viernes, 9 de junio de 2017

Memoria de la Operacion Masacre

Notas publicadas el 10 de junio de 2006 al cumplirse  50 años de los fusilamientos de junio de 1956
El 9 de junio de 1956 se produjo un alzamiento contra el gobierno militar del general Pedro Eugenio Aramburu, que había derrocado al presidente Perón un año antes. Algunas cifras hablan de 200 alzados entre civiles y militares y otras de 500. La represión a los rebeldes fue de una dureza inusitada, al punto que entre el 10 y los días siguientes fueron fusiladas 27 personas, incluyendo a su jefe, el general Juan José Valle. Un grupo de obreros fue secuestrado de la casa donde se habían reunido y fueron masacrados en los basurales de José León Suárez. A partir de la investigación de esa matanza, el escritor Rodolfo Walsh escribió el libro Operación Masacre. El terrorismo de Estado marcaba con sangre los comienzos de un período de violencia, golpes militares y rebeliones.
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Los alzados en la escuela de Avellaneda

Por Enrique Arrosagaray

Rubén Mauriño tenía quince años y su padre Miguel Angel era jefe de la Resistencia Peronista. El coronel José Albino Irigoyen y el capitán Jorge Miguel Costales debían emitir la proclama desde la escuela. Los dos militares fueron fusilados. La escuela todavía tiene el emisor que iban a utilizar.
Foto del legajo del coronel José Irigoyen, doce años antes de su fusilamiento. En el reverso de la foto está la firma del jefe interino del Departamento de Abastecimiento, Juan José Valle. Fue una casualidad, pero doce años después, ambos compartirían el mismo destino y la misma muerte.
Rubén Mauriño recibió la orden de su padre Miguel Angel. “Vos andá a la esquina de Mitre y Vélez Sarsfield, por ahí te pasa a buscar una camioneta, retirás el transmisor de la casa que te anoto acá y lo llevás a la Escuela Técnica. Se lo entregás a Lugo y te vas. ¿Entendiste? Te volvés a casa.” Rubén, con apenas 15 años en esa noche del 9 de junio de 1956, le hizo caso en todo a su papá menos en una cosa: se quedó con el paraguayo Dante Lugo en la Escuela.

En la Escuela Técnica “Salvador Debenedetti” –esquina de Alsina y Paláa, pleno centro de Avellaneda– ya estaba desde unos minutos antes un comando encabezado por el coronel José Albino Irigoyen y por el capitán Jorge Miguel Costales –jefe de inteligencia del estado mayor de Valle–, que tenía por misión instalar lo necesario para transmitir por radio la Proclama que toda la población escucharía en el momento que comenzaba la pelea del argentino Lausse contra el chileno Loaysa. Es decir, a las once de la noche de ese sábado. Muchos núcleos civiles antidictatoriales esperaban esa señal radial para sumarse al alzamiento.

El coronel Irigoyen tenía 43 años y había nacido en La Matanza. No tenían buen concepto de él en el Ejército. Su legajo incluye comentarios como el de “retraído, poco vivaz (...) y en general, sus condiciones intelectuales son apenas suficientes”. En años posteriores se recibe de ingeniero en comunicación y da clases en la Escuela de Comunicaciones en la Guarnición de Ejército de Campo de Mayo. “Este oficial –dice su legajo en noviembre de 1941–, a pesar de haber trabajado con dedicación, ha desmejorado apreciablemente en el rendimiento de sus estudios.” Lo ascienden a coronel en diciembre de 1955.

Su especialidad y sus convicciones lo llevaron a estar al frente del grupo que debía garantizar la emisión de la Proclama.

“Cuni” Ercolano es hoy el bufetero de esta escuela. Cuando Irigoyen golpeó la puerta de su casa, que era la misma escuela, ya que eran los caseros, él tenía diez años y vio cómo su padre les abrió, amenazado, “porque entraron a punta de pistola. Me acuerdo de que ése de traje militar –Irigoyen– le preguntó a mi padre si era peronista y le contestó que no, que era socialista”. Al rato, Ercolano fue testigo de la entrada por la misma puerta de docenas de policías que se llevaron detenidos a los hombres de Valle, pero también a su padre, a su hermana de 19 años, a quien los diarios de la época mencionaron como “la secretaria de Valle” y a un hermano. “Irigoyen se portó muy bien porque dijo en la comisaría que mi familia no tenía nada que ver, que los dejaran libres”, cuenta “Cuni” Ercolano a Página/12.

