 antes del límite) y cinco derrotas. Debió haber sucedido cinco años antes, por lo menos.

Cuando el 19 de julio de 1996, a pesar de la rigidez de sus gestos y de sus manos temblorosas, Alí fue capaz de encender la llama olímpica de los Juegos de Atlanta, el mundo lagrimeó emocionado. Aquel muchacho de vitalidad desbordante, aquel boxeador que había emparentado la dureza de una disciplina terrible con lo más refinado del arte y que había dado lecciones de coraje sin par, aquel hombre que recorrió el mundo para exponer y defender sus convicciones personales, aquel que dijo ser el Más Grande y vivió para serlo, terminó siendo una sombra de sí mismo. La vida de Alí se fue apagando de a poco, atrapada en los laberintos del mal de Parkinson. Su legado vivirá para siempre como un ejemplo de lo que un deportista es capaz de hacer cuando nada vale más que su inmensa voluntad de triunfo.