martes, 20 de junio de 2017

Marcelo Diamand, ¿el último empresario nacional?


Entrevista por Hugo Chumbita.
Revista Unidos N° 20, abril de 1989
Marcelo Diamand, a quien no le gusta ser llamado burgués nacional, es un economista que ha tentado tenazmente una teoría del crónico desequilibrio estructural argentino, y es a la vez dirigente de la Unión Industrial, lo cual podría sugerir que los empresarios son "menos liberales que antes." Respondiendo un interrogatorio acerca de la historia de nuestros endiablados problemas económicos, no rehusa puntualizar sus soluciones para salir de la trampa del liberalismo, aunque también del simplismo populista.

– Para ubicarlo ante quienes no lo conocen, ¿podríamos decir que usted es un gremialista empresario, un burgués nacional de los que todavía quedan...?

– Lo de burgués tiene una connotación que no me gusta...
– Sin embargo, constituir una burguesía nacional ha sido una idea positiva en ciertos momentos de nuestra vida política. ¿Podríamos decir mejor, entonces, que es un empresario industrialista?
– Soy ingeniero y empresario. Fundé mi propia empresa electrónica, orientada a la integración nacional y a la tecnología nacional, que empezó siendo muy chiquita y se convirtió en una empresa mediana tirando a grande. Durante mi vida empresaria me enfrenté con distintos obstáculos que provenían del contexto económico, para los que no encontraba suficientes explicaciones. La defensa de mis intereses y los del sector me llevó a incursionar en la dirigencia empresaria. Hace 25 años que soy directivo de la Cámara de Industrias Electrónicas, que presidí siete años, hasta hace un año. También fui miembro de la Junta Directiva de la Confederación Industrial Argentina. Actualmente estoy en la Junta de la Unión Industrial Argentina, donde también presido la Comisión de Análisis Económico. Por otra parte, desde la crisis de 1962–63, empalmando con algunos conocimientos de ciencias sociales que tenía, me puse a investigar los temas macroeconómicos, lo cual por el tiempo que le dedico se convirtió al fin en mi profesión.
De ahí que un poco en chiste, suelo definirme como un ex ingeniero.

– Es decir se convirtió en economista.

– Sí, me "gradué" de economista siendo profesor de economía en diversas universidades, y
además, por supuesto, escribí bastante...

(Quienes nos acercábamos a estos temas en los años '60 tenemos bien presente un pequeño texto revelador, "El FMI y los países subdesarrollados", editado en 1963, y posteriormente un libro fundamental, "Doctrinas económicas, desarrollo e independencia", de 1973, a los que hay que agregar numerosos trabajos publicados en libros, revistas y diarios, algunos de los más recientes editados por el Centro de Estudios de la Realidad Económica que Diamand encabeza).– Quizá el provenir de otra disciplina, con su experiencia empresaria, explica que usted fuera un heterodoxo en el pensamiento económico, y no "comprara" los clásicos esquemas liberales...

– Exacto, no compré nada hecho ya que considero que el problema principal que tenemos es
precisamente una crisis del paradigma económico. Tenemos un conjunto de ideas, recetas de
análisis importados de los grandes países industriales, que muchas veces ya no tienen relevancia en sus propios lugares de origen. Mucho menos la tienen hoy acá y en otros países como Argentina, donde nunca tuvieron validez. Tratándose de algo tan complejo como la economía, quienes estudian los problemas entrando por la variante de esquemas preestablecidos, adquieren una especie de condicionamiento mental, de modo que ven los problemas a través de lentes teóricos que deforman la percepción de la realidad. Esta es la ventaja de los "outsiders". Los que se dedican al análisis económico viniendo de afuera de la profesión aún no tienen cristalizados sus prejuicios. Por ello, tienen una mayor resistencia a las teorías disponibles en el mercado, inadecuadas para nuestra realidad. La inercia intelectual a la que me refiero no es del todo inocente. Sin adherir a ninguna teoría conspirativa de la historia, es indudable que ciertos sectores y países adoptan más fácilmente las ideas que convergen con sus intereses o racionalizan su poder. Eso sucede en todas las ramas del saber pero sobre todo en la economía, que analiza la  distribución de riquezas entre sectores, clases, países, y que inspira medidas de política económica nacionales e internacionales que influyen sobre esa distribución. Sería ingenuo pretender que la elección de los esquemas sea totalmente imparcial.

Usted es uno de los analistas que más ha hecho por elaborar las bases de una teoría económica adecuada para interpretar nuestros problemas, desde el punto de vista de la industria nacional. Lo que no es casual, ya que usted vivió de adentro el proceso de industrialización.