Junto a los dos oficiales del Ejército mencionados estaban los hermanos Clemente y Roberto Ros, de Lanús; el paraguayo Dante Lugo, que trabajaba en el Comando L113 de la Resistencia Peronista con base en Quilmes e influencia sobre Berazategui, Solano y Varela –cuyo jefe indiscutido era Miguel Angel Mauriño–, y Osvaldo Albedro.

Gracias a que el joven Ruben Mauriño se quedó de prepo, pudimos saber algunas cosas ocurridas dentro de la escuela, ya que todos los mencionados serían fusilados pocas horas después, salvo él por ser un pibe.

El coronel Irigoyen, vestido con ropa militar, daba las órdenes. Una de ellas fue la de que este jovencito, por su agilidad, trepara una torre que la escuela tenía desde años antes para conectar la antena. Cuando comenzaba a bajar escuchó ruidos, golpes, gritos. Miró y vio docenas de hombres uniformados invadiendo la escuela y deteniendo a sus amigos. A él lo hicieron bajar a los gritos, apuntándole. Los llevaron a todos a la comisaría 1ª por sólo unos minutos; de ahí a la Unidad Regional de Lanús de la policía provincial, en la esquina de Córdoba y Juncal. “Estaba todo traicionado –nos contó una vez Ruben Mauriño–, con el tiempo me enteré de que debía haber habido ahí cincuenta policías para apoyarnos, pero fue al revés. Nos cargaron en un camión del Ejército.”

A una cuadra de la Escuela Técnica, en la calle Alsina al 100, estaba el comando de la Segunda Región Militar –algo así como un distrito militar–, que debía ser tomado por el coronel Modesto Leis al frente de un grupo de conspiradores.

En su casa, el coronel le dijo a su mujer que salía y que llegaría tarde; venía de la Capital, cruzó el viejo Puente Pueyrredón a pie porque allí, en la puerta del cine Colonial –Mitre 141–, debía ver a un contacto que tendría el dato de un coche con armas; pero el contacto no estaba y ni rastros de un coche. Caminó hasta las inmediaciones buscando rostros conocidos, pero nada. Por el contrario, vio movimientos que le hicieron desconfiar. Desandó sus pasos hacia la avenida y por fin vio una cara amiga, la de otro oficial de apellido Ricagno, quien venía con algunos hombres. Hablaron caminando y cambiando información cuando notaron que otros los rodeaban, amenazantes. Ricagno pudo deshacerse de su pistola, que traía dentro de un diario, tirándola en una boca de tormenta. Todos fueron presos y los sumaron al mismo camión que los capturados en la escuela.

El coronel Leis estuvo en la cola de los que iban fusilando.

“Al primero que llamaron fue al coronel Irigoyen –contó aquella vez Leis–, se ve que durante algunos minutos lo interrogaron, pero al rato se escuchó una ráfaga de disparos y enseguida un tiro aislado. ¡Se imagina que pensamos lo peor! A los minutos se llevan al capitán Costales y otra vez, varios tiros y, luego, lo que sería el tiro de gracia. Luego fusilaron a Lugo y enseguida se llevaron a uno de los Ros. Me acuerdo de que se abrazaba con su hermano. Qué crueldad. Luego fusilaron al otro Ros y después a Albedro. A partir de ese momento los minutos de silencio fueron más largos, y cuando notamos que no venían a buscar a nadie fue inevitable pensar que habían parado de fusilar. Nos mirábamos, casi no hablábamos. A las horas, sería a la tarde, nos dijeron que nos fuéramos. Yo creí que nos aplicarían la ley de fuga, pero no. Era increíble, adentro se fusilaba y en la calle, como si nada.”

Por fortuna e inexplicablemente, los represores se olvidaron el receptor que formaba parte del equipo que usaría el comando de Valle en esa escuela. Las camadas de autoridades y profesores lo guardaron y lo protegieron a través de medio siglo.


