viernes, 30 de junio de 2017

Mi suegro

Teodoro Boot

Cuando el 11 de junio de 1956, el general Juan José Valle decidió entregarse a las autoridades para detener la ola de fusilamientos, su amigo Andrés Gabielli se entrevistó con ese hombre prematuramente calvo, de facciones talladas a hachazos que mostraban una inconmovible expresión de desconsuelo.

Sus pupilas eran dos opacas e inexpresivas bolitas marrones a las que Gabrielli resultó incapaz de penetrar.

–Dice el almirante Rojas que si se entrega, se le va a respetar la vida –comunicó el capitán de navío Francisco Manrique.

Francisco Manrique había sido arrestado y condenado por su participación en el sangriento intento de asesinar a Perón que en 1955 provocó la muerte de trescientas sesenta y cuatro personas, hiriendo de gravedad a otras ochocientas.

Comandante de la fragata Hércules, pretendió sublevar a la flota de mar anclada en Puerto Belgrano y, junto a Raúl Lamuraglia, Alberto Gainza Paz, Manuel Ordóñez y Eduardo Augusto García, era, además, integrante del Grupo Braden.

El Grupo Braden debía su denominación al norteamericano Spruille Braden, dueño de la empresa minera Braden Copper Company de Chile, accionista de la United Fruit Company y director de la W. Averell Harriman Securities Corporation.

Además, como director y lobbista de la petrolera Standard Oil, había desempeñado un papel estelar en el estallido de la Guerra del Chaco que ensangrentó a Bolivia y Paraguay.

Más tarde subsecretario de Estado para asuntos hemisféricos, fue designado embajador en Argentina en 1945 para organizar la oposición al gobierno del presidente Edelmiro Farrell y, muy especialmente, a la candidatura presidencial del coronel Juan Perón, colaborando de modo muy intenso en la formación de la Unión Democrática.

La desembozada intervención de Spruille Braden en la política interna argentina dio origen al eficaz eslogan publicitario “Braden o Perón”, que tan decisivo resultó en el triunfo electoral peronista de 1946.

De todos modos, las andanzas latinoamericanas de Braden no terminarían ahí: director y lobbista reconocido de la United Fruit Company, fue uno de los organizadores del golpe de estado que en 1954 derrocó al presidente de Guatemala Jacobo Arbenz.

El presidente, financista y orientador del Grupo Braden era Raúl Lamuraglia, empresario textil y presidente de la Unión Industrial, que no desentonaba en lo absoluto con el embajador: en 1945 entregó un cheque por una impresionante cantidad de dinero como aporte a la campaña de la Unión Democrática.

Para entonces, Raúl Lamuraglia ya era famoso debido a su pertinaz negativa a pagar aguinaldo a los obreros de su hilandería, motivo por el cual fue multado por el gobierno del general Edelmiro J. Farrell.

En 1953 se destacó como uno de los principales suscriptores de la colecta destinada a comprar un avión con el que se pensaba bombardear la Casa de Gobierno mientras Perón se dirigía a la multitud. Dos años después, para hacer algo muy parecido, no fue necesaria la compra de ningún avión: bastó con que algunos capellanes convencieran a unos cuantos pilotos navales y aeronáuticos.

Lamuraglia se puso a salvo de una segura internación en algún instituto neuropsiquiátrico exiliándose con su familia en Uruguay, donde su hija pronto conocería a un joven botarate, de espíritu alocado, vástago de una de las familias tradicionales de la República Oriental.

Con el tiempo, el yerno de Raúl Lamuraglia llegaría a presidente del Uruguay integrando un lema del Partido Colorado y, siempre alocado, afirmaría ante el periodismo que "los argentinos son una manga de ladrones, del primero al último".

Como debió cruzar el río y pedir disculpas, con lo que el incidente internacional quedó olvidado, nunca se supo si acaso no se había referido a su suegro.

Para 1956, ya de regreso en el país y habiendo retomado las reuniones del Grupo Braden, Raúl Lamuraglia se convirtió en el mecenas de Américo Ghioldi, un promisorio político socialista, junto al dirigente radical Miguel Ángel Zavala Ortiz y al conservador Adolfo Vicchi, integrante en junio de 1955 del triunvirato que gobernaría el país si con las diez toneladas de bombas de fragmentación que arrojaron sobre Plaza de Mayo, la Casa de Gobierno, el Departamento Central de Policía, la residencia presidencial de la calle Tagle, las antenas de Radio del Estado, la Curia Metropolitana y la carnicería-verdulería La Negra de Pueyrredón 2267, la aviación naval y la fuerza aérea conseguían matar a Perón.

En su ignorancia, su estupidez, o su obnubilación, un año más tarde Américo Ghioldi aplaudía los fusilamientos de esos días con las palabras cargadas de crueldad y resentimiento que, en su célebre pieza teatral, William Shakespeare había puesto en la monstruosa boca de la monstruosa Lady Macbeth: “Se acabó la leche de la clemencia”.

Una vida después, el yerno de Raúl Lamuraglia, ya definitivamente retirado de la vida política medianamente consciente, expresó su deseo de que la presidenta Cristina Fernández no se recupere de su dolencia y desaparezca de la escena para que Argentina retorne a la normalidad.

Seguramente nunca se sabrá si, al hablar de recuperar la normalidad, acaso nuevamente no se estaría refiriendo su suegro y a los amigos de su suegro.