– Yo me inicié en 1951, cuando el desafío era tratar de sacar un producto frente a gravísimos
problemas de abastecimiento de materias primas y componentes esenciales. En aquel medio adverso no había otro remedio que aplicar inventiva, desarrollar tecnología propia en un nivel bastante primitivo. Con el tiempo los problemas fueron cambiando, aparecieron otras dificultades como la iliquidez, el corte de créditos bancarios, grandes devaluaciones, falta de demanda. No hubo un solo año en que tuviera tranquilidad para dedicarme plenamente a lo que debiera ser propio del empresario: cómo aumentar la eficiencia o mejorar mi posición en el mercado. En todo caso esas preocupaciones siempre se mezclaban con las preocupaciones por otros grandes problemas que atravesaba el país y que creaban graves dificultades a la empresa.

– Esa fecha de 1951 es un momento importante para ver qué es lo que ocurre con el modelo de industrialización que hoy está en crisis, pues ya empezaba a aparecer un techo a la expansión del mercado interno que tuvo lugar en la posguerra.

– El país se enfrentaba ya claramente con la limitación que iba a gravitar tanto en años posteriores, el estrangulamiento por falta de divisas. La industrialización sustitutiva argentina se hizo al amparo de la protección, a la cual los liberales culpan por lo que consideran como ineficiencia natural. Pero en realidad la protección marca una etapa natural y lógica que atraviesan los países exportadores de productos primarios cuando se industrializan. El error no reside en esa protección indispensable, sino en su asimetría: a la industria se la protege en el mercado interno, pero no se le dan incentivos para exportar, pues para la exportación rige un tipo de cambio que corresponde a la paridad del sector agropecuario. La industria no puede exportar con ese tipo de cambio, y es el sector agrario el que provee de divisas al país. Cuando hay expansión y la industria crece, como utiliza insumos y bienes de capital importados, las divisas provistas por el agro no alcanzan y se produce un crónico retraso en la provisión de divisas. Así el proceso de sustitución de importaciones llega a un límite. Frente a ella, gobiernos de distinta orientación reaccionan de manera diferente. En 1951 regían restricciones cuantitativas a la importación, el gobierno otorgaba cupos de divisas, que no eran suficientes. Yo fabricaba radios portátiles, pero no había válvulas, entonces nuestra producción estaba limitada por la cantidad de válvulas importadas que podíamos conseguir; después las conseguíamos pero no había baterías, y el ingenio era obtenerlas, a tal punto que yo monté un taller de reparación de baterías dañadas. La gran desventaja de este tipo de racionamiento son las deformaciones que crea el desabastecimiento y las interrupciones de la producción. Pero por lo menos tiene una ventaja: cuando se daba esta situación se entendía que faltaban divisas. El gobierno buscaba intercambios, tratados bilaterales como los del peronismo, etc. Finalmente esta actitud tendría que haber desembocado en una política exportadora más racional, que simetrizara los incentivos para el mercado interno con el apoyo a la exportación, tal como pasó en el caso de Brasil. Pero en la Argentina las cosas evolucionaron en forma distinta. Lo que sobrevino básicamente fue un cambio de actitud frente a la restricción. Los gobiernos, alegando una presunta insuficiencia del ahorro interno para financiar el desarrollo, recurrieron a los créditos del exterior. Es así que oímos en forma repetitiva que al país le faltaban capitales, lo que no era cierto.

– Lo que faltaban eran las divisas.

– Claro. La necesidad de los capitales extranjeros reside en que entran en forma de divisas y sirven como remedio contra la restricción interna. Pero para que el remedio sea permanente y no un mero paliativo momentáneo, el endeudamiento tendría que generar capacidad de repago en divisas, dirigiéndose a rubros sustitutivos que ahorren divisas o rubros exportadores que proveen divisas. Esto ocurrió a veces, pero en la mayoría de los casos los capitales se aplicaron a cubrir sólo el problema momentáneo, sin remediar el estrangulamiento de fondo.

– Y apareció la bola de nieve de la deuda externa.

– Al acumularse la deuda, que hay que pagar en divisas, se toman nuevas deudas para pagar las viejas, y así, a partir de 1952, al principio muy lentamente y luego cada vez más aceleradamente, hay un proceso de endeudamiento acumulativo, interrumpido cada tanto por violentas crisis de balanzas de pago, caracterizadas por una huida masiva de capitales y un colapso de toda la estructura de endeudamiento. El país de repente se encuentra con el déficit originario del sector externo, más los intereses que hay que pagar por la deuda, más la fuga de capitales. Cuando los gobiernos de orientación económica liberal se enfrentan al problema, lo que hacen es someter al país a una recesión. Una herramienta sencilla, mezcla de fuerte devaluación con una política restrictiva de crédito, cuyo resultado es una caída global de actividades, que no hace sino adecuar el volumen de producción a la escasez de divisas.