“Este equipo es un Hallicrafthers de 10-20-40-80 metros, norteamericano, de amplitud modulada”, le cuenta a Página/12 Mario Mansalido, uno de los profesores que saben el valor técnico e histórico. El equipo sobrevivió ya medio siglo, a los hombres que lo quisieron usar.

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Walsh y los fusilamientos

  Por Lilia Ferreyra

“La investigación de Operación Masacre cambió mi vida –escribió Rodolfo Walsh–. Haciéndola comprendí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior.” Y decidió enfrentar esas dos dimensiones con la profunda convicción de que no podía ni debía renunciar a un sentimiento básico: “La indignación ante el atropello, la cobardía y el asesinato”. Porque él no era peronista cuando se produjo el levantamiento que encabezó el general Juan José Valle, ni cuando escuchó aquella frase “hay un fusilado que vive”, ni cuando resonó en su conciencia el grito de Mario Brion “¿así nos matan?”, antes de que lo atravesaran las balas del comisario Rodríguez Moreno. Como una piedra en el agua que va ampliando el impacto de su caída, la investigación sobre los fusilamientos en el basural de José León Suárez también significó para Rodolfo ir más allá de la denuncia del crimen y la identificación de los responsables. Quiso llegar a comprender en toda su extensión las razones políticas de esos trágicos hechos. Y mientras avanzaba en la investigación comenzó a entender, comenzó a conocer quiénes eran y habían sido los destinatarios de tanto odio, y quiénes los ejecutores. Hay una escena no demasiado recordada en Operación Masacre sobre la mañana siguiente a los fusilamientos. En el basural todavía estaban los cadáveres dispersos en las inmediaciones de la ruta y, de a poco, “una muchedumbre espantada y sombría se fue congregando en torno al pavoroso espectáculo”, cuando un auto “nuevo, largo y reluciente frenó de golpe ante el grupo. Una mujer asomó la cabeza por la ventanilla.

–¿Qué sucede? –preguntó.

–Esa gente... que la han fusilado –le contestaron.

Ella tuvo un gesto irónico.

–¡Muy bien hecho! –comentó–. Tendrían que matarlos a todos.” Los humildes pobladores de José León Suárez la corrieron a cascorazos.

Rodolfo, que había creído en los valores de libertad, justicia y democracia que había proclamado la llamada Revolución Libertadora de 1955, fue descubriendo la falacia y la hipocresía de esas palabras cuando expresan los intereses de una clase privilegiada. En 1969, en una nueva edición de Operación Masacre, escribió: “Los militares de junio de 1956, a diferencia de otros que se sublevaron antes y después, fueron fusilados porque pretendieron hablar en nombre del pueblo: más específicamente, del peronismo y la clase trabajadora. Las torturas y asesinatos que precedieron y sucedieron a la masacre de 1956 son episodios característicos, inevitables y no anecdóticos de la lucha de clases en la Argentina (...). Que (la oligarquía) esté temporalmente inclinada al asesinato es una connotación importante, que deberá tenerse en cuenta cada vez que se encare la lucha contra ella. No para duplicar sus hazañas sino para no dejarse conmover por las sagradas ideas, los sagrados principios y, en general, las bellas almas de los verdugos.”

En los veinte años que siguieron a Operación Masacre, la vida de Rodolfo se fue enraizando cada vez más con la historia del país, trazando con sus oficios terrestres y su compromiso político una trayectoria insobornable que lo instaló para siempre en la memoria.

Lo único que no cambió con la investigación de los fusilamientos fue la cédula falsa a nombre de Norberto Pedro Freire, que usó para protegerse. Veinte años después, el 25 de marzo de 1977, cuando lo emboscó el Grupo de Tareas de la ESMA, llevaba esa cédula. Quizás, en una dimensión que trasciende el rígido límite entre la vida y la muerte, podamos decir que en ese día inevitable acribillaron a Norberto Pedro Freire. Rodolfo Walsh se les escabulló una vez más: minutos antes había despachado la Carta a la Junta Militar, un texto magistral cuya vigencia, junto con Operación Masacre, se proyecta hasta nuestros días como un aporte fundamental para que las nuevas generaciones comprendan la historia que las antecede.