– Aquí es donde usted dice que la economía argentina vive en las últimas décadas un proceso de stop and go, de avances y retrocesos.

– Exacto. Como no se ha diagnosticado en forma clara el problema, las políticas se tornan perversas y agravan los ciclos de stop and go. Se ha diagnosticado la problemática en términos de ineficiencia industrial, se ha dicho que esto se cura abriendo la economía a mayor competencia externa, con lo cual se ha actuado exactamente al revés, porque de esa forma se consumen más divisas innecesariamente. Las aperturas deliberadas de la economía han agravado el problema, deshaciendo de noche lo que tejíamos de día, como Penélope.

– Retomando lo que usted decía antes, ese diagnóstico equivocado no es inocente, hay intereses externos que presionan para que abramos la economía.

– Pero no se trata sólo de que haya buenos y malos. Porque uno podría decir que los liberales no querían la industrialización y los sectores populares querían el crecimiento del mercado interno y la independencia nacional. Pero aunque los gobiernos populares percibieron mejor la esencia del problema, no asumieron la gravedad de las restricciones y la complejidad del cuadro, y no aplicaron políticas para eliminar estas restricciones; las ignoraron, desembocando en políticas inconducentes, a veces en una especie de caos económico. Porque no basta querer desarrollar el mercado interno, hay que conseguir las divisas para subsanar las restricciones que lo traban.

– Faltó tal vez la percepción de la necesidad de una inserción adecuada en el mercado mundial, incluso para poder crecer hacia dentro. Pero además está el problema de la inflación, este flagelo que desbarajusta todo.

– Su origen es el mismo. Cuando el país se encuentra en una de estas crisis de balanza de pagos, aparecen fuertes problemas inflacionarios, alrededor de lo cual se construye otro gran mito derivado de la incomprensión de los fenómenos básicos. A fines de los años '40 nos rasgábamos las vestiduras porque la inflación era del 20 o 25% por año. Con el tiempo llegó a cifras cercanas a la hiperinflación. El diagnóstico aceptado por la sociedad es el exceso de emisión monetaria o el déficit fiscal que la motiva. Pero en realidad la emisión actuó como motor inflacionario muy pocas veces, en 1951, 1958, 1964, y paremos de contar. Unicamente en esos períodos hubo un exceso de demanda que tiraba de los precios hacia arriba. En los demás casos la inflación era de otro tipo. La más frecuente y decisiva fue la que yo llamo inflación cambiaria, que se origina en los problemas de sector externo y se desata a través de las devaluaciones que modifican el tipo de cambio.

– Explíquelo, por favor (creo que Diamand está dilucidando un punto clave entre los misterios de la economía argentina, e imagino que el lector agradecerá aclarar los términos de su exposición).

– Ya dije que la devaluación es un instrumento de ajuste de balanza de pagos cuyo efecto es trasladar ingresos, de los asalariados y de determinados sectores productivos ligados al mercado interno, hacia el sector exportador tradicional y el de intermediación financiera. Los grupos perjudicados que de un día para el otro se encuentran con una caída de sus ingresos, presionan para recuperarlos, y a medida que lo logran el efecto de la devaluación desaparece. Entonces el gobierno vuelve a devaluar para adelantar el tipo de cambio y estamos ya en la típica inflación cambiaria argentina, que nace de grandes devaluaciones y se alimenta con la puja de los sectores perdedores que tratan de no quedarse atrás en la distribución de ingresos.

– Pero en este momento no hay grandes devaluaciones.

– No importa. El origen sigue siendo el origen externo, más específicamente el peso de la deuda externa. Como siempre, el gobierno trata de restituir el equilibrio externo adelantando el tipo de cambio a los precios internos. La variante es que en vez de las maxi–devaluaciones del pasado, hoy se practican continuas mini–devaluaciones, pero el mecanismo básico es el mismo.

– Muy bien, pero antes de entrar al tema actual yo insistiría en tomar en cuenta los intereses en juego que empujaron este proceso de nuestra economía. Porque ya en 1951 aparecía la reacción de los sectores agropecuarios que intentaban recuperar posiciones para quedarse con todo el valor en los precios internacionales de nuestros productos. Y también en esos años aparecen los capitales extranjeros que quieren entrar en nuestro mercado, cuando las inversiones norteamericanas se expanden en todo el mundo. Hay una presión de fuerzas que hacen que en 1955 o 1958 se adopte determinada visión de política económica.

– Correcto, pero ojo, que esas visiones no inventan los problemas, a veces los sectores populares parecen creer que todo iba bien y entonces vinieron los liberales e inventaron los problemas. Los liberales vienen con sus recetas en respuesta a problemas que existen, a los cuales lleva la incoherencia del manejo del crecimiento económico dentro de lo que yo llamo el desequilibrio de estructura productiva, donde la industria trabaja a precios superiores a los internacionales y no exporta. Frente a esa problemática resurgen los defensores del statu quo anterior, diciendo que esto pasa porque no deberíamos habernos industrializado sino que teníamos que basar el desarrollo en el agro.

– Siempre me llamó la atención el caso de Prebisch, que vuelve en 1955 al país luego de haber hecho en la CEPAL un análisis estupendo del problema centro–periferia y de la industrialización en América Latina, y hace un diagnóstico de que hay que liberalizar el comercio exterior, coincidiendo con el esquema clásico agroexportador.

– Bueno, hay que leer bien lo de Prebisch. Yo creo que se bandeó para el lado del diagnóstico liberal, pero no tanto como se dijo. Si uno relee su plan advierte una correcta apreciación de la situación de restricción y de que había que canalizar recursos para subsanarla, pero con excesivo apego a los instrumentos liberales para lograrlo; cae en el esquema liberal de devaluaciones globales y de traslación de ingresos, que probablemente en cierta cuantía eran inevitables. Como una reacción contra el manejo anterior que desconocía las restricciones, tal vez exagera. Lo más importante es que en aquel momento no incorpora los esquemas de cambios múltiples que aparecen después en sus trabajos, como El falso dilema entre la inflación y el desarrollo.

– También me parece que lo que ocurre en el caso del frondizismo, o del frigerismo, es que convierte la atracción de inversiones norteamericanas en una panacea, forzando el análisis porque hay grandes intereses que empujan por ahí.

– Yo he criticado mucho al desarrollismo por su falta de cierre conceptual. Su diagnóstico básico era de que al país le faltan capitales, los que había que traer de afuera. No distinguía entre ahorro y divisas, con el resultado de que no distinguía tampoco entre inversiones para el mercado interno e inversiones para la exportación. En particular no se ocupó de exportaciones industriales, que ni siquiera figuraban en su léxico. Por ello atacó simultáneamente prioridades como la extracción de petróleo, que sí era conducente a aliviar el sector externo, junto a la creación de fábricas de automotores, que tenían que computarse como un sector que creaba nuevas necesidades de divisas para importar insumos y requerían en todo caso una contrapartida de respaldo adicional en el sector externo.

– Yo acotaría que tampoco era inocente la confusión. La industria automotriz incrementaba un mercado para la producción petrolera, y ambas eran inversiones que interesaban a los norteamericanos.

– Por supuesto, todo proceso económico se ve influido por los intereses concretos. Pero creo que lo más importante fue la confusión que llevó al exceso de endeudamiento y a las inversiones indiscriminadas, sin especificarse lo que era prioritario y lo que no lo era. En particular no se distinguieron las inversiones externas que creaban automáticamente su repago de divisas de las que no lo creaban. Sin embargo, sin perjuicio de mis críticas, el desarrollismo tuvo un gran mérito. Hay que reconocer que en este período se hizo mucho. El país pasó de la industria de productos finales a la industrialización en etapas intermedias y básicas.

– Veamos ahora cómo evoluciona el país posteriormente.

– Perón terminó sus primeros gobiernos con unos 500 millones de dólares de endeudamiento.
Cuando Frondizi hace un convenio con el FMI debemos 1.000, y cuando es derrocado, la deuda llega a 3.500 millones. Estábamos ya en el orden de los 7.000 cuando sube Martínez de Hoz, y  hoy cerca de 60.000, con el agravante de la crisis de pagos internacional que elimina la financiación externa. De cada uno de los ciclos anteriores, después de una recesión de turno, el país salía gracias a un endeudamiento mayor. Pero hoy, salvo la capitalización obligada de los intereses impagos, el aumento del endeudamiento se acabó porque los acreedores no nos fían más.
Estamos ante el viejo problema pero esta vez sin visos de salida. Frente a él se observan dos actitudes. Para los liberales la deuda es un dato, una restricción. Por lo tanto consideran que hay que mantener condiciones recesivas, salarios bajos y que no podemos crecer. En cambio los sectores populares dicen: tenemos que crecer y desarrollarnos, no nos fijemos en la deuda, es una restricción ficticia, basta con no pagarla y todo se soluciona. Otra vez estamos ante una actitud simplista. Porque es cierto que la deuda hay que negociarla y ponerse duro con los pagos y priorizar el crecimiento. Pero hay que poder negociar, hay que ofrecer algo, y este algo no puede ser otra cosa que dar la seguridad que alguna vez pagaremos, aunque sea una parte de la deuda. Lo más importante para el éxito de una negociación es lograr convencer a los acreedores de que los términos que se establezcan serán cumplidos y que esta vez se está hablando en serio. El primer paso para ello es diseñar una política económica que permita generar suficientes divisas para sostener el crecimiento, y al mismo tiempo, pagar lo que se negocie. Hay que ir a negociar con un esquema muy coherente y muy creíble, hecho por nosotros, que refleje nuestro punto de vista.
Tenemos que obtener plazos, pero no para seguir endeudándonos acumulativamente, sino para reconstruir la economía y la capacidad de pagos externos. Incluso tenemos que pedirles a los acreedores su colaboración, condicionando nuestros pagos a que nos faciliten el acceso a sus mercados, y sobre todo que tomen en cuenta las características de nuestra estructura productiva y no nos exijan cumplimiento de recetas aperturistas que por ser recesivas no son adecuadas para nuestra realidad. Si existe algo que no hay que admitir son esos condicionamientos aperturistas.