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Obreros en el Comando en Jefe

Por Enrique Arrosagaray

“Tenía cuatro granadas enganchadas en los tiradores y una pistola 45 con tres cargadores. Nada más –cuenta Rubén Machado, obrero textil en la fábrica ITE, de Villa Domínico–. Y mi misión, al frente de cien hombres, era la de rodear y tomar el Comando en Jefe. Nuestro punto de reunión era a las diez de la noche en la cortada del Pasaje 5 de Julio y Belgrano.” Negro y grandote, Machado había compartido un par de encuentros con Evita y se había enamorado de ella hasta el caracú. Cuando ella murió, la lloró; y cuando derrocaron a Perón, se juró que eso no quedaría así. Por eso trabajó en la Resistencia, y cuando surgió lo de Valle, se sumó sin dudas.

“Yo conocí a Valle y a Tanco en una reunión grande, clandestina, en el galpón de una curtiembre en Dock Sud, pocos días antes del 9 de junio. Pero a los que más frecuentaba era a Barrena Guzmán, a Troxler, que nos enseñó mucho –se sonríe porque dice no poder contar qué les enseñaba–, y a Pablo Martín Zubiri, nuestro responsable civil.”

Pablo Martín Zubiri se había recibido de subteniente en 1948. Cuando el gobierno de Perón sofoca el intento de levantamiento en Campo de Mayo, el 28 de septiembre de 1951, a Zubiri le proponen que pase a trabajar en los servicios de inteligencia del Ejército, y simularon para ello que lo echaban por apoyar a los golpistas. Tuvo trato estrecho con Valle y otros, porque estuvo preso en el mismo barco –el “Washington”–, junto a muchos oficiales peronistas luego del golpe de 1955. “Ese barco –cuenta Zubiri con sus 80 años– estaba anclado en las afueras del puerto, sucio, medio abandonado. Me acuerdo de que las ratas le comieron media oreja a un compañero.”

La noche del 9 de junio, Zubiri, vestido de militar, estaba en el doceavo piso del Comando en Jefe –Belgrano y Paseo Colón–; allí funcionaba un sistema de comunicaciones que recibía novedades de todos los regimientos y “los que operaban eran amigos. Había uno que no lo era, pero lo teníamos controlado”, nos cuenta Zubiri. Cuando fue viendo que los minutos avanzaban en contra del levantamiento y, sobre todo, que el mayor Pablo Vicente no venía al frente de una columna de tanques para rodear el edificio porque había fracasado el levantamiento en la Escuela de Mecánica del Ejército, en Constitución, buscó la forma de irse porque, si no, él mismo sería apresado. Bajó con un grupo de soldados, simulando llevarlos a armar una línea de defensa del edificio; aprovechó y salió a la calle, “fui hasta la vereda del teatro que estaba enfrente y vi al general Fox y al teniente coronel Speroni que me esperaban (eran los que lo habían incorporado al servicio de inteligencia) y les dije que estaba todo perdido; subimos los tres a un coche y me acerqué al grupo de civiles y gendarmes que tenía al Negro Machado y a los hermanos González al frente, que ya estaban avanzando, y les dije que tiraran las armas y que rajaran”.

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El pasado que rebota al presente

  Por Luis Bruschtein

Después del alzamiento del 9 de junio de 1956, el gobierno militar del general Eugenio Aramburu fusiló a 27 personas. En el caso de los fusilamientos de civiles, se utilizó un procedimiento por “izquierda” que luego se convertiría en la principal herramienta represiva de las sucesivas dictaduras, hasta llegar a su máxima expresión en el ’76. Aun en el caso de los fusilamientos de militares, se aplicó un decreto emitido por Aramburu que declaraba el estado de sitio cuando los rebeldes ya estaban detenidos. Es decir que, de manera inconstitucional, se les aplicó ese decreto con retroactividad.
Ilustración de Solano López de la adaptación
de Operación Masacre realizada por Omar
Panosetti para la revista Fierro.
En esos días, el dirigente socialista Américo Ghioldi publicó una frase que se hizo célebre: “Se acabó la leche de la clemencia”. Y a Jorge Luis Borges se le atribuye otra frase en una conversación con su amigo Adolfo Bioy Casares: “Se hizo lo que debía hacerse”. No eran los únicos que pensaban así, entre los no peronistas era un sentimiento extendido.

Existe un consenso mayoritario en la historiografía y la sociología sobre una lectura de la Argentina reciente que tiende a colocar al peronismo en el lugar de la barbarie, los excesos, lo no institucional, el exabrupto y lo violento. Y pone a sus adversarios en el polo antitético: defensa de la institucionalidad y la racionalidad, de la pacificación y el respeto de la ley.

Es inquietante la manera en que esa lectura se revierte constantemente sobre la actualidad. Lo que inquieta es la incapacidad de esa lectura, o de quienes la realizan, de sobreponerse a su contexto social aun después de tantos años, como si permanentemente se tratara de justificar el papel que jugó ese mismo contexto en aquel momento.

La primera parte de esa lectura, la que compete al peronismo, es cierta en gran medida. Pero la segunda parte, la que alude a sus opositores, es falsa en gran medida. La oposición, los partidos que la integraban, fue más salvaje aún que el peronismo. El revanchismo antiperonista, desde los bombardeos a civiles en la Plaza de Mayo hasta los días posteriores al golpe del ’55, la violencia, la humillación y la represión fueron más alevosos, desprolijos, inconstitucionales y antidemocráticos que lo que podría reprochársele al peronismo. Los fusilamientos constituyen un hito en esa historia. El peronismo no había fusilado a nadie.

La vocación institucional de las fuerzas opuestas al peronismo es una construcción cultural, es expresión de una visión hegemónica dentro de los intelectuales y las capas medias que tomaron como propio el discurso de los grupos de poder. En todo caso, el antiperonismo fue más “institucional”, porque a partir del ’55 utilizó a las Fuerzas Armadas para agredir al resto de las instituciones democráticas.

La calidad institucional, la “institucionalidad” como valor en la política argentina ganó peso específico recién después de la última dictadura y constituye una gran mentira interpretar esa historia como si hubiera habido un sector destacado que hubiera representado ese concepto como se lo entiende en la actualidad. Lo real es que no hubo ángeles democráticos y demonios violentos. Todos los actores se movieron con los criterios de una sociedad si se quiere primitiva en cuanto a su visión de sí misma, incluyendo a la izquierda.

A partir de esa lectura de un solo ojo, todo el mundo sabía lo que tenía que hacer el peronismo-populismo para enmendarse y mejorar. Es decir, tenía que hacer lo que siempre hicieron sus detractores dizque más republicanos y democráticos. El problema es que la misma historia está diciendo que, con otras vestiduras y formalidades, lo opuesto al peronismo actuó con un gran desprecio por las instituciones. Sin embargo, el peronismo hizo lo que le pidieron que hiciera: la renovación trató de ser un remedo de la Coordinadora radical –que fue el paradigma de los ’80– y más tarde, con Carlos Menem, se asimiló a una especie de republicanismo conservador popular que finalmente agotó su verdadero impulso. En el prólogo de Operación Masacre, Rodolfo Walsh aclaró que había tomado la matanza de civiles en los basurales de José León Suárez, separándola del resto de los fusilamientos, porque en ese caso no podía haber ninguna justificación por parte de los fusiladores. Se trataba de una masacre clandestina de civiles desarmados que sólo tenían una participación lateral en el alzamiento.

Lo real es que salvo excepciones como las de él mismo, que en 1956 todavía no se asumía como peronista, o la del escritor Ernesto Sabato, que publicó su investigación, la denuncia de los fusilamientos no conmovió demasiado al universo no peronista. La izquierda no peronista ni siquiera ahora recupera a esos trabajadores fusilados como parte de los mártires del pueblo en su lectura de las luchas populares. Y tampoco lo hace con los civiles que murieron en los bombardeos de Plaza de Mayo.

Por el contrario, para la generación que se incorporó a la militancia en los años ’70 constituían momentos tan emblemáticos como la Semana Trágica, igual que después lo fueron los fusilamientos de Trelew y los treinta mil desaparecidos. Esa incongruencia en un discurso de izquierda que ignoraba dos de los hechos más terribles del pasado reciente fue uno de los factores que ayudó a la peronización de la mayoría de esa generación.