– Es que, como siempre, quieren aprovechar nuestras dificultades para imponernos sus intereses.

– Ni siquiera. El planteo de ellos es incoherente incluso visto desde su propia óptica, ya que la
apertura es incompatible con que logremos mayor capacidad de pago en divisas. En esto ellos
también tienen una gran confusión. Nosotros no ayudamos a despejarla porque tampoco planteamos bien la cuestión, oscilando entre someternos a la deuda y desentendernos de ella, siempre dentro de esquemas pendulares falsos.

– El gobierno actual pareció en determinado momento intentar una salida como la que usted
propone, cuando fue Lavagna como Secretario de Industria y Comercio Exterior.

– Sí, Lavagna responde a una posición semejante a la mía, de buscar una solución estructural
propia. Para historiar las respuestas del gobierno actual, el primer equipo de Alfonsín respondía a la caracterización de restarle importancia a la deuda, como si no existiera la restricción externa. El segundo equipo entró con una serie de ideas estructuralistas elaboradas por Sorrouille cuando era secretario de Planeamiento, que postulaban el llamado ajuste positivo, por vía de la expansión, y no el ajuste negativo por vía de la recesión. Pero esto quedó en las intenciones. En la práctica, bajo la presión de los acreedores y del contexto ideológico, el equipo terminó sometiéndose a la restricción externa.

– Recuerdo que al lanzarse el Plan Austral, en un reportaje a Frenkel le preguntamos cómo iban a impulsar el crecimiento y nos dijo que, bueno, había muchos capitales en el exterior que tenían que volver al país, o sea que al parecer todo estaba cifrado en crear condiciones para la inversión.

– Es que hubo un vuelco, un reflujo de ideas liberales respecto al automatismo del mercado. Lo más exitoso que hizo el equipo económico fue el Plan Austral, mezcla de ideas liberales, estructuralistas y populistas. Veamos la secuencia. Frente al pedido de ajuste que hacían los acreedores, se atribuyó todo el problema a la inflación, y se intentó pararla mediante una política de ingresos. La inflación fue diagnosticada correctamente como inflación de costos, inercial, que venía de un largo proceso. Entonces se congelaron los precios y salarios para enfriar la economía y se la dejó evolucionar en un ambiente no muy recesivo, pero tampoco expansivo. No hubo un plan de crecimiento, no se hizo nada contra las causas que originaron la inflación. Salvo designarlo secretario a Lavagna. Pero su equipo se convirtió en una isla, que no era capaz de modificar la tendencia de base del resto del equipo. De sustitución de importaciones ni se habló.
Se decretó que estaba terminada, con lo que se reeditó el eficientismo tipo Martínez de Hoz. En cuanto a los nuevos regímenes de exportaciones industriales, se hizo algo de lo que planteó Lavagna pero muy trabado por los obstáculos que ponía Hacienda y el Banco Central. Es así que el Plan Austral, para tener éxito tenía que producir reformas estructurales que eliminaran el estrangulamiento externo. Pero se quedó en parar lo que ha sido sólo su epifenómeno, que fue la inflación inercial. Al no eliminar los focos de desequilibrio externo, ni bien se expandió la economía un poquito, el superávit que teníamos para pagar los intereses desapareció y volvió a aflorar el problema de la deuda. Los acreedores volvieron a presionar. Para reforzar el sector externo, el equipo comenzó a devaluar otra vez, volvió a restringir la cantidad de dinero y elevó las tasas de interés. De este modo entramos de nuevo en la política de ajuste recesivo liberal, que además sigue siendo inflacionario. En suma, tomando lo peor de la tradición populista, se ha ignorado el tema de las restricciones básicas, y al ponerse estas de manifiesto se ha respondido con recetas liberales.