Hay hilos convergentes entre los sucesos de 1956, los años ’70 y la última dictadura. Varios de los sobrevivientes de los fusilamientos o sus familiares formaron parte de la Tendencia Revolucionaria del peronismo o de sus organizaciones armadas, como Julio Troxler y los hermanos Lizazo, y fueron asesinados por la dictadura o por una Triple A en la que muchos de sus integrantes también eran peronistas. Hace pocos días fue detenido el comisario mayor de la Bonaerense Juan Fiorillo, que desapareció a Felipe Vallese en 1962. Y ese mismo policía, después integró la Triple A y luego fue colaborador estrecho del genocida Ramón Camps. Los militares que participaron en el golpe del ’55, respaldados por los partidos no peronistas, de izquierda y derecha, protagonizaron la escalada de asonadas y golpes militares que van del ’55 al ’66 y del ’66 al ’76. El peronismo estuvo proscripto 18 años, en tanto los demás partidos aceptaban una especie de democracia tutelada, donde ellos mismos –además de dirigentes peronistas– decidían sus diferencias cruzando contactos en los cuarteles y regimientos. Y los civiles más militaristas eran casi siempre los que más declamaban su republicanismo. Todos los golpes y asonadas militares se hicieron en “resguardo” de la democracia.

En la actualidad la antinomia peronismo-antiperonismo es anacrónica. Ni uno ni otro alcanzan por sí solos para describir o interpelar a una sociedad que afronta otras problemáticas y complejidades. Las corrientes de nuevas mayorías se construyen necesariamente sobre otros contenidos que los atraviesan y contienen. En ese sentido, la cultura va muy por detrás de la realidad, porque mantiene esa mirada hegemónica y caprichosa sobre el pasado a pesar de que tanto en el oficialismo como en la oposición conviven sectores que provienen de ambas puntas de esa antinomia histórica.

Un síntoma de ese retraso en la cultura política es que el recuerdo de los fusilamientos del ’56, al igual que de las víctimas de los bombardeos en Plaza de Mayo, termina encuadrado en ese contexto como un acto peronista o properonista. Es legítimo que la reivindicación de los ideales y principios por los que lucharon los caídos sea tomada por quienes piensan así. Pero hay una tarea ciudadana democrática, no partidista, en el reconocimiento de quienes fueron víctimas de esa masacre como una forma de poner distancia con la intolerancia y el desprecio a la vida que llevaron a justificar la usurpación de instituciones para eliminar a quienes se les oponían. El repudio a los fusilamientos del ’56 no debería ser una acción solamente peronista, sino de la ciudadanía en su conjunto.

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El fusilamiento de Valle en su legajo militar

 Por Marcos Lohlé y Julio Raffo *

“No puede ser que no existan documentos escritos respecto de los fusilamientos de 1956.” Con esa premisa llegamos al Archivo General del Ejército sin saber bien qué podíamos encontrar. El coronel a cargo del organismo mandó a buscar el legajo del general Valle mientras le informamos sobre los objetivos de nuestra investigación. Al rato, nos entregaba una carpeta envejecida, voluminosa y prolijamente atada con dos vueltas de hilo sisal; en ella se lee: “Legajo Personal Original del General de División Juan José Valle”.
Documento del archivo de la Dirección de Inteligencia de la Policía Bonarense, en custodia de la Comisión Provincial por la Memoria. Junto al nombre de Valle, alguien agregó, en lápiz, “fusilado”. Es uno de los pocos registros oficiales sobre la forma en que murió.
En las primeras páginas hay una hoja del Boletín Oficial del Ejército, en el que se registra su egreso en 1922 (como oficial combatiente) junto a los demás integrantes de su promoción enumerados en orden de mérito. Bastante más abajo figura el nombre –mal escrito– de “Aramburo”; consta así que ambos fueron compañeros de estudio y mantuvieron una relación estrecha durante muchos años.

Sin foliar encontramos su partida de defunción. En ella consta que su muerte tuvo lugar en “Las Heras tres mil cuatrocientos” (la Penitenciaria Nacional), el día 12 de junio de 1956, a las 22, por causa de “herida de bala”. El documento se extendió por declaración de un señor Simón Argüello y tuvo como testigo a Juan Napolitano, “... quienes han visto el cadáver”. No se sabe quién presentó esa partida ni por qué razón ello se hizo dos años después de su fusilamiento.