– ¿El intento de Lavagna de expandir exportaciones quedó bloqueado, o es que no encontró respuestas en los industriales?

– Lavagna no disponía de recursos suficientes que le eran retaceados por Hacienda, lo cual llevó a racionar la promoción. En lugar de una promoción global irrestricta, tuvo que limitarse a un procedimiento selectivo, que dio apoyo sólo a quienes lograran calificarse mediante un trámite especial. Pero ni el gobierno hoy, ni la Secretaría de Industria tienen la capacidad operativa suficiente para procesar estos pedidos, ni tampoco existe hoy, después del alejamiento de Lavagna, una voluntad política para seguir con el procedimiento. De ninguna manera puede decirse que no hayan respondido los empresarios. No hubo una decisión a nivel máximo del gobierno que impulsara un despegue de las exportaciones. Lavagna señaló aún antes de renunciar su discrepancia con la tendencia que se le dio al Plan Austral.

– Quizá nadie creyó demasiado en lo que él iba a hacer en esa Secretaría.

– No hubo integración de sus ideas con las del equipo económico.– Porque, sin embargo, la promoción de las exportaciones industriales está en el discurso oficial como salida a la crisis de la industrialización.

– Sí, y para ser justos hay que decir que, en gran medida gracias a la iniciativa de Lavagna, se
han logrado importantes progresos. Las exportaciones industriales crecieron fuertemente en relación a los pocos recursos invertidos en la promoción. Esto demuestra que cuando hay voluntad política con poco se puede hacer mucho y que en este caso los empresarios responden. Además, hubo un cambio en el clima ideológico. Hoy ya nadie habla en contra de la exportación industrial.
Incluso algunos defensores fanatizados del mercado interno que hasta hace poco lo postulan como objetivo único, comienzan a entender que las exportaciones industriales no son una alternativa a este mercado interno, sino una condición para desarrollarlo.

– En conclusión, ¿cuál es el diagnóstico que usted hace hoy?

– Hay que percibir que no estamos en un modelo clásico en el cual la limitación la ejerce la capacidad productiva y crecer requiere invertir. Tenemos una capacidad productiva en gran medida ociosa, e invertir indiscriminadamente por sí solo no sirve si no se eliminan las restricciones que traban la producción. Tampoco estamos en una economía keynesiana en la que falta espontáneamente la demanda y donde basta crearla reactivando para salir de la crisis. Aquí son las autoridades económicas las que restringen la demanda deliberadamente en respuesta a ciertas restricciones. O sea que el nuestro es un modelo con restricciones, la principal proviene del sector externo y de la insuficiencia de divisas, y a su vez se desdobla en dos. La primera restricción es la comercial consiste en la incapacidad estructural de las exportaciones para pagar por las importaciones. La segunda restricción aparece a raíz de la inseguridad para los capitales, el temor a la pérdida del valor de los ahorros en el país y consiste en la fuga y en el no retorno de los capitales. Las altas tasas de interés que se usan por un lado para bajar la producción al nivel de las divisas disponibles, por el otro lado sirven para crear incentivos suficientemente altos para que los capitales no se vayan. Se recurre así a métodos tremendamente costosos en términos económicos para adecuarse a la restricción externa. La tercera restricción es la puja por los ingresos de la cual ya he hablado, en la cual entra también el gobierno elevando tarifas, persiguiendo metas de equilibrio presupuestario que en las condiciones recesivas presentes y sin modificaciones de fondo del sistema tributario son poco realistas. Y la cuarta restricción es que hemos caído en un tremendo deterioro del aparato estatal. No tenemos Estado, si por tal se entiende capacidad para concebir e implementar políticas. Tenemos cascarones vacíos de reparticiones, sin la operatividad que resulta imprescindible para cualquier solución que encaremos.

– ¿Cuáles son las que usted propone?