La muerte del general Valle se registra en su legajo con muy pocas y elusivas palabras, en ningún lado se dice que fue fusilado, ni por qué ni por quién. Desde 1950, casi con exclusividad, su actividad había consistido en realizar “visitas de inspección” a unidades de todo el país: ¿Se trataba de meras inspecciones técnicas o él iba a tomarle el pulso político a los cuarteles que visitaba?

Producida la “Libertadora”, el 1º de octubre de 1955 lo pasaron “a disponibilidad”, pero no consta el motivo de esa decisión. El 14 de mayo de 1956 fue declarado “en rebeldía” sin que se mencione la razón, pero es obvio que “estaba en la mira”. Fue fusilado el 12 de junio y, extrañamente, el 22 de ese mes, Aramburu firma el Decreto Nº 11.148 por el cual se “deja constancia” de que Valle había sido dado de baja el 14 de mayo de ese mismo año; es decir que primero lo hizo fusilar y, diez días después, formalizó su baja del Ejército.

La primera mención de su muerte aparece el 4 de agosto de 1956, en una nota de remisión del legajo, en ella se lo menciona como “... el extinto ex general Juan José Valle”. La segunda mención aparece diecisiete años más tarde, en el Decreto Nº 1763/73, por el cual se dispone su ascenso post-mortem al grado de “Teniente General”; este decreto lleva la firma de Raúl Lastiri, presidente interino por la renuncia de Cámpora. Ni el decreto de Aramburu ni el de Lastiri son publicados en el Boletín Oficial.

La única vez que un militar utiliza allí la palabra “fusilado” es en 1996; en una escueta nota que firma el jefe del Archivo y en la cual afirma que no existe en ese organismo una “nómina del personal fusilado en 1956” pero, para cumplir con su deber de informar, el funcionario adjunta una lista con el nombre de dieciséis militares fusilados y de dos con orden de captura (Valle y Tanco). Con pulcritud castrense, aclara que esa información fue “... obtenida del diario Clarín del lunes 11 de junio de 1956”.

En los legajos de Valle y sus compañeros del levantamiento, lo obvio y principal no se menciona. No obstante, en ellas podemos percibir rasgos de sus vidas que no están asociados al destino que tuvieron como soldados. Esos hombres –héroes de carne y hueso– se ven reflejados en fotos juveniles, enfermedades, licencias, accidentes, pedidos de autorización para casarse, nacimiento de hijos, fallecimientos de familiares y permanentes cambios de destino que deben ser interpretados.

Rodolfo Walsh dijo que “algún día se escribirá, completa, la trágica historia de la matanza de junio. Entonces se verá cómo el asombro rebasanuestras fronteras”, y ésa es una tarea pendiente, facilitada y orientada por su célebre libro Operación Masacre, (1957) y talentosamente ampliada por Salvador Ferla en Mártires y Verdugos (1964), ambas realizadas en los difíciles tiempos de la proscripción del peronismo y sus defensores. Enrique Arrosagaray publicó, hace ya diez años, La Resistencia y el general Valle, con valiosos testimonios de protagonistas de aquellos hechos. En muchos de los legajos que revisamos encontramos su nota pidiendo acceso a los mismos, pedido que fue atendido en forma limitada: se le brindó información parcial y preparada para el caso. Recién en estos tiempos se abrió el acceso incondicionado a esos documentos, que contienen parte de las claves necesarias para comprender aquellos episodios y la violencia política de los años ’60 y ’70. Su análisis ayudará a entender el papel y actitud de los militares nacionales fusilados en junio del ’56 y sus vidas podrán ser reivindicadas políticamente no sólo por aquellos que nos emocionamos con su gesto y nos conmovemos con su destino sino, también, por la institución que eligieron como camino para “servir a la Patria”, que los mató y que silenció sus memorias.

* Esta nota constituye el punto de partida de una investigación histórica de los autores en base a los legajos y actuaciones oficiales que contienen información sobre el levantamiento del 9 de junio de 1956 y los fusilamientos de ese año.