– Actuar sobre la primera restricción y conseguir divisas, promoviendo enérgicamente las
exportaciones industriales y regionales y la sustitución de importaciones. También promover las
exportaciones agropecuarias, pero sin recurrir a los métodos devaluatorios que transfieren masivamente ingresos, sino utilizando incentivos marginales –o sea, a los aumentos de la producción– más selectivos. En cuanto a la acción para enfrentar la segunda restricción, bajar las tasas de interés internas. Esto requiere a su vez que se le devuelva la confianza a los inversores, para lo cual sirve la reactivación, pero por sí sola no basta. También hay que postular como un objetivo básico de política económica atenuar la percepción de riesgo que tienen los dueños de los capitales líquidos, ya que esa percepción hoy nos impide efectuar la rebaja de intereses y nos obliga a mantenerlos en su altísimo nivel actual. Por otra parte debemos aumentar la oferta genuina de divisas en el mercado financiero, como podría ser por ejemplo por vía de la promoción de turismo. Finalmente, también hay que restringir la demanda superflua de divisas en este mercado financiero, por ejemplo planteándose como un objetivo importante combatir el contrabando, etc.
En cuanto a la tercera restricción, la puja se detendrá únicamente si hay un plan de crecimiento realista, serio, con el consenso que pueda permitir una concertación en la cual estén explicitadas las restricciones, la distribución de los esfuerzos entre los diversos sectores para combatirlas. Y finalmente, nada de eso será posible sin un Estado fuerte, ágil y creativo. Tenemos un Estado  hipertrofiado, inútil en muchos aspectos, lo que no se puede remediar reduciéndolo globalmente.
Hay que eliminar funciones superfluas, pero necesitamos una administración jerarquizada, motivada, capaz de elaborar y ejecutar planes.

– ¿En cuanto a las empresas estatales ¿cómo ve usted las propuestas privatistas?

– Dejarle poder de decisión al Estado en áreas cruciales y sacarle funciones productivas es correcto como tendencia, siempre que se proceda caso por caso, sin preconceptos ideológicos, y que se reconozca el rol del Estado en funciones clave, tales como lo es utilizar el poder de compra estatal para orientar y estimular la producción nacional de bienes de capital, por ejemplo en las comunicaciones y transportes, etc. Eso hay que preservarlo. Pero parece que los privatistas a ultranza apuntan a sacarle también al Estado este rol promotor.

– ¿No cree usted que la venta de las empresas justamente implica resignar el poder de compra?

– Es algo que hay que discutir y no se discute, cómo se puede privatizar preservando ese rol.

– Estamos llegando al 89 y el debate se orienta a esa encrucijada, para la cual los radicales postulan un programa mucho más definido con Angeloz. Frente a ello ¿cómo aparece la propuesta peronista?

– Bueno, no aparece mucho aún. Ha habido algunos documentos que tuvieron estado público,
pero no salen de enunciados globales.

¿Usted cree que el peronismo puede dar una salida a la crisis económica?

– Sí, a condición de que defina un camino hacia los objetivos vigentes de desarrollo, pleno empleo, tecnología nacional e independencia que plantea, evaluando con seriedad las dificultades y presentado un partido con capacidad de actuar con solvencia técnica para resolverlas.

– Pienso que se requiere una dirigencia política y también una dirigencia económica capaz, y que además pueden entenderse para sacar al país de la crisis. Pero la dirigencia empresaria aparece siempre muy pegada al proyecto liberal...

– Menos que antes. Menos que antes... (repite Diamand, pensativo, a lo mejor meditando en su propio papel en la dirigencia de la Unión Industrial). Yo creo que una propuesta seria y moderada puede encontrar mucha adhesión. Una propuesta movilizadora, que no sean sólo palabras...

– Pero tampoco puede ser una propuesta tibia, que reproduzca la hibridez del alfonsinismo.

– Hoy el nivel de complejidad del país es mucho mayor que hace unos años. No basta planear
metas, hay que saber implementarlas, tener el "software" de acción gubernamental. No podemos plantearnos un país aislado del mundo; hay que hacer un balance entre el ideal de una política progresista, manteniendo la meta de la autonomía nacional, compatibilizándola con una respuesta adecuada a las restricciones internas y externas. Es una tarea que falta, y en la medida en que ustedes, por lo que veo, hacen una revista seria que enfoca los problemas nacionales con profundidad, están contribuyendo ya a esa tarea.

– Usted cree, en definitiva, que se puede.

– Si no lo creyera no estaría en estas lides. Creo que el problema argentino es cultural e ideológico. Una sociedad que tiene condiciones objetivas favorables para desarrollarse, pero que parece un equipo de fútbol entrenado para meter goles en el propio arco. Ubicar las principales dificultades en el terreno cultural parece un diagnóstico optimista. Esto es lo que yo creía antes.
Ahora veo que vencer obstáculos culturales es bastante difícil, tal vez más difícil que superar los otros. El mensaje central es que los problemas son muy serios y no van a desaparecer por sí solos.
Nadie nos va a regalar nada, y las cosas no se arreglarán solas por ningún automatismo del mercado. O lo arreglamos nosotros con inteligencia y con mente abierta, o no tenemos futuro como país. Como no puedo admitir esta última alternativa no me queda otra que confiar que lo primero es posible.

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Marcelo Diamand, el industrialista que defendía el tipo de cambio alto

Marcelo Zlotogwiazda
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Nota publicada el 23 de junio de 2007 a pocos días de su muerte

La política de tipo de cambio alto para la industria que este gobierno define como una cuestión de Estado tuvo como uno de sus principales teóricos a Marcelo Diamand, un ingeniero, empresario y brillante intelectual que falleció el miércoles pasado tras una larga enfermedad. Sus ideas en el ámbito económico constituyen un clásico en la materia y mantienen la vigencia necesaria para ser aplicadas a la actualidad.

Los ejes fundamentales del pensamiento de Diamand están expuestos en un famoso ensayo que publicó en 1972 en la revista Desarrollo Económico bajo el título “La estructura productiva desequilibrada de la Argentina y el tipo de cambio”. El desequilibrio aludía a la existencia de dos sectores con realidades muy diferentes: el agropecuario, que goza de ventajas naturales y una productividad particularmente alta, y un sector industrial con una productividad mucho menor. En base a esa premisa, Diamand sostenía la necesidad de adoptar tipos de cambios diferenciales, con un dólar más alto para la industria que la proteja razonablemente e incentive su desarrollo exportador.

Su vocación industrialista la ejerció en el plano intelectual y también como empresario y dirigente sectorial. Fue fundador de la firma de artículos electrónicos Tonomac y miembro de varias cámaras patronales y de la Unión Industrial Argentina. En este último ámbito, fue uno de los primeros que a mediados de los años ’90 criticó con dureza el atraso cambiario de la convertibilidad.

Si bien ahora hay una única cotización para el dólar, en la práctica rigen tipos de cambios diferenciales como los que propiciaba Diamand. La industria goza de la cotización plena e incluso de reintegros a la exportación que elevan adicionalmente la factura, mientras que al agro y a las actividades primarias en general se les aplican retenciones que achican el tipo de cambio neto que reciben.

Si bien la premisa de la “estructura productiva desequilibrada” con dos sectores de distinta productividad es un concepto de absoluta vigencia, y por ende la recomendación elemental respecto del tipo de cambio no perdió actualidad, es interesante notar que el presente plantea problemas muy diferentes a los de hace treinta años. Lo que le preocupaba a Diamand era que la baja productividad industrial y su requerimiento de divisas no alcanzaba a ser abastecida por las exportaciones agropecuarias, lo que generaba recurrentes cuellos de botella en el sector externo y fuertes presiones devaluatorias. En aquel entonces escribió: “Tenemos un sector industrial consumidor de divisas que no contribuye a producirlas y la provisión de estas divisas está a cargo del sector agropecuario de crecimiento mucho más lento”.

Ahora sigue siendo cierto que el sector industrial es deficitario, pero ha habido una formidable transformación en la realidad de las actividades primarias, y en particular del agro. A diferencia de entonces, la fuerte demanda internacional de materias primas, su elevado nivel de precios y los sostenidos incrementos de la productividad local conforman una situación en la cual las divisas no escasean sino sobran, por lo que la presión no es hacia la devaluación sino hacia un dólar más bajo.


De todas maneras, en este nuevo contexto el pensamiento de Diamand sigue siendo perfectamente aplicable. No cabe duda de que se pronunciaría a favor de evitar la revaluación del peso porque, como escribió entonces, “si el tipo de cambio se fija en base al sector más productivo se convierte en determinante de la falta de exportaciones industriales e inicia la cadena de acontecimientos que culmina con las crisis y con el estancamiento argentino”.

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Dossier - Retenciones, dólar alto, inflación y rentabilidad agrícola en Argentina

La estructura productiva desequilibrada argentina y el tipo de cambio / Marcelo Diamand* 


En una serie de trabajos publicados en el transcurso de los últimos años hemos insistido en que la incapacidad del país de salir de su estancamiento y las recurrentes crisis de las que padece se originan en un divorcio entre las ideas de la. sociedad argentina y la realidad. Dichas ideas se derivan de las teorías económicas tradicionales y se basan en propiedades de las estructuras productivas de los países industriales, muy diferentes a las que tiene un país exportador primario en proceso de industrialización como la Argentina. Sin embargo, se aplican obstinadamente, sin que la sociedad se percate de que ni las ideas ni las prioridades operativas que surgen a partir de ellas corresponden a la realidad. Como resultado de la desorientación resultante, la mayor parte de los sectores de actividad económica no
tiene ni idea de cómo defender sus intereses a incluso algunos de ellos ejercen sistemáticamente una presión política suicida, totalmente contraria a ellos. 


Fuente: BIBLIOTECA HOMOECONOMICUS Fuente original: Revista Desarrollo Económico Vol. 12 - N° 45 / abril-junio 1